martes, 19 de mayo de 2026

Sé amable, porque cada persona con la que te cruzas está librando una dura batalla.

         Publicación del mes de mayo, cerquita ya del ecuador de este 2026 que parece que comenzábamos ayer y que titulamos con esta inspiradora frase de Ian MacLaren.  

La inspiración me llegó al recordar los primeros años de mi vida profesional. Ser cajero en una de las ya desaparecidas Cajas de Ahorros que componían el sistema financiero español me permitió iniciarme en una de las facetas que más me ha apasionado durante el resto de mi carrera: el trato con la gente. Comencé en una oficina cañera, de colas interminables y en las que muchas mañanas incluso el encontrar un hueco para poder ir al servicio era una auténtica odisea.

Allí aprendí rápido que el cliente que se asomaba al cristal blindado no tenía ninguna responsabilidad sobre mi estado de ánimo, que imagino que como el de la mayoría de los mortales, variaba debido a los más diversos factores. En sentido contrario también, en principio poco tenía yo que ver con la actitud del cliente cuando se acercaba a la ventanilla. Pero sí descubrí relativamente rápido, y gracias a un inocente y espontáneo juego que comencé a practicar junto a mi compañero de caja, que siempre había algo que podíamos hacer.

Cuando en las eternas colas de clientes que esperaban de forma impaciente a que llegase su turno divisábamos a un sujeto o sujeta con cara de pocos amigos comenzábamos a “jugar”. Lo primero que hacíamos era asignarnos su atención. Algunos días lo hacíamos por orden alternativo, otro día como castigo al compañero o incluso como reto a superar por nosotros mismos cuando nos veíamos motivados. Con dos cajeros, era relativamente “fácil” manipular el orden y hacer que el cliente cayese del lado correcto. Bastaba con ralentizar el servicio del cliente en curso, o levantarse estratégicamente para ir al baño, a la impresora o al despacho del director. El objetivo del juego era tan sencillo de describir como complicado de ejecutar: teníamos que arrancar una sonrisa a ese cliente difícil. Ahí comencé a tener constancia de la existencia de las “neuronas espejo” aunque no recibiese la explicación de las mismas hasta años más tarde. Algunas veces funcionaba, otras no. Pero con independencia del resultado, ser amable con esa persona que parecía estar muy lejos de esa amabilidad nos hacía siempre sentirnos mejor.

Continuaremos hablando sobre las “duras batallas” que tenemos que superar día a día. En primer lugar, muchas veces esa batalla dista mucho de ser un drama. Es simplemente cansancio acumulado:  alguien que se nos ha colado esta mañana en la rotonda y ha estado a punto de golpearnos, un dolor de muelas que nos trae desquiciados, una discusión con nuestra pareja por algo que ya ni recordamos o incluso un camarero que se equivoca al servirnos el café que le habíamos pedido. Un cansancio que nos lleva a ofrecer lo peor de nosotros mismos y que normalmente suele provocar la misma reacción en las personas con las que nos cruzamos. No es el peso del vaso del agua, es el sostenerlo durante mucho tiempo.

La mayoría de las veces sabemos cómo mostrar compasión ante las dificultades visibles: el amigo que está de luto, el compañero de trabajo que se está divorciando, la persona mayor que no puede cruzar por sí misma un paso de peatones… Estas situaciones son relativamente fáciles de abordar. Los casos más difíciles son aquellos que juzgamos automáticamente: el compañero de trabajo que «no muestra compañerismo», la pareja que «olvida nuestro cumpleaños», el vecino que «muestra agresividad». La prueba no está en el desconocido, en ese cliente a quien vemos por primera vez. El desconocido es fácil. La prueba está en la persona con la que convives. Aquella cuya batalla crees conocer, y por eso juzgas y decides que no se trata de una batalla importante, o que simplemente no tiene ninguna batalla que librar. Muchas veces  los privamos de lo que damos libremente a personas a las que nunca volveremos a ver, porque la familiaridad genera certeza, y la certeza es enemiga de la curiosidad.

No podemos ganar la batalla de los demás.  Pero podemos evitar hacerla más pesada. Y en ese proceso nuestra batalla se vuelve más liviana. Porque todos nosotros libramos nuestras propias batallas…  La versión más difícil de esta cita es la que nunca nos decimos en voz alta: “Sé amable contigo mismo, porque tú también estás librando una dura batalla”. La amabilidad que ofrecemos a los demás suele superar la que nos ofrecemos a nosotros mismos.

En el otro extremo, a veces tendemos a pensar que sólo nosotros tenemos problemas y que todos deberían comportarse bien con nosotros. O que los problemas de los demás son insignificantes comparados con los nuestros, que es casi lo mismo o incluso peor que lo anterior…

En todos estos casos la amabilidad no supone un regalo que le hacemos a los demás. Se convierte en una herramienta de regulación para nosotros mismos. Investigaciones sobre la reevaluación positiva y los pequeños actos de amabilidad evidencian cambios fisiológicos. Descienden los niveles de cortisol. Se regula el ritmo cardíaco. Volvemos más rápidamente a ese punto de equilibrio desde el que la situación nos desplazó. Como en nuestro inocente “juego de cajeros”, al sentir curiosidad por el comportamiento de alguien en lugar de juzgarlo, nuestro cuerpo y nuestra mente se calman. No hace falta que cambiemos su forma de actuar, porque además eso es algo que escapa totalmente a nuestro control (mentalidad estoica) La nuestra (que está bajo nuestro control) la cambiamos automáticamente.

