Es curioso cómo funciona el “algoritmo” en las redes sociales. Llega el verano y vuelvo a nadar después de bastantes (demasiados) meses sin hacerlo. Y por arte de magia comienzan a llegar a mi pantalla vídeos explicativos sobre como mejorar mi técnica de nado. Y creo que la verdadera magia se encuentra en que alguien a quién teóricamente no conozco se pueda dar cuenta de la falta que me hace…
La natación es
una disciplina eminentemente técnica. Básicamente porque se lleva a cabo en un
medio “hostil” para nosotros. Un medio que es unas ochocientas veces más denso
que el aire. Un medio en el que no podemos respirar como lo hacemos en tierra
firme. Curiosa paradoja (una más) cuando dicen que la vida comenzó en el mar. Estos
factores (y otros muchos más) hacen que el desplazamiento en el agua necesite
de infinitos movimientos y posiciones con un nivel de coordinación exquisito.
De ahí la diferencia entre los que aprenden a nadar de forma casi simultánea a
andar y los que luchamos sólo por no ahogarnos. A ciertas edades, lo complicado
no es aprender qué tenemos que hacer, sino desaprender lo que llevamos años
haciendo mal.
Pero esta
publicación no pretende ser una lista de consejos técnicos, como son esos
vídeos que me inundan las redes. Esta publicación surge porque precisamente en
uno de esos vídeos se hablaba sólo del aspecto mental de la natación, en lugar
del físico. Y ya sabéis cómo me fascina todo lo que tiene que ver con la mente.
La natación es básicamente un acto incómodo, porque como decía al principio, se
aleja bastante de nuestro día a día habitual. Y la incomodidad tiene mucho que
ver con el aspecto mental. Casi más que con el físico. El otro día escuchaba
que nuestra mente intenta rendirse siempre antes de que el cuerpo se acerque al
límite, por una mera cuestión de supervivencia. Cuando nos duelen los hombros,
cuando nos falta la respiración, cuando nos pesan las piernas y nos cuesta
mantenernos a flote, nuestro cerebro nos da la orden de ponernos a salvo mucho
antes de que realmente entremos en peligro. Y no quiero con esto pecar de
imprudencia ni sugerir las señales que nos da el cuerpo. Nada más lejos de la realidad.
Lo que sí deberíamos conocernos y distinguir las señale reales de las que por
pura comodidad intentan sacarnos del agua en dirección al sofá.
Como casi
siempre que me asomo por aquí intento que mis palabras no tengan un significado
exclusivamente deportivo. A pesar de que me encanta la natación, sobre todo porque
genera en mí un sentimiento de bienestar y desconexión quiero ir más allá del deporte,
buscando el paralelismo con la actividad profesional e incluso con la personal.
Antes de retomar
el tema de la comodidad, quiero hacer algunas comparaciones entre la natación y
la vida misma.
- Aprendizaje: en ninguna de las dos facetas dejas de aprender. Siempre hay una técnica que mejorar, un error del que crecer o una nueva forma de avanzar.
- Constancia: no siempre se trata de nadar más rápido, sino de mantener el ritmo. La constancia te lleva mucho más lejos que los grandes esfuerzos puntuales.
- Pausa: respirar en el momento adecuado lo cambia todo. En el agua y en la vida, saber cuándo parar, tomar aire y recuperar la calma también es avanzar. Si no respiras te ahogas.
- Dificultad: las aguas tranquilas no forman a los mejores nadadores. Son las corrientes, las olas y la resistencia las que desarrollan la fortaleza y la confianza. Ningún mar en calma hizo experto a un marinero, nunca mejor dicho.
- Progreso: cada largo cuenta, aunque parezca igual al anterior. El progreso rara vez se nota de un día para otro, pero la suma de pequeños pasos termina marcando grandes diferencias.
- Actitud: no puedes controlar el agua, pero sí tu forma de nadar. Las circunstancias no siempre dependen de nosotros; nuestra actitud y nuestra respuesta, sí.
- Perseverancia: la meta siempre recompensa a quien decidió no salir de la piscina en los momentos difíciles. El éxito suele pertenecer a quienes perseveran cuando los demás abandonan. Quedarte nadando no es garantía de éxito, pero salirte cuando te sientes incómodo es casi infalible sinónimo de fracaso.
Asimilando
estos paralelismos, se me hace difícil no buscar sentirme cómodo con la
incomodidad, tanto de la vida como con la de la piscina. Y en esa búsqueda
tengo que tirar mucho más de disciplina que de motivación. No accedo a negociar
con mi mente cuando llega la hora de ir a nadar. Simplemente salgo en dirección
a la piscina sin plantearme razones que intenten convencer a mi mente, que cuando
mira por su supervivencia, es básicamente inconvencible.
Ahora quiero
acabar esta publicación con un tema muy personal. En este mes en el que contabilizo
anualmente una nueva vuelta al sol, como se dice eufemísticamente para evitar
decir que cumplimos años, intento celebrarlo de una forma muy especial:
nadando. Escuché una vez en a Jacobo Paragés decir que uno de los espectáculos
gratis de la naturaleza es ver amanecer desde dentro del mar. Ver como el brillo
del astro rey se va reflejando en forma de estela en las olas hasta llegar
hasta ti es como reiniciarte de nuevo y absorber energía para afrontar la próxima
vuelta. Desde entonces, siempre intento una escapadita aunque sea corta a una
playa cercana para asistir a ese espectáculo. Como imagen, una toma del año pasado
en la playa de El Rompidillo en Rota, nadando hacia el sol. A repetirlo voy.
Gracias por vuestra paciencia y seguimos sumando, espero. #ShowMustGoOn






