jueves, 20 de agosto de 2026

EL LÍMITE QUE TODAVÍA NO HAS PISADO

             En agosto, mes tradicionalmente de vacaciones para la mayoría, sigo entrenando con la mente puesta en futuros retos que mantengan encendida la llama de la motivación.  El otro día mientras cargaba la barra para una serie de sentadillas volvió a mi cabeza una pregunta a la que llevo dando vueltas durante casi toda mi vida: ¿de verdad sabemos dónde está nuestro límite?

Sin querer parecer imprudente ni provocar locuras, mi impresión, después de muchos años entrenando, es que casi nunca. La mayoría de las veces no conocemos nuestro límite real, simplemente porque nunca hemos llegado hasta allí. Confundimos la frontera de la comodidad con la de lo imposible. Y son dos sitios muy distintos, con bastante más distancia entre ellos de la que solemos imaginar.

Llevo muchos años de gimnasio a mis espaldas, aunque siga sin notarse… Y si algo he aprendido durante todo este tiempo es que el cuerpo avisa mucho antes de lo necesario. Cuando una serie empieza a doler de verdad (y no hablo del dolor que avisa de una lesión, sino del dolor “bueno” que es la antesala del  crecimiento), la mente manda la señal de parar bastante antes de que el músculo esté realmente agotado. Es pura supervivencia: el cerebro prefiere quedarse corto antes  que pasarse de frenada.

Durante años (mis años mozos, obviamente) llevé mi cuerpo muchas veces hasta ese punto en el que pensaba que ya no podía dar ni una repetición más. Y descubrí serie tras serie, que casi siempre quedaba algo más. Una repetición extra. Un poco más de peso del que creía poder mover. Un segundo más aguantando la postura cuando todo apuntaba a soltarla. Con el tiempo entendí que no era el cuerpo lo que más crecía en esos años de gimnasio. Era la cabeza.

Ese hallazgo no llegó de un día para otro. Llegó serie a serie, año a año, casi sin darme cuenta, hasta que un día fui capaz de mirar atrás y comprobar la distancia recorrida entre el límite que yo imaginaba con quince años y el que realmente tenía. Ese margen, ese hueco entre lo que crees que puedes y lo que en realidad puedes, es quizá el terreno más interesante que existe para crecer.

Algo parecido, aunque a otra escala, me pasó en la FAN-PIN, esa prueba de fango sobre la que ya hablé hace casi tres años. Fue la vez que más cerca he estado de tocar mi límite real en toda mi vida. Y aun así, sigo pensando que ni siquiera entonces llegué a rozarlo del todo. Quedaba más. Siempre queda más.

Con el tiempo empecé a ver el mismo patrón fuera del gimnasio. En Minifunkids hay días en los que visto desde fuera, parece que ya no queda ningún movimiento posible. Que hemos llegado al techo, o peor, a la pared. Y sin embargo, siempre hay un paso más que dar. Una conversación más que tener. Una puerta nueva que todavía no habíamos probado a tocar.

Emprender se parece bastante a esa última repetición que crees que no vas a poder completar. Desde fuera, cuando alguien ve un proyecto atascado, todo el mundo tiene clarísima cuál es la solución. Es fácil decirlo desde la grada. Lo difícil es descubrir, estando dentro, que casi siempre queda una repetición más de la que nadie, ni siquiera tú mismo, pensabas que había.

Creo que el gimnasio y emprender comparten más de lo que parece a simple vista:

  • La primera señal de cansancio no es el límite, es solo una alarma. El cuerpo y la cabeza avisan pronto, por prudencia, no porque ya no quede nada.
  • El progreso no se nota serie a serie, ni mes a mes. Solo se aprecia mirando atrás, comparando el punto de partida con el de hoy.
  • Nadie descubre su límite real quedándose por debajo de él. Hace falta empujar, aunque sea un poco, para saber qué hay al otro lado.
  • El acompañamiento importa. Un compañero de serie, un socio, un amigo que te empuje esa última repetición, casi siempre marca la diferencia entre parar ahí o seguir.

Creo que por eso me sigue gustando tanto entrenar. No tanto por el físico, que también, sino porque cada serie es un recordatorio de algo que se me olvida con facilidad en el resto de la vida: que el límite casi nunca está donde tu cabeza te dice que está. Está bastante más allá. Y solo lo descubres si te atreves a seguir cuando toda la lógica te pide parar.

Así que si en lo poco que queda de este mes de agosto sentís que ya no queda nada más que hacer, en el gimnasio, en el trabajo, en casa o donde sea, os invito a intentar una repetición más antes de soltar la barra. Puede que descubráis, como yo, que el límite estaba bastante más lejos de lo que pensabais.

Gracias por vuestro tiempo como siempre y seguimos entrenando, cuerpo y cabeza.

#ShowMustGoOn



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