Con este deseo de amabilidad compartida me despido hasta el próximo junio, en el que celebraremos ya el paso del Ecuador de 2026. Gracias como siempre por vuestro tiempo y espero que os haya servido esta reflexión.



jueves, 23 de abril de 2026

¿QUÉ HUBIESE SIDO DE MI VIDA...?

         Me enamoré de la lectura siendo muy pequeño. Puede que ahí esté el origen de todo… incluso de mi relación con la escritura.

No lo recuerdo con claridad, pero me cuentan que mi abuelo me llevaba al Casino —el de antes, el de toda la vida— y me hacía leer el periódico en voz alta a sus amigos jubilados. Mi abuelo, orgulloso de su nieto. Sus amigos, pacientes. Y yo, sin saberlo, dando mis primeros pasos en algo que años después seguiría formando parte de mí. Sí recuerdo, en cambio, aquellos periódicos “protegidos” con un tubo de madera y un candado en el extremo. Como si la información fuese un tesoro… o como si alguien no pudiera resistirse a llevárselo a casa.

Pero no todo eran periódicos. En casa había una pequeña colección de libros —medio centenar, más o menos— que ocupaban el mueble bar. Y allí, sin filtros ni edad recomendada, me lancé a leer cosas como La tía Tula o Cinco horas con Mario. No tengo muy claro si entendía algo de lo que leía (probablemente no), pero sí recuerdo perfectamente que me gustaba hacerlo. Y mucho. Quizá de ahí venga mi amor por la escritura. Que no necesariamente mi talento… pero eso es otra historia.

Dentro de esa etapa lectora hubo una “joya” inesperada: la revista Pronto. Sí, has leído bien. Nada de Nature, Science o Muy Interesante. Pronto. La revista que aparecía religiosamente cada sábado en casa de mi tía, en esas visitas familiares que parecían rutinarias… pero que escondían pequeños descubrimientos. Había una sección que me fascinaba: “¿Qué hubiese sido de mi vida…?”. Aunque incluso con pocos años ya intuía que aquellas historias probablemente salían de la imaginación del redactor o redactora de turno, me atrapaban. Me hacían pensar. Me abrían una puerta.

Eran relatos sobre decisiones, sobre cruces de caminos, sobre cómo una elección podía cambiarlo todo. Aún no sabía lo que eran los “universos paralelos”, pero ya jugaba con ellos sin darme cuenta. Tanto, que años después llegué a escribir una novela basada en esa idea. Nunca la publiqué. Pero eso también forma parte de la historia.

Con el paso del tiempo (y unos cuantos años más en la mochila), ese tipo de pensamientos siguen apareciendo de vez en cuando: ¿Y si hubiese elegido otro camino?
¿Y si hubiese dicho que sí… o que no… en aquel momento?

Ahora, además, los observo desde otra perspectiva. La de padre. Y eso cambia mucho las cosas. Porque si algo tengo claro es que prefiero arrepentirme de lo que hice… en lugar de lo que no hice. Pero también tengo igual de claro que ese “qué hubiese pasado si…” solo tiene sentido si lo utilizamos para aprender, no para castigarnos.

Mi vida de hoy —con sus aciertos, sus errores, sus giros inesperados— es el resultado de todas esas decisiones. Y, sobre todo, es el lugar donde están las personas que más quiero. Y eso no lo cambio. Ni siquiera por curiosidad. Esta reflexión no es solo personal. También es profesional. En el mundo de la empresa tenemos una habilidad especial para analizar decisiones pasadas con la información del presente. Y claro… así es muy fácil acertar.

El clásico “yo en tu lugar hubiese…” suele decir más del presente que del pasado. Empatizar, sí. Juzgar a toro pasado… aporta bastante poco. Por eso, más que mirar atrás con lupa, prefiero mirar adelante con intención. Y aquí van dos ideas para cerrar.

La primera: los universos paralelos. No sé si existen. No sé si algún día los entenderemos. Pero pensar en ellos, a veces, es divertido. Nos recuerda que la vida podría haber sido distinta… pero también que aún puede serlo. Porque el pasado no se cambia. Pero el futuro… ese sí está en nuestras manos.

La segunda: dejar de rumiar. Cuando la cabeza entra en modo lavadora —dando vueltas una y otra vez a decisiones pasadas— intento hacer algo muy simple: ampliar el plano. Salir del zoom. Ver la foto completa. Y ahí aparece un comodín infalible: mis hijos.

Porque entonces me hago una pregunta muy sencilla: Si hubiese tomado decisiones diferentes… ¿estaría viviendo esto tal y como lo estoy viviendo hoy? Y como la respuesta podría ser “no”… la lavadora empieza a frenar.

Y si no lo hace, voy un paso más allá: ¿Y si no haber tomado aquella decisión me hubiese llevado a un lugar en el que hoy ni siquiera estaría aquí? Puede sonar extremo. Pero, oye… funciona.

Y hasta aquí por hoy. No quiero seguir dándole más vueltas —que ya sabemos cómo acaba eso—.
Si has llegado hasta aquí, gracias de verdad por tu tiempo. Ojalá esto te invite, al menos, a una pequeña reflexión.

Nos vemos en mayo, ya cerquita del ecuador del año. Y ahora sí… me despido con una imagen real de aquella revista que, sin saberlo, empezó todo esto.



viernes, 27 de marzo de 2026

REFLEXIONES SOBRE LA DIVERSIDAD

     Otro mes que vuelvo a apurar la redacción y la publicación de mi blog. Como siempre, espero a que algún evento o reflexión de mi vida diaria me inspire a escribir algo que pueda ser interesante para mi público (me acabo de venir arriba) y sobre todo que me ayude a pensar mientras lo escribo.

