martes, 14 de julio de 2015

CRÓNICA DEPORTIVA TRIATLON VITORIA – GASTEIZ 2015




                Coincidiendo con el inicio de mis vacaciones, llegaba el momento de participar en el primer reto deportivo importante del año. El Triatlón de Vitoria-Gasteiz, que en su versión Full (distancia Ironman) tenía lugar el 12 de Julio.
                Había preparado mi cuarto larga distancia con menos preparación física que otras veces, pero compensando con más entrenamiento mental. Siempre he mantenido que en estas distancias el aspecto mental supera con mucho al físico, y quería comprobar hasta qué punto es esto cierto, sustituyendo kilómetros de piscina, bicicleta y carrera por sesiones de meditación, cursos de coaching y otros recursos similares.
                Salgo muy temprano el viernes dirección a Vitoria junto a los Bikilas Norber, Carlos Viñas, Jose Sevillano y los camaleones Quini y Antonio Vega en una prueba más de que este deporte es especial y a nuestro nivel está muy por encima de los colores de nuestros trimonos. Y aunque esto pretende ser una crónica deportiva, no puedo ni quiero pasar por alto la calidad humana del grupo que me acompañaba. Desde que arrancamos la furgoneta hasta que la paramos a la vuelta del viaje el ambiente ha sido excepcional. Muchas risas como evidencia de lo bien que lo hemos pasado, en un fin de semana al que hemos tenido hasta oportunidad de colocar hasta su banda sonora.
                Sin extenderme mucho en los detalles de la previa, salvo para felicitar a la magnífica organización daré un salto temporal hasta el momento de la salida. Tras un emotivo minuto de silencio en memoria del presidente de un club de tri que había fallecido atropellado el día antes llega el momento de echarse al agua.
Natación + T1
Salgo detrás de mi amigo Norber en una salida muy limpia hasta que me doy cuenta de que su ritmo es superior al suyo y decido dejarlo marchar. Voy nadando suave, relajado y sorprendentemente bien orientado. Las boyas naranjas van quedándose atrás casi sin darme cuenta. La primera vuelta transcurre sin incidencias y salgo a dar la pequeña caminata que me lanzará a la segunda con muy buenas sensaciones. De nuevo me echo al agua. Mientras más relajado y estirado nado con mayor facilidad me desplazo e incluso adelanto a otros triatletas con una frecuencia de brazada muy superior a la mía. Saboreo los últimos metros sabedor de que tardaré en nadar de nuevo en este marco incomparable. El pantano de Landa es un paraje espectacular para acoger el segmento de la natación. Antes de que me dé cuenta ya voy camino de la T1 despojándome del neopreno y listo para comenzar el segmento ciclista. Al final por lo que dicen salen algunos metros más de lo previsto algo que no me importa en absoluto porque en estos momentos la marca no es lo que más me preocupa. Al final sobre 1:24’ la natación según comprobaré después en las clasificaciones, porque el Garmin para variar tampoco lo he ajustado muy bien. Me cambio tranquilo y compruebo que no me dejo nada atrás en la bolsa, sobre todo en lo que a alimentación se refiere.
Ciclismo + T2
Salgo por la alfombra azul con varias bicicletas todavía en boxes, lo que debe ser una señal de que no lo he hecho tan mal. El paisaje por donde transcurre este segmento es también espectacular. Una primera parte por una carretera rodeada de árboles y unos constantes toboganes me dan una idea del tipo de recorrido que me espera. Me acoplo desde el primer momento rodando muy cómodo, sin querer forzar porque esto no ha hecho más que empezar. Comienzo con mi rutina de alimentación e hidratación cada 15 minutos, algo que no abandonaré hasta que no suelte la bici en la T2. Me pasan algunas cabras de bastante nivel, lo que me motiva especialmente para valorar mi desempeño. En este segmento vuelvo a comprobar la calidad de los voluntarios