viernes, 23 de enero de 2026

REINVENTÁNDONOS: VOLVER A LOS ORÍGENES, UNA OPCIÓN MÁS

             Estrenamos el blog en este año 2026. Y al mirar atrás me doy cuenta de que éste será mi noveno año publicando mensualmente. Aunque si me pongo “tiquismiquis” (y hoy me he levantado así), esta aventura empezó un poco antes: en 2013 cuando escribía crónicas deportivas de pruebas de larga distancia, coincidiendo con mi debut en el mundo Ironman.

Hay momentos en la vida en los que las cosas no salen como las habíamos imaginado. Y cuando eso ocurre, solemos tener dos opciones: cambiar… o insistir. El problema es que, si seguimos haciendo lo mismo, lo más probable es que sigamos obteniendo los mismos resultados como ya nos dejó caer el bueno de Einstein, en una frase que no sé si realmente llegó a pronunciar él.

Este mes vuelvo a usar una metáfora deportiva. Sí, otra vez. A falta de terapia barata,  no hay nada como un dorsal para reflexionar. Cuando empecé a escribir en 2013, aventurarme con un Ironman, con mis capacidades físicas, parecia más una locura que una imprudencia. De las tres disciplinas, para mí la más intimidante era clara: correr una maratón después de nadar 3,8 km y pedalear 180 km. Eso no era sólo correr. Era negociar con tu cuerpo, con tu cabeza y con tus excusas.

Por aquellos días alternaba mis entrenamientos con clases de Tai Chi Chuan en el gimnasio de Pako’s, que siempre ha sido para mí algo así como mi segunda vivienda. Esa práctica, entre otras muchas cosas, me regaló un Maestro… y un libro: “Chi Running”, de Danny Dreyer. Y ahí cambió el guion: empecé a vivir las interminables sesiones de carrera no como entrenamientos, sino como clases. Aprendía más de lo que “machacaba”.

Casi quince años después, y con bastantes kilómetros en las piernas, la carrera empezó a perder el aliciente. Reconozco que me costó tiempo amar esta disciplina, pero cuando lo logré, salir a correr se convirtió en una especie de meditación en movimiento. Siempre sin música. Y en cada kilómetro me enfocaba en una faceta distinta del Chi Running. No importaba la velocidad ni la distancia: importaban las sensaciones.

Pero con tantas sesiones y tantas carreras, el hambre de aprender se fue apagando. Y pasé de ser alumno… a ser simplemente corredor.

En mi caso, además, hay una “variable” extra: la mayoría (por no decir todas) las carreras en las que participo las hago con mis Capitanes de Carros de Fuego. Y quien haya empuñado el asidero de un carro lo sabe: cuando vas con un Capitán, todo cambia. Los músculos dejan de doler, la mente deja de quejarse y la respiración se ordena como por arte de magia. Te olvidas de que te falta entrenamiento o de que te sobran kilos. Sales para correr… y, de pronto, estás haciendo algo mucho más grande que correr.

El problema es que entrenar con un carro no es algo que yo pueda controlar siempre. Así que, buscando innovar, decidí hacer algo que a veces olvidamos que también es innovar: volver a los principios.

Siempre me ha encantado esa frase de: “Cuando pienses en rendirte, recuerda por qué empezaste.” No había pensado en rendirme (o, al menos, no de forma consciente)… pero volver al principio me ha devuelto algo que echaba de menos: ilusión. Y, sobre todo, disfrute.

Y aquí viene mi pequeña “teoría” de este mes: muchas veces, volver al origen, pero con toda la experiencia acumulada, es una de las formas más originales de avanzar. No solo en el deporte. También en lo profesional… y en lo personal.

Porque sí: nos encanta planificar. Nos encanta que los planes salgan bien.  Gracias, capitán Hannibal Smith, por ponerle frase a nuestro deseo colectivo (espero haber arrancado una sonrisa a los de mi edad). Pero la vida tiene un sentido del humor bastante particular, y a veces —muchas más veces de las que nos apetece— las cosas no salen como estaban previstas. John Lennon lo resumió de forma magistral: “La vida es eso que pasa mientras estamos ocupados haciendo otros planes.”

¿Entonces qué? ¿Planificar o fluir sin planes? Buena pregunta… y material de sobra para otra publicación.

De momento, este enero me quedo con una idea sencilla: si lo que estás haciendo no te está llevando a donde quieres, cambia algo. Y no descartes que ese “algo” sea volver a hacer lo que hacías hace mucho, pero con la persona en la que te has convertido hoy.

Si esta publicación, además de gustaros, consigue que alguien se pare un minuto a pensar cuando las cosas no salen según lo previsto (que nos pasa a todos, aunque lo disimulemos muy bien), entonces habrá merecido la pena, o mejor la alegría, como dice otro de mis Maestros.

Nos vemos en febrero, el mes del carnaval. Gracias por vuestro tiempo, como siempre.

       

miércoles, 24 de diciembre de 2025

CIAO 2026, ARRIVEDERCI 2025

         Diciembre tiene esa extraña forma de presentarse frente a ti sin pedir permiso. No levanta la voz. No señala. Solo llega, se sienta y espera. Y cuando te mira, lo hace con esa mezcla incómoda de balance y verdad que no admite atajos.

