miércoles, 19 de abril de 2023

LA VIDA EN BUSCA DE SENTIDO

                 Andaba buscando publicación para el mes de abril, sin mucho éxito. Estaba preocupado por si me lo hubiesen robado del calendario como le ocurrió a Sabina,  cuando comenzaron a llegarme señales apuntando en la misma dirección.

                Lo primero fue recibir en una aplicación del móvil de resúmenes de libros una reseña del magistral “El hombre en busca de sentido”, del también genial Víctor Frankl. Acceder al esquema de  esta obra que ya había leído en un par de ocasiones me permitió disfrutarla de nuevo desde una óptica distinta. Volveremos después sobre este punto.

                Aún no lo tenía muy claro, cuando mi amiga Ana Rubio me envió el enlace a su publicación mensual, que este mes trata sobre “Ikigai” y la cosa cambió.  Ana fue compañera de la formación de Search Inside Yourself de la que ya he hablado en otras ocasiones. Sus contribuciones son siempre muy inspiradoras y agradecidas. Dos señales tan seguidas sobre el “sentido” tenían que significar algo. Aunque no existe una traducción literal para “Ikigai”, esta palabra de origen japonés viene a significar algo así