que descubrimos ayer durante la entrega de dorsales y entrega del material en ambas zonas de transición. Con un trato exquisito y una permanente sonrisa en sus rostros han sido una de las sorpresas agradables de la prueba. Como muestra algunos que permanecían aislados bajo sus sombrillas en puntos lejanos de todo, y que cuando de lejos te veían llegar se ponían de pie y te animaban como si fueses un auténtico pro. Mis felicitaciones y agradecimientos para ello. El recorrido se hace pesado a tramos, con tanta cuesta y con la aparición del viento en algunas zonas que complica bastante el rodaje cómodo. Hago mucha parte del recorrido muy solo, algo a lo que estoy acostumbrado en mis entrenamientos y que me evita tener que preocuparme por el drafting. Me llegan los primeros momentos de bajona, que supero con facilidad concentrándome en la foto de Pablo y Daniela que llevo en los acoples, una foto que la tímida lluvia de primera hora de la mañana ha decolorado y le ha provocado un aspecto especial. La última vuelta corta (el recorrido eran dos vueltas largas de unos 70 kms. y una corta de unos 42) se hace un poco más complicada por el tema del viento. Las ganas de llegar se intensifican, y las piernas no vuelven a soltarse hasta que alcanzo las avenidas de Vitoria que me llevarán a la T2 donde el público espera animando a tope. Nada más llegar al arco un voluntario me toma la bici (con una sonrisa, como no podía ser de otra forma) y me indica el camino hacia la carpa donde me espera la bolsa con el material de la carrera. 6:24 minutos me salen en este segmento, algo aceptable dadas las condiciones del mismo. En ningún momento me cruzo con ningún compañero, clara prueba de que van todos por delante de mí. Me vuelvo a cambiar tranquilo, poniendo especial interés en embadurnar mis pies de vaselina, para evitar problemas con las humedades en los avituallamientos. Por fin llega el momento de la carrera, donde comienza el Ironman de verdad y donde más cómodo me siento.
Carrera a pie + meta
El inicio de la carrera a pie tiene lugar por una zona muy próxima a la meta, atiborrada de gente, que anima sin parar. La situación me sorprende favorablemente, elevando a tope los depósitos de motivación. Con un nudo en la garganta fruto de la emoción salgo a correr con un ritmo bastante cómodo. Pongo especial atención en la técnica y en discurrir de la forma más relajada posible. Antes del kilómetro dos ya diviso a mi amigo Norber, que parece correr a buen ritmo y sin muchos problemas. Lo paso sin pararme porque aunque no he venido a buscar marca, algo en mi interior suspira por ser “sub12” por primera vez en la mítica distancia. Sigo devorando kilómetros hasta que me encuentro a mi compañero Jose Sevillano que va bastante fastidiado, muy castigado muscularmente. Aunque no encuentra el ritmo ya me lleva una vuelta de ventaja, por lo que su posición no corre peligro. El recorrido de este segmento también merece su comentario. Vitoria es una ciudad preciosa, y las cuatro vueltas al circuito que transcurre por su centro son una excelente oportunidad para conocerla desde una perspectiva bastante original. Mucha sombra que es de gran ayuda a unas horas de la tarde en la que el termómetro debe haber subido varios grados desde esta mañana y en la que la humedad también castiga lo suyo. Voy pillando en los avituallamientos según me parece, sin seguir un orden muy lógico. Agua, isotónico, algún que otro gel (aunque bastante menos de lo habitual para mí) y naranjas que me refrescan la boca. Otro diez para la organización en lo que a avituallamientos se refiere, perfectamente organizados y cubiertos por los omnipresentes voluntarios de sonrisas imborrables. Además la ocurrencia de las piscinas donde refrescarnos me parece una idea excelente. Mucho mejor que las usuales esponjas. Cada vez que me cruzo con una