Y mientras el exterior se llena de luces, música, regalos, mappings y otros adornos propios de estas fechas, tu interior se siente incómodo porque, aunque no quieras, llega otra vez el momento de hacer balance. Es como si el inmortal cuento de Charles Dickens nos convirtiese a todos en Ebenezer Scrooge. Como si el repaso mental del año que estamos a punto de dejar atrás invitase a nuestros fantasmas de las Navidades pasadas, presente y futura a sentarse frente a nosotros de igual forma que hace el mes de diciembre. Época emotiva y complicada a partes iguales, porque igual que disfrutamos de los que están, nos acordamos de los que ya se han marchado. En mi caso particular, llevo unos años intentando vivirlas como si fuesen las últimas de mi vida, porque al final (va por ti, Amigo) nunca se sabe… Imagino que serán cosas derivadas de hacerme cada vez más estoico, asumiendo el “memento mori”.

2025 ha sido un buen año. Posiblemente el mejor de mi vida, como me gusta decir cada año por estas fechas. Llegar hasta aquí ya supone un verdadero éxito, y hacerlo con las maletas cargadas con más experiencia mejora fácilmente el año anterior.

Una de las ventajas que tiene escribir este blog (para mí, claro) es que me facilita bastante esta evaluación de fin de curso. Se supone que cada mes escribo sobre lo que me preocupa, motiva o influye, con lo que basta una lectura a vista de pájaro (acompañado del fantasma de los meses pasados) para ordenarlo todo.

Empezó con piedras. Claro que sí. Siempre empiezan así los años que enseñan. Pero esta vez no me lancé contra ellas. Me senté. Las miré. Y entendí que muchas no estaban ahí para frenarme, sino para apoyarme. Un buen amigo mío dice que los problemas no se acaban, las soluciones tampoco. Una vida sin problemas (piedras) no sería vida, así que bienvenidas sean. Espero haberme hecho más fuerte este año para poder utilizar las del año próximo.

Luego llegó el recordatorio que nunca falla. La vida no espera. No espera a que te sientas listo, ni a que tengas el discurso perfecto, ni a que el miedo se canse antes que tú. La vida pasa. Y mientras pasa, o estás dentro, o estás mirando. Pensé en abrazos pospuestos, en risas aplazadas por agendas imaginarias, en ese "cuando tenga tiempo" que suele ser una forma educada de decir "cuando ya sea tarde". A pesar de que sólo estaba en febrero, el año comenzaba fuerte.

Y si hablamos de piedras y de paso del tiempo, hablamos de resistencia. De esa que no se aplaude. Días en los que resistir no tenía nada de heroico y todo de necesario. Adaptarte. Ajustar. Elegir seguir cuando lo fácil habría sido apagar luces. Ahí entendí que resistir no es aguantar por orgullo. Resistir es decidir. Cada día. Incluso cuando no hay épica que lo justifique.

Y de pronto, sin avisar, como lo hace diciembre, llegó el mes de abril, el que le robaron a Sabina. Dieciocho velas. Una frontera invisible. Ese momento en el que te das cuenta de que no crías hijos. Los acompañas un rato. Que no son tuyos, te atraviesan. Y que amar también es soltar, aunque la mano tiemble cuando sueltas. Tú eres el arco. Ellos, la flecha. Aceptarlo duele justo lo necesario.

Y tras esta reflexión, vuelta al camino. A esa metáfora de la vida que son los 101. Porque pienso mejor cuando avanzo. Cuando el cuerpo se cansa y la cabeza se rinde. Retos que no van de ganar, sino de presentarte. Con lo que tienes. Con lo que eres. Sin pedirle a la vida que te lo ponga fácil. Y, si hay suerte, encontrar alegría en mitad del cansancio. De esa que no se grita, pero sostiene.

Tras este reseteo mental que te regalan casi veinticuatro horas contigo mismo me di cuenta de que había que desprenderse de algunas máscaras. No todas, sin exagerar. Pero las suficientes. Porque aunque el carnaval también forma parte de mi vida, todo el año no es febrero, aunque muchas coplas canten lo contrario. Hay que quitarse las más peligrosas. Las de "puedo con todo", las de "mírame qué bien", las de "no pasa nada". Y al hacerlo descubrí algo curioso. Cuando bajas la guardia, los demás también respiran. Ser uno mismo no te hace más fuerte. Te hace más tranquilo. Y eso, hoy, es un lujo. Además, ésta fue la lección más importante que me dejó mi padre, y aplicarla es la mejor forma de honrarlo y recordarlo.

Otra vuelta al sol. Un aniversario especialmente complicado por la rima que provoca. Y mi regalo llegó en forma de iluminación y aprendizaje. La cuerda no da para todo. Si tapas una parte, otra queda al descubierto. Quizá ahí esté la sabiduría que llega con el tiempo. Menos extremos, más equilibrio. Las cimas lucen mucho. Pero las simas enseñan de verdad.

En las vacaciones volví a tropezar. Otra vez. Porque el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, dicen. El error no vino a humillarme, vino a ajustar el rumbo. Entendí que la calidad no nace de hacerlo perfecto, sino de permitirte hacerlo mal y mejorar. Que el proceso importa más que el golpe de suerte. Y que repetir piedra en el tropiezo incrementa las posibilidades de aprender la lección.

