Diciembre tiene esa extraña forma de presentarse frente a ti sin pedir permiso. No levanta la voz. No señala. Solo llega, se sienta y espera. Y cuando te mira, lo hace con esa mezcla incómoda de balance y verdad que no admite atajos.
Y mientras el
exterior se llena de luces, música, regalos, mappings y otros adornos propios de
estas fechas, tu interior se siente incómodo porque, aunque no quieras, llega
otra vez el momento de hacer balance. Es como si el inmortal cuento de Charles
Dickens nos convirtiese a todos en Ebenezer Scrooge. Como si el repaso mental del
año que estamos a punto de dejar atrás invitase a nuestros fantasmas de las
Navidades pasadas, presente y futura a sentarse frente a nosotros de igual
forma que hace el mes de diciembre. Época emotiva y complicada a partes
iguales, porque igual que disfrutamos de los que están, nos acordamos de los
que ya se han marchado. En mi caso particular, llevo unos años intentando vivirlas
como si fuesen las últimas de mi vida, porque al final (va por ti, Amigo) nunca
se sabe… Imagino que serán cosas derivadas de hacerme cada vez más estoico, asumiendo
el “memento mori”.
2025 ha sido
un buen año. Posiblemente el mejor de mi vida, como me gusta decir cada año por
estas fechas. Llegar hasta aquí ya supone un verdadero éxito, y hacerlo con las
maletas cargadas con más experiencia mejora fácilmente el año anterior.
Una de las ventajas
que tiene escribir este blog (para mí, claro) es que me facilita bastante esta evaluación
de fin de curso. Se supone que cada mes escribo sobre lo que me preocupa,
motiva o influye, con lo que basta una lectura a vista de pájaro (acompañado
del fantasma de los meses pasados) para ordenarlo todo.
Empezó con
piedras. Claro que sí. Siempre empiezan así los años que enseñan. Pero esta vez
no me lancé contra ellas. Me senté. Las miré. Y entendí que muchas no estaban
ahí para frenarme, sino para apoyarme. Un buen amigo mío dice que los problemas
no se acaban, las soluciones tampoco. Una vida sin problemas (piedras) no sería
vida, así que bienvenidas sean. Espero haberme hecho más fuerte este año para
poder utilizar las del año próximo.
Luego llegó el
recordatorio que nunca falla. La vida no espera. No espera a que te sientas
listo, ni a que tengas el discurso perfecto, ni a que el miedo se canse antes
que tú. La vida pasa. Y mientras pasa, o estás dentro, o estás mirando. Pensé
en abrazos pospuestos, en risas aplazadas por agendas imaginarias, en ese
"cuando tenga tiempo" que suele ser una forma educada de decir
"cuando ya sea tarde". A pesar de que sólo estaba en febrero, el año
comenzaba fuerte.
Y si hablamos
de piedras y de paso del tiempo, hablamos de resistencia. De esa que no se
aplaude. Días en los que resistir no tenía nada de heroico y todo de necesario.
Adaptarte. Ajustar. Elegir seguir cuando lo fácil habría sido apagar luces. Ahí
entendí que resistir no es aguantar por orgullo. Resistir es decidir. Cada día.
Incluso cuando no hay épica que lo justifique.
Y de pronto,
sin avisar, como lo hace diciembre, llegó el mes de abril, el que le robaron a
Sabina. Dieciocho velas. Una frontera invisible. Ese momento en el que te das
cuenta de que no crías hijos. Los acompañas un rato. Que no son tuyos, te
atraviesan. Y que amar también es soltar, aunque la mano tiemble cuando
sueltas. Tú eres el arco. Ellos, la flecha. Aceptarlo duele justo lo necesario.
Y tras esta reflexión,
vuelta al camino. A esa metáfora de la vida que son los 101. Porque pienso
mejor cuando avanzo. Cuando el cuerpo se cansa y la cabeza se rinde. Retos que
no van de ganar, sino de presentarte. Con lo que tienes. Con lo que eres. Sin
pedirle a la vida que te lo ponga fácil. Y, si hay suerte, encontrar alegría en
mitad del cansancio. De esa que no se grita, pero sostiene.