lleno la gorra de agua como si de una vasija se tratase y me la coloco para proporcionarme una ducha que intente suavizar un poco mi temperatura corporal. En otra vuelta me encuentro con Antonio Vega, que ya va un poco tocado, pero que está a sólo una vuelta de terminar. Me cruzo también con Quini que corre a muy buen ritmo y con ese estilo tan característico. A mediados de la segunda vuelta echo de menos algo de más entrenamiento, y no físico precisamente. He corrido los primeros kilómetros a 4:40 con unas sensaciones brutales. Nada de cansancio y muy cómodo. Cuando me asaltan las dudas de si seré capaz de mantener ese ritmo y se pone en marcha la calculadora mental para estimar tiempos los ritmos se van desplomando. Corro cada vez más lento y menos cómodo, pero me concentro especialmente en que la sonrisa no se borre de mi cara, una sonrisa que me acompaña desde que me lancé al agua del pantano hace ya bastantes horas. Poco a poco el estómago me va enviando señales de que se asoma a sus límites por lo que restrinjo los avituallamientos a agua y de forma muy puntual a isotónico e incluso coca cola, un refresco que no me gusta en absoluto y que sólo bebo en este tipo de pruebas. El ritmo se aviva cada vez que me acerco a la línea de meta, donde el gentío anima de forma increíble. El “Aupa Bikila” se convierte en un clásico y te da alas en los momentos en que tu mente te quiere jugar una mala pasada. En la última vuelta me encuentro a Carlos Viñas (el único que me quedaba por ver) que ya ha terminado y me anima a seguir. La última vuelta se hace mucho más llevadera, y prácticamente la dedico a despedirme de estos lugares que me han acompañado durante las casi cuatro últimas horas. Poco a poco vuelvo al centro y paso junto a la meta, a pocos metros con mi objetivo. Me dedico a aplaudir a la gente y a chocar mis palmas con las de los niños que se asoman por encima de las vallas. Las lágrimas asoman por debajo de mis gafas por la emoción del momento. La voluntaria me dedica una sonrisa (no podía ser de otra forma) cuando tomo el último giro y comienzo a pisar la alfombra azul. Troto muy suave, casi andando, dejando que me adelanten varios triatletas para saborear mi momento. El reloj del arco de meta marca 12 horas y 19 minutos. Ya soy finisher…por cuarta vez. 3:53 para la maratón, en una marca muy digna después del calentamiento del agua y la bici pero que podría haber mejorado bastante con una mente más fuerte. Habrá que tenerlo en cuenta.
Medalla y camiseta que acreditan el cumplimiento de este sueño. Ya sólo queda Norber por llegar y nos quedamos junto a la meta esperándolo. Hablando con Sevillano me confirma que el reloj marca el tiempo desde que comenzaron las féminas, 25 minutos antes que nosotros. En una especie de “deja`vu” me doy cuenta de que he sido “sub12” (11:55:51) y me vuelvo a emocionar…
Después llega la T3, la más importante de las transiciones. Volver a empezar, que diría José Luis Garci. Los seis hemos sido Finisher. Risas, fotos y abrazos, olvidando en unos segundos los duros momentos vividos durante el día y grabando a fuego los buenos, que son los que de verdad importan.
Resumiendo y abreviando un triatlón altamente recomendable, por su encomiable organización, por el lugar donde se desarrolla, pero sobre todo por su gente. Por sus voluntarios, que han sido los auténticos protagonistas del día y por el  público. Es increíble como se ha volcado la ciudad con el evento. Tenía muy buenas referencias pero la realidad ha superado con mucho a las expectativas. Un lugar donde volver. Un fin de semana para recordar, con una música muy especial: “Y es que yo sin ti, tú sin mí, dime si puedes ser feliz, llévame a Vitoria, llévame a Vitoria….”
Gracias a tod@s, aunque los agradecimientos ya los expresé en mi estado de Facebook nada más finalizar la prueba. Eskerrikasko!!!

