martes, 16 de enero de 2024

DE CIEN A CERO. ATÁNDOME LOS CORDONES ANTES DE SALIR A CORRER.

             Nuevo mes, nuevo año y casi nueva vida en este 2024 que comienza a despertar. Después de las dos últimas publicaciones “trending topic” de Diciembre de 2023, tengo el listón bastante alto para al menos mantener el nivel, pero soy un tío de retos.

Tenía bastantes temas en plena ebullición en mi cabeza, por lo que he necesitado pararme y enfocarme en uno de ellos para comenzar a escribir. Quizás ésta haya sido la primera lección de este año (aunque ya comencé a aprenderla a finales del pasado), la de la necesidad de aplicar foco. A pesar de que soy bastante activo, uno de mis principales aprendizajes en este escaso mes en mi nueva actividad, es la importancia de enfocarme en lo que hacemos. Vuelta a la conciencia plena y al mindfulness, que había dejado un poco de lado cuando realmente más lo necesitaba. Cuando comas, come; cuando bebas, bebe y cuando respires respira que decía mi recordado Maestro de Tai Chi Chuan.

Y hablando de velocidades, aceleraciones y focos, he visto interesante utilizar estas variables como metáfora de mi cambio profesional, del que ya hablé en mis últimas publicaciones con ocasión de mi despedida. Para darle un poco de forma, es como abrir el nuevo capítulo de publicaciones una vez cerrado el anterior.

El “Rimac C_Two” es ahora mismo el vehículo más explosivo del mundo, capaz de pasar de cero a cien kilómetros por hora tan sólo en 1.85 segundos, siendo además el coche eléctrico más rápido del mundo. Haciendo uso de esta metáfora, y considerando las facturaciones de mi anterior empresa y la de la actual, podría decir que pasé de cien (millones de euros) a cero de un día para otro. Literalmente además, porque no me tomé ni un día de descanso entre la despedida y la bienvenida. Pensaba seguir con mi velocidad de cien kilómetros por hora (o más) para no bajar el ritmo lo más mínimo, pero lo primero que aprendí es que había que parar para después ir más rápido. Este parar ahora para correr después me recuerda a un chiste que solía contar de joven. Como el mes pasado no recibí ninguna censura importante sobre mi decisión de incluir chistes en mi publicación mensual he decidido venirme arriba y repetir. De todas formas admito críticas, sugerencias e incluso órdenes llegado el caso… Vamos a ello.

Dos jóvenes (podrían ser emprendedores perfectamente) viajaban en una avioneta sobrevolando la sabana africana. Por un fallo mecánico, la avioneta se desploma en plena explanada, falleciendo el piloto en el acto. Tras comprobar que ellos dos estaban relativamente  bien, por una de las ventanillas pueden ver como una manada de leones se acerca sigilosamente a ellos, posiblemente preguntándose si ese amasijo de hierros aloja alimento en su interior. Ante esta visión, el viajero más joven y con más ímpetu se dirige hacia la puerta de la avioneta para tomar conciencia de la situación. Al girar la vista atrás, comprueba que su compañero se está atando tranquilamente los cordones de los zapatos.

-        ¿Pero qué haces? ¿Ahora te vas a poner a amarrarte los cordones?

-        Tengo que asegurarme que no se me van a soltar. Voy a tener que correr rápido…

-        ¿Y crees que así vas a poder correr más rápido que los leones?

-        Más rápido que ellos no, tengo que correr más rápido que tú…

Este testimonio humorístico (al menos esa era la intención) demuestra la importancia de pararse antes de comenzar. En ello estoy. Después de mucho tiempo (quizás demasiado) corriendo sin parar me ha llegado el momento de pararme y atarme bien los cordones, aunque los que compartís experiencias deportivas conmigo sabéis que mis zapatillas desigualmente coloreadas siempre llevan lazos elásticos. Paradójicamente ahora que más necesito correr y en un sector donde la velocidad es clave es cuando necesito pararme. Pero ¿qué es la vida? Además de paradoja (como la que acabo de citar), humor (como el que intenté usar con el chiste anterior), es cambio. Ya sabéis por otras publicaciones de la importancia del cambio y de esta definición de la vida con las tres patas (paradoja, humor y cambio) que tantas veces he mencionado gracias a El Guerrero Pacífico, una de mis novelas y películas favoritas. Cuando pasas de cien a cero te das cuenta de dónde estás (aquí) y cuándo estás (ahora). Lo demás es secundario.

Espero atarme los cordones lo suficientemente bien y escoger la dirección correcta. Al menos, si me pilla el león tengo muy claro que la responsabilidad será mía.

Y ahora, sin olvidar que estamos en pleno Carnaval este año bisiesto en el que todo se adelanta, cerraré con una imagen que los amantes de esta manifestación artística y cultural seguro que entienden. Es una foto que tiene casi treinta y dos años, y está tomada en el interior del Pabellón de Fujitsu de la eternamente recordada Expo del 92. Para los amantes de la investigación, pueden ampliar la foto y comprobar que el extintor situado a mi izquierda correspondía precisamente a ese pabellón. Como diría el Selu: “Yo, como entiendo una “mijita” del “Metaverso”, porque me he “llevao” 30 años usando gafas de realidad virtual…”

Gracias por vuestro tiempo como siempre. Hasta el mes de Febrero, el mes del Carnaval por excelencia.



 

 

viernes, 22 de diciembre de 2023

ARRIVEDERCI 2023, BENVENUTTO 2024

          Un año más llega el final de este mes de diciembre casi sin darme cuenta. Cierro los ojos y parece que fue ayer cuando escribía mi publicación de despedida al 2022, un 2022 que calificaba como el mejor año de mi vida hasta entonces. Y es que el último siempre suele ser el mejor, sólo con haberlo contado y haber echado 365 días (o 366 si el año es bisiesto) al zurrón ya es motivo suficiente como para alegrarse y agradecerlo. Este año, a pesar de haber vivido un 2023 de auténtica montaña rusa con picos muy elevados y simas más que profundas, ha vuelto a ser el mejor. Lo que bien empieza bien acaba, dice nuestro sabio refranero, aunque algunos no quieran buenos principios para sus hijos. Si empiezas mal sólo te queda mejorar, es la otra interpretación que se le da a al asunto.

