Me enamoré de la lectura siendo muy pequeño. Puede que ahí esté el origen de todo… incluso de mi relación con la escritura.
No lo recuerdo
con claridad, pero me cuentan que mi abuelo me llevaba al Casino —el de antes,
el de toda la vida— y me hacía leer el periódico en voz alta a sus amigos
jubilados. Mi abuelo, orgulloso de su nieto. Sus amigos, pacientes. Y yo, sin
saberlo, dando mis primeros pasos en algo que años después seguiría formando
parte de mí. Sí recuerdo, en cambio, aquellos periódicos “protegidos” con un
tubo de madera y un candado en el extremo. Como si la información fuese un
tesoro… o como si alguien no pudiera resistirse a llevárselo a casa.
Pero no todo
eran periódicos. En casa había una pequeña colección de libros —medio centenar,
más o menos— que ocupaban el mueble bar. Y allí, sin filtros ni edad
recomendada, me lancé a leer cosas como La tía Tula o Cinco horas con
Mario. No tengo muy claro si entendía algo de lo que leía (probablemente
no), pero sí recuerdo perfectamente que me gustaba hacerlo. Y mucho. Quizá de
ahí venga mi amor por la escritura. Que no necesariamente mi talento… pero eso
es otra historia.
Dentro de esa
etapa lectora hubo una “joya” inesperada: la revista Pronto. Sí, has
leído bien. Nada de Nature, Science o Muy Interesante. Pronto.
La revista que aparecía religiosamente cada sábado en casa de mi tía, en esas
visitas familiares que parecían rutinarias… pero que escondían pequeños
descubrimientos. Había una sección que me fascinaba: “¿Qué hubiese sido de mi
vida…?”. Aunque incluso con pocos años ya intuía que aquellas historias
probablemente salían de la imaginación del redactor o redactora de turno, me
atrapaban. Me hacían pensar. Me abrían una puerta.
Eran relatos
sobre decisiones, sobre cruces de caminos, sobre cómo una elección podía
cambiarlo todo. Aún no sabía lo que eran los “universos paralelos”, pero ya
jugaba con ellos sin darme cuenta. Tanto, que años después llegué a escribir
una novela basada en esa idea. Nunca la publiqué. Pero eso también forma parte
de la historia.
Con el paso
del tiempo (y unos cuantos años más en la mochila), ese tipo de pensamientos
siguen apareciendo de vez en cuando: ¿Y si hubiese elegido otro camino?
¿Y si hubiese dicho que sí… o que no… en aquel momento?
Ahora, además,
los observo desde otra perspectiva. La de padre. Y eso cambia mucho las cosas. Porque
si algo tengo claro es que prefiero arrepentirme de lo que hice… en lugar de lo
que no hice. Pero también tengo igual de claro que ese “qué hubiese pasado si…”
solo tiene sentido si lo utilizamos para aprender, no para castigarnos.
Mi vida de hoy
—con sus aciertos, sus errores, sus giros inesperados— es el resultado de todas
esas decisiones. Y, sobre todo, es el lugar donde están las personas que más
quiero. Y eso no lo cambio. Ni siquiera por curiosidad. Esta reflexión no es
solo personal. También es profesional. En el mundo de la empresa tenemos una
habilidad especial para analizar decisiones pasadas con la información del
presente. Y claro… así es muy fácil acertar.
El clásico “yo
en tu lugar hubiese…” suele decir más del presente que del pasado. Empatizar,
sí. Juzgar a toro pasado… aporta bastante poco. Por eso, más que mirar atrás
con lupa, prefiero mirar adelante con intención. Y aquí van dos ideas para
cerrar.
La primera:
los universos paralelos. No sé si existen. No sé si algún día los entenderemos.
Pero pensar en ellos, a veces, es divertido. Nos recuerda que la vida podría
haber sido distinta… pero también que aún puede serlo. Porque el pasado no se
cambia. Pero el futuro… ese sí está en nuestras manos.
La segunda:
dejar de rumiar. Cuando la cabeza entra en modo lavadora —dando vueltas una y
otra vez a decisiones pasadas— intento hacer algo muy simple: ampliar el plano.
Salir del zoom. Ver la foto completa. Y ahí aparece un comodín infalible: mis
hijos.
Porque
entonces me hago una pregunta muy sencilla: Si hubiese tomado decisiones
diferentes… ¿estaría viviendo esto tal y como lo estoy viviendo hoy? Y como la
respuesta podría ser “no”… la lavadora empieza a frenar.
Y si no lo
hace, voy un paso más allá: ¿Y si no haber tomado aquella decisión me hubiese
llevado a un lugar en el que hoy ni siquiera estaría aquí? Puede sonar extremo.
Pero, oye… funciona.
Y hasta aquí por hoy. No quiero
seguir dándole más vueltas —que ya sabemos cómo acaba eso—.
Si has llegado hasta aquí, gracias de verdad por tu tiempo. Ojalá esto te
invite, al menos, a una pequeña reflexión.
Nos vemos en mayo, ya cerquita
del ecuador del año. Y ahora sí… me despido con una imagen real de aquella
revista que, sin saberlo, empezó todo esto.

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