domingo, 5 de octubre de 2014

FINISHER IM MALLORCA 2014

27 de Septiembre de 2.014. 7:30 a.m. Los sueños están ahí esperando a ser convertidos en realidad. Algo más de 2.500 triatletas (sin neopreno) esperan a que se de la salida para una de las experiencias más completas que se pueden vivir para todos aquellos que aman el deporte en cualquiera de sus manifestaciones. La música suena alta, pero incluso así podemos sentir el latido de nuestros corazones golpeando fuerte el pecho desde el interior. Por fin ha llegado el momento que tantas veces hemos soñado durante las infinitas sesiones de entrenamiento de los pasados meses.
La música se va apagando poco a poco y una bocina rompe el silencio de la mañana. Me coloco muy atrás, en la parte izquierda de la salida, detrás de mi amigo Norber con la intención de que me haga de guía y nadar a sus pies. La aglomeración de gente en tan poco espacio hace poco menos que imposible seguirlo. Patadas, golpes, gente que literalmente se te monta encima...Yo he venido a pasármelo bien, así que como me gusta decir, mientras todo el mundo va a lo suyo yo voy a lo mío. Comienzo a nadar tranquilo, deslizando e intentando evitar en lo posible la lucha cuerpo a cuerpo. A pesar de las dificultades, la cercanía de las boyas (cada 100 m) facilita mucho la natación. El fondo del mar es espectacular, a tres o cuatro metros de profundidad la manta de algas que cubre el lecho de arena parece mecerse al son de nuestras brazadas. Antes de lo que esperaba, primera boya de giro a la derecha. Se recrudece el combate hasta que recuperamos la posición. Salgo del agua en la primera vuelta (que además era la más larga) con muy buenas sensaciones. Voy a por el segundo puente de la especie de "M" que conforma el circuito con la misma estrategia. Y de nuevo, casi antes de que me de cuenta, mis pies comienzan a rozar el fondo. Me incorporo y llega el momento de dejar atrás el agua. La alegría y la nostalgia se mezclan en mis sentimientos a partes iguales. He salido del agua muy bien, pero este segmento ya se ha acabado. No sé cuando volveré a nadar en este mar. De camino hacia el arco de salida del agua, un inglés me pregunta por el tiempo. Es la primera vez (y casi será la última) que miro el Garmin: 1 hora 10 minutos, le contesto. Bien, mucho mejor de lo que me esperaba.
T1 muy tranquilo y emocionado. Cuando me monto en la bici una vez traspasada la línea de transición el Polar que llevo en la tija marca las 9:00 am. Hora en punto que me facilitará la alimentación y la bebida. Salgo con cuidado, buscando acoplarme rápido pero un poco obsesionado con el tema del drafting (la que has liado Dani, jeje), por lo que voy adecuando mi ritmo a las circunstancias de la carrera para evitar en lo posible ir cerca del que me precede. La rutina se repetirá innumerables veces durante las próximas horas. Cada quince minutos, hidratación y alimentación. Poca cantidad pero de forma continua. A los pocos kilómetros me doy cuenta de que voy bien, sensación de ir descansado y a un ritmo bastante cómodo. Podría apretar un poco más, pero ¿para qué? Hoy he venido a terminar, esto es muy largo y el tiempo es lo de menos. Cada vez que la carretera se empina el guión se repite. Comienzo a dejar atrás gente, muchos de ellos con unas espectaculares cabras. Aunque después me comentan que por su ergonomía es muy difícil subir con ellas, al tener un punto de agarre tan bajo, el adelantarlas me da un pequeño subidón de autoestima que nunca viene mal. Cuando la pendiente se invierte o desaparece me vuelven a pasar, lo que también me sirve de distracción para todas las horas que me quedan por delante. En uno de los tramos me cruzo con Luismi, que me lleva una ventaja importante. Luismi ha hecho un esfuerzo espectacular que ha dado sus frutos. En el agua ha mejorado una barbaridad y en la bici ya era un especialista hace mucho tiempo. Un poco antes de pasar por el ecuador de la prueba ciclista me adelanta mi amigo Norber. No me puedo creer que haya salido del agua antes que él. Lo mismo ha tenido algún problema. De todas formas lo veo bastante bien. Decido no perderle de vista y que nunca se me metan más de cinco triatletas entre nosotros, algo que a veces es bastante complicado por el tamaño de los pelotones que se forman. Es un tema tan trillado que daría por sí solo para infinitas entradas en mi blog. Creo que es más una cuestión de conciencia individual. Yo vengo aquí a demostrarme a mí mismo de lo que soy capaz, de que mis límites están mucho más allá de 226 kms. Y para ello vengo a hacerlo solo. El que se quiera aprovechar del rebufo de sus compañeros allá él. Yo no quiero