          Yo lo empecé bien. Muy bien, como todos los años. Después de un espectacular arranque de año con unas originales campanadas para nuestros amigos de Carros de Fuego, un año más tuve el honor de formar parte del séquito de beduinos de SSMM los Reyes Magos de Oriente, concretamente con su Majestad Baltasar. Por si no fuese suficiente, en compañía de uno de mis mejores amigos, haciendo además de escolta de seguridad privada de su hija y de su amiga. Ver las caras de ilusión de niños y mayores a cambio de un simple caramelo no tiene precio y es una experiencia que compensa con creces repetir todos los años.

           Llegó el Carnaval, una fecha que por cuestiones familiares siempre aparece marcada en rojo en mi calendario particular. Este año debuté en una chirigota, una de las cosas que tenía pendiente de hacer en la vida (no hablo de cantar, porque ese verbo tiene un significado ligeramente distinto a lo que en realidad hice). Mi hijo me volvió a demostrar una vez más que nada es imposible si no lo intentas, y tras una curiosa carambola del destino que le permitió participar como juvenil pudo saborear las mieles del triunfo en el COAC. Se convirtieron en la primera agrupación de procedencia sevillana que se alzaba con el primer premio. Haciendo historia, aunque él no le diese más importancia de la que tenía.

           En Semana Santa nos fuimos de viaje familiar en unas mini vacaciones por el Algarve que jamás olvidaremos. Risas por doquier, a pesar de que el clima no acompañó precisamente. Graduación de Daniela, finalizando su etapa en la ESO y dando el salto a Bachiller, donde tendría la oportunidad de seguir creciendo. Celebraciones de cumpleaños, vacaciones y demás me llevaron en volandas hasta la última parte del año donde todo se transformó a una velocidad de vértigo.

            Echando la mirada atrás a través de las publicaciones del blog conectando puntos, como decía el gran Steve Jobs, he podido confirmar que “la vida está inimaginablemente bien organizada”, como mi Maestro Alonso aprendió de su Maestro Eric Rolf. Confianza plena y paciencia infinita es uno de los mantras que deberíamos llevar tatuados a fuego en el alma a modo de ley universal.

          Comencé  año hablando de elección, con un contenido un poco singular, sin tener ni idea de la importancia que la palabra elección cobraría este año en mi vida. Después hablé de sentidos, del ensayo y el error como las más potentes formas de aprendizaje, y de la importancia de encontrar sentido a lo que hacemos en la vida. Compartí la posibilidad de decidir si usamos gafas de mosca o de abeja, quizás porque llevaba demasiado tiempo usando las primeras. Felicité a mi madre públicamente en junio, porque 80 primaveras no se cumplen todos los días. En julio me limité a transcribir literalmente mi “discurso” de agradecimiento a la Fundación Olivares con ocasión de la imposición de su medalla de oro. Tal fue el subidón, que literalmente volé al mes siguiente, puede que anticipándome al futuro. Hablaba al principio de montaña rusa, y un mes después cambié el brillante azul del cielo por el barro más pegajoso de la ciénaga de la Fan Pin Race, una prueba que me enseñó en tan solo tres horas mucho más que otras de mucha mayor duración. El barro me hizo ser consciente de las tormentas, de las sombras, de la profundidad de las simas, pero sobre todo de que al compartirlas podemos beneficiarnos incluso más que cuando sólo compartimos luces, sol y cimas. Noviembre fue un mes mágico, como no podía ser de otra forma, culminando en un diciembre espectacular en el que un giro radical de mi vida profesional me ha llevado a comenzar mi peregrinación por un camino que ni siquiera soñé en transitar. Un año más al zurrón, como decía al principio, con toda una multitud de experiencias vividas que me han hecho más sabio, además de más viejo.

      Un 2024 apasionante se abre ante mis ojos, en el que espero compartir al menos con una publicación al mes parte de mis lecciones. Leí una vez que la vida es un continuo aprendizaje, y que nos morimos cuando dejamos de aprender. He vuelto a colocarme el disfraz de estudiante novato y a colocarme en la casilla de salida. Espero aprender (vivir) mucho y poder compartirlo.

        Gracias a todos por este espectacular 2023, y especialmente a los que invertís parte de vuestro preciado tiempo en  soportar estoicamente mis reflexiones en el blog.

           Feliz Navidad a todos, y que el 2024 que ya llega os traiga todo lo mejor. Yo intentaré seguir por aquí para verlo.



jueves, 14 de diciembre de 2023

ME VOY. LO SIENTO. GRACIAS. OS QUIERO.

        Comienzo la publicación del último mes del año con un chiste. Aunque reconozco que hacer reír con un chiste por escrito es complicado porque gran parte de la gracia de los mismos se encuentra en la forma de contarlo, voy a intentarlo. El humor es uno de los tres componentes que forman parte de la definición de la vida en el Guerrero Pacífico, una definición que ya he mencionado en más de una ocasión. Concretamente el gurú Sócrates aconsejaba a Dan no perderlo nunca. Literalmente afirmaba:

·         “No pierdas el sentido del humor. Te dará una fuerza colosal. A pesar de las adversidades que te acechen, aunque la vida esté patas arriba ahora mismo, sonreír te permitirá abrazar una fortaleza y resistencia que tienes, pero que en ocasiones supones haber perdido.”

Mi compadre dice que no hay nada serio que no pueda decirse con una sonrisa, así que continuaremos con el chiste.