Vuelta al a rutina con otra locura. De las que merecen la pena. No por ego, sino por sentido. Por gente. Por propósito. Horas largas, sueño robado, piernas discutiendo con la cabeza. Y una verdad que volvió a aparecer clara. La felicidad no está al final. Es el combustible. El "por qué" lo cambia todo. Cuando es real, empuja incluso cuando las fuerzas no llegan. Alberto nos enseñó incontables lecciones a más de mil kilómetros…

También apareció el demonio de siempre. El "para qué". Y ahí volví al truco más simple y más eficaz que conozco. Contar pasos. Cien. Solo cien. Luego otros cien. Porque a veces no se trata de correr, sino de no bajarte. Nunca te bajes. Como mucho, que te bajen. Conectado con la resistencia, con los tropiezos. La motivación enciende la chispa, pero la constancia la mantiene encendida.

El mes pasado me embarqué en un recorrido que me regaló un paseo por mi vida, similar al de los fantasmas. Un paseo particular, privado, pero que guarda muchos paralelismos con el que todo llevamos a cabo.

Y ahora, sentado frente a diciembre, detengo el barco un momento. No para terminar. Para revisar. Para agradecer. Para entender que el río no se repite, pero tú tampoco eres el mismo. Que has aprendido a leer mejor la corriente. Y que navegar no va de llegar al mar, sino de hacerlo con sentido.

Si este año te ha dejado cansado, estás vivo. Si te ha dejado dudas, sigues pensando. Y si te ha dejado ganas de llorar un poco, adelante. A veces hay que vaciar para poder seguir. Y seguro que el hueco que dejen esas lágrimas se llenará con algo bonito.

Cierro el cuaderno del blog con una sonrisa tranquila. De las que no se publican, pero se sienten. Y con una promesa sencilla. Seguir navegando. Con menos prisa. Con más conciencia. Y con esa obstinación bonita de intentar hacerlo un poco mejor. Y de compartirlo con vosotros, mientras esté por aquí.

Gracias por estar al otro lado. Nos vemos pronto. Que el ritmo no pare, porque como decía el gran Freddy, “el espectáculo debe continuar”.



lunes, 17 de noviembre de 2025

NOVIEMBRE DULCE: EL RÍO DE LA VIDA

     Noviembre es un mes que tiene un significado especial para mí. Es el mes del cumpleaños de mi compañera de viaje, y el mes en el que comenzamos a salir hace ya bastantes años. Reflexionando sobre el camino que hemos recorrido juntos me vino a la mente una técnica llamada el Río de la Vida (igual que la película dirigida por el añorado Robert Redford y protagonizada por Brad Pitt) que utiliza la metáfora de un río para que las personas analicemos nuestra trayectoria vital, experiencias, desafíos y éxitos. La última vez que la utilicé fue hace un par de años, justo antes de mi último cambio profesional, y la verdad es que me fue bastante útil.  Me permitió ver con bastante perspectiva todo lo que había hecho ya (a mi edad el río es bastante largo…) y sobre todo motivarme para lo que soy aún capaz de hacer mientras el río fluya…

Como trasponer aquí mi particular río de la vida me parecía poco útil para los lectores (salvo para los que tuvieran alguna curiosidad especial), he creado un río de la vida genérico, en el que, a la vez que todo parecido con la realidad es pura coincidencia, se reflejan circunstancias muy genéricas para hacernos reflexionar. Va en formato lista, para facilitar su lectura y no hacerlo excesivamente pesado.

h Nacemos. Posiblemente uno de los días más importantes de nuestra vida del que no tenemos recuerdo alguno, al menos los de nuestra generación. Hoy en día con los teléfonos móviles es más fácil, pero algunos tuvimos que esperar bastantes años para colocarnos por primera vez frente a un objetivo.

h Llegan otros miembros a la familia, en el caso de que seamos hermanos mayores. En muchas ocasiones tampoco tenemos recuerdos de esta etapa.

h Comienza nuestra etapa escolar. Parvulitos o educación infantil. Guardería o cole. Época aún de recuerdos difusos.

h Llegan los amigos. Aquellos a los que nos gusta acompañar en sus cumpleaños, y con los que a veces compartimos extraescolares. Los recuerdos comienzan a ser cada vez más claros, y muchos de los contactos que hagamos aquí nos acompañarán a lo largo del curso del río.

h Las hormonas comienzan a revolucionarse en nuestro interior. Ya se habrán formado la mayor parte de los rasgos que definirán nuestra personalidad de adultos. Y muchos recuerdos, incluso no accesibles para nosotros, condicionarán nuestro comportamiento.

h Transitamos por la adolescencia, y desplazamos hacia nuestros amigos el rol de héroe que hasta ahora habían asumido muchos de nuestros padres, ocupando en su lugar el de villanos.

h Cumplimos la mayoría de edad (puesta de largo para la generación actual y posibilidad de comenzar a trabajar para otras más antiguas) Algunos pasaremos por la universidad, como otra etapa de vital importancia en nuestro recorrido (o no)

h Se consolidan las relaciones de pareja, y algunos nos planteamos transitar por la ribera del río junto a alguien durante gran parte del camino. Otros prefieren ir solos, otros cambiar de acompañante cada cierto tiempo. Cuestión de gustos.

h Llega la hora de debutar en el mercado laboral (por lo general, cada vez más tarde). Disfrutamos de o sufrimos a nuestro primer jefe, cuya influencia dicen que es vital para el resto de nuestra carrera profesional.