hacerlo. Pero tampoco juzgo al que lo haga. Seguimos pedaleando. Cuando enfilamos la recta que nos conduce a las primeras estribaciones de la Sierra de Tramontana paso a Norber. Le pregunto si va bien y me lo confirma. Va a su ritmo, ese ritmo que le ha permitido acabar 3 Ironman en menos de un año y que lo convierte en un valor seguro cada vez que comienza cualquier tipo de carrera. El paisaje es espectacular. Los árboles van cerrando la carretera y empiezan las cuestas. Aquí se produce una verdadera sangría. Aunque tengo claro que los buenos van muy por delante mía, dejo atrás a incontables corredores en la ascensión. Además voy relativamente bien, sin apurar el desarrollo en la mayoría de los tramos. Cada vez que me pongo de pie muevo la bici con alegría y dejo literalmente clavado a muchos compañeros. Los entrenamientos en Las Palomas y El Boyar dan sus frutos. Cuando la pendiente se invierte la historia se repite. Me vuelven a pasar como flechas. La bajada es espectacular. Como ya iba advertido de su peligrosidad tiro de frenos aunque me lo paso realmente bien. Es una maravilla. Me doy cuenta de que a esto le va quedando poco. Cuando llegamos a la población de Muro curva de 90 grados a la izquierda y a lo lejos compruebo como la gente va echando el pie a tierra...plato pequeño y piñón grande (soy un desastre, a estas alturas no sé ni qué desarrollo llevo) y nada más girar me encuentro con una auténtica pared y un rosario de gente a pie empujando sus bicis. Aprieto los dientes. No me voy a bajar. Me acuerdo de la cuesta de llegada a Zahara de la Sierra viniendo de Prado del Rey. Entre jadeos y lamentos de mis compañeros corono. Vamos. Los últimos 20 kilómetros del tramo ciclista se me hacen eternos. Viento de frente, asfalto muy irregular y pelotones que me hacen estar todo el tiempo pendiente de no caer en zona de posible amonestación. Me cuesta un poco acoplarme a estas alturas. Pero ya estoy casi ahí. Los últimos kilómetros discurren ya paralelos a la zona de carrera, donde hay una auténtica procesión de atletas que ya han comenzado su maratón. No importa cuantos, lo que importa es que ya estoy ahí.
T2 también limpia y tranquila, con la seguridad que te da no haber tenido ninguna incidencia durante el tramo ciclista. Ahora ya todo depende de mi cabeza, no hay posibilidad de pinchazos, ni de averías. Sólo tengo que correr. Entro en un servicio por primera vez desde que comenzó la prueba para comprobar mi nivel de hidratación. Todo perfecto. A correr. Me concentro en llevar una técnica lo más correcta posible. Es alucinante la cantidad de gente que hay en este sector. Comienzo a fijarme en las pulseras que adornan los brazos de muchos triatletas. Paso a gente, hay gente que me pasa. Me cruzo con Luismi, que ya lleva una goma celeste en su antebrazo y corre a muy buen ritmo. También con Quini, que a pesar de las duras condiciones en las que ha competido, con un virus que ha azotado su cuerpo hace algo más de 24 horas, lleva ya un par de pulseras rodeando su muñeca. Sin palabras. Adelanto a una noruega (aunque ya lleva cuatro pulseras y va camino de la meta) escoltada por una bici que indica que es la tercera clasificada femenina. Voy un poco cansado  pero feliz, muy feliz. Repito mi rutina infinitas veces, estoy pendiente de la pisada, del braceo, de las respiración, de la verticalidad de mi cuerpo, de llevar sueltas las caderas,... Así tengo a mi cerebro ocupado y a distancia de los posibles fantasmas que lo quieran asaltar. Bebo agua e isotónico en todos los puntos de avituallamiento, y tomo geles y fruta de forma alterna. Las esponjas bajan mi temperatura corporal pero inundan el interior de mis botines, que suenan como lo han hecho tantas veces este año tras entrenar bajo la lluvia. Las pulseras se van pegando a mi piel vuelta a vuelta. Cuando me coloco la amarilla sé que estoy sólo a escasos cinco kilómetros de cumplir mi sueño. Bajo un poco el ritmo porque ya sólo quiero disfrutar. Soy consciente del castigo porque los últimos avituallamientos mi cuerpo sólo tolera manzanas y coca cola (hace años que no bebía la chispa de la vida...). Los ánimos de los niños que ilusionados te ven como si fueses un héroe. Llego al último giro donde me marca que ya debo enfilar la recta de meta. No dejo de correr pero ralentizo el ritmo a tope, quiero dejar pasar al que me precede para vivir este momento. Mi momento: "Antonio Manuel, you are an Ironman" 12 horas, 13 minutos, 38 segundos. Como ya dije en mi publicación en Facebook nada más terminar, gracias, muchas gracias a todos los que lo habéis hecho posible. #anythingispossible #showmustgoon. A por el próximo.