 Cuentan que un individuo caminaba por el mundo en busca de su autoconocimiento. Algo parecido al buscador de Jorge Bucay. En lugar de encontrarse un cementerio, dio con un convento donde se practicaba un curioso voto de silencio. Los monjes debían permanecer en el silencio más absoluto durante cinco años. Tras este periodo, se organizaba una fiesta espectacular en la que cada miembro de la congregación tenía derecho a pronunciar dos palabras. Después de casi dos mil días sin pronunciar palabra, cada hermano seleccionaba cuidadosamente qué dos palabras pronunciar. Llegó el momento de la fiesta y comenzaron los “discursos”: “Ave María”, “Gratia Plena”, “Mater Dei”, “Pater Noster”, “Virginum custos” fueron algunas de las parejas de palabras pronunciadas por sus hermanos. Cuando le llegó su turno, nuestro protagonista espetó un seco “Cama dura”. Todos los monjes lo miraron con los ojos como platos sorprendidos por la sinceridad del novicio. Otros cinco años de trabajos en silencio llevaron a una nueva celebración, y con ello, a la declamación de pareados. De nuevo el monasterio se llenó de “Ave María”, “Gratia Plena”, “Mater Dei”, “Pater Noster”, “Virginum custos” y similares, mientras nuestro amigo se dejó caer con un “Comida mala”. De nuevo la sorpresa fue total. Las miradas acribillaban al novato, por su carácter disidente. Otros cinco años en las mismas circunstancias llevaron a la repetición de la historia. Al latín de los monjes un “Me voy” resonó en el silencio de la comunidad. El abad, sin poder aguantar más, le gritó: “¿Cómo no te vas a ir, si llevas quince años quejándote?

                Yo no he llegado a tanto, pero sí podría decir que los últimos quince meses no han sido precisamente de oraciones en latín. Obviamente me he quejado más de lo que debía, porque quejarse no es una opción, como tampoco lo es rendirse. Haciendo honor a la verdad, no he sufrido la prohibición de hablar en ningún momento ni ninguna restricción a la hora de hacerlo, pero me ha parecido que el chiste podría ayudarme a enfocar el tema. Ahora entiendo que todo ha formado parte de un proceso de aprendizaje que me ha llevado hoy a donde estoy. Posiblemente haya tardado mucho en salir, pero el miedo siempre es un freno mayor de lo que suponemos. Escuché una vez que cuando avanzamos en nuestra carrera profesional podemos escoger dos caminos. El primero es el de Hernán Cortés en la conquista de México, cuando decidió quemar sus naves para dejarles claro a sus hombres que la retirada era imposible y que no había marcha atrás. El otro es el del escalador, que va afianzando siempre sus posiciones antes de seguir avanzando.  Me faltó valor y me sobraron años para hacer de conquistador, así que decidí escalar. Quizás pensé demasiado en levantar el pie a pesar de que el próximo asidero estaba al alcance de mi mano. Puede que porque no tuviese claro qué ruta escoger en la escalada.

                Sin embargo, cuando el momento llega, como comentaba en mi breve publicación del mes anterior, la ruta se ilumina y todo fluye. Los asideros que antes parecían lejanos e impracticables se acercan y parecen ergonómicos y hasta cómodos. Pero todo esto forma parte del futuro, y espero tener ocasión la oportunidad de compartirlo con vosotros en próximas publicaciones. El me voy  de hoy es una publicación que hace referencia al pasado. Un pasado sobre el que la sensación que predomina por encima de todas es la de agradecimiento. No podía ser otra después de 3.930 días allí. Diez años, nueve meses y tres días. Toda una vida. En el correo de despedida que he compartido con los que ya hoy son mis antiguos compañeros he recurrido a un recurso infalible que me enseñó, Belén Gaspar, CEO de la Fundación Olivares. Para estos momentos, hay un trío de palabras infalibles, sobre todo cuando se sienten de verdad. Lo siento, gracias y os quiero. Me recordó a las cuatro palabras sanadoras que se usan en el “Ho'oponopono”, la técnica ancestral hawaiana del perdón: “Lo siento, perdóname, te amo y gracias”.

                He pedido perdón y he lamentado las veces que no estuve a la altura de las expectativas de mis antiguos compañeros. Seguro que muchas de ellas hubiesen sido perfectamente evitables, pero también puedo asegurar que de todas ellas me intenté llevar una lección. Pero como decía antes sobre todo era el momento de agradecer. De dar las gracias a todos y a cada uno de ellos porque el Antonio que se marcha, además de indudablemente más viejo, es también más sabio gracias a la experiencia y a todo lo que he vivido con ellos. Gracias a mi trabajo he viajado a lugares a los que jamás soñé viajar, he conocido a gente maravillosa, y he crecido como profesional y como persona mucho más de lo que esperaba. En el proceso de adquisición por parte de un multinacional de referencia en el sector me sentí como una parte importante en el mismo. Tuve la oportunidad de volver a usar el inglés de forma creciente a lo largo de estos diez años, hasta el punto de hacerlo de forma continuada cada día.  

                Mientras el viento sopló a favor me sentí como un futbolista jugando en la Champions, creciendo no sólo como profesional, pero también como persona. Cuando Eolo decidió rolarlo, la cosa cambió, pero también estoy agradecido por este cambio. Como decía de Séneca en mi publicación del mes pasado, en la adversidad tuve la oportunidad de ponerme a prueba y ver hasta dónde era capaz de llegar. De mantener hasta donde pude la motivación y el compromiso en mi equipo, y de hacer que cada uno de ellos diese lo mejor de sí mismos.

                Y al final es imposible irse de aquí sin llevarme un trocito de cada uno de mis compañeros alojado en el fondo de mi corazón. Como dice el “You are always on my mind” interpretado inicialmente por Elvis Presley y en mis años mozos por los inolvidables “Pet Shop Boys” siempre estaréis en mi mente, y en mi corazón.

                Para cerrar el círculo de la publicación volveré al principio. En el Guerrero Pacífico, además del humor, hablaban de paradoja y de cambio.