En el mes de marzo hay muchos eventos que me llaman la atención. El principal de ellos, y sobre el que ya he escrito en otras ocasiones es el cumpleaños de mi hijo Pablo, una de mis verdaderas fuentes de inspiración junto a mi hija Daniela. Este año estaba dándole vueltas a la opción de escribir sobre la llegada de la primavera. La entrada de esta estación y la salida del invierno, con todo lo que ello conlleva, da mucho juego. Además de alergias y otros daños colaterales, la primavera, que en su raíz etimológica significa algo parecido a “primer verdor”, implica un renacer que puede tener más sentido que el inicio de año con el día uno de enero o el de curso a principios de septiembre.

En esas estaba cuando la semana pasada tuve la ocasión de acudir a Ifeca (Institución Ferial de Cádiz) a la Feria del Deporte y la Vida Sana, para llevar a cabo la presentación de un proyecto de realidad virtual con la Fundación del Fútbol Andaluz, de la Federación Andaluza de Fútbol. La experiencia va preferentemente dirigida a personas con diversidad funcional y neurodiversidad, con el objetivo de darles la posibilidad de vivir una experiencia “deportiva” que de otra forma no les sería posible. Los lemas “fútbol sin barreras” y el “fútbol es de todos” son la mejor evidencia posible de las características del proyecto. Por si fuera poco, el sábado coincidió con la celebración del Día Mundial del Síndrome de Down, ése que muchos celebran con calcetines desparejados (algunos hasta con los zapatos) como evidencia de la normalización de la diversidad.

Del fin de semana en Jerez me he traído varias reflexiones (y lecciones) muy importantes. La primera es una que ya había transitado mis neuronas en más de una ocasión. ¿Cuál es la verdadera definición de diversidad? Y a sensu contrario ¿y la de la no diversidad? Si acudimos a la RAE en su primera acepción nos encontramos con variedad, desemejanza, diferencia. La desemejanza y diferencia nos lleva a pensar en la referencia respecto a la que experimentamos esa desigualdad. La segunda acepción me gusta más: abundancia, gran cantidad de varias cosas distintas. Las palabras neurodiversidad y diversidad funcional, no aparecen en el diccionario. Pero centrémonos en las presencias, en lugar de en las ausencias. ¿Cuál es la referencia, la normalidad que deberíamos usar para poder entender la diversidad?

Creo que más importante que llegar a definir la diversidad es poder vivirla. El sábado por la mañana, la Fundación del Fútbol Andaluz tuvo a bien organizar varios partidos de fútbol inclusivos. El que realmente llamó mi atención fue uno jugado por un equipo de personas diversas en su más amplio sentido de la palabra. Diversidad de edades, de géneros, de condiciones. Pasé más de media hora absorto viéndolos calentar primero y jugar después. ¿Realmente hay alguna diferencia entre el comportamiento de estas personas y el que observamos en un partido de fútbol “normal”? Varias, bastantes que diría yo. Las que más me impresionaron a continuación:

·        Foco. Aunque esta es una característica que debería encontrarse fácilmente en deportistas de élite, nunca he visto a un futbolista tan concentrado en un calentamiento. Esas miradas al balón antes de golpearlo no tienen precio. Se olvidan del entorno, del marcador, incluso de las normas a veces. Pero están dentro del juego de una forma muy intensa. Curioso porque este foco exclusivo es la base del proyecto de Minifunkids. Lo que ocurre dentro de esas gafas absorbe y anula todo lo que ocurre en el exterior.

·        Alegría. Un gol no es un gol. Es una explosión. Es correr sin rumbo. Es celebrarlo como si fuera la final del mundial. No hay postureo. Solo emoción real. He visto celebraciones más emocionantes que las de futbolistas profesionales.

·        Inocencia. No juegan para ganar. Juegan para jugar. A veces no entienden el resultado como lo entendemos los no diversos… y eso, curiosamente, es lo más puro del deporte.

·        Creatividad imprevisible. Pueden hacer cosas que “no tocan”. Ir en dirección contraria. Chutar a tu propia portería. Quedarse con el balón más tiempo del esperado. Inventarse su propia lógica dentro del juego.

·        Esfuerzo invisible. Lo que para algunos es automático… para ellos puede requerir un esfuerzo enorme. Seguir una norma. Esperar turno. Coordinarse con otros. Cada acción tiene detrás mucho más de lo que parece.

·        Superación constante (aunque no siempre visible). A veces no hay grandes hitos. Pero sí pequeños avances continuos. Y eso, sostenido en el tiempo… es enorme.

No pude evitar acordarme de la película Campeones. Entendí perfectamente por qué Javier Gutiérrez declinó la oferta de participar en la serie “La casa de papel” para en su lugar participar en esa inolvidable película.

Además de esta lección también aprendí bastante de las personas (la mayoría niños) que fueron usuarios de nuestra aplicación. Me di cuenta de que cada uno tenemos nuestros propios patrones de comportamiento. Ante la misma situación (un balón virtual que se lanza hacia nosotros y que tenemos que agarrar y colocar en unas cajas correspondientes en función de distintos criterios, como color, tamaño, tipo de balón…) todos tenemos comportamientos distintos, con independencia del grado de diversidad (si es que la diversidad se puede medir en grados…) Algunos aprenden a agarrar el balón a la primera, otros no son capaces de cogerlo tras más de cinco minutos, otros usan las dos manos, otros hacen el gesto de colocar el balón en su correspondiente cesta incluso sin agarrarlo… Diversas respuestas ante un mismo problema. ¿Es posible distinguir las “normales” de las diversas? Yo no fui capaz. Ni creo que sea necesario.