h Algunos decidimos tener descendencia, algo que condicionará definitivamente nuestro recorrido. Sobre todo porque comenzaremos a ser modelo de referencia para los que forman parte de nuestra familia.

h Los que tenemos prole vemos el recorrido desde una nueva perspectiva. Condicionados (en teoría) por la responsabilidad que conlleva el que nuestras huellas guíen otros caminos.

h Desarrollamos nuestra carrera profesional. Algunos incluso llegamos a ser jefes y tenemos la oportunidad de recordar como nuestro primer jefe nos trataba a nosotros.

h Tener hijos también nos da la oportunidad de volver a pasar por los mismos meandros que transitamos de joven, pero ahora sin tener el papel de protagonista. En un ejercicio muy importante tenemos que aprender a soltar, a dejar que cada uno recorra su propio camino.

h Se nos empiezan a caer compañeros de viaje, algunos porque empezaron su recorrido mucho antes que nosotros, y otros porque simplemente su desembocadura estaba predestinada antes de lo habitual.

h Nos damos cuenta de que lo importante no es la longitud del río, sino lo que podamos disfrutar de su recorrido. Mirando con perspectiva hacía atrás, comenzamos a comprender muchas cosas. Los rápidos, las cascadas, los estanques y los demás accidentes que hemos atravesado no son más que lecciones de vida necesarias para seguir aprendiendo. Unimos puntos, que diría Steve Jobs.

h … y hasta aquí puedo contar, porque afortunadamente sigo paseando por la ribera. Sin ninguna prisa por llegar al mar, pero aprovechando a tope el camino por si se llega antes de lo esperado.

Espero que este guion genérico os motive e inspire para que podáis dibujar vuestro propio río de la vida. Reflexionar sobre mis principales hitos me sirvió para decidir qué camino tomar, y con qué experiencias ir rellenando futuros ejercicios.

Parafraseando a Heráclito, “nadie se baña dos veces en el mismo río”, porque el río nunca es el mismo, porque el agua que fluye continuamente hace que el río sea siempre un nuevo cauce con aguas diferentes en cada momento, pero sobre todo porque la persona tampoco es la misma, porque el tiempo y la experiencia cambian a la persona de una manera tan constante como el río.

Y para finalizar la publicación y dejar tiempo a que todos podáis representar vuestro propio río de la vida, una imagen ligeramente retocada, del cartel de la película a la que hacía referencia, donde un “experimentado” Brad Pitt nos dedica una de sus cautivadoras sonrisas.

Cerramos el año con la próxima publicación. Gracias por vuestro tiempo como siempre.



lunes, 13 de octubre de 2025

100 PASOS

Este mes convierto en publicación una de las lecciones más importantes de mi vida, que he usado incontables veces en mi faceta profesional, personal y a lo largo de innumerables pruebas deportivas. La leí ya hace mucho tiempo, y me pareció algo de una potencia brutal…

Gracias a mi buen amigo Miguel López he tenido la oportunidad de compartirla en su club La Moneda CF con un equipo de chavales en plena explosión hormonal adolescente, y en contra de lo que pensaba a priori, la escucharon hasta el final.

Para poneros en antecedentes quiero antes explicar en qué consiste un Ironman, la prueba deportiva en la que se desarrolla este cuento imaginario. Doy por hecho que todos mis conocidos lo tienen claro, pero invertiré un par de párrafos para los neófitos.

 Un 18 de febrero de 1978 se ponía en marcha el primer Ironman en Hawaii, para zanjar una discusión sobre quienes eran más fuertes entre los nadadores, los ciclistas y los corredores. Un comandante de la Marina Estadounidense, John Collins, decidió junto a un grupo de amigos que lo mejor era hacer un combinado entre tres pruebas que ya existían en Hawaii: la Roughwater Swim (3,8 kms. de natación), la Around Oahu (180 kms. de ciclismo) y la Maratón de Honolulu (42 kms. de carrera a pie). Así surgió una competición en la que participaron 15 atletas. Se unían las tres pruebas anteriores una detrás de otra.

El primer ganador –es decir el primer “Ironman”- fue Gordon Haller, que completó la prueba en 11:48:56. El último ganador fue Patrick Lange, quien logró su tercer título en la edición de 2024, completando la prueba en un tiempo récord de 7:35:53.  Una prueba de lo que ha evolucionado el deporte y la humanidad (sólo en algunas cosas) en poco menos de medio siglo. En este mes conoceremos al ganador de la edición de 2025.

Escribo sobre esta prueba porque ya hace 4 años de mi último Ironman, y las señales no dejan de mostrarme que debo volver… Desde 2013 he participado en 9 Ironman: 3 de la franquicia americana, 4 de marcas “blancas” y 2 piratas (sí, por locura que pueda parecer llevar a cabo una prueba de estas características sin una organización “oficial”, pero ya sabéis que sin locura no hay felicidad). Así que estoy especialmente ilusionado con la décima…

Experiencias personales aparte, volvamos al tema de la publicación de este mes. Érase una vez un participante cualquiera de un Ironman cualquiera. Esta prueba es tan grande entre otras cosas porque no comienza el día que te colocas en la línea de salida, sino muchos meses antes. Concretamente el día que decides participar. A partir de ahí se abre un entretenido camino en forma de puzle para poder encajar el entrenamiento con el resto de piezas de tu vida, como trabajo, familia, amigos, descanso… un auténtico desafío.

