viernes, 20 de febrero de 2026

LA TEORÍA DE LOS OPUESTOS

         Me resulta muy difícil escribir en febrero sobre algo que no sean los carnavales ni la maratón. Con las piernas todavía un poco perjudicadas (algo menos de lo que esperaba y mucho menos de lo que merecía) este año he decidido decantarme por la segunda opción. Quería hacer algo diferente, que fuese más allá de una crónica deportiva tradicional. Este año era mi decimotercera participación consecutiva en esta prueba que tanto me ha dado, y quería hacer de esta celebración algo especial.

Sin miedo alguno a una edición que a algún que otro supersticioso le pudiese evocar el tan temido mal “bajío” y en unas circunstancias un poco especiales, decidí ponerme una vez más en la línea de salida. Para mí la maratón es una prueba que por mucho que repitas siempre tiene algo que enseñarte, así que este año me volví a presentar con toda la curiosidad y apertura de mente dignas del mejor estudiante.

Este año las circunstancias físicas, personales, profesionales y sobre todo meteorológicas me habían llevado a entrenar menos que nunca. El frío, las lluvias, mi cabeza en plena ebullición y alguna que otra causa más me habían llevado a reducir los entrenamientos al mínimo. Reflexionando y mirando hacia atrás, que es como creo que se genera el verdadero aprendizaje, me ha parecido interesante escribir sobre la teoría de los opuestos de Sócrates (y posteriormente de su alumno Platón) que hace ya muchos años (casi ni mi acuerdo) conocí en mis clases de filosofía. Además creo que este concepto creo que ha resurgido con mucha fuerza en un mundo tan polarizado como el que nos ha tocado vivir.

El bueno de Sócrates, además de sólo saber que no sabía nada, apostó por los opuestos como fuente del conocimiento. A través de su contraposición se podía llegar a una mejor comprensión de las cosas. Una buena forma de comprender qué significa el bien es oponerlo a todo lo que conlleva el mal, por ejemplo. Su discípulo Platón, incluso mejorando al maestro (como creo que hacen todos los hijos con sus padres) se atrevió a elevar esta teoría al nivel de las ideas. De hecho, el consideraba las ideas como las formas perfectas y eternas de las cosas, que mostraban su imperfección en el mundo material. Al final, la idea que puede surgir de todo esto, y sobre la que volveremos al final es si los opuestos son realmente opuestos o simplemente son dos aspectos de una misma cosa.  Y también si es posible que los opuestos puedan coexistir en una misma realidad. Los opuestos pueden aparecer como complementarios, como dos aspectos del mismo fenómeno. De hecho la noche y el día no son más que las dos caras del ciclo diario del sol. Los opuestos también pueden coexistir en una misma realidad, el bien y el mal pueden atribuirse a una misma persona, dependiendo de las circunstancias y las decisiones que tome.

Disquisiciones filosóficas aparte (nunca mejor dicho) en esta publicación quería contraponer conceptos como esfuerzo y resultado, motivación y disciplina, improvisación y planes, cuerpo y mente, extremos y equilibrio, meta y camino… con el objetivo de llegar a entenderlos mejor. Y quería hacerlo utilizando las lecciones que he obtenido de mi último recorrido de la distancia inmortalizada por Filípides. Como ya anticipaba, por cuestiones varias, mi “preparación” (sí, entre comillas) hay dejado bastante que desear. Sin llegar a recuperarme totalmente del esguince de tobillo en mis vacaciones me lancé a nuestro Camino de Santiago solidario con el Reto Pichón 2026. Decidí tomarme un tiempo prudente de descanso, y entre el tiempo y mi mente no fui capaz de completar cuarenta kilómetros de carrera en ninguna semana. Las lluvias y la época de las medias maratones se me vinieron encima y participé en cuatro medias casi sin entrenar. Veintiún kilómetros son medianamente asumibles con poco entrenamiento, pero la maratón es otra cosa. De hecho, la maratón no es asumible ni entrenando…