Y cuando ya estaba a punto de darle al botón de publicar ayer vuelvo a vivir otra experiencia que me reafirma mi teoría sobre la diversidad. Ayer tuve la oportunidad de pasar un día inolvidable junto a mi ahijado, capitán, representado, casi hijo y tantas cosas más Cristian. Por cuestiones de confidencialidad profesional no puedo avanzar mucho más. Tan sólo os puedo decir que se “vienen cositas” y que el resultado del día de ayer nos va a dejar con la boca abierta a más de uno…

Quiero cerrar esta publicación con dos definiciones que me gusta usar cuando hablo de diversidad. Acostumbro a decir que todos somos “Igualmente diferentes” o “diferentemente iguales”. Los que me conocéis sabéis de mi afición por usar zapatos (no sólo calcetines) desparejados. Anteriormente sólo en mi faceta deportiva, y últimamente en mi vida diaria (cosas de tener una jefa comprensiva, entre otras muchas virtudes). Cuando tengo oportunidad de dar alguna charla en un centro educativo acompañado de alguno de mis Capitanes de Carros de Fuego, siempre generamos un debate muy constructivo sobre mis botines son iguales o diferentes. Al final, los chavales entienden que son “igualmente diferentes” o “diferentemente iguales”. Que sean de distintos colores y diversos no quiere decir que en el fondo sean iguales y sirvan para lo mismo. Exactamente igual que ocurre con el maravilloso mundo de la diversidad.



viernes, 20 de febrero de 2026

LA TEORÍA DE LOS OPUESTOS

         Me resulta muy difícil escribir en febrero sobre algo que no sean los carnavales ni la maratón. Con las piernas todavía un poco perjudicadas (algo menos de lo que esperaba y mucho menos de lo que merecía) este año he decidido decantarme por la segunda opción. Quería hacer algo diferente, que fuese más allá de una crónica deportiva tradicional. Este año era mi decimotercera participación consecutiva en esta prueba que tanto me ha dado, y quería hacer de esta celebración algo especial.

Sin miedo alguno a una edición que a algún que otro supersticioso le pudiese evocar el tan temido mal “bajío” y en unas circunstancias un poco especiales, decidí ponerme una vez más en la línea de salida. Para mí la maratón es una prueba que por mucho que repitas siempre tiene algo que enseñarte, así que este año me volví a presentar con toda la curiosidad y apertura de mente dignas del mejor estudiante.

Este año las circunstancias físicas, personales, profesionales y sobre todo meteorológicas me habían llevado a entrenar menos que nunca. El frío, las lluvias, mi cabeza en plena ebullición y alguna que otra causa más me habían llevado a reducir los entrenamientos al mínimo. Reflexionando y mirando hacia atrás, que es como creo que se genera el verdadero aprendizaje, me ha parecido interesante escribir sobre la teoría de los opuestos de Sócrates (y posteriormente de su alumno Platón) que hace ya muchos años (casi ni mi acuerdo) conocí en mis clases de filosofía. Además creo que este concepto creo que ha resurgido con mucha fuerza en un mundo tan polarizado como el que nos ha tocado vivir.

El bueno de Sócrates, además de sólo saber que no sabía nada, apostó por los opuestos como fuente del conocimiento. A través de su contraposición se podía llegar a una mejor comprensión de las cosas. Una buena forma de comprender qué significa el bien es oponerlo a todo lo que conlleva el mal, por ejemplo. Su discípulo Platón, incluso mejorando al maestro (como creo que hacen todos los hijos con sus padres) se atrevió a elevar esta teoría al nivel de las ideas. De hecho, el consideraba las ideas como las formas perfectas y eternas de las cosas, que mostraban su imperfección en el mundo material. Al final, la idea que puede surgir de todo esto, y sobre la que volveremos al final es si los opuestos son realmente opuestos o simplemente son dos aspectos de una misma cosa.  Y también si es posible que los opuestos puedan coexistir en una misma realidad. Los opuestos pueden aparecer como complementarios, como dos aspectos del mismo fenómeno. De hecho la noche y el día no son más que las dos caras del ciclo diario del sol. Los opuestos también pueden coexistir en una misma realidad, el bien y el mal pueden atribuirse a una misma persona, dependiendo de las circunstancias y las decisiones que tome.

Disquisiciones filosóficas aparte (nunca mejor dicho) en esta publicación quería contraponer conceptos como esfuerzo y resultado, motivación y disciplina, improvisación y planes, cuerpo y mente, extremos y equilibrio, meta y camino… con el objetivo de llegar a entenderlos mejor. Y quería hacerlo utilizando las lecciones que he obtenido de mi último recorrido de la distancia inmortalizada por Filípides. Como ya anticipaba, por cuestiones varias, mi “preparación” (sí, entre comillas) hay dejado bastante que desear. Sin llegar a recuperarme totalmente del esguince de tobillo en mis vacaciones me lancé a nuestro Camino de Santiago solidario con el Reto Pichón 2026. Decidí tomarme un tiempo prudente de descanso, y entre el tiempo y mi mente no fui capaz de completar cuarenta kilómetros de carrera en ninguna semana. Las lluvias y la época de las medias maratones se me vinieron encima y participé en cuatro medias casi sin entrenar. Veintiún kilómetros son medianamente asumibles con poco entrenamiento, pero la maratón es otra cosa. De hecho, la maratón no es asumible ni entrenando…

En este camino comencé mi estudio comparado de opuestos. ¿El esfuerzo te garantiza siempre resultados? ¿Por debajo de qué nivel de esfuerzo estamos condenados al fracaso? ¿La falta de entrenamiento es cuestión de falta de motivación o de falta de disciplina? ¿Los planes (de entrenamiento o de lo que sea) deben seguirse al pie de la letra o tenemos que dejar un amplio espacio para la improvisación? ¿Una mente supuestamente fuerte es capaz de compensar un cuerpo medianamente entrenado? ¿Tenemos que ser extremistas en nuestros planteamientos o la virtud está en el término medio? ¿Si no recorres adecuadamente y experimentas la felicidad en el camino eres capaz de llegar a la meta? Muchas preguntas sin respuesta, que se intentaron ordenar en los últimos meses con la experiencia que detallo a continuación.

