Publicación del mes de mayo, cerquita ya del ecuador de este 2026 que parece que comenzábamos ayer y que titulamos con esta inspiradora frase de Ian MacLaren.
La inspiración
me llegó al recordar los primeros años de mi vida profesional. Ser cajero en
una de las ya desaparecidas Cajas de Ahorros que componían el sistema financiero
español me permitió iniciarme en una de las facetas que más me ha apasionado durante
el resto de mi carrera: el trato con la gente. Comencé en una oficina cañera,
de colas interminables y en las que muchas mañanas incluso el encontrar un
hueco para poder ir al servicio era una auténtica odisea.
Allí aprendí rápido
que el cliente que se asomaba al cristal blindado no tenía ninguna
responsabilidad sobre mi estado de ánimo, que imagino que como el de la mayoría
de los mortales, variaba debido a los más diversos factores. En sentido
contrario también, en principio poco tenía yo que ver con la actitud del
cliente cuando se acercaba a la ventanilla. Pero sí descubrí relativamente
rápido, y gracias a un inocente y espontáneo juego que comencé a practicar junto
a mi compañero de caja, que siempre había algo que podíamos hacer.
Cuando en las eternas
colas de clientes que esperaban de forma impaciente a que llegase su turno
divisábamos a un sujeto o sujeta con cara de pocos amigos comenzábamos a “jugar”.
Lo primero que hacíamos era asignarnos su atención. Algunos días lo hacíamos
por orden alternativo, otro día como castigo al compañero o incluso como reto a
superar por nosotros mismos cuando nos veíamos motivados. Con dos cajeros, era relativamente
“fácil” manipular el orden y hacer que el cliente cayese del lado correcto.
Bastaba con ralentizar el servicio del cliente en curso, o levantarse estratégicamente
para ir al baño, a la impresora o al despacho del director. El objetivo del
juego era tan sencillo de describir como complicado de ejecutar: teníamos que
arrancar una sonrisa a ese cliente difícil. Ahí comencé a tener constancia de
la existencia de las “neuronas espejo” aunque no recibiese la explicación de
las mismas hasta años más tarde. Algunas veces funcionaba, otras no. Pero con
independencia del resultado, ser amable con esa persona que parecía estar muy
lejos de esa amabilidad nos hacía siempre sentirnos mejor.
Continuaremos
hablando sobre las “duras batallas” que tenemos que superar día a día. En
primer lugar, muchas veces esa batalla dista mucho de ser un drama. Es simplemente
cansancio acumulado: alguien que se nos
ha colado esta mañana en la rotonda y ha estado a punto de golpearnos, un dolor
de muelas que nos trae desquiciados, una discusión con nuestra pareja por algo
que ya ni recordamos o incluso un camarero que se equivoca al servirnos el café
que le habíamos pedido. Un cansancio que nos lleva a ofrecer lo peor de
nosotros mismos y que normalmente suele provocar la misma reacción en las
personas con las que nos cruzamos. No es el peso del vaso del agua, es el
sostenerlo durante mucho tiempo.
La mayoría de
las veces sabemos cómo mostrar compasión ante las dificultades visibles: el
amigo que está de luto, el compañero de trabajo que se está divorciando, la
persona mayor que no puede cruzar por sí misma un paso de peatones… Estas situaciones
son relativamente fáciles de abordar. Los casos más difíciles son aquellos que
juzgamos automáticamente: el compañero de trabajo que «no muestra compañerismo»,
la pareja que «olvida nuestro cumpleaños», el vecino que «muestra agresividad».
La prueba no está en el desconocido, en ese cliente a quien vemos por primera vez.
El desconocido es fácil. La prueba está en la persona con la que convives.
Aquella cuya batalla crees conocer, y por eso juzgas y decides que no se trata
de una batalla importante, o que simplemente no tiene ninguna batalla que
librar. Muchas veces los privamos de lo
que damos libremente a personas a las que nunca volveremos a ver, porque la
familiaridad genera certeza, y la certeza es enemiga de la curiosidad.
No podemos
ganar la batalla de los demás. Pero podemos
evitar hacerla más pesada. Y en ese proceso nuestra batalla se vuelve más liviana.
Porque todos nosotros libramos nuestras propias batallas… La versión más difícil de esta cita es la que
nunca nos decimos en voz alta: “Sé amable contigo mismo, porque tú también
estás librando una dura batalla”. La amabilidad que ofrecemos a los demás suele
superar la que nos ofrecemos a nosotros mismos.
En el otro
extremo, a veces tendemos a pensar que sólo nosotros tenemos problemas y que
todos deberían comportarse bien con nosotros. O que los problemas de los demás
son insignificantes comparados con los nuestros, que es casi lo mismo o incluso
peor que lo anterior…
En todos estos
casos la amabilidad no supone un regalo que le hacemos a los demás. Se
convierte en una herramienta de regulación para nosotros mismos. Investigaciones
sobre la reevaluación positiva y los pequeños actos de amabilidad evidencian
cambios fisiológicos. Descienden los niveles de cortisol. Se regula el ritmo
cardíaco. Volvemos más rápidamente a ese punto de equilibrio desde el que la situación
nos desplazó. Como en nuestro inocente “juego de cajeros”, al sentir curiosidad
por el comportamiento de alguien en lugar de juzgarlo, nuestro cuerpo y nuestra
mente se calman. No hace falta que cambiemos su forma de actuar, porque además
eso es algo que escapa totalmente a nuestro control (mentalidad estoica) La
nuestra (que está bajo nuestro control) la cambiamos automáticamente.
Con este deseo
de amabilidad compartida me despido hasta el próximo junio, en el que celebraremos
ya el paso del Ecuador de 2026. Gracias como siempre por vuestro tiempo y
espero que os haya servido esta reflexión.