                En cuanto a la paradoja, afirmaban que la vida es un misterio, y que no debemos perder el tiempo deduciéndola. Hay que vivir el presente y aprovechar el momento. Pasar de una empresa que factura centenares de millones de dólares a una que prácticamente va a comenzar a facturar puede parecer (y posiblemente lo sea) una auténtica locura, pero dicen que los locos abren los caminos que más tarde recorren los sabios. Y que aquellos que bailamos somos llamados locos por aquellos que no pueden oír la música. Yo cada vez la oigo más fuerte, así que no pararé de bailar.

                Y por último, el cambio. Un tema sobre el que ya he hablado en otras ocasiones. No hay nada que perdure, por lo que resistirnos al cambio es algo inútil. Tendemos a no aceptar los cambios por miedo a salir de nuestra zona de confort, de modificar nuestra rutina. Si algo he hecho con mis últimas decisiones ha sido cambiar… Cuando eres padre nunca dejas de ser un ejemplo para tus hijos. Perder la oportunidad de trabajar en algo que me pudiese hacer feliz es algo que jamás podría perdonarme.  Como me dijo Pablo, “deberías de dejar de negociar (el usó la palabra “traficar” aunque los que lo conocéis ya sabéis cómo es) con botellas y dedicarte a tus niños”. Voy a hacerlo. Por ti, por mí y por ellos.

                Lo siento si a alguien no le he llegado a gustar. Gracias por todo y os quiero por estar siempre ahí.

                Y como imagen un montaje de un espectacular cielo enmarcando el que ha sido mi lugar de trabajo durante esta última década junto a la imagen de mi primer día de trabajo y de uno de los últimos. Diez años no son nada. Como dice Melendi, queda mucho por vivir, espero.

 




miércoles, 29 de noviembre de 2023

ESTE ES TU MOMENTO. NOVIEMBRE DULCE.

                Publicación del mes de Noviembre rozando la caída de la hoja del calendario, como si de una caprichosa metáfora otoñal se tratase. Este mes siempre es para mí un mes muy especial. Celebramos el cumpleaños de mi mujer, nuestro aniversario como pareja y entre otras cosas comienza el olor a Navidad. Me trae recuerdos de película, con esa encantadora “Noviembre dulce” mágicamente protagonizada por Charlize Theron y por Keanu Reeves. Un Noviembre dulce en la que el tema principal de su banda sonora era el “Only time” de Enya. Esa canción que se preguntaba quién podía decir dónde va la carretera, dónde fluye el día o si el amor puede crecer. Efectivamente, sólo el tiempo puede hacerlo. Un tiempo que no es más que una sucesión de momentos. Javier Iriondo, en su último libro “Este es tu momento” lo define como un diminuto espacio de tiempo capaz de cambiarlo todo. Y eso es lo que podría decir que ha pasado. En menos de un mes hemos pasado de hablar de sombras y de salud mental a deslumbrarnos por las luces y a vivir momentos para recordar.

                El libro de Javier, como la mayoría de sus libros, me ha inspirado y me ha zarandeado desde lo más profundo de mi ser. Decía el genial Picasso que la inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando. La inspiración me llegó, y me pilló trabajando en el sentido profesional de la palabra pero también en el personal.  Hace poco me crucé con una frase de Séneca (ya he comentado en alguna que otra publicación que últimamente me muevo por terrenos estoicos) que me dio que pensar: “No hay nadie menos afortunado que el hombre a quien la adversidad olvida, pues no tiene la oportunidad de ponerse a prueba”. Quizás acercarme al precipicio no era más que la última acción que necesitaba antes de lanzarme a volar. Recordé mi experiencia con el parapente del pasado mes de Agosto, y cuando fui consciente de los cercanos monitores que minimizaban los riesgos del vuelo no me lo pensé dos veces y salté. En un diminuto espacio de tiempo te puede cambiar todo. Decisiones difíciles y vida fácil, o decisiones fáciles y vida difícil. De nuevo el estoicismo rondando mi pensamiento. Esta idea me llevó a dar una vuelta por mi propio blog, para dar un rápido vistazo a mis últimas publicaciones. Entre los títulos que más me llamaron la atención, me quedo con “sé que puedo volar”, “saliendo de la zona de confort, aunque se a empujones”, “la elección”, “señales”, “tempus fugit: carpe diem”, “cualquier cosa es posible”, “la vida en busca de sentido” y la que me llevaba a indagar en mi blog: “decisiones difíciles y vida fácil, o decisiones fáciles y vida difícil”. Todas estas reflexiones no pueden llevarme a otra conclusión distinta de que el momento había llegado. Como escribe Javier en ese título dirigido directamente a nuestra línea de flotación: “Este es tu momento” (“este es mi momento”). Como dice Paulo Coelho: “Un día despertarás y ya no habrá más tiempo para hacer las cosas que has querido hacer. Hazlas ahora…”

                Un momento que si todo va según lo previsto deberá concretarse el mes que viene. Un momento que me ha llegado, como no podía ser de otra forma, gracias a las buenas personas que me rodean. Porque al final te das cuenta que la diferencia está en las personas, como escribía en Junio de 2022. Cuando estás en la compañía adecuada todo encaja. Mi amigo Miguel López, una de esas personas en las que pienso cuando escribo estas líneas, subía el otro día un vídeo a redes con un mensaje brutal. Un conferenciante, con pinta de profesor universitario (de hecho el logo de la Universidad de Granada se adivina en la pared del fondo de la sala) traslada al auditorio una pregunta muy práctica: “Si dirigieseis un casting de aspirantes para acompañaros a una expedición al Polo Norte y tuvieseis la restricción de que sólo pudieseis exigir una única cualidad para los candidatos, ¿cuál escogeríais? Después de escuchar múltiples y lógicas respuestas de los asistentes, como la fortaleza, la resiliencia, el liderazgo, y otras muchas cualidades que indudablemente serían de mucha ayuda en una aventura de estas características, da un giro radical (quiebro en términos carnavaleros) y sentencia que él se preocuparía de que fuesen buenas personas. Para huir de la demagogia y no caer en tópicos, da tres argumentos sobre las buenas personas que me parecieron espectaculares, y que decidí compartir con todos. No por obvios me queda claro que los tengamos en cuenta en nuestro día a día.