Poco entrenamiento específico de carrera (casi ninguno) y poco esfuerzo aplicado han condicionado tremendamente el resultado final. Haber entrenado más no me hubiese garantizado un mejor resultado, pero al menos me hubiese ahorrado el arrepentimiento y la incertidumbre acerca de lo que hubiese pasado si lo hubiese hecho. Nunca me faltó motivación. Pensar en los Capitanes de los Carros de Fuego con los que compartimos carrera es motivación necesaria, pero no suficiente. Para salir a correr hace falta disciplina. Para pasar frío, para mojarte, para sufrir. Y disciplina de la que anula cualquier atisbo de argumentación racional o emocional. Tienes toda la razón en pensar que te resfriarás si pillas una mojada de hora y media. La misma que te hace pensar que no te ocurrirá nada porque lo que no te mata te hace más fuerte. En mi caso particular, me queda muy claro que la mente está muy por encima de mi cuerpo, pero si tampoco entrenas la mente no será capaz de suplir el déficit del cuerpo. Limitar los entrenamientos prácticamente a las carreras te hace perderte gran parte del proceso. Demasiado. Esta vida es tan corta que seguro que cuando llegue el final lamentaré todas esas carreras perdidas. Y para cerrar esta publicación tan aparentemente surrealista la confirmación de que el equilibrio es fundamental, como ya comentaba en su día con la publicación sobre la rueda de la vida. Aplicando la metáfora de las notas, puede tener más sentido cuatro asignaturas aprobadas con un cinco cada una, que dos dieces y dos ceros. La media es la misma, pero en el primer caso tenemos un conocimiento aceptable en cuatro temas, mientras que en el segundo somos un genio en dos y un desastre en otros dos.

Por cierto, para los curiosos, y como “espoileaba” en parte al principio, decimotercera participación culminada. Con Lucía, con Irene, con Nacho, con Fernando, con Casilda, con Cristian, con María no era posible rendirse, no terminar. Sorprendentemente, pese a mi imprudencia de participar en una carrera tan respetable tan falto de kilómetros, el bajón me llegó muy al final, varios kilómetros después de dejar atrás el muro. Sufrir, lo que se dice sufrir “sólo” lo hice en los últimos cuatro o quizás cinco kilómetros. Algo asumible, pero lo que realmente duele es la duda de saber qué hubiera sido, si antes me hubiera conocido. Seguramente, tanto no lo hubiese sufrido, con mis amigos…

Cierro con un consejo, dad siempre lo mejor de nosotros mismos. Que nuestra determinación sea siempre más fuerte que nuestras excusas. Y ser coherente entre lo pensamos, decimos y hacemos.

Gracias por vuestro tiempo y perdonad porque esta publicación no me ha quedado muy ortodoxa. Al menos queda claro que ha sido escrito por inteligencia (o lo que sea) natural. Espero que os guste (complicado) pero sobre todo que os ayude a reflexionar (posible).  

Nos vemos en marzo, en plena primavera.



viernes, 23 de enero de 2026

REINVENTÁNDONOS: VOLVER A LOS ORÍGENES, UNA OPCIÓN MÁS

             Estrenamos el blog en este año 2026. Y al mirar atrás me doy cuenta de que éste será mi noveno año publicando mensualmente. Aunque si me pongo “tiquismiquis” (y hoy me he levantado así), esta aventura empezó un poco antes: en 2013 cuando escribía crónicas deportivas de pruebas de larga distancia, coincidiendo con mi debut en el mundo Ironman.

Hay momentos en la vida en los que las cosas no salen como las habíamos imaginado. Y cuando eso ocurre, solemos tener dos opciones: cambiar… o insistir. El problema es que, si seguimos haciendo lo mismo, lo más probable es que sigamos obteniendo los mismos resultados como ya nos dejó caer el bueno de Einstein, en una frase que no sé si realmente llegó a pronunciar él.

Este mes vuelvo a usar una metáfora deportiva. Sí, otra vez. A falta de terapia barata,  no hay nada como un dorsal para reflexionar. Cuando empecé a escribir en 2013, aventurarme con un Ironman, con mis capacidades físicas, parecia más una locura que una imprudencia. De las tres disciplinas, para mí la más intimidante era clara: correr una maratón después de nadar 3,8 km y pedalear 180 km. Eso no era sólo correr. Era negociar con tu cuerpo, con tu cabeza y con tus excusas.

Por aquellos días alternaba mis entrenamientos con clases de Tai Chi Chuan en el gimnasio de Pako’s, que siempre ha sido para mí algo así como mi segunda vivienda. Esa práctica, entre otras muchas cosas, me regaló un Maestro… y un libro: “Chi Running”, de Danny Dreyer. Y ahí cambió el guion: empecé a vivir las interminables sesiones de carrera no como entrenamientos, sino como clases. Aprendía más de lo que “machacaba”.