lunes, 7 de octubre de 2013

1 IBERMAN LD LA LUZ (5/10/2013)

Para tod@s aquell@s con inquietudes deportivas voy a redactar esta crónica de mi participación en el I Iberman LD La Luz. Tras año y medio sin escribir en mi blog, creo que la experiencia vivida justifica el volver a publicar algo en este diario público a la vista de tod@s.

El 2.013 amanecía con el día 5 de Octubre marcado en rojo en su calendario. Ese día tenía previsto realizar mi segundo LD del año, casi seis meses después del Trisur del 13 de Abril.

Han sido muchos los largos en la piscina del Club de Vistazul bajo el abrasador sol del medio día, muchas mañanas de sábado con interminables escapadas en solitario sin más compañía que mi bici e incontables madrugones para calzarme las zapatillas y abrir las calles de Dos Hermanas, como cariñosamente me dice más de un compañero de club. Era el momento de dar sentido a todo. Y ahora era el momento de compartirlo. Como ya he dicho en alguna ocasión, frente a la aparente soledad de este deporte, en el saber compartirlo con los demás se encuentra la clave de su éxito.

Sin más preámbulos me situaré en la mañana de la prueba. Los nervios de otras veces no tuvieron oportunidad de aparecer, gracias al crack de Norber, un tío grande donde los haya y que en un alarde de locura como el mío, decidió apuntarse a esta prueba. La presencia de Jaime, el compañero para todo (fotógrafo, cocinero, recadero,…) también hizo mucho más amenos estos momentos. Sin casi tiempo a pensarlo nos vimos embutidos en nuestros neoprenos, pisando la fría arena de la playa y esperando a que los primeros rayos del sol rompiesen el horizonte.

Una estampida de cuerpos engomados se lanzó a la carrera en busca del agua mientras yo me coloqué un poco atrás, al lado derecho para evitar golpes y aglomeraciones. Desde el primer momento nadé cómodo, más incluso de lo  que había soñado. Con una frecuencia de brazada muy baja, pero muy estirado, sin aparente esfuerzo iba al ritmo de los que nadaban a mi lado, que parecían consumir mucha más energía que yo. Con una respiración muy calmada me propuse disfrutar de cada momento del día. Tanto que muchas veces tuve que pararme a orientarme y seguir la estela  de los que creía en el camino correcto. Aunque todavía no he podido descargarme los datos del Garmin, imagino que los casi 900 metros paralelos a la playa que separaban la segunda y la tercera boya parecerán de todo menos una recta. Como iba bastante fresco tampoco me importaba. No quería que ni un solo pensamiento negativo surcase mi mente y me estropease estos momentos. Antes de que me diese cuenta estaba saliendo del agua para dar la  primera vuelta. En los pocos metros que corrí sobre la arena adelanté a dos o tres compañeros y justo al girar pude divisar a Jesús y a Jaime que animaban sin parar. En la foto que después he tenido oportunidad de ver estoy devolviéndoles los aplausos. Una segunda vuelta muy similar a la primera (igual de descansado y de desorientado) y hacia la T1. Mi bicicleta me esperaba al principio del box a la izquierda. Me lo tomo con calma, me cambio repasando mentalmente mi equipaje para no dejarme nada atrás. El speaker se acerca con el micrófono y me hace una breve entrevista. Me sorprendo oírme a mí mismo con la voz tan tranquila, vocalizando como no estoy acostumbrado a hacerlo.

 Me despido para pasar por primera vez bajo el arco de meta y comenzar el segundo sector. Nada más salir, otra vez Jesús y Jaime me animan con sus gritos y borran cualquier leve rastro de cansancio que pudiese quedar en mi cuerpo tras hora y media de ejercicio. Ya voy un poco por encima del tiempo previsto, así que tomo la determinación de olvidarme del crono y disfrutar, disfrutar y disfrutar.