  • ·         Las buenas personas reconocen los errores que cometen y no buscan culpables.
  • ·         Las buenas personas son capaces de perdonar los errores que cometen los demás y no guardan rencor.
  • ·         Las buenas personas, cuando se juntan con buenas personas, cambian el mundo.

Añado una de mi cosecha. Las buenas personas te hacen ver que el momento ha llegado. Te ayudan a darte cuenta de que lo único imposible es aquello que no intentas. Y de que todo lo que siempre has querido se encuentra justo al otro lado de la línea del miedo. Mi buen amigo Alonso (otra buena persona) dice que el miedo no debe ser nunca una excusa para no avanzar. Si tienes miedo, hazlo con miedo., pero hazlo.

Así que aprovecharemos el momento. Este mes la publicación es más corta de lo habitual. Amenazo con hacer doblete el mes que viene, así que tampoco quiero aburriros mucho. Gracias como siempre por vuestro tiempo, que ya sabéis la importancia que tiene al tratarse de una sucesión de momentos, y teniendo en cuenta que cualquier momento puede cambiaros la vida.





domingo, 22 de octubre de 2023

OCTUBRE, MES DE LA SALUD MENTAL. TORMENTAS Y SOLES

                Octubre es el mes en el que se celebra el día Mundial de la Salud Mental, concretamente el día 10. Según la OMS, la salud mental es un estado de bienestar mental que permite a las personas hacer frente a los momentos de estrés de la vida, desarrollar todas sus habilidades, poder aprender y trabajar adecuadamente y contribuir a la mejora de su comunidad.

Esta definición va mucho más allá de la ausencia de trastornos mentales. Estar bien es mucho más que no estar mal. Y lo escribo precisamente en un momento de mi vida en que mentalmente no estoy mal, pero tampoco estoy tan bien como suelo estarlo. ¿Por qué? Ciertamente no lo sé, y creo que aquí radica uno de los misterios de la salud mental. No es tan obvia y explícita como la salud corporal. Si te duele una rodilla, el hombro o la cabeza rápidamente la señal de dolor te pone en alerta y te permite enfocarte en el punto del dolor, buscando una solución. Sin embargo, y al menos bajo mi punto de vista creo que la salud mental es muy distinta. Un día te levantas con ganas de comerte el mundo con un sol que te ciega de tanto como brilla, y por arte de magia, unos negros nubarrones te hunden en la miseria sin que se sepa muy bien por qué. Aparentemente es más fácil averiguar la causa del dolor de rodilla, de hombro o de cabeza, y al menos tener la oportunidad de evitar repetir el comportamiento que lo provoca. Pero cuando algo se desmonta en el interior de la cabeza todo parece un poco más complicado. Esa relación causa-efecto no parece tan clara. Y por si fuese poco, todo lo que ocurre dentro parece tener su consecuencia directa en lo que ocurre fuera.

Decía antes que aparentemente no estoy tan bien como suelo estarlo. Y el termómetro que me ha llevado a verbalizarlo ha sido como casi siempre el del deporte. Este año, después de casi diez años y por primera vez en todo este tiempo parece que no voy. Pensé que era el resultado del calor de este verano, al que no he sido capaz de adaptarme este año como otros, pero no. Este año ha sido el primero en la última década en la que no he completado un triatlón distancia Ironman. Esta prueba es un excelente remedio para ordenar todo lo que pasa por ahí arriba. Casi doce horas nadando, pedaleando o corriendo es un ejercicio muy útil para encajarlo todo. Creo que la verdadera causa es que mi cabeza no está en las condiciones en las que ha estado otras veces. Admitirlo y verbalizarlo ha sido el primer paso. Ahora sólo queda aceptarlo, ser consciente e intentar cambiarlo.

La primera señal de alarma explícita saltó en Junio, con una rotura de fibras que no había sufrido en los últimos años. Pensé que era producto del cansancio acumulado, un cansancio que nunca había aparecido antes en años con mayor carga de entrenamiento. Me recuperé a tiempo de participar en alguna que otra prueba corta pero muy importante para mí (otra prueba más de que hablamos de un tema mental) y llegué muy justo a ese verano en el que nunca recuperé sensaciones de otros años. A principios de septiembre participaba en la “FanPin Race”, experiencia que inspiró mi publicación del mes pasado. Como os decía, por primera vez en mi “vida deportiva” pensé en abandonar, y la causa fue claramente el estado de mi mente.

Tengo una teoría particular y es que la salud mental suele ser más causa que efecto. Cuando estás bien, no importan las circunstancias externas (trabajo, pareja, familia, salud…) porque puedes con todo. Pero cuando estás mal, un imprevisto en cualquiera de estos aspectos te puede acabar de hundir en la miseria.

Antxo Pérez, es sus “88 peldaños para la gente feliz” utilizaba una metáfora bastante significativa usando el ejemplo de un agricultor. Antxo dice que en los períodos de adversidad (y yo lo interpreto especialmente como adversidad mental) debes hacerte agricultor, o al menos adoptar su mentalidad. Para el agricultor solo hay dos estaciones, la de tormenta y la de buen tiempo, y su función es sacar el máximo provecho de cada una de ellas. Cuando el clima es soleado es tiempo de cosecha, de hacer todo lo posible por elevar su productividad y maximizar la bonanza.

Cuando el clima es adverso y tormentoso y producir no es viable, es tiempo de proteger el grano y conservar la energía para cuando el clima mejore. Lo más práctico de su manera de afrontar la tormenta es que no le frustra. Lo ve cada año y sabe que igual que un día las lluvias llegan, otro día se van. Lo ha vivido suficientes veces como para no darle más importancia de la que tiene. Su felicidad es constante porque no se permite ligarla a los altibajos climáticos.