Casi quince años después, y con bastantes kilómetros en las piernas, la carrera empezó a perder el aliciente. Reconozco que me costó tiempo amar esta disciplina, pero cuando lo logré, salir a correr se convirtió en una especie de meditación en movimiento. Siempre sin música. Y en cada kilómetro me enfocaba en una faceta distinta del Chi Running. No importaba la velocidad ni la distancia: importaban las sensaciones.

Pero con tantas sesiones y tantas carreras, el hambre de aprender se fue apagando. Y pasé de ser alumno… a ser simplemente corredor.

En mi caso, además, hay una “variable” extra: la mayoría (por no decir todas) las carreras en las que participo las hago con mis Capitanes de Carros de Fuego. Y quien haya empuñado el asidero de un carro lo sabe: cuando vas con un Capitán, todo cambia. Los músculos dejan de doler, la mente deja de quejarse y la respiración se ordena como por arte de magia. Te olvidas de que te falta entrenamiento o de que te sobran kilos. Sales para correr… y, de pronto, estás haciendo algo mucho más grande que correr.

El problema es que entrenar con un carro no es algo que yo pueda controlar siempre. Así que, buscando innovar, decidí hacer algo que a veces olvidamos que también es innovar: volver a los principios.

Siempre me ha encantado esa frase de: “Cuando pienses en rendirte, recuerda por qué empezaste.” No había pensado en rendirme (o, al menos, no de forma consciente)… pero volver al principio me ha devuelto algo que echaba de menos: ilusión. Y, sobre todo, disfrute.

Y aquí viene mi pequeña “teoría” de este mes: muchas veces, volver al origen, pero con toda la experiencia acumulada, es una de las formas más originales de avanzar. No solo en el deporte. También en lo profesional… y en lo personal.

Porque sí: nos encanta planificar. Nos encanta que los planes salgan bien.  Gracias, capitán Hannibal Smith, por ponerle frase a nuestro deseo colectivo (espero haber arrancado una sonrisa a los de mi edad). Pero la vida tiene un sentido del humor bastante particular, y a veces —muchas más veces de las que nos apetece— las cosas no salen como estaban previstas. John Lennon lo resumió de forma magistral: “La vida es eso que pasa mientras estamos ocupados haciendo otros planes.”

¿Entonces qué? ¿Planificar o fluir sin planes? Buena pregunta… y material de sobra para otra publicación.

De momento, este enero me quedo con una idea sencilla: si lo que estás haciendo no te está llevando a donde quieres, cambia algo. Y no descartes que ese “algo” sea volver a hacer lo que hacías hace mucho, pero con la persona en la que te has convertido hoy.

Si esta publicación, además de gustaros, consigue que alguien se pare un minuto a pensar cuando las cosas no salen según lo previsto (que nos pasa a todos, aunque lo disimulemos muy bien), entonces habrá merecido la pena, o mejor la alegría, como dice otro de mis Maestros.

Nos vemos en febrero, el mes del carnaval. Gracias por vuestro tiempo, como siempre.

       

miércoles, 24 de diciembre de 2025

CIAO 2026, ARRIVEDERCI 2025

         Diciembre tiene esa extraña forma de presentarse frente a ti sin pedir permiso. No levanta la voz. No señala. Solo llega, se sienta y espera. Y cuando te mira, lo hace con esa mezcla incómoda de balance y verdad que no admite atajos.

Y mientras el exterior se llena de luces, música, regalos, mappings y otros adornos propios de estas fechas, tu interior se siente incómodo porque, aunque no quieras, llega otra vez el momento de hacer balance. Es como si el inmortal cuento de Charles Dickens nos convirtiese a todos en Ebenezer Scrooge. Como si el repaso mental del año que estamos a punto de dejar atrás invitase a nuestros fantasmas de las Navidades pasadas, presente y futura a sentarse frente a nosotros de igual forma que hace el mes de diciembre. Época emotiva y complicada a partes iguales, porque igual que disfrutamos de los que están, nos acordamos de los que ya se han marchado. En mi caso particular, llevo unos años intentando vivirlas como si fuesen las últimas de mi vida, porque al final (va por ti, Amigo) nunca se sabe… Imagino que serán cosas derivadas de hacerme cada vez más estoico, asumiendo el “memento mori”.

2025 ha sido un buen año. Posiblemente el mejor de mi vida, como me gusta decir cada año por estas fechas. Llegar hasta aquí ya supone un verdadero éxito, y hacerlo con las maletas cargadas con más experiencia mejora fácilmente el año anterior.

Una de las ventajas que tiene escribir este blog (para mí, claro) es que me facilita bastante esta evaluación de fin de curso. Se supone que cada mes escribo sobre lo que me preocupa, motiva o influye, con lo que basta una lectura a vista de pájaro (acompañado del fantasma de los meses pasados) para ordenarlo todo.

Empezó con piedras. Claro que sí. Siempre empiezan así los años que enseñan. Pero esta vez no me lancé contra ellas. Me senté. Las miré. Y entendí que muchas no estaban ahí para frenarme, sino para apoyarme. Un buen amigo mío dice que los problemas no se acaban, las soluciones tampoco. Una vida sin problemas (piedras) no sería vida, así que bienvenidas sean. Espero haberme hecho más fuerte este año para poder utilizar las del año próximo.