Desde el primer momento el viento me incomoda un poco, parece que no voy tan redondo como debería, así que quito desarrollo y me dispongo a no derrochar ni un ápice de energía. Estoy es largo, muy largo y no ha hecho más que empezar. No creo que llevase ni diez kilómetros cuando en uno de los primeros repechos coincidimos cuatro ciclistas y un juez se acerca en la moto a advertirnos que la próxima vez supondrá amonestación. En lugar de maldecir en arameo o tratar de explicarle que en esas circunstancias para ir a menos de 12 metros deberíamos haber echado el pie a tierra me lo tomo como otro reto personal. No volverán a advertirme en los casi 180 kms. que tengo por delante. Me servirá para estar concentrado y atento. Sigo pedaleando. El perfil es complicado, mucho más de lo que sugerían los dientes de sierra que dibujaron en su web. El viento tampoco ayuda. Estas dificultades sin embargo evitan que esté pendiente del crono, lo que creo que hubiese sido fatal en una prueba de estas características. Voy jugando mentalmente con las indicaciones que figuran en la pegatina que decora el cuadro de mi  bici y con las señales de la carretera. Y como. No paro de comer. Me acuerdo de mi tocayo Lay y cada 15 minutos de reloj me cargo de gasolina. También aprovecho la nutrición para tener a mi mente entretenida, lejos de pensamientos destructivos. A en punto y media isotónico, a y cuarto y menos cuarto, agua. Y voy rotando la secuencia de alimentos: plátanos, dátiles, geles, barritas (mis “ironbars” que había cocinado un par de días antes y que resucitarían a un muerto).  Pedalear, comer  y beber. Es lo único que tengo que hacer. Cuando ya intuyo que el puente fronterizo debe estar cerca diviso a lo lejos un uniforme verdiblanco (que putada, Norber, jiji) con el rótulo Bikila a la espalda. Lo alcanzo en uno de las innumerables cuestas que salpican el camino. Le pregunto cómo va con miedo a que de nuevo un juez aparezca de la nada, y me confirma que va bien. Aprieto en dirección al puente, y mientras me preguntaba que sería el premio de la montaña una pared sin fin aparece frente a mí. Por poco tengo que poner pie a tierra para meter todo el desarrollo que llevaba, no me esperaba esta subida tan pronunciada de repente. Me tengo que poner de pie y tirar de riñones para seguir subiendo. Desde este momento empiezo ya a ver caras muy desdibujadas por el cansancio, y todavía no vamos ni por la mitad. Ya en suelo portugués la historia cambia poco, cuestas, un poco de más cuestas y algún que otro tramo donde el viento da de cola y me permite acoplarme y mover desarrollo sin cargar demasiado las piernas. Lo de los avituallamientos lo dejaremos también en mera anécdota. Soy consciente de las dificultades que debe tener organizar una prueba de estas características y también tenía claro que enfadarme y gritar a los pobres voluntarios no era la forma más adecuada de mantener una actitud positiva que se convertiría en mi mejor aliada. También me lo tomé como otro reto. Dosifiqué al máximo la bebida, aproveché las pastillas solubles de isotónico para diluirlas en agua y hasta me bebí un refresco de limón que con toda su buena voluntad me dio un joven portugués y que por poco me hace arañar el cuadro con los dientes.

En estos últimos kilómetros por suelo portugués Jaime no dejaba de ir y venir entre mi posición y la de Norber, tomando unas fotos espectaculares que formarán parte del álbum de nuestros recuerdos de esta prueba. Estoy seguro de que si puso el marcador de la moto a cero al comienzo del día, superó con mucho los 226 kms. que teníamos que recorrer nosotros. Estaba ya a punto de comenzar a tener problemas con la falta de líquido cuando un ángel de la guarda vestido de Bikila y a lomos de una Fuji apareció en la carretera. Era el crack de Marcos, que había cumplido su promesa y se había acercado a vernos. Sin casco se dedicó a subir y bajar bidones sin descanso para que a Norber y a mí no nos faltase de ná. Sus últimas palabras antes de despedirse de mí, de auténtico genio: “ya sólo te queda un pequeño repecho antes de la nacional”. Estos pocos kilómetros hasta la T2 fueron de los más largos del sector ciclista. Al entrar en la carretera de entrada cominezo a ver a nuestra izquierda triatletas en el sector de carrera a pie, lo que hace que tu mente de forma automática te haga llegar un mensaje de la desventaja que llevas. De todas formas la carrera no se me suele dar nada mal, por lo que acelero un poco deseando soltar la bici y comenzar a trotar. Entrada en la T2, muy bien organizada también y cambio de calzado. Todo recogido dentro del cesto y a correr.