Tras este
reseteo mental que te regalan casi veinticuatro horas contigo mismo me di cuenta
de que había que desprenderse de algunas máscaras. No todas, sin exagerar. Pero
las suficientes. Porque aunque el carnaval también forma parte de mi vida, todo
el año no es febrero, aunque muchas coplas canten lo contrario. Hay que quitarse
las más peligrosas. Las de "puedo con todo", las de "mírame qué
bien", las de "no pasa nada". Y al hacerlo descubrí algo
curioso. Cuando bajas la guardia, los demás también respiran. Ser uno mismo no
te hace más fuerte. Te hace más tranquilo. Y eso, hoy, es un lujo. Además, ésta
fue la lección más importante que me dejó mi padre, y aplicarla es la mejor
forma de honrarlo y recordarlo.
Otra vuelta al
sol. Un aniversario especialmente complicado por la rima que provoca. Y mi
regalo llegó en forma de iluminación y aprendizaje. La cuerda no da para todo.
Si tapas una parte, otra queda al descubierto. Quizá ahí esté la sabiduría que
llega con el tiempo. Menos extremos, más equilibrio. Las cimas lucen mucho.
Pero las simas enseñan de verdad.
En las vacaciones
volví a tropezar. Otra vez. Porque el hombre es el único animal que tropieza
dos veces en la misma piedra, dicen. El error no vino a humillarme, vino a
ajustar el rumbo. Entendí que la calidad no nace de hacerlo perfecto, sino de
permitirte hacerlo mal y mejorar. Que el proceso importa más que el golpe de
suerte. Y que repetir piedra en el tropiezo incrementa las posibilidades de
aprender la lección.
Vuelta al a
rutina con otra locura. De las que merecen la pena. No por ego, sino por
sentido. Por gente. Por propósito. Horas largas, sueño robado, piernas
discutiendo con la cabeza. Y una verdad que volvió a aparecer clara. La
felicidad no está al final. Es el combustible. El "por qué" lo cambia
todo. Cuando es real, empuja incluso cuando las fuerzas no llegan. Alberto nos
enseñó incontables lecciones a más de mil kilómetros…
También
apareció el demonio de siempre. El "para qué". Y ahí volví al truco
más simple y más eficaz que conozco. Contar pasos. Cien. Solo cien. Luego otros
cien. Porque a veces no se trata de correr, sino de no bajarte. Nunca te bajes.
Como mucho, que te bajen. Conectado con la resistencia, con los tropiezos. La motivación
enciende la chispa, pero la constancia la mantiene encendida.
El mes pasado
me embarqué en un recorrido que me regaló un paseo por mi vida, similar al de
los fantasmas. Un paseo particular, privado, pero que guarda muchos paralelismos
con el que todo llevamos a cabo.
Y ahora, sentado
frente a diciembre, detengo el barco un momento. No para terminar. Para
revisar. Para agradecer. Para entender que el río no se repite, pero tú tampoco
eres el mismo. Que has aprendido a leer mejor la corriente. Y que navegar no va
de llegar al mar, sino de hacerlo con sentido.
Si este año te
ha dejado cansado, estás vivo. Si te ha dejado dudas, sigues pensando. Y si te
ha dejado ganas de llorar un poco, adelante. A veces hay que vaciar para poder
seguir. Y seguro que el hueco que dejen esas lágrimas se llenará con algo bonito.
Cierro el
cuaderno del blog con una sonrisa tranquila. De las que no se publican, pero se
sienten. Y con una promesa sencilla. Seguir navegando. Con menos prisa. Con más
conciencia. Y con esa obstinación bonita de intentar hacerlo un poco mejor. Y de
compartirlo con vosotros, mientras esté por aquí.
Gracias por
estar al otro lado. Nos vemos pronto. Que el ritmo no pare, porque como decía
el gran Freddy, “el espectáculo debe continuar”.