Luego llegó el recordatorio que nunca falla. La vida no espera. No espera a que te sientas listo, ni a que tengas el discurso perfecto, ni a que el miedo se canse antes que tú. La vida pasa. Y mientras pasa, o estás dentro, o estás mirando. Pensé en abrazos pospuestos, en risas aplazadas por agendas imaginarias, en ese "cuando tenga tiempo" que suele ser una forma educada de decir "cuando ya sea tarde". A pesar de que sólo estaba en febrero, el año comenzaba fuerte.

Y si hablamos de piedras y de paso del tiempo, hablamos de resistencia. De esa que no se aplaude. Días en los que resistir no tenía nada de heroico y todo de necesario. Adaptarte. Ajustar. Elegir seguir cuando lo fácil habría sido apagar luces. Ahí entendí que resistir no es aguantar por orgullo. Resistir es decidir. Cada día. Incluso cuando no hay épica que lo justifique.

Y de pronto, sin avisar, como lo hace diciembre, llegó el mes de abril, el que le robaron a Sabina. Dieciocho velas. Una frontera invisible. Ese momento en el que te das cuenta de que no crías hijos. Los acompañas un rato. Que no son tuyos, te atraviesan. Y que amar también es soltar, aunque la mano tiemble cuando sueltas. Tú eres el arco. Ellos, la flecha. Aceptarlo duele justo lo necesario.

Y tras esta reflexión, vuelta al camino. A esa metáfora de la vida que son los 101. Porque pienso mejor cuando avanzo. Cuando el cuerpo se cansa y la cabeza se rinde. Retos que no van de ganar, sino de presentarte. Con lo que tienes. Con lo que eres. Sin pedirle a la vida que te lo ponga fácil. Y, si hay suerte, encontrar alegría en mitad del cansancio. De esa que no se grita, pero sostiene.

Tras este reseteo mental que te regalan casi veinticuatro horas contigo mismo me di cuenta de que había que desprenderse de algunas máscaras. No todas, sin exagerar. Pero las suficientes. Porque aunque el carnaval también forma parte de mi vida, todo el año no es febrero, aunque muchas coplas canten lo contrario. Hay que quitarse las más peligrosas. Las de "puedo con todo", las de "mírame qué bien", las de "no pasa nada". Y al hacerlo descubrí algo curioso. Cuando bajas la guardia, los demás también respiran. Ser uno mismo no te hace más fuerte. Te hace más tranquilo. Y eso, hoy, es un lujo. Además, ésta fue la lección más importante que me dejó mi padre, y aplicarla es la mejor forma de honrarlo y recordarlo.

Otra vuelta al sol. Un aniversario especialmente complicado por la rima que provoca. Y mi regalo llegó en forma de iluminación y aprendizaje. La cuerda no da para todo. Si tapas una parte, otra queda al descubierto. Quizá ahí esté la sabiduría que llega con el tiempo. Menos extremos, más equilibrio. Las cimas lucen mucho. Pero las simas enseñan de verdad.

En las vacaciones volví a tropezar. Otra vez. Porque el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, dicen. El error no vino a humillarme, vino a ajustar el rumbo. Entendí que la calidad no nace de hacerlo perfecto, sino de permitirte hacerlo mal y mejorar. Que el proceso importa más que el golpe de suerte. Y que repetir piedra en el tropiezo incrementa las posibilidades de aprender la lección.

Vuelta al a rutina con otra locura. De las que merecen la pena. No por ego, sino por sentido. Por gente. Por propósito. Horas largas, sueño robado, piernas discutiendo con la cabeza. Y una verdad que volvió a aparecer clara. La felicidad no está al final. Es el combustible. El "por qué" lo cambia todo. Cuando es real, empuja incluso cuando las fuerzas no llegan. Alberto nos enseñó incontables lecciones a más de mil kilómetros…

También apareció el demonio de siempre. El "para qué". Y ahí volví al truco más simple y más eficaz que conozco. Contar pasos. Cien. Solo cien. Luego otros cien. Porque a veces no se trata de correr, sino de no bajarte. Nunca te bajes. Como mucho, que te bajen. Conectado con la resistencia, con los tropiezos. La motivación enciende la chispa, pero la constancia la mantiene encendida.

El mes pasado me embarqué en un recorrido que me regaló un paseo por mi vida, similar al de los fantasmas. Un paseo particular, privado, pero que guarda muchos paralelismos con el que todo llevamos a cabo.

Y ahora, sentado frente a diciembre, detengo el barco un momento. No para terminar. Para revisar. Para agradecer. Para entender que el río no se repite, pero tú tampoco eres el mismo. Que has aprendido a leer mejor la corriente. Y que navegar no va de llegar al mar, sino de hacerlo con sentido.

Si este año te ha dejado cansado, estás vivo. Si te ha dejado dudas, sigues pensando. Y si te ha dejado ganas de llorar un poco, adelante. A veces hay que vaciar para poder seguir. Y seguro que el hueco que dejen esas lágrimas se llenará con algo bonito.

Cierro el cuaderno del blog con una sonrisa tranquila. De las que no se publican, pero se sienten. Y con una promesa sencilla. Seguir navegando. Con menos prisa. Con más conciencia. Y con esa obstinación bonita de intentar hacerlo un poco mejor. Y de compartirlo con vosotros, mientras esté por aquí.

