Me resulta muy difícil escribir en febrero sobre algo que no sean los carnavales ni la maratón. Con las piernas todavía un poco perjudicadas (algo menos de lo que esperaba y mucho menos de lo que merecía) este año he decidido decantarme por la segunda opción. Quería hacer algo diferente, que fuese más allá de una crónica deportiva tradicional. Este año era mi decimotercera participación consecutiva en esta prueba que tanto me ha dado, y quería hacer de esta celebración algo especial.
Sin miedo
alguno a una edición que a algún que otro supersticioso le pudiese evocar el
tan temido mal “bajío” y en unas circunstancias un poco especiales, decidí
ponerme una vez más en la línea de salida. Para mí la maratón es una prueba que
por mucho que repitas siempre tiene algo que enseñarte, así que este año me
volví a presentar con toda la curiosidad y apertura de mente dignas del mejor
estudiante.
Este año las circunstancias
físicas, personales, profesionales y sobre todo meteorológicas me habían
llevado a entrenar menos que nunca. El frío, las lluvias, mi cabeza en plena
ebullición y alguna que otra causa más me habían llevado a reducir los
entrenamientos al mínimo. Reflexionando y mirando hacia atrás, que es como creo
que se genera el verdadero aprendizaje, me ha parecido interesante escribir
sobre la teoría de los opuestos de Sócrates (y posteriormente de su alumno
Platón) que hace ya muchos años (casi ni mi acuerdo) conocí en mis clases de
filosofía. Además creo que este concepto creo que ha resurgido con mucha fuerza
en un mundo tan polarizado como el que nos ha tocado vivir.
El bueno de
Sócrates, además de sólo saber que no sabía nada, apostó por los opuestos como
fuente del conocimiento. A través de su contraposición se podía llegar a una
mejor comprensión de las cosas. Una buena forma de comprender qué significa el
bien es oponerlo a todo lo que conlleva el mal, por ejemplo. Su discípulo
Platón, incluso mejorando al maestro (como creo que hacen todos los hijos con
sus padres) se atrevió a elevar esta teoría al nivel de las ideas. De hecho, el
consideraba las ideas como las formas perfectas y eternas de las cosas, que
mostraban su imperfección en el mundo material. Al final, la idea que puede
surgir de todo esto, y sobre la que volveremos al final es si los opuestos son
realmente opuestos o simplemente son dos aspectos de una misma cosa. Y también si es posible que los opuestos
puedan coexistir en una misma realidad. Los opuestos pueden aparecer como
complementarios, como dos aspectos del mismo fenómeno. De hecho la noche y el
día no son más que las dos caras del ciclo diario del sol. Los opuestos también
pueden coexistir en una misma realidad, el bien y el mal pueden atribuirse a
una misma persona, dependiendo de las circunstancias y las decisiones que tome.
Disquisiciones
filosóficas aparte (nunca mejor dicho) en esta publicación quería contraponer
conceptos como esfuerzo y resultado, motivación y disciplina, improvisación y planes,
cuerpo y mente, extremos y equilibrio, meta y camino… con el objetivo de llegar
a entenderlos mejor. Y quería hacerlo utilizando las lecciones que he obtenido
de mi último recorrido de la distancia inmortalizada por Filípides. Como ya
anticipaba, por cuestiones varias, mi “preparación” (sí, entre comillas) hay
dejado bastante que desear. Sin llegar a recuperarme totalmente del esguince de
tobillo en mis vacaciones me lancé a nuestro Camino de Santiago solidario con
el Reto Pichón 2026. Decidí tomarme un tiempo prudente de descanso, y entre el
tiempo y mi mente no fui capaz de completar cuarenta kilómetros de carrera en
ninguna semana. Las lluvias y la época de las medias maratones se me vinieron
encima y participé en cuatro medias casi sin entrenar. Veintiún kilómetros son
medianamente asumibles con poco entrenamiento, pero la maratón es otra cosa. De
hecho, la maratón no es asumible ni entrenando…
En este camino
comencé mi estudio comparado de opuestos. ¿El esfuerzo te garantiza siempre
resultados? ¿Por debajo de qué nivel de esfuerzo estamos condenados al fracaso?
