Octubre se me escapaba… y casi se me escapa del todo. Entre unas cosas y otras, el mes iba camino de cerrarse sin su entrada en el blog, y eso, para quien lleva tiempo escribiendo por aquí es como saltarse el último entrenamiento de la semana: nadie se entera, pero uno sí. Así que aquí estoy, apurando los últimos días del mes y con una excusa de lujo para hacerlo.
Hace un par de días tuve la
suerte de asistir, en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, a la
conferencia de Toni Nadal, tío y entrenador durante tantísimos años de Rafa
Nadal. El título lo decía todo: «Todo se puede entrenar». Y claro, con ese título,
a uno que se pasa media vida entre pesas, kilómetros y piscinas no hacía falta
convencerle mucho… Tengo que agradecérselo especialmente a mi amigo Waldo, que
me hizo llegar la información.
Fui con mi libreta, como en los
viejos tiempos, y volví con varias páginas llenas de notas a mano (alguna de
ellas, os confieso, ni yo mismo era capaz de descifrarlas esa misma tarde). Hoy
quiero compartir con vosotros lo que me traje de aquella jornada.
Toni contó que, desde que vio que
su sobrino tenía condiciones, le propuso siempre retos muy elevados. Muy, muy
elevados. Pero matizó algo que me pareció clave: no alcanzarlos nunca habría
sido un fracaso. Para él, «el único fracaso que hay en la vida es no hacer todo
lo posible para alcanzar lo que uno se ha propuesto». Ganar Roland Garros o
llegar al número uno no dependía solo de Rafa: te puede tocar convivir con un
Federer… o con dos o tres. Por eso le propuso el único reto que sí dependía
exclusivamente de él: mejorar. Hacer las cosas hoy un poco mejor que
ayer, y mañana un poco mejor que hoy.
Escuchándole pensaba en las
carreras. Nadie controla lo que corre el de al lado. Lo que sí controlas es dar
en cada carrera lo mejor de ti. Después de tantos años “compitiendo” (a mi nivel)
empecé realmente a disfrutar de ellas cuando me enfoqué en lo que dependía
exclusivamente de mí, llevar a nuestros Capitanes de Carros sin importarme el ritmo ni la clasificación.
Luego vino la anécdota de la
raqueta. Rafa, siendo un chaval, jugaba un torneo Future y estaba perdiendo de
mala manera contra alguien teóricamente peor que él. Un amigo de Toni se le acercó en la grada: «Oye, ¿tu sobrino no
tiene otra raqueta? Creo que está jugando con una raqueta rota». Efectivamente,
el marco estaba crujido. Cuando acabó el partido, Toni le preguntó cómo era
posible que no se hubiera dado cuenta, y Rafa le contestó algo que hizo reír a
toda la sala: «Estoy tan acostumbrado a tener siempre la culpa yo que nunca me
imaginé que era la raqueta la que me hacía jugar mal». De ahí salieron dos de
las frases de la tarde: confía más en tu trabajo que en tu talento y nunca
una excusa nos hizo ganar un partido. Las justificaciones siempre las vas a
encontrar… lo que no van a hacer es ayudarte.
Pero la historia que me puso los
pelos de punta fue otra, y ya sabéis el mérito que eso tiene en mí. En el Open de Australia de 2009, Rafa venía de una semifinal brutal contra Fernando
Verdasco: 5 horas y 14 minutos. Al día siguiente, preparando la final, apareció
con mala cara y una lista de dolores interminable: el gemelo, el brazo, el
hombro, la cabeza… «en fin, una cafetera», dijo Toni. «Hoy no puedo correr». Y
Toni le contestó: «Te estás engañando y me estás engañando a mí. Cuando creemos
que estamos al límite, siempre hay un poco más». Dos horas y media de
conversación (con el «Yes we can» de Obama incluido) hasta que, quince minutos
antes de salir a pista, le vio cambiar la cara. Tres horas después, en el
quinto set, Rafa derrotó a Roger Federer. Me vino a la cabeza mi historia sobre
los 100 pasos que publiqué justo hace un año (https://antoniojuradochole.blogspot.com/search?q=100+pasos)
y que en varias ocasiones he compartido en centros y asociaciones.
Tampoco pude evitar acordarme de
lo que os escribí en agosto sobre ese límite que todavía no hemos pisado, ni de
los 116 kilómetros del Camino de septiembre. Toni lo resumió con una pregunta
que me apunté con letras grandes: si se colocase un francotirador en la
grada que te disparase cuando parases de correr, ¿seguirías corriendo? Pues
eso. Casi siempre podemos un poco más.
También habló de exigencia, y lo
hizo de una forma que me reconcilió con la palabra. Fue un entrenador duro, sí,
pero «nunca sería exigente con alguien por el que no siento un gran aprecio». A
los entrenadores de su academia les pedía lo mismo: sed muy exigentes con los
chicos, pero demostradles siempre vuestro cariño. Y remató con una frase que
pienso aplicar con mi equipo (y conmigo mismo): la gente que me quiere es
exigente conmigo.
Hubo muchísimas más ideas, tantas
que no caben en una entrada (y eso que ésta ya va larga…). Os dejo las que más
subrayé en la libreta, por si a alguien le sirven para pegarlas en la nevera:
- El talento se educa en la calma; el carácter se
forja en la tempestad.
- Perder no es un fracaso: es parte del
proceso.
- Hacer las cosas bien no te garantiza el éxito,
pero no hacerlas bien te garantiza casi siempre el fracaso.
- Es fácil ser un buen jugador cuando las cosas
van bien. Lo difícil es serlo cuando van mal.
- Define qué quieres conseguir y qué precio
estás dispuesto a pagar.
- Sé lo suficientemente valiente para conocer
la realidad y aceptarla.
Y una más, que me dejó pensando
un buen rato. Miguel Ángel pasó más de un año trabajando en La Piedad del
Vaticano para que, más de 500 años después, podamos disfrutarla. Vivimos en la
cultura de lo inmediato, queremos resultados para ayer y, como dijo Toni, a
veces nos falta tolerancia a la frustración y capacidad de aguante. Y, según
él, esa capacidad de aguante fue precisamente la decisiva en la carrera de
Rafa.
El final fue de los que se
recuerdan. Su sobrino ganó 14 veces en París y 22 Grand Slams, «pero lo que
ganó por encima de todo fue la satisfacción personal del deber cumplido». La de
saber que la victoria nunca fue lo más importante. Que lo más importante fue el
proceso para conseguirla. Y nos dejó un recado: si un chico normal de un
pequeño pueblo de Mallorca fue capaz de hacerlo, muchos de vosotros también lo
podéis conseguir. Se puede llegar muy arriba sin perder nunca la corrección. Se
puede aspirar a lo máximo siendo normal.
Salí de la Olavide con la libreta
llena y la cabeza a mil, y con una idea muy clara: el talento no se elige, pero
el esfuerzo, la actitud y la forma de encajar los golpes sí. Todo eso se
entrena. Como se entrenan las piernas, la espalda o la paciencia. Con ilusión,
con esfuerzo, con confianza… y con espíritu ganador, que es como terminaba el
vídeo sobre la resiliencia de Rafa que nos pusieron esa tarde.
Así que ya sabéis: la próxima vez
que os digáis «hoy no puedo», acordaos de aquella final. Seguramente quede un
poco más. Siempre queda un poco más.
Gracias por vuestro tiempo como
siempre y seguimos entrenando, cuerpo y cabeza.
#ShowMustGoOn