Llegó el día de la carrera, en el que tenía a todos los suyos pendientes de su participación. Embutido en el neopreno, y escuchando los latidos de su corazón por encima de la multitud que jaleaba a los participantes, sonó la sirena que daba oficialmente comienzo a la prueba. Se lanzó al agua, y entre golpes, pérdidas de rumbo y otros avatares propios de la prueba, consiguió completar los tres mil ochocientos metros nadando. Fueron muchas brazadas, incontables respiraciones las que le llevaron a la zona de transición para iniciar el sector de la bicicleta. Cambió el gorro de silicona por el casco, se quitó el neopreno y se puso las zapas de la bici para recorrer los ciento ochenta kilómetros de este sector. Su mente comenzó a jugarle malas pasadas, con innumerables cálculos sobre la posibilidad de llegar fuera del tiempo de corte y no poder continuar en la prueba. Entre nutrición, bebida y pensamientos recurrentes que temían una avería mecánica, un pinchazo o un accidente que lo dejase fuera de carrera completó los ciento ochenta kilómetros de este sector. Con bastante cansancio acumulado llegó de nuevo a los boxes para dar comienzo a la T2 y cambiar la ropa de ciclista por la de corredor. Al principio avanzaba torpemente, con unos músculos entumecidos acostumbrados a mover la bicicleta en una postura lo más aerodinámica posible.

               A pesar de que las quince horas de límite para finalizar la prueba quedaban aún lejos y le conferían muchas posibilidades para terminar, la falta de azúcar en el cerebro comenzaba a surtir efecto. La más temida e inevitable pregunta que a todos nos asalta en repetidas ocasiones en estas pruebas comenzó a dibujarse en su mente: “¿Qué … hago yo aquí?” Cruzarse con corredores que ya enfilaban la línea de meta mientras a él aún le quedaban tres vueltas al recorrido le provocaba un daño psicológico importante.

La pregunta no encontraba respuesta, y en su lugar los pensamientos del “ya no puedo más” jugaban su papel. Como en esas películas de dibujos animados que los que ya tenemos cierta edad veíamos en nuestra infancia, una figura con forma de angelito que revoloteaba en uno de sus hombros lo animaba a seguir, mientras que la otra con forma de demonio que aparecía en el hombro opuesto hacía lo imposible por llevarlo a abandonar. Nuestro protagonista ya había dejado de correr, y con las manos sobre sus rodillas se doblaba por la cintura con un gesto inequívoco de rendición. Como la lucha entre las dos fuerzas opuestas no llegaba a ningún sitio, el ángel, un auténtico experto en negociación (era un asistente habitual de las formaciones de mi amigo Alejandro Hernández) le hizo una propuesta irrechazable:

·        De acuerdo, nos rendimos. Esto no tiene ningún sentido. Pero antes de hacerlo te voy a pedir un último favor. Quiero que des cien pasos. Sólo cien pasos y lo dejamos.

El demonio aceptó sin rechistar. Parecía una propuesta asumible que al final lo llevaría a alcanzar su objetivo, el de arrojar la toalla antes de terminar. Nuestro triatleta se estiró y comenzó a caminar mientras contaba los pasos. Uno, dos, tres… noventa y ocho, noventa y nueve y ¡cien! Algo pasó en su interior que hizo que tras esta corta caminata se sintiese muchísimo mejor que antes de comenzarla. Así que decidió dar otros cien pasos sin escuchar al demonio que en su hombro reclamaba insistentemente que abandonase. A esos cien siguieron otros cien, y a esos otros cien… De pronto se vio trotando, y antes de que se diese cuenta había vuelto a correr sin necesidad de seguir contando pasos.

Los kilómetros fueron quedando atrás hasta que en el último giro un voluntario le marcó que era el camino de dirigirse hacia la línea de meta. Con lágrimas en los ojos recorrió esos últimos metros. Tuvo que limpiárselos para acertar a leer su nombre en el arco de meta, y escuchar el deseado “You are an Ironman” que da sentido a todo el trabajo desarrollado durante tantos meses antes.

En casi todas mis participaciones he acabado contando pasos. Por muy bien entrenado que vaya, por mucho que se hayan alineado los astros el día de la prueba para que todo salga perfecto, siempre hay un momento en que tu mente encuentra esa peligrosa pregunta y te obliga a responderla. Para mí esta prueba es una auténtica metáfora de la vida. No importa cómo lo hagas (nadando, pedaleando o corriendo), pero no te queda otra que seguir avanzando para llegar al final.

Hace un par de días, Natalie Grabow, con ochenta años, finalizó en Kona (Hawaii), el campeonato mundial de Ironman con un tiempo de 16:45:26, recuperándose de una caída pocos metros antes de cruzar la línea de meta. Un auténtico ejemplo para todos, de alguien que seguro que a lo largo de su vida tuvo que dar cien pasos para seguir avanzando en incontables ocasiones.

La semana pasada precisamente escuché un consejo en relación con este tema que me pareció espectacular, y que he querido dejar como broche final. Venía de un Oficial de la Marina Mercante, por lo que estoy seguro de que sabía de lo que hablaba: “Nunca te bajes del barco, como mucho, que te bajen…”

Como imagen para la publicación de este mes, una toma de mi último (hasta ahora, espero) Ironman en As Pontes durante el tramo de la carrera a pie, en el momento en el que mi lucha interior terminaba con cien pasos más…

Espero que os guste y gracias por vuestro tiempo. Nos vemos en noviembre.

p.s. Este mes, de regalo, un libro que escribí hace años sobre este sueño de ir a Kona, por si a alguien le puede interesar: https://www.bubok.es/libros/240651/t3 



viernes, 19 de septiembre de 2025

SIN LOCURA NO HAY FELICIDAD...