Después de releer estas palabras de Antxo por enésima vez, me quedo con que igual que las lluvias llegan, otro día se van. Hoy llueve, pero volverá a salir el sol y volveré a cosechar. De momento toca proteger el grano.

Y para pasar este tiempo de tormenta, hoy el deporte ha vuelto a facilitarme una lección magistral. Una nueva carrera con nuestros Capitanes de la Asociación Carros de Fuego, llevando a Cristian una vez más. Un equipo de guepardos, como lo definían algunos, sería el encargado de impulsarlo. Mi cabeza me decía que ese no era mi sitio hoy y que no tenía sentido sufrir. Pero mis amigos (los tres Migueles, Javi y Marcos) se han encargado de llevarme casi en volandas y de hacerme ver que la tormenta estaba en mi cabeza. Al final mucho mejor de lo previsto, como siempre. La lección es que la tormenta siempre se pasa mejor en compañía. Pedir ayuda es fundamental.

Me vienen las palabras de Haruki Murakami que tanto usamos en la pasada pandemia: "Y una vez que la tormenta termine, no recordarás como lo lograste, como sobreviviste. Ni siquiera estarás seguro si la tormenta ha terminado realmente. Aunque una cosa si es segura, cuando salgas de esa tormenta, no serás la misma persona que entró en ella".

Este mes ha tocado algo distinto. Como siempre digo, si compartir esto le sirve al menos a una persona, me doy por satisfecho. A mí me ha venido muy bien. Aunque en mi parcela aparentemente siempre brille el sol, hay veces que también llueve. Y no pasa nada. La lluvia es imprescindible para el crecimiento.

            Hasta el mes que viene. Gracias por vuestro tiempo como siempre. Como imagen de esta publicación, una imagen mía de cuando el sol brillaba tanto que quemaba. Volverá a hacerlo. Lo sé. Muchas gracias. 



jueves, 21 de septiembre de 2023

MINDFULNESS DE ANDAR POR CASA, ENTERRADO EN EL BARRO...

             ¡Hola, hola! Reflexión filosófica del mes de septiembre sobre la necesidad de vivir el presente, sin preocuparnos lo más mínimo por el pasado que se fue, ni por el futuro que aún no ha llegado. En cuanto al futuro, lo único que podemos hacer para incidir en él tenemos que hacerlo hoy: aquí y ahora.

Dentro de mi constante aprendizaje de lecciones por métodos poco tradicionales, decidí apuntarme a una prueba extrema denominada “Fan-Pin”. Organizada por el Tercio de la Armada (TEAR), se lleva a cabo en los terrenos de La Clica y el entorno de la isla del Pino (San Fernando, Cádiz) y se basa en el adiestramiento que los infantes de marina de la Brigada del Tercio de la Armada usan para mejorar su resistencia y capacidad. Su mayor particularidad reside en el terreno fangoso que hay que sortear a lo largo del recorrido para solventar con éxito la carrera: ocho kilómetros a realizar en un tiempo máximo de tres horas, de los que más de dos -sobre todo el tramo final- discurren por fango, siendo fango un término quizás excesivamente suave y poco descriptivo.

A continuación un detalle del circuito de la prueba:

Recorrido desde la salida hasta el primer cruce del Caño 18: 3.300 metros de asfalto y tierra: La vida es bella, como la película.

Primer cruce del Caño 18: 150 metros de agua y fango: Comienzan las dificultades. Si he sufrido esto en 150 metros, ¿cómo voy a resistirlo multiplicado por doce?

Isla del Pino: 400 metros de tierra y fango: Un paseo por las nubes (con la cabeza en las nubes, pensando en abandonar).

Segundo cruce del Caño 18: 150 metros de agua y fango: La veteranía es un grado. Si ya sé que es esto, no sé qué hago repitiendo…

Zona de obstáculos: 700 metros: Algo que en circunstancias normales podría ser hasta divertido… 

Recorrido en La Clica: 1.000 metros de tierra. “The walking dead”, o como caminar un kilómetro estilo “zombie”.

Zona de fango: 1.800 metros de fango: Sin comentarios. La inspiración de esta publicación.

Salida de Fango y meta: 400 metros de tierra: Sinceramente, ni lo recuerdo…

Para no alargar en exceso la introducción, comenzaré ya a enumerar la lista de lecciones aprendidas, que espero no olvidar después del precio que he tenido que pagar.

La información es poder. Nunca debemos subestimar nada sólo teniendo una ligera apreciación, sin informarnos en detalle. Aunque la experiencia de cada uno es única e irrepetible, y normalmente la gente te pinta la vida de un color muy distinto al que realmente tiene, toda la información que podamos obtener sobre algo nunca está de más. En mi caso, se podría resumir en que lees un cartel de inscripción de una carrera de 8 kilómetros y piensas que no será muy complicado. Y esos 8 kilómetros pueden hacerse infinitamente más largos que los 454 de un Ultraman. 

Nunca des nada por supuesto, muy en la línea del punto anterior. Que tu cuñado, tu amigo o tu primo hayan finalizado la carrera en un tiempo determinado no te otorga el infinito poder de estimar tu tiempo usando una sencilla regla de tres. Todos somos singularmente distintos, especialmente en lo que a nuestro cerebro se refiere, que es el músculo más determinante en este tipo de pruebas. Y además de nuestras mentes y nuestros cuerpos (que alguna influencia tienen) hay un sinfín de circunstancias de la propia prueba, como la meteorología, el estado del terreno, las personas que lo hayan pisado por delante de ti, … que la hacen absolutamente incomparable. Quizás aquí radique una de las bellezas de la prueba.

