Llegó septiembre, el mes de la vuelta a la normalidad. El mes que muchos consideran como el del verdadero comienzo del año, equiparándolo al del curso, no sólo escolar. Para mis amigos Jesús y Manu, y para un servidor, el mes que llevamos a cabo nuestra aventura solidaria para el Reto Pichón.
Una aventura en la que nos permitimos
aportar nuestro granito de arena (como la plataforma de donación sobre la que
volveré después) a la causa y sobre todo nos ayuda a sentirnos mejor. ¿Por qué?
Porque, como me enseñó una vez una voluntaria de la Fundación Olivares, cuando
ayudas a los demás recibes muchísimo más de lo que das. Hemos recibido tanto
que se hace muy difícil explicarlo.
Pero vayamos por partes, como diría
mi amigo Jack. Partes que advierto que a lo mejor pueden parecer inconexas y
sin sentido, pero las voy reflejando según se van asomando a mi mente.
Quiero empezar con la causa, que
merece ser comentada. Este año toda la recaudación del Reto Pichón va enfocada
al proyecto “Oportunidad”, con la vocación de transformar la transición a la
vida adulta de los jóvenes extutelados en un camino acompañado, seguro y lleno
de posibilidades, ofreciendo herramientas reales de autonomía, estabilidad y
crecimiento personal. La Asociación Paz y Bien es la entidad beneficiaria de
las donaciones y la que canaliza los fondos del proyecto para estos
jóvenes. Por ellos y para ellos hemos
llevado a cabo esta aventura.
Una vez aclarado el porqué
volveremos al qué y al cómo. El año pasado realizamos el trayecto entre Sarria
y Santiago, el tramo más recorrido del Camino Francés, en menos de 24 horas. Este
año, para dar continuidad al reto, escogimos el Camino Portugués, para empezar
en Tui. Distancia similar, mismo tiempo objetivo para completarlo. Comencemos
con las circunstancias y aprendizajes.
Tengo que comenzar por la
importancia del equipo. Vuelvo otra vez a la tan usada frase de Confucio que
indica que para llegar rápido hay que caminar solo, pero que para llegar lejos
hay que hacerlo acompañado. Esto iba sobre llegar lejos, concretamente 116 kilómetros
acabó marcando el Garmin. Y los acabó marcando (al menos el mío) porque iba acompañado
de Jesús y de Manu. Dos tíos con los que iría hasta el mismísimo fin del mundo
porque tengo tan claro que llegaría como que me lo pasaría tan bien como lo he
pasado este fin de semana, aunque haya sufrido más de la cuenta en algunos momentos.
Gracias infinitas porque sin vosotros dos no hubiese sido posible. Pero el
equipo no ha sido de tres personas. Han sido muchos más. Empezando por nuestra
familia, sobre todo la directa, que es la que nos aguanta todos los días y a
los que estas locuras también empujan al límite, preocupados porque algo no
salga bien. Mención especial para mis hijos Daniela y Pablo y para mi mujer
María. Para reto, el de ellos. Aguantarme no es nada fácil. Sin ellos no
hubiésemos llegado ni a Tui… Gracias también al resto de familiares, amigos y
compañeros por estar siempre ahí.
Continuando con el capítulo de
agradecimientos, que no es mala forma de empezar, gracias también a Juanlu Muñoz
Escassi, el padre del Reto Pichón que sigue confiando en nosotros como
embajadores a pesar de nuestras excentricidades. Aportar nuestro granito de
arena cada año forma parte inseparable de nuestras vidas. Dentro del proyecto, gracias
a todos los que habéis donado, difundido o escuchado. Todo es importante en
esta vida, en base al momento y a las circunstancias. Y muchas veces, la visibilidad
es incluso más importante que el dinero. Y cuando hablamos de dinero, aunque
muchas veces pensemos que no somos más que una gota en el mar, tenemos que
tener muy claro que el mar no sería el mismo si le faltase esa gota. Una de mis
frases favoritas, de la Madre Teresa de Calcuta.
En relación con la ayuda de pequeño
alcance, no puedo dejar de acordarme del cuento del gran Bucay, sobre las
estrellas de mar.
Contaba el archi leído Jorge que
un día, después de una tormenta, la playa amaneció cubierta de estrellas de
mar, miles de ellas varadas en la arena, y un niño iba recogiéndolas una a una
para devolverlas al agua. Pasó por allí un hombre que, al verlo, le dijo que
había kilómetros de playa y miles de estrellas, que no podía salvarlas a todas
y que hiciera lo que hiciera no iba a cambiar nada. El niño se agachó, lanzó
una al mar y le respondió:
— A esta sí.
