jueves, 10 de septiembre de 2026

Upsss… ¡Lo hemos vuelto a hacer! Un camino más, un camino menos…

 Llegó septiembre, el mes de la vuelta a la normalidad. El mes que muchos consideran como el del verdadero comienzo del año, equiparándolo al del curso, no sólo escolar. Para mis amigos Jesús y Manu, y para un servidor, el mes que llevamos a cabo nuestra aventura solidaria para el Reto Pichón.

Una aventura en la que nos permitimos aportar nuestro granito de arena (como la plataforma de donación sobre la que volveré después) a la causa y sobre todo nos ayuda a sentirnos mejor. ¿Por qué? Porque, como me enseñó una vez una voluntaria de la Fundación Olivares, cuando ayudas a los demás recibes muchísimo más de lo que das. Hemos recibido tanto que se hace muy difícil explicarlo.

Pero vayamos por partes, como diría mi amigo Jack. Partes que advierto que a lo mejor pueden parecer inconexas y sin sentido, pero las voy reflejando según se van asomando a mi mente.

Quiero empezar con la causa, que merece ser comentada. Este año toda la recaudación del Reto Pichón va enfocada al proyecto “Oportunidad”, con la vocación de transformar la transición a la vida adulta de los jóvenes extutelados en un camino acompañado, seguro y lleno de posibilidades, ofreciendo herramientas reales de autonomía, estabilidad y crecimiento personal. La Asociación Paz y Bien es la entidad beneficiaria de las donaciones y la que canaliza los fondos del proyecto para estos jóvenes.  Por ellos y para ellos hemos llevado a cabo esta aventura.

Una vez aclarado el porqué volveremos al qué y al cómo. El año pasado realizamos el trayecto entre Sarria y Santiago, el tramo más recorrido del Camino Francés, en menos de 24 horas. Este año, para dar continuidad al reto, escogimos el Camino Portugués, para empezar en Tui. Distancia similar, mismo tiempo objetivo para completarlo. Comencemos con las circunstancias y aprendizajes.

Tengo que comenzar por la importancia del equipo. Vuelvo otra vez a la tan usada frase de Confucio que indica que para llegar rápido hay que caminar solo, pero que para llegar lejos hay que hacerlo acompañado. Esto iba sobre llegar lejos, concretamente 116 kilómetros acabó marcando el Garmin. Y los acabó marcando (al menos el mío) porque iba acompañado de Jesús y de Manu. Dos tíos con los que iría hasta el mismísimo fin del mundo porque tengo tan claro que llegaría como que me lo pasaría tan bien como lo he pasado este fin de semana, aunque haya sufrido más de la cuenta en algunos momentos. Gracias infinitas porque sin vosotros dos no hubiese sido posible. Pero el equipo no ha sido de tres personas. Han sido muchos más. Empezando por nuestra familia, sobre todo la directa, que es la que nos aguanta todos los días y a los que estas locuras también empujan al límite, preocupados porque algo no salga bien. Mención especial para mis hijos Daniela y Pablo y para mi mujer María. Para reto, el de ellos. Aguantarme no es nada fácil. Sin ellos no hubiésemos llegado ni a Tui… Gracias también al resto de familiares, amigos y compañeros por estar siempre ahí.

Continuando con el capítulo de agradecimientos, que no es mala forma de empezar, gracias también a Juanlu Muñoz Escassi, el padre del Reto Pichón que sigue confiando en nosotros como embajadores a pesar de nuestras excentricidades. Aportar nuestro granito de arena cada año forma parte inseparable de nuestras vidas. Dentro del proyecto, gracias a todos los que habéis donado, difundido o escuchado. Todo es importante en esta vida, en base al momento y a las circunstancias. Y muchas veces, la visibilidad es incluso más importante que el dinero. Y cuando hablamos de dinero, aunque muchas veces pensemos que no somos más que una gota en el mar, tenemos que tener muy claro que el mar no sería el mismo si le faltase esa gota. Una de mis frases favoritas, de la Madre Teresa de Calcuta.

En relación con la ayuda de pequeño alcance, no puedo dejar de acordarme del cuento del gran Bucay, sobre las estrellas de mar.