La vida es caprichosa. Tres días antes de la prueba mi amigo Miguel López me invitaba a dar una charla de motivación a un equipo de fútbol de chavales de catorce años. No tuve otro mejor tema del que hablar que hacerlo sobre la importancia de no rendirse nunca en la consecución de nuestros sueños. Tres días después, enterrado en fango, sólo en dos horas había pensado en retirarme más veces que en los últimos diez años haciendo deporte. Cada vez que me decía a mí mismo que lo iba a dejar, me acordaba de mucha gente que no se rinde nunca:  mi capitán Cristian y el resto de capitanes de Carros de Fuego, mi “hermanamiga” Maru, mis niños de la Fundación Olivares y ese grupo de cadetes a quienes tuve la osadía de hablar sobre la vida. Lo de los cien pasos que les comentaba me quedaba excesivamente lejos. Cien milímetros como mucho era lo máximo que podía arrastrarme en esa maldita (por la dureza) y a la vez bendita (por las lecciones) ciénaga.

En la vida sólo tienes verdadero control sobre lo que está pasando en este justo momento, como mucho a un metro de ti. En el fango ocurre exactamente lo mismo. Incluso de forma más acentuada. Mi amigo Edu León me dio al principio de la carrera un par de consejos muy útiles. Miento, fueron tres. Al primero prácticamente no le presté atención, aunque coincidía con el mismo que me había dado mi amiga Elena, a quien tengo que agradecer mi inscripción a la prueba y todo lo aprendido. Era tan fácil como no escuchar lo que puedan decirte los demás. Los famosos “ya te lo dije yo” o “yo lo sabía ya” nos acompañan durante todos los días de nuestra vida. No podemos evitarlos. Pero sí podemos decidir que salgan por el oído opuesto a por el que entran sin dejar el más mínimo rastro en nuestro interior. Los otros dos consejos eran más técnicos. El primero, que me concentrase sólo en lo que estaba a un metro de mi alcance. No más. Y lo curioso es que las veces que lo hacía era capaz de avanzar sin parar. Veía un cangrejo a un metro y lo alcanzaba sin mucho problema. Fijaba la vista en un matojo de hierba a otro metro y mi mano llegaba allí como por arte de magia. Pero no era capaz de mantener por mucho tiempo estas instrucciones tan sencillas. Levantaba la cabeza para darme cuenta de que el enorme globo amarillo situado junto a la meta ni siquiera se distinguía en el horizonte y me hundía no sólo en el barro, también en la más absoluta de las miserias… El segundo consejo era que avanzase de la forma que fuese, sin pararme. Arrastrándome, de rodillas, de espaldas… Me recordó a la frase de Martin Luther King: “Si no puedes volar, corre, si no puedes correr, camina, si no puedes caminar, gatea. Sin importar lo que hagas, sigue avanzando hacia adelante.” Tan sencillo y a la vez tan difícil como esto. Ojalá gatear hubiese sido la última opción…

El penúltimo punto de resumen también parte de una frase: “Nunca sabes lo fuerte que eres hasta que ser fuerte es tu única opción.” El circuito de fango está tan genialmente diseñado que abandonar es casi más duro que seguir adelante. Las pocas banderas rojas con la señal de “Exit” se encontraban a tal distancia que desaconsejaban rendirse y dejar la carrera. Porque rendirse en esta prueba significa algo muy parecido a lo que nos ocurre en la vida. Si nos rendimos no nos queda otra que permanecer enterrado en el fango a la espera de que todo termine y alguien pueda venir a rescatarte. 

Y acabamos con el título de la publicación. Mindfulness, conciencia plena, que es a lo que me refería. Y mi reflexión de esta publicación apunta en esta dirección. Cuando estamos centrados y conscientes del momento que estamos viviendo todo fluye y parece suceder por arte de magia. Cuando centraba mi atención en el cangrejo un par de metros por delante de mí, algo interior empujaba mis músculos y los hacía trabajar de forma coordinada para salvar las dificultades en forma de barro. Pero cuando se me iba la cabeza, cuando pensaba en el tiempo que me quedaba por llegar, en los dolores que azotaban cada centímetro cuadrado de mi piel, en el sol que me achicharraba, en los pulmones que me ardían… me desconectaba y entraba en bucle, a la espera de que la inspiración me devolviese a mi estado de conciencia. Esta reflexión final me recuerda a una de las cosas que comentaba a los chavales el otro día. Saber está muy bien, pero saber sin hacer es como no saber. Si sabemos lo que tenemos que hacer, pero no lo hacemos es incluso más doloroso que si no lo supiésemos. Doy fe de ello. 

  Para los que podáis tener curiosidad. He investigado y el término Fan-Pin hace referencia a los nombres “fango” y “Pino”. El segundo como indicábamos al principio alude a la isla donde tiene lugar la prueba. El primero no creo que necesite más explicación.  

Y una anécdota más antes de despedirme. Tras finalizar el antiguo C.O.U., ante la incertidumbre que alumbraba mi vida, estuve a punto de hacerme militar. Os puedo asegurar que Infante de Marina no hubiese sido. 

Y como dicen que una imagen vale más que mil palabras, aquí os dejo una imagen del estado en el que crucé la línea de meta (por cierto, a treinta segundos del tiempo de corte…) Por primera vez en mucho tiempo mi cara no reflejaba una sonrisa de felicidad. Mérito de mi amigo Edu León que fue capaz de inmortalizar la única sonrisa forzada que dibujaron mis labios desde que pisé el barro.

Gracias a todo por vuestro tiempo, a la organización de la carrera por haberme facilitado lecciones tan valiosas condensadas en un máster de sólo tres horas y a todos los que me animasteis a participar en esta prueba. Nos vemos el mes que viene. 



















miércoles, 16 de agosto de 2023

SÉ QUE PUEDO VOLAR ("I BELIEVE I CAN FLY")

    Publicación del veraniego mes de Agosto, vacacional para algunos, y laborable para otros (para los que las hemos disfrutado ya y para los que lo harán a partir de septiembre).