Siempre podemos salvar la vida a
una estrella de mar, aunque queden miles varadas en la arena…
Quiero comentar también algo
sobre el tema de los límites, sobre los que proféticamente escribía en mi publicación
de agosto (confieso que casi lo veía venir). A pesar de que comencé el reto extrañamente
bien para lo que había entrenado con las calores veraniegas (después hablaré
también un poco sobre la dicotomía del control, tan estoica ella) varias circunstancias
me llevaron a atravesar un bache de madrugada (la noche siempre acaba confundiendo)
que sólo fui capaz de superar gracias a mis compañeros Jesús y Manu. De hecho,
hubo un momento puntual en el que se barajó la posibilidad de poner fin al reto
y localizar un taxi que nos acercase a Santiago y sólo la rechacé porque el
escenario que se planteó fue la rendición del equipo completo. Si me hubiesen
planteado un taxi sólo para mí y ellos dos hubiesen decidido continuar, hoy
seguramente estaría escribiendo una publicación muy distinta. Mi mayor
preocupación era saber si las señales que me mandaba mi mente eran pura comodidad
por no acercarme a su límite o eran reflejos del borde del precipicio al que
parecía acercarme peligrosamente. Como ejemplo anecdótico esas alucinaciones de
las que tantas veces había oído hablar en las carreras de ultra distancia y que
tuve la fortuna de experimentar. Otra cosita más para el saco. Afortunadamente,
los dolores de estómago, los ardores, las ampollas reventadas en los pies y el
casi golpe de calor que nos provocaron las altas temperaturas eran falsas
alarmas. Todo iba mediamente bien, como evidencia la foto que acompaña a esta
publicación. Vuelvo a repetir: conocerse bien, como es mi caso, no es ser
imprudente. Tantos años en Pako’s me han proporcionado una mente fuerte, mucho
más que mis músculos…
Prometí hablar sobre la dicotomía
del control. Esa obligatoria distinción entre las cosas que podemos controlar y
las que no, para cambiar y mejorar las primeras y aceptar las segundas, cobra
un especial protagonismo en situaciones complicadas. Creedme que el Camino en 24
horas lo es. Se hace “molto longo”. Nos vinimos arriba con el control del ritmo,
con la nutrición y la hidratación metódica, con la preparación mental, porque
todo eso, en teoría estaba bajo nuestro círculo del control. Pero se nos olvidó
que la temperatura, la humedad, los posibles puntos de avituallamiento y otras cosas
andaban fuera de nuestro control. Y cosas que son aparentemente controlables
nos llevan a la tragedia porque no consideramos su relevancia. Por ejemplo,
colocar la alimentación en la mochila, a plena luz del sol durante casi doce
horas provoca que el paté con el que rellenamos los minibocadillos (error) alcance
temperaturas que no aconsejen su consumo durante tantas horas. Y es que el
diablo siempre se oculta en los pequeños detalles…
Quiero finalizar esta
desorganizada lluvia de ideas (no tengo claro si mentalmente me he llegado a
recuperar) volviendo a hablar una vez más de la teoría de la relatividad. Todo
cambia en función de las circunstancias, y ni nosotros somos los mismos. Unos
chavales jóvenes y fuertes (ironía on) que habían salido de Tui a primera hora
de la mañana del día anterior dejando atrás a casi cuantos peregrinos le salían
al paso (por cierto, bastante menos de los esperados) se veían ahora
ampliamente desbordados por personas mayores que ellos, con un evidente peor
estado de forma, pero que acababan de comenzar a caminar al alba desde Padrón.
Como diría aquél, tomen buena nota. Como decía mi padre, la vida es una escalera
donde todos subimos y bajamos alguna vez. Cuidado con los que vienen bajando
cuando nosotros vamos subiendo, porque a buen seguro la situación se revertirá
y un día, cuando menos lo esperemos, nos tocará bajar a nosotros.
Muchas gracias a todos por vuestro
tiempo. Un camino más, un camino menos, que además de todo lo que me ha dado, me
ha hecho más fuerte. De momento no me ha matado. Perdonad también por la extensión,
pero estas aventuras te provocan tal excitación que darían para escribir un
libro…
Seguimos.

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