Tendemos a pensar que la felicidad siempre llega después. Después de alcanzar una meta, de cumplir un sueño, de recorrer un camino, de jubilarnos ... Pero una vez más la vida volvió a recordarme que no. La felicidad no es la recompensa final, es el combustible que enciende la chispa de cualquier locura. Como decían en el Guerrero Pacífico, una de mis películas favoritas: “el viaje es lo que nos trae la felicidad, no el destino”.

Definitivamente hay locuras que transforman vidas. Me considero un suertudo de la vida, porque ya he vivido unas cuantas. En este caso una aventura que parecía imposible. Pero como dice siempre alguien muy cercano a mí, “sólo es imposible aquello que no se intenta.”

Completar las últimas cinco etapas del Camino Francés en 24 horas puede parecer un poco descabellado. Pero no importa lo qué hacemos, ni siquiera cómo, sino por qué. Nosotros no lo hicimos para batir un récord ni para demostrar nada, sino por algo mucho más fuerte: para sumar fuerzas en una causa que importa de verdad.

El Proyecto Horizonte de #RetoPichón2025, a favor de Asociación Autismo Sevilla, nos regaló el mejor escenario para dar sentido a cada paso. Aunque la explicación es simple (caminar, trotar, resistir, llegar), la experiencia fue todo menos sencilla. Fue emoción, comunidad, entrega, con algún que otro momento de sufrimiento y duda. Como la vida misma. Fue felicidad convertida en locura compartida.

Y fue felicidad llena de lecciones. Podría hablar de los kilómetros, de las horas sin dormir o del cansancio físico. Pero lo que de verdad queda son las lecciones invisibles:


• La felicidad no se espera, se construye en el presente. Con cada abrazo, cada palabra de ánimo, cada gesto que parecía pequeño pero lo cambia todo.


• La locura de un reto compartido se convierte en motor. Cuando uno flaquea, el otro sostiene. Cuando alguien sonríe, todos avanzamos un poco más ligeros.


• La vida es demasiado breve para encerrar los sueños en un cajón. El momento perfecto no llega; lo creamos al decidir dar el paso.


• El propósito multiplica. Cuando tienes un "por qué", aparecen el "qué" y el "cómo", incluso cuando las fuerzas se apagan.


• Un camino de 24 horas puede resumir toda una vida. Intenso, fugaz, lleno de encuentros y aprendizajes que dejan huella.

Detrás de cada reto hay nombres propios. Por eso quiero detenerme en el agradecimiento:
A Manuel Navarro Sánchez y Jesús Rey, compañeros de ruta, por transformar el esfuerzo en alegría y las dificultades en anécdotas compartidas. Por haberme sostenido en los momentos en que estuve cerca del suelo.

Al Reto Pichón, por abrirnos las puertas como embajadores y recordarnos que la solidaridad puede organizarse, contagiarse y multiplicarse. Movimientos como éste son cada vez más necesarios en los momentos que nos ha tocado vivir.

Y, sobre todo, a Alberto, protagonista silencioso de esta historia. Gracias por mostrarnos que la verdadera inspiración no necesita alzar la voz. A veces basta un susurro para atravesar el alma.

Este reto me vuelve a confirmar una certeza: la solidaridad no es un gesto aislado, es una manera de mirar la vida.

Como dicen mis amigos de la Fundación Olivares, cuando ayudas a los demás, recibes muchísimo más de lo que das. Cuando compartes tu energía, tu tiempo o tu alegría, no solo transformas la vida de otros, también la tuya.

Y quizá esa sea la mayor locura: descubrir que al entregarnos a los demás somos nosotros quienes terminamos más llenos, más felices, más vivos.

¿Y ahora qué?

Podría decir que la aventura acabó al cruzar la meta, pero sería mentira. Como me enseñó mi hija Daniela de pequeñita: “el fin es el principio de algo nuevo”. Así que el reto sigue vivo. Y cuando lo demos por finalizado, tendremos que pensar en el siguiente.
Sigue en cada donación que llega, en cada conversación que se abre, en cada persona que se atreve a preguntarse: ¿qué locura feliz podría yo emprender para mejorar el mundo que me rodea?

Al final, lo que nos mueve no son las estadísticas ni los cronómetros. Nos mueve algo más profundo: la certeza de que sin felicidad no hay locura. Y sin locura, la vida pierde sus colores más brillantes.

Mi consejo de este mes es tan fácil de escribir como difícil de llevar a cabo: atrévete a tu propia locura feliz.
Esa que lleva tiempo llamando a tu puerta. Esa que parece imposible pero te hace sonreír solo de imaginarla. Esa que, cuando la vivas, no solo te cambiará a ti, también dejará huella en quienes te acompañen.

Como imagen para acompañar a la publicación de este mes, una del arranque de nuestra aventura. Sí, de la salida en lugar de la meta. Porque si tuviese que escoger a qué momento regresar, sería sin duda a la casilla de salida. Cosas de la locura…

Gracias como siempre por vuestro tiempo y nos vemos ya en el último trimestre del año, que esto vuela…


 


jueves, 7 de agosto de 2025

AGOSTO, TROPEZANDO DOS VECES EN LA MISMA PIEDRA...