En este camino comencé mi estudio comparado de opuestos. ¿El esfuerzo te garantiza siempre resultados? ¿Por debajo de qué nivel de esfuerzo estamos condenados al fracaso? ¿La falta de entrenamiento es cuestión de falta de motivación o de falta de disciplina? ¿Los planes (de entrenamiento o de lo que sea) deben seguirse al pie de la letra o tenemos que dejar un amplio espacio para la improvisación? ¿Una mente supuestamente fuerte es capaz de compensar un cuerpo medianamente entrenado? ¿Tenemos que ser extremistas en nuestros planteamientos o la virtud está en el término medio? ¿Si no recorres adecuadamente y experimentas la felicidad en el camino eres capaz de llegar a la meta? Muchas preguntas sin respuesta, que se intentaron ordenar en los últimos meses con la experiencia que detallo a continuación.

Poco entrenamiento específico de carrera (casi ninguno) y poco esfuerzo aplicado han condicionado tremendamente el resultado final. Haber entrenado más no me hubiese garantizado un mejor resultado, pero al menos me hubiese ahorrado el arrepentimiento y la incertidumbre acerca de lo que hubiese pasado si lo hubiese hecho. Nunca me faltó motivación. Pensar en los Capitanes de los Carros de Fuego con los que compartimos carrera es motivación necesaria, pero no suficiente. Para salir a correr hace falta disciplina. Para pasar frío, para mojarte, para sufrir. Y disciplina de la que anula cualquier atisbo de argumentación racional o emocional. Tienes toda la razón en pensar que te resfriarás si pillas una mojada de hora y media. La misma que te hace pensar que no te ocurrirá nada porque lo que no te mata te hace más fuerte. En mi caso particular, me queda muy claro que la mente está muy por encima de mi cuerpo, pero si tampoco entrenas la mente no será capaz de suplir el déficit del cuerpo. Limitar los entrenamientos prácticamente a las carreras te hace perderte gran parte del proceso. Demasiado. Esta vida es tan corta que seguro que cuando llegue el final lamentaré todas esas carreras perdidas. Y para cerrar esta publicación tan aparentemente surrealista la confirmación de que el equilibrio es fundamental, como ya comentaba en su día con la publicación sobre la rueda de la vida. Aplicando la metáfora de las notas, puede tener más sentido cuatro asignaturas aprobadas con un cinco cada una, que dos dieces y dos ceros. La media es la misma, pero en el primer caso tenemos un conocimiento aceptable en cuatro temas, mientras que en el segundo somos un genio en dos y un desastre en otros dos.

Por cierto, para los curiosos, y como “espoileaba” en parte al principio, decimotercera participación culminada. Con Lucía, con Irene, con Nacho, con Fernando, con Casilda, con Cristian, con María no era posible rendirse, no terminar. Sorprendentemente, pese a mi imprudencia de participar en una carrera tan respetable tan falto de kilómetros, el bajón me llegó muy al final, varios kilómetros después de dejar atrás el muro. Sufrir, lo que se dice sufrir “sólo” lo hice en los últimos cuatro o quizás cinco kilómetros. Algo asumible, pero lo que realmente duele es la duda de saber qué hubiera sido, si antes me hubiera conocido. Seguramente, tanto no lo hubiese sufrido, con mis amigos…

Cierro con un consejo, dad siempre lo mejor de nosotros mismos. Que nuestra determinación sea siempre más fuerte que nuestras excusas. Y ser coherente entre lo pensamos, decimos y hacemos.

Gracias por vuestro tiempo y perdonad porque esta publicación no me ha quedado muy ortodoxa. Al menos queda claro que ha sido escrito por inteligencia (o lo que sea) natural. Espero que os guste (complicado) pero sobre todo que os ayude a reflexionar (posible).  

Nos vemos en marzo, en plena primavera.