Casi sin darnos cuenta nos hemos plantado en el ecuador del año. Minuto a minuto, hora a hora, día a día, mes a mes… Y precisamente de eso va esta publicación. De enfocarnos en lo que tenemos justo enfrente, de dar pasitos breves y controlados y no perdernos en los grandes objetivos que a veces nos asustan y nos hacen parecer muy pequeños ante ellos…
Recuerdo de mi experiencia
laboral anterior que mi director financiero, Rafa González, uno de los mejores
profesionales con los que he tenido la oportunidad de trabajar durante todos
estos años, siempre ponía el ejemplo del elefante cuando nos enfrentábamos a un
gran proyecto. “¿Cómo te comerías un elefante?”, preguntaba. “Bocado a bocado”,
contestábamos todos, con la respuesta más que interiorizada. De la misma forma
que un conocido entrenador de un conocido equipo de fútbol concreta su estrategia
a lo largo de una temporada. “Partido a partido”, siendo consciente de que es
lo único en lo que nos podemos enfocar es en el partido en el que estamos
jugando ahora. El de la semana que viene aún queda muy lejos. Leía no hace
mucho una enseñanza que ya había escuchado antes sobre Rafa Nadal. El secreto
de este genio fue enfocarse exclusivamente en la bola presente. La bola anterior,
con independencia de que la hayamos ganado o perdido ya quedó atrás. La bola siguiente
aún no ha llegado, y no podemos hacer nada sobre ella.
Creo firmemente que esa es la
única estrategia que funciona. En las famosas listas de tareas pendientes, no
un montón de tareas para «algún día», sino el trabajo de un solo día, lo
suficientemente pequeño como para terminarlo y tacharlo. El gran objetivo se
divide en un plan, y el plan se convierte en el único paso que das hoy. Porque
no podemos escalar la montaña de una vez. Sólo podemos dar el paso que tenemos
delante. Recuerdo perfectamente una de las pruebas más duras en las que he
participado en mi vida y que me tuvo muy cerca del abandono. Fue la FAN-PIN, la
evolución de una prueba histórica que se celebra en el Tercio de Armada de San
Fernando desde los años 80. Tres horas para atravesar un recorrido aproximado
de 8 kilómetros donde los participantes debemos enfrentarnos a asfalto, agua,
tierra, fango y diversos obstáculos. Los últimos dos kilómetros, popularmente
conocidos como “el río”, son un recorrido de fango, con todas las texturas
posibles, desde arcilla hasta papilla. Por si fuese poco, el “batido” de los
competidores precedentes van empeorando las condiciones del terreno por minutos…
Esta prueba engarza perfectamente con el tema de la publicación de hoy. En ese
infierno de barro, la única forma posible de avanzar es mantener tu atención en
el metro que está inmediatamente frente a ti. No es posible hacerlo de otra
forma. Metro a metro. Cuando alcanzas ese metro, que parece estirarse a medida que
intentamos superarlo de todas las formas posibles, debemos fijarnos en el siguiente,
y una vez superado en el próximo. Si caes en el error de elevar tu vista hasta
la línea de meta, que aparece al fondo del horizonte, parecerá alejarse cada
vez que levantamos la cabeza para hacer lo mismo.
Y aunque un metro pueda parecer
algo pequeño, no lo es. Casi nunca te quedas en lo pequeño, porque lo pequeño
nunca fue el obstáculo. El obstáculo era empezar. Y una vez que te metes en el “barro”
ya has empezado. Se trata de impulso, no de motivación. La motivación es un
sentimiento, y los sentimientos van y vienen. El impulso es física. Una vez que
te pones en marcha, es más fácil seguir avanzando que detenerte.
Lo más práctico es dividir las cosas en nuestra lista en dos
tipos:
En primer lugar, esas pequeñas
tareas que tienes que acometer, las cosas rápidas y sencillas. Cosas que hay
que resolverlas sobre la marcha, sin necesidad de darle muchas vueltas y de
posponer. Es algo parecido a lo que hago por las mañanas cuando salgo a entrenar.
No me lo cuestiono, me pongo directamente los botines y salgo de casa. Como en la
dinámica del “Getting things done”, todo lo que dura menos de dos minutos lo hacemos
sobre la marcha.
Segundo, esa tarea importante que
solemos evitar. No nos podemos quedar mirando la montaña entera. Hay que
encontrar el paso que puedes dar hoy, y dar solo ese paso. Tenemos que dar ese
paso y dejar que la montaña se vaya haciendo más pequeña a nuestras espaldas.
Espero que os haya gustado la reflexión
y os haya ayudado a hacer más pequeña esa montaña que nos encontramos frente a
nosotros. Pasito a pasito, minuto a minuto, y antes de que nos demos cuenta
estaremos leyendo la publicación que cierre el año.
Gracias por vuestro tiempo como siempre
y seguimos escribiendo. Letra a letra, frase a frase.