Contaba el archi leído Jorge que un día, después de una tormenta, la playa amaneció cubierta de estrellas de mar, miles de ellas varadas en la arena, y un niño iba recogiéndolas una a una para devolverlas al agua. Pasó por allí un hombre que, al verlo, le dijo que había kilómetros de playa y miles de estrellas, que no podía salvarlas a todas y que hiciera lo que hiciera no iba a cambiar nada. El niño se agachó, lanzó una al mar y le respondió:

— A esta sí.

Siempre podemos salvar la vida a una estrella de mar, aunque queden miles varadas en la arena…

Quiero comentar también algo sobre el tema de los límites, sobre los que proféticamente escribía en mi publicación de agosto (confieso que casi lo veía venir). A pesar de que comencé el reto extrañamente bien para lo que había entrenado con las calores veraniegas (después hablaré también un poco sobre la dicotomía del control, tan estoica ella) varias circunstancias me llevaron a atravesar un bache de madrugada (la noche siempre acaba confundiendo) que sólo fui capaz de superar gracias a mis compañeros Jesús y Manu. De hecho, hubo un momento puntual en el que se barajó la posibilidad de poner fin al reto y localizar un taxi que nos acercase a Santiago y sólo la rechacé porque el escenario que se planteó fue la rendición del equipo completo. Si me hubiesen planteado un taxi sólo para mí y ellos dos hubiesen decidido continuar, hoy seguramente estaría escribiendo una publicación muy distinta. Mi mayor preocupación era saber si las señales que me mandaba mi mente eran pura comodidad por no acercarme a su límite o eran reflejos del borde del precipicio al que parecía acercarme peligrosamente. Como ejemplo anecdótico esas alucinaciones de las que tantas veces había oído hablar en las carreras de ultra distancia y que tuve la fortuna de experimentar. Otra cosita más para el saco. Afortunadamente, los dolores de estómago, los ardores, las ampollas reventadas en los pies y el casi golpe de calor que nos provocaron las altas temperaturas eran falsas alarmas. Todo iba mediamente bien, como evidencia la foto que acompaña a esta publicación. Vuelvo a repetir: conocerse bien, como es mi caso, no es ser imprudente. Tantos años en Pako’s me han proporcionado una mente fuerte, mucho más que mis músculos…

Prometí hablar sobre la dicotomía del control. Esa obligatoria distinción entre las cosas que podemos controlar y las que no, para cambiar y mejorar las primeras y aceptar las segundas, cobra un especial protagonismo en situaciones complicadas. Creedme que el Camino en 24 horas lo es. Se hace “molto longo”. Nos vinimos arriba con el control del ritmo, con la nutrición y la hidratación metódica, con la preparación mental, porque todo eso, en teoría estaba bajo nuestro círculo del control. Pero se nos olvidó que la temperatura, la humedad, los posibles puntos de avituallamiento y otras cosas andaban fuera de nuestro control. Y cosas que son aparentemente controlables nos llevan a la tragedia porque no consideramos su relevancia. Por ejemplo, colocar la alimentación en la mochila, a plena luz del sol durante casi doce horas provoca que el paté con el que rellenamos los minibocadillos (error) alcance temperaturas que no aconsejen su consumo durante tantas horas. Y es que el diablo siempre se oculta en los pequeños detalles…

Quiero finalizar esta desorganizada lluvia de ideas (no tengo claro si mentalmente me he llegado a recuperar) volviendo a hablar una vez más de la teoría de la relatividad. Todo cambia en función de las circunstancias, y ni nosotros somos los mismos. Unos chavales jóvenes y fuertes (ironía on) que habían salido de Tui a primera hora de la mañana del día anterior dejando atrás a casi cuantos peregrinos le salían al paso (por cierto, bastante menos de los esperados) se veían ahora ampliamente desbordados por personas mayores que ellos, con un evidente peor estado de forma, pero que acababan de comenzar a caminar al alba desde Padrón. Como diría aquél, tomen buena nota. Como decía mi padre, la vida es una escalera donde todos subimos y bajamos alguna vez. Cuidado con los que vienen bajando cuando nosotros vamos subiendo, porque a buen seguro la situación se revertirá y un día, cuando menos lo esperemos, nos tocará bajar a nosotros.

Muchas gracias a todos por vuestro tiempo. Un camino más, un camino menos, que además de todo lo que me ha dado, me ha hecho más fuerte. De momento no me ha matado. Perdonad también por la extensión, pero estas aventuras te provocan tal excitación que darían para escribir un libro…

Seguimos.



No hay comentarios:

Publicar un comentario