¿La falta de entrenamiento es cuestión de falta de motivación o de falta de
disciplina? ¿Los planes (de entrenamiento o de lo que sea) deben seguirse al
pie de la letra o tenemos que dejar un amplio espacio para la improvisación?
¿Una mente supuestamente fuerte es capaz de compensar un cuerpo medianamente
entrenado? ¿Tenemos que ser extremistas en nuestros planteamientos o la virtud
está en el término medio? ¿Si no recorres adecuadamente y experimentas la
felicidad en el camino eres capaz de llegar a la meta? Muchas preguntas sin
respuesta, que se intentaron ordenar en los últimos meses con la experiencia
que detallo a continuación.
Poco
entrenamiento específico de carrera (casi ninguno) y poco esfuerzo aplicado han
condicionado tremendamente el resultado final. Haber entrenado más no me
hubiese garantizado un mejor resultado, pero al menos me hubiese ahorrado el
arrepentimiento y la incertidumbre acerca de lo que hubiese pasado si lo
hubiese hecho. Nunca me faltó motivación. Pensar en los Capitanes de los Carros
de Fuego con los que compartimos carrera es motivación necesaria, pero no
suficiente. Para salir a correr hace falta disciplina. Para pasar frío, para
mojarte, para sufrir. Y disciplina de la que anula cualquier atisbo de
argumentación racional o emocional. Tienes toda la razón en pensar que te
resfriarás si pillas una mojada de hora y media. La misma que te hace pensar
que no te ocurrirá nada porque lo que no te mata te hace más fuerte. En mi caso
particular, me queda muy claro que la mente está muy por encima de mi cuerpo,
pero si tampoco entrenas la mente no será capaz de suplir el déficit del
cuerpo. Limitar los entrenamientos prácticamente a las carreras te hace
perderte gran parte del proceso. Demasiado. Esta vida es tan corta que seguro
que cuando llegue el final lamentaré todas esas carreras perdidas. Y para
cerrar esta publicación tan aparentemente surrealista la confirmación de que el
equilibrio es fundamental, como ya comentaba en su día con la publicación sobre
la rueda de la vida. Aplicando la metáfora de las notas, puede tener más
sentido cuatro asignaturas aprobadas con un cinco cada una, que dos dieces y
dos ceros. La media es la misma, pero en el primer caso tenemos un conocimiento
aceptable en cuatro temas, mientras que en el segundo somos un genio en dos y
un desastre en otros dos.
Por cierto,
para los curiosos, y como “espoileaba” en parte al principio, decimotercera
participación culminada. Con Lucía, con Irene, con Nacho, con Fernando, con
Casilda, con Cristian, con María no era posible rendirse, no terminar.
Sorprendentemente, pese a mi imprudencia de participar en una carrera tan
respetable tan falto de kilómetros, el bajón me llegó muy al final, varios
kilómetros después de dejar atrás el muro. Sufrir, lo que se dice sufrir “sólo”
lo hice en los últimos cuatro o quizás cinco kilómetros. Algo asumible, pero lo
que realmente duele es la duda de saber qué hubiera sido, si antes me hubiera
conocido. Seguramente, tanto no lo hubiese sufrido, con mis amigos…
Cierro con un
consejo, dad siempre lo mejor de nosotros mismos. Que nuestra determinación sea
siempre más fuerte que nuestras excusas. Y ser coherente entre lo pensamos,
decimos y hacemos.
Gracias por
vuestro tiempo y perdonad porque esta publicación no me ha quedado muy
ortodoxa. Al menos queda claro que ha sido escrito por inteligencia (o lo que
sea) natural. Espero que os guste (complicado) pero sobre todo que os ayude a
reflexionar (posible).
Nos vemos en
marzo, en plena primavera.

No hay comentarios:
Publicar un comentario