Gracias por estar al otro lado. Nos vemos pronto. Que el ritmo no pare, porque como decía el gran Freddy, “el espectáculo debe continuar”.



lunes, 17 de noviembre de 2025

NOVIEMBRE DULCE: EL RÍO DE LA VIDA

     Noviembre es un mes que tiene un significado especial para mí. Es el mes del cumpleaños de mi compañera de viaje, y el mes en el que comenzamos a salir hace ya bastantes años. Reflexionando sobre el camino que hemos recorrido juntos me vino a la mente una técnica llamada el Río de la Vida (igual que la película dirigida por el añorado Robert Redford y protagonizada por Brad Pitt) que utiliza la metáfora de un río para que las personas analicemos nuestra trayectoria vital, experiencias, desafíos y éxitos. La última vez que la utilicé fue hace un par de años, justo antes de mi último cambio profesional, y la verdad es que me fue bastante útil.  Me permitió ver con bastante perspectiva todo lo que había hecho ya (a mi edad el río es bastante largo…) y sobre todo motivarme para lo que soy aún capaz de hacer mientras el río fluya…

Como trasponer aquí mi particular río de la vida me parecía poco útil para los lectores (salvo para los que tuvieran alguna curiosidad especial), he creado un río de la vida genérico, en el que, a la vez que todo parecido con la realidad es pura coincidencia, se reflejan circunstancias muy genéricas para hacernos reflexionar. Va en formato lista, para facilitar su lectura y no hacerlo excesivamente pesado.

h Nacemos. Posiblemente uno de los días más importantes de nuestra vida del que no tenemos recuerdo alguno, al menos los de nuestra generación. Hoy en día con los teléfonos móviles es más fácil, pero algunos tuvimos que esperar bastantes años para colocarnos por primera vez frente a un objetivo.

h Llegan otros miembros a la familia, en el caso de que seamos hermanos mayores. En muchas ocasiones tampoco tenemos recuerdos de esta etapa.

h Comienza nuestra etapa escolar. Parvulitos o educación infantil. Guardería o cole. Época aún de recuerdos difusos.

h Llegan los amigos. Aquellos a los que nos gusta acompañar en sus cumpleaños, y con los que a veces compartimos extraescolares. Los recuerdos comienzan a ser cada vez más claros, y muchos de los contactos que hagamos aquí nos acompañarán a lo largo del curso del río.

h Las hormonas comienzan a revolucionarse en nuestro interior. Ya se habrán formado la mayor parte de los rasgos que definirán nuestra personalidad de adultos. Y muchos recuerdos, incluso no accesibles para nosotros, condicionarán nuestro comportamiento.

h Transitamos por la adolescencia, y desplazamos hacia nuestros amigos el rol de héroe que hasta ahora habían asumido muchos de nuestros padres, ocupando en su lugar el de villanos.

h Cumplimos la mayoría de edad (puesta de largo para la generación actual y posibilidad de comenzar a trabajar para otras más antiguas) Algunos pasaremos por la universidad, como otra etapa de vital importancia en nuestro recorrido (o no)

h Se consolidan las relaciones de pareja, y algunos nos planteamos transitar por la ribera del río junto a alguien durante gran parte del camino. Otros prefieren ir solos, otros cambiar de acompañante cada cierto tiempo. Cuestión de gustos.

h Llega la hora de debutar en el mercado laboral (por lo general, cada vez más tarde). Disfrutamos de o sufrimos a nuestro primer jefe, cuya influencia dicen que es vital para el resto de nuestra carrera profesional.

h Algunos decidimos tener descendencia, algo que condicionará definitivamente nuestro recorrido. Sobre todo porque comenzaremos a ser modelo de referencia para los que forman parte de nuestra familia.

h Los que tenemos prole vemos el recorrido desde una nueva perspectiva. Condicionados (en teoría) por la responsabilidad que conlleva el que nuestras huellas guíen otros caminos.

h Desarrollamos nuestra carrera profesional. Algunos incluso llegamos a ser jefes y tenemos la oportunidad de recordar como nuestro primer jefe nos trataba a nosotros.

h Tener hijos también nos da la oportunidad de volver a pasar por los mismos meandros que transitamos de joven, pero ahora sin tener el papel de protagonista. En un ejercicio muy importante tenemos que aprender a soltar, a dejar que cada uno recorra su propio camino.

h Se nos empiezan a caer compañeros de viaje, algunos porque empezaron su recorrido mucho antes que nosotros, y otros porque simplemente su desembocadura estaba predestinada antes de lo habitual.

h Nos damos cuenta de que lo importante no es la longitud del río, sino lo que podamos disfrutar de su recorrido. Mirando con perspectiva hacía atrás, comenzamos a comprender muchas cosas. Los rápidos, las cascadas, los estanques y los demás accidentes que hemos atravesado no son más que lecciones de vida necesarias para seguir aprendiendo. Unimos puntos, que diría Steve Jobs.

h … y hasta aquí puedo contar, porque afortunadamente sigo paseando por la ribera. Sin ninguna prisa por llegar al mar, pero aprovechando a tope el camino por si se llega antes de lo esperado.

Espero que este guion genérico os motive e inspire para que podáis dibujar vuestro propio río de la vida. Reflexionar sobre mis principales hitos me sirvió para decidir qué camino tomar, y con qué experiencias ir rellenando futuros ejercicios.

Parafraseando a Heráclito, “nadie se baña dos veces en el mismo río”, porque el río nunca es el mismo, porque el agua que fluye continuamente hace que el río sea siempre un nuevo cauce con aguas diferentes en cada momento, pero sobre todo porque la persona tampoco es la misma, porque el tiempo y la experiencia cambian a la persona de una manera tan constante como el río.

Y para finalizar la publicación y dejar tiempo a que todos podáis representar vuestro propio río de la vida, una imagen ligeramente retocada, del cartel de la película a la que hacía referencia, donde un “experimentado” Brad Pitt nos dedica una de sus cautivadoras sonrisas.

Cerramos el año con la próxima publicación. Gracias por vuestro tiempo como siempre.