Desde el primer momento me veo muy bien, con los cuádriceps sueltos y con ganas de estirar el cuerpo. Comienzo a pasar gente desde el primer momento. En la recta antes de girar a la derecha para tomar el puente que me llevará de vuelta a España me cruzo con Norber, en un instante inmortalizado por Jaime que creo que será una de las fotos más guapas que se tiraron ayer sin duda alguna. Estoy deseando tener el original para sacarla en papel. Ya en el puente veo a los primeros caminantes y me vuelvo a colocar otro reto: “intentaré correr hasta el final, por muy cansado que esté, pero no pararé de correr”. Las cuestas hasta Ayamonte me sirven para seguir adelantando. Iba pensando en los míos cuando veo a lejos dos Toyotas. No me lo puedo creer, María, Pablo y Daniela junto con mis primos a unos metros de mí, aplaudiéndome y animándome sin parar. El subidón que me produce verlos me permite avivar el ritmo, y seguir pisando muy suave, con un ritmo bastante alegre, que no acierto a cuantificar porque me sigo negando a mirar el reloj. A partir de aquí comienza la parte más dura, y por tanto la que más valor le da a la medalla de finisher que abrazaría mi cuello en varias horas. Calor, tierra, firme irregular fueron haciendo mella en los participantes. De todas formas me concentré en seguir corriendo y en que me adelantase poca gente lo que mantenía mi mente entretenida. En los avituallamientos tomaba dos botellas de agua y bebía cada kilómetro. Tomaba un gel como premio cada seis kilómetros y avanzaba sin detenerme. Casi al final de la vía verde nos metemos en un pinar donde ya están comenzando a colocar antorchas. La noche se acerca. Ya no corremos sobre tierra, sino sobre arena suelta, lo que dificulta tremendamente el desplazamiento. Afortunadamente, todo pasa, y antes de lo que pensaba enfilamos el paseo marítimo de Islantilla. Ya estamos cerca, aunque quedan bastantes kilómetros por lo que intuyo que nos queda alguna que otra sorpresa. Antes de llegar al centro comercial se me acercan otra vez Jesús y Jaime que corren varios metros junto a mí. Me dan ánimos suficientes para correr otra maratón desde el principio, y me advierten en tono protector de que me faltan unos metros por la playa. No me da tiempo a pensarlo mucho porque varios metros más adelante mis primos (y a la vez representante) José Mari y Frank salen a mi encuentro. También me bañan de ánimos y me dicen que estoy “sólo” a 12 kms de meta, la que puedo divisar a mi izquierda tras la alfombra azul que dibuja el camino. Tan cerca y a la vez tan lejos. Como la vida misma. Ahora cuando escribo estas líneas me estoy dando cuenta de que me encontraba justo frente “al muro”. Esa pared que tantos sueños ha truncado en las maratones y que queda una vez más demostrado que tiene un componente eminentemente psicológico, porque cuando no te da tiempo a pensarlo no se atreve a aparecer. De aquí al final casi lo más duro: el paseo se va quedando solo y sólo algunos vecinos de las casas aisladas jalonan nuestro paso. Después la playa, unos metros que se hacen interminables con una arena que parece querer tragarse las siluetas de los atletas que se recortan tímidamente en una puesta de sol espectacular que se me queda grabada a pesar de ir sin cámara. Parece que no llega el momento de salir de la playa. Los voluntarios nos animan avisándonos del final. Una plataforma de madera nos conduce hasta el último avituallamiento y a partir de ahí más arena, ya en la más absoluta de las oscuridades y con la única orientación de unas antorchas que dibujan el camino a nuestra izquierda. Da igual. Esto ya está hecho. De vuelta a la calle de las casitas bajas, la gente aplaudiendo a tu paso y el Puerto Antilla que se dibuja al fondo. Ahora si estoy ahí  y he llegado para quedarme. En el giro a la derecha aparecen María, los niños y mis prim@s. Un beso de bienvenida y los niños de la mano en dirección a la meta. Su sonrisa es el mejor premio a esta aventura. Ellos son los verdaderos protagonistas de esta historia, los que me motivan a seguir y a intentar ser día a día un poco mejor para que entiendan que el esfuerzo es uno de los principales valores de esta vida y  que los sueños, por imposibles que parezcan, nacen para convertirse en realidad. Hay que soñar día a día, y después hay que lanzarse en busca de los sueños. Los tres de la mano somos la pura imagen de la felicidad. En esos momentos todo el rastro del cansancio tras casi trece horas se borra de un plumazo de mi cuerpo. Soy Finisher del I Iberman LD La Luz, el primer triatlón del mundo que ha discurrido por dos países distintos. 226 kms. 12 horas, 57 minutos y 39 segundos. Gracias. A tod@s, como ya publiqué en mi facebook.