    Como en la mayoría de mis publicaciones, aprovecho una experiencia reciente para compartirla con el fin de que pueda serle útil a alguien. En este caso voy a escribir sobre lo que he aprendido tras volar en parapente el pasado mes de Julio. Tengo que comenzar diciendo que en este caso no soy totalmente autodidacta. La lección, como casi siempre, viene de manos de alguien. En este caso, como en muchas otras ocasiones, ha sido mi ahijado, capitán, amigo y muchas cosas más Cristian quién me la ha enseñado. El año pasado, mi amigo Miguel Ángel y yo decidimos regalar a Cristian por su 18 cumpleaños la experiencia de volar en parapente. Previamente confirmamos con los instructores que no había ningún problema y posteriormente sus padres nos dieron como siempre el visto bueno a una locura más. Cristian también lo aceptó pletórico de ilusión y entusiasmo, como es habitual en él.

    Por circunstancias su vuelo se aplazó hasta el pasado mes de Julio y por circunstancias también me fue imposible acompañarlo. Aunque estuve en contacto con él y rápidamente me puso al día con vídeos y audios sobre la increíble experiencia, lamenté profundamente no haber podido estar allí. Así que me prometí a mí mismo que volaría en la primera oportunidad que tuviese. La oportunidad llegó muy pronto, justo el día después de volver de vacaciones.  Paco, gerente de Vuelo Libre School, de Vejer, me avisaba que el día 1 de Agosto era propicio para surcar los cielos. Así que como tenía un regalo de cumpleaños pendiente de mi familia, después de almorzar salimos en dirección Vejer para disfrutarlo. Mayor regalo que el poder volar fue poder compartirlo con los míos.

    Como título de la publicación he tomado prestado el de la canción de Robert Kelly "I believe I can fly", que he traducido libremente como sé en lugar de como creo. Esta maravillosa canción formó parte de la banda sonora de Space Jam. Es una auténtica oda a la posibilidad (e incluso a la necesidad) que tenemos de hacer realidad nuestros propios sueños. De hecho, casi parafrasea al genial Walt Disney, cuando dice que si puedo verlo (soñarlo decía Walt), puedo hacerlo.

    Comencemos el vuelo. Empecemos diciendo que no soy muy amigo de las alturas ni de las emociones fuertes. Aunque no padezco vértigo (de momento) soy un acompañante ideal en cualquier parque de atracciones porque no disfruto mucho de las atracciones. Mientras más adrenalina me hacen soltar, menos las disfruto. Para que os hagáis una idea, soy de los que en la noria voy agarrado a cualquier elemento que me pueda servir como asidero. De todas formas en este caso contaba con la valiosa experiencia previa de mi amigo Cristian, que aunque tengo que admitir que es bastante más valiente que yo, ya me había tranquilizado diciendo que la experiencia no era nada traumática. 

    Llegué a Vejer con los nervios propios de la experiencia. Sin llegar a sentir miedo, pero con esa extraña sensación en el estómago que precede a todas mis competiciones deportivas. El mero hecho de ponerte un dorsal siempre desencadena esa reacción, que suele guardar relación directa con los kilómetros a recorrer. Muy ligera por ejemplo en el caso de una carrera de 5 kilómetros, un poco más intensa en el caso de un Ironman. Resistí estoicamente las bromas de los míos, sobre todo los de mi hijo Pablo. No tuve que esperar mucho, lo que evitó que los nervios pudieran aflorar. Pude comprobar como mis predecesores disfrutaban de la experiencia y antes de que me diese cuenta ya estaba colocándome el equipamiento necesario para volar. Aquí me llegó una de las primeras lecciones del día. Las preocupaciones no surgen por el tamaño del problema, sino por el número de vueltas que le damos en la cabeza. Con la mente ocupada en otros temas, no hay preocupación grande.

    Pasemos al punto siguiente: la confianza. Paco (el monitor) tuvo la suficiente habilidad como para explicarme todo con tal lujo de detalles, calma y sencillez que confié en él hasta el punto de convencerme a mí mismo que nada malo podría pasar. Incluso me pidió que le ayudase en la maniobra previa al despegue intentando en la medida de lo posible mantener mis pies pegados a la tierra. Aunque con el tirón que da la vela del parapente al llenarse de aire es casi imposible hacerlo, me mantuvo concentrado, motivado y comprometido con esa tarea. El sentimiento de la confianza suele ser recíproco. Mientras más das, más recibes a cambio.

    Y llegamos al momento justo de volar, donde aprendí mi lección más importante de ese día. Para poder disfrutar del vuelo, no te queda otra que separarte del suelo... Para tomar y sobre todo para poner en práctica decisiones importantes (difíciles, pero que nos facilitarán una vida fácil, como escribí una vez), no tenemos más remedio que dar el salto al vacío. Continuamos aferrados a la falsa seguridad que nos ofrece el suelo bajo nuestros pies, para una vez decidimos dejarlo atrás, lamentarnos por no haberlo hecho antes. Una de las personas a las que más quiero en esta vida me dijo una vez que si no te arriesgas nunca pierdes, pero tampoco ganas nunca. Saltar para volar es tan necesario como tener alas para hacerlo.

    Y una vez que remontas el vuelo, que surcas los aires con esa indescriptible sensación de libertad, sólo te tienes que centrar en disfrutar. Si te obcecas en lamentarte por todo el tiempo que has perdido en tierra no serás capaz de disfrutarlo como sin duda mereces. Elevarte y sentir la brisa en tu cara te hará darte cuenta de que esta vida es tan corta que lo mejor es pasarla volando todo el tiempo que puedas. Y para volar no nos queda otra que saltar. Leí una vez que cuando te sientes al borde del precipicio posiblemente es que la vida te esté poniendo en el lugar propicio para que por fin puedas volar...

    Antes de terminar esta publicación quiero poner en relación esta capacidad de creer en nosotros mismos y de hacer realidad nuestros sueños con un asunto tan escabroso como el del ego. La verdadera lección no es que yo pueda volar, sino que todos podemos hacerlo. Ya me lo demostró Cristian, pero me lo demostraron también todas las personas que estaban a punto de saltar al vacío aquel día y que eran tan especiales como yo.

    Gracias a todos por vuestro tiempo. Dejad el suelo atrás y volad libres. No os arrepentiréis.

    Hasta septiembre, el mes de la vuelta al cole, y a casi todo...