En agosto, mes tradicionalmente de vacaciones para la mayoría, sigo entrenando con la mente puesta en futuros retos que mantengan encendida la llama de la motivación. El otro día mientras cargaba la barra para una serie de sentadillas volvió a mi cabeza una pregunta a la que llevo dando vueltas durante casi toda mi vida: ¿de verdad sabemos dónde está nuestro límite?
Sin querer
parecer imprudente ni provocar locuras, mi impresión, después de muchos años
entrenando, es que casi nunca. La mayoría de las veces no conocemos nuestro
límite real, simplemente porque nunca hemos llegado hasta allí. Confundimos la
frontera de la comodidad con la de lo imposible. Y son dos sitios muy
distintos, con bastante más distancia entre ellos de la que solemos imaginar.
Llevo muchos
años en Pako's a mis espaldas, aunque siga sin notarse… Y si algo he
aprendido durante todo este tiempo es que el cuerpo avisa mucho antes de lo
necesario. Cuando una serie empieza a doler de verdad (y no hablo del dolor que
avisa de una lesión, sino del dolor “bueno” que es la antesala del crecimiento), la mente manda la señal de
parar bastante antes de que el músculo esté realmente agotado. Es pura
supervivencia: el cerebro prefiere quedarse corto antes que pasarse de frenada.
Durante años
(mis años mozos, obviamente) llevé mi cuerpo muchas veces hasta ese punto en el
que pensaba que ya no podía dar ni una repetición más. Y descubrí serie tras
serie, que casi siempre quedaba algo más. Una repetición extra. Un poco más de
peso del que creía poder mover. Un segundo más aguantando la postura cuando
todo apuntaba a soltarla. Con el tiempo entendí que no era el cuerpo lo que más
crecía en esos años de gimnasio. Era la cabeza.
Ese hallazgo
no llegó de un día para otro. Llegó serie a serie, año a año, casi sin darme
cuenta, hasta que un día fui capaz de mirar atrás y comprobar la distancia
recorrida entre el límite que yo imaginaba con quince años y el que realmente
tenía. Ese margen, ese hueco entre lo que crees que puedes y lo que en realidad
puedes, es quizá el terreno más interesante que existe para crecer.
Algo parecido,
aunque a otra escala, me pasó en la FAN-PIN, esa prueba de fango sobre la que ya
hablé hace casi tres años. Fue la vez que más cerca he estado de tocar mi
límite real en toda mi vida. Y aun así, sigo pensando que ni siquiera entonces
llegué a rozarlo del todo. Quedaba más. Siempre queda más.
Con el tiempo
empecé a ver el mismo patrón fuera del gimnasio. En Minifunkids hay días en los
que visto desde fuera, parece que ya no queda ningún movimiento posible. Que hemos
llegado al techo, o peor, a la pared. Y sin embargo, siempre hay un paso más
que dar. Una conversación más que tener. Una puerta nueva que todavía no
habíamos probado a tocar.
Emprender se
parece bastante a esa última repetición que crees que no vas a poder completar.
Desde fuera, cuando alguien ve un proyecto atascado, todo el mundo tiene
clarísima cuál es la solución. Es fácil decirlo desde la grada. Lo difícil es
descubrir, estando dentro, que casi siempre queda una repetición más de la que
nadie, ni siquiera tú mismo, pensabas que había.
Creo que el
gimnasio y emprender comparten más de lo que parece a simple vista:
- La primera señal de cansancio no es el límite,
es solo una alarma. El cuerpo y la cabeza avisan pronto, por
prudencia, no porque ya no quede nada.
- El progreso no se nota serie a serie, ni mes a
mes. Solo se aprecia mirando atrás, comparando el punto de partida con
el de hoy.
- Nadie descubre su límite real quedándose por
debajo de él. Hace falta empujar, aunque sea un poco, para saber qué
hay al otro lado.
- El acompañamiento importa. Un compañero de
serie, un socio, un amigo que te empuje esa última repetición, casi
siempre marca la diferencia entre parar ahí o seguir.
Creo que por
eso me sigue gustando tanto entrenar. No tanto por el físico, que también, sino
porque cada serie es un recordatorio de algo que se me olvida con facilidad en
el resto de la vida: que el límite casi nunca está donde tu cabeza te dice que
está. Está bastante más allá. Y solo lo descubres si te atreves a seguir cuando
toda la lógica te pide parar.
Así que si en
lo poco que queda de este mes de agosto sentís que ya no queda nada más que
hacer, en el gimnasio, en el trabajo, en casa o donde sea, os invito a intentar
una repetición más antes de soltar la barra. Puede que descubráis, como yo, que
el límite estaba bastante más lejos de lo que pensabais.
Gracias por
vuestro tiempo como siempre y seguimos entrenando, cuerpo y cabeza.
#ShowMustGoOn