       Agosto nos invita a descansar. A veces porque estamos de vacaciones y a veces porque lo están los demás. Sea como sea, este mes nos trae un regalo maravilloso: nos da un poco más de tiempo para reflexionar. Y al hacerlo a veces nos encontramos temas que el resto del año esquivamos como si fueran piedras en el camino que nos esforzamos en esquivar.

        Uno de esos temas es el error. Sí, el error. Ese viejo amigo que nadie quiere invitar a la fiesta, pero que al final siempre llega, lo invitemos o no. El que nos hace sudar, dudar, justificar, esconder… y que sin embargo, es el mejor Maestro que hemos tenido en nuestra vida. No recuerdo muy bien la frase, pero leí una vez algo parecido a que la mejor forma de desarrollar todo el potencial de nuestros hijos era educarlos en la cultura del error.

    En nuestra cultura, sin embargo, llevamos regular eso de equivocarnos. Nos da pavor. Nos lo tomamos como algo personal. Y lo que es peor: lo vivimos como una amenaza. Como si fallar nos definiera. Como si no pudiéramos permitirnos ser imperfectos en un mundo que, por cierto, tampoco es perfecto. Vuelvo otra vez al pasado para recordar un programa de televisión que veía en blanco y negro cuando aún no tenía diez añitos. Se trata de “La segunda oportunidad” de Paco Costas, que comenzaba con el espectacular choque real de un coche contra una roca y la frase "el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra". Mostrando el error intentaban que los conductores aprendiesen y evitasen conductas que les podrían llevar a sufrir estos accidentes en un futuro.

        Estoy muy de acuerdo con la frase que abría ese programa. Pero creo que se quedaba corta. ¿Por qué? A veces tropezamos tres veces. O cuatro. Y aún así no nos queda otra que seguir adelante. Porque tropezar no es el problema. El problema es no aprender del tropiezo. O peor aún: dejar de caminar para no volver a caerse.

        En toda mi trayectoria con equipos a mi cargo, hay una idea que siempre he compartido con mis ellos y que formaba parte del proceso de bienvenida: “Equivocaos. Por favor, equivocaos. Pero hacedlo con ganas, con criterio, con intención de mejorar. Y si puede ser, no siempre con la misma piedra (que hay muchas en el camino, usemos el repertorio)”.

        Porque la única manera de no equivocarse es no hacer nada. Y no hacer nada es el mayor error de todos. De hecho, la verdadera diferencia entre las personas que avanzan y las que se estancan no está en cuántas veces fallan, sino en qué hacen con cada fallo. Algunos se hunden. Otros toman nota, ajustan el rumbo y lo intentan de nuevo.

        Y esto no lo digo solo por experiencia, que como os digo siempre, es muy limitada a pesar de mi edad. También lo dicen los modelos de éxito que tanto admiramos.

       Pixar, esos genios que crearon Toy Story, Up o Inside Out— no rinden culto a la inspiración divina. Lo que veneran es el proceso. Ed Catmull, cofundador de Pixar, dice textualmente que “Las primeras versiones de todas nuestras películas apestan.” Quién lo diría al ver el resultado final ¿verdad?

        Lo tienen tatuado a fuego. Porque saben que el error no es el enemigo. Es parte del sistema. Cada una de sus películas empieza siendo un caos. Un primer borrador desastroso. Pero es un desastre útil. Porque han construido un entorno donde el fallo no se castiga, se analiza. Donde el feedback no se toma como ataque, sino como oportunidad.

        Allí nadie impone correcciones. Existe lo que llaman braintrust, un grupo de sabios creativos que no da órdenes, sólo señala lo que no funciona. Después, el director decide tras revisar, corregir e intentarlo de nuevo.

        El resultado es un sistema que no busca evitar errores, sino verlos pronto, cuando aún son baratos de corregir. Porque si esperas a tener “la idea perfecta” para empezar, probablemente nunca empieces. El miedo al fallo es el asesino silencioso de muchas buenas ideas.

        Esta filosofía no es exclusiva de Pixar. Es aplicable a cualquier entorno humano, profesional o personal. A los equipos de trabajo. A la familia. A uno mismo.
Porque al final, la calidad no se alcanza por evitar errores, sino por construir sistemas que los procesen y los transformen.

        Se puede vivir cada proyecto como una apuesta que no puede fallar, lo que lleva al perfeccionismo, la parálisis y el desgaste,  o  como un sistema de aprendizaje, donde cada paso en falso es una señal, no una sentencia.

        Creo firmemente que no fracasamos por fallar. Fracasamos por no tolerar el fallo.

        Así que este agosto, mientras descansamos un poco del caos diario, quizás sea un buen momento para reconciliarnos con esa parte incómoda y necesaria de nosotros mismos. Para pensar en nuestros errores no como algo que esconder, sino como parte de nuestro equipaje de aprendizaje.Para preguntarnos: ¿Estoy evitando el error… o estoy aprendiendo de él?

        Consejo junto a la imagen que cierra esta publicación de agosto: “si tropiezas con la misma piedra… al menos ponle nombre. Y dale las gracias.”

