jueves, 23 de abril de 2026

¿QUÉ HUBIESE SIDO DE MI VIDA...?

         Me enamoré de la lectura siendo muy pequeño. Puede que ahí esté el origen de todo… incluso de mi relación con la escritura.

No lo recuerdo con claridad, pero me cuentan que mi abuelo me llevaba al Casino —el de antes, el de toda la vida— y me hacía leer el periódico en voz alta a sus amigos jubilados. Mi abuelo, orgulloso de su nieto. Sus amigos, pacientes. Y yo, sin saberlo, dando mis primeros pasos en algo que años después seguiría formando parte de mí. Sí recuerdo, en cambio, aquellos periódicos “protegidos” con un tubo de madera y un candado en el extremo. Como si la información fuese un tesoro… o como si alguien no pudiera resistirse a llevárselo a casa.

Pero no todo eran periódicos. En casa había una pequeña colección de libros —medio centenar, más o menos— que ocupaban el mueble bar. Y allí, sin filtros ni edad recomendada, me lancé a leer cosas como La tía Tula o Cinco horas con Mario. No tengo muy claro si entendía algo de lo que leía (probablemente no), pero sí recuerdo perfectamente que me gustaba hacerlo. Y mucho. Quizá de ahí venga mi amor por la escritura. Que no necesariamente mi talento… pero eso es otra historia.

Dentro de esa etapa lectora hubo una “joya” inesperada: la revista Pronto. Sí, has leído bien. Nada de Nature, Science o Muy Interesante. Pronto. La revista que aparecía religiosamente cada sábado en casa de mi tía, en esas visitas familiares que parecían rutinarias… pero que escondían pequeños descubrimientos. Había una sección que me fascinaba: “¿Qué hubiese sido de mi vida…?”. Aunque incluso con pocos años ya intuía que aquellas historias probablemente salían de la imaginación del redactor o redactora de turno, me atrapaban. Me hacían pensar. Me abrían una puerta.

Eran relatos sobre decisiones, sobre cruces de caminos, sobre cómo una elección podía cambiarlo todo. Aún no sabía lo que eran los “universos paralelos”, pero ya jugaba con ellos sin darme cuenta. Tanto, que años después llegué a escribir una novela basada en esa idea. Nunca la publiqué. Pero eso también forma parte de la historia.

Con el paso del tiempo (y unos cuantos años más en la mochila), ese tipo de pensamientos siguen apareciendo de vez en cuando: ¿Y si hubiese elegido otro camino?
¿Y si hubiese dicho que sí… o que no… en aquel momento?

Ahora, además, los observo desde otra perspectiva. La de padre. Y eso cambia mucho las cosas. Porque si algo tengo claro es que prefiero arrepentirme de lo que hice… en lugar de lo que no hice. Pero también tengo igual de claro que ese “qué hubiese pasado si…” solo tiene sentido si lo utilizamos para aprender, no para castigarnos.

Mi vida de hoy —con sus aciertos, sus errores, sus giros inesperados— es el resultado de todas esas decisiones. Y, sobre todo, es el lugar donde están las personas que más quiero. Y eso no lo cambio. Ni siquiera por curiosidad. Esta reflexión no es solo personal. También es profesional. En el mundo de la empresa tenemos una habilidad especial para analizar decisiones pasadas con la información del presente. Y claro… así es muy fácil acertar.

El clásico “yo en tu lugar hubiese…” suele decir más del presente que del pasado. Empatizar, sí. Juzgar a toro pasado… aporta bastante poco. Por eso, más que mirar atrás con lupa, prefiero mirar adelante con intención. Y aquí van dos ideas para cerrar.

La primera: los universos paralelos. No sé si existen. No sé si algún día los entenderemos. Pero pensar en ellos, a veces, es divertido. Nos recuerda que la vida podría haber sido distinta… pero también que aún puede serlo. Porque el pasado no se cambia. Pero el futuro… ese sí está en nuestras manos.

La segunda: dejar de rumiar. Cuando la cabeza entra en modo lavadora —dando vueltas una y otra vez a decisiones pasadas— intento hacer algo muy simple: ampliar el plano. Salir del zoom. Ver la foto completa. Y ahí aparece un comodín infalible: mis hijos.

Porque entonces me hago una pregunta muy sencilla: Si hubiese tomado decisiones diferentes… ¿estaría viviendo esto tal y como lo estoy viviendo hoy? Y como la respuesta podría ser “no”… la lavadora empieza a frenar.

Y si no lo hace, voy un paso más allá: ¿Y si no haber tomado aquella decisión me hubiese llevado a un lugar en el que hoy ni siquiera estaría aquí? Puede sonar extremo. Pero, oye… funciona.

Y hasta aquí por hoy. No quiero seguir dándole más vueltas —que ya sabemos cómo acaba eso—.
Si has llegado hasta aquí, gracias de verdad por tu tiempo. Ojalá esto te invite, al menos, a una pequeña reflexión.

Nos vemos en mayo, ya cerquita del ecuador del año. Y ahora sí… me despido con una imagen real de aquella revista que, sin saberlo, empezó todo esto.