        Gracias también a vosotros como siempre y feliz verano (lo que queda de él).



jueves, 10 de julio de 2025

LA RUEDA DE LA VIDA. ESTIRANDO LA CUERDA

             Escribo de nuevo en julio para compartir con vosotros mi celebración de cumpleaños. Una década después de haberle dado la vuelta al jamón me empieza a preocupar que en ocasiones ya empiezo a dar con el hueso. Cada día tengo más claro que ya he recorrido más camino del que me queda por andar, y eso me lleva —cada vez con más frecuencia— a filosofar con reflexiones algo más profundas de lo habitual.

Este año, al soplar las velas (individuales, por cierto… que hay mucho poeta especialista en rimas fáciles suelto), he estado dándole vueltas a eso que llaman la rueda de la vida. Bonito juego de palabras sin buscarlo, lo juro.

Este ejercicio de autoconocimiento —tan revelador como traicionero— nos invita a puntuar las distintas facetas de nuestra vida. No solo para saber dónde estamos, sino para ver cómo de equilibrados estamos entre todas ellas. Y con los años lo que uno descubre es que cuesta horrores dibujar una rueda que ruede de verdad. Lo más parecido que logramos, a veces, es un polígono con más picos que redondeces.

Te preguntas por qué es tan difícil que todo esté bien (o al menos igual de bien). Por qué cuando tu vida profesional por fin es un sueño cumplido y has encontrado tu propósito, resulta que las cosas por casa no están en su mejor momento. Por qué cuando físicamente te sientes como en tus mejores años, mentalmente no terminas de encontrar qué te falta para ser feliz.

Y un día de repente lo entiendes todo: la cuerda que une los puntos no es elástica. No da de sí. Cuando en algunas “asignaturas” te acercas al sobresaliente, en otras te toca suspender. Es la famosa metáfora de la manta que usan algunos entrenadores de fútbol. Si te tapas la cabeza, se te enfrían los pies. Y viceversa.

Pero si todas las notas estuvieran equilibradas, el dibujo sería mucho más parecido a una rueda. Con diez asignaturas, parece más deseable sacar diez cincos que cinco dieces y cinco ceros. Aunque la media sea la misma… la vida rueda mucho mejor con diez cincos.

Os comparto mis asignaturas por si os sirven de guía —sin orden concreto, que el caos también tiene su encanto—:

  • Amor: centrado en la pareja, porque familia y amigos tienen su propio hueco. ¿Qué puntuación refleja mejor tu momento actual: ¿estás buscando, disfrutando, aprendiendo?
  • Ocio: ¿cómo gestionas tu tiempo libre? No solo importa la cantidad, sino la calidad. A veces una baja puntuación aquí tiene más que ver con otras áreas que con el ocio en sí.
  • Hogar: tu casa, tu barrio, tu refugio. ¿Te transmite calma o necesitas abrir ventanas nuevas?
  • Familia: ¿cómo te llevas con tus hijos, si los tienes? ¿Y con tus padres, si aún están contigo? ¿Qué tal esos primos, tíos o cuñados que aparecen por Navidad?
  • Amigos: como decía el cartel en la caseta de mi padre: “Los amigos son la familia que uno escoge”. ¿Pocos pero buenos, o una agenda llena de saludados?
  • Salud: ¿cómo estás física y mentalmente? ¿Qué nota le pondrías a ese equilibrio? ¿Cómo te sientan los años?
  • Crecimiento personal: ¿te sientes pleno con lo que haces? ¿Te mueve la solidaridad? ¿Eres coherente entre lo que piensas, dices y haces?
  • Trabajo: ¿te levantas con ganas, como decía Jobs? ¿Te ilusiona lo que haces, o vas en piloto automático? Aquí podríamos incluso montar una rueda laboral paralela.
  • Dinero: ¿te permite vivir cómo quieres? ¿Te agobian las deudas? ¿Es para ti un medio o un fin?

Y tras evaluar tus “asignaturas”, llega ese momento mágico —muy distinto del que nos regaló Steve Jobs— de unir los puntos. Y de comprobar si tu dibujo vital se parece más a una rueda… o a una estrella ninja. También creo firmemente que la experiencia acumulada durante los años permite que la cuerda se vaya estirando un poco de tanto forzarla, y podamos alcanzar puntuaciones superiores y equilibradas que hace unos años se nos antojaban imposibles.

Aquí me acuerdo de mi maestro de Tai Chi Chuan, Juanlu, que me regaló lecciones de vida que valen su peso en oro. Siempre decía que prefería una vida equilibrada y sin sobresaltos antes que una montaña rusa. Porque las cimas te dan euforia… pero las simas te clavan el alma.

Así que, si la rueda de la vida te sale redondeada, mejor rodará. Si las diferencias entre las áreas son demasiado bruscas, la rueda se atasca. Avanzar se convierte en un pequeño milagro.

En fin, espero que esta reflexión mensual os haya gustado o al menos hecho pensar. Pensar en estas cosas es la prueba más clara de que me hago mayor. Y hacerme mayor, sinceramente, no me preocupa. Porque la otra opción… no me convence.

Como imagen, he recreado con IA una escena que durante años he vivido de verdad: ver amanecer desde el mar, esperando a que el brillo del sol cruce las olas hasta alcanzarme. Como si me empapara de su energía para poder darle… otra vuelta más.

Nos leemos el mes que viene. Y, si la vida quiere, dentro de un año… otra vez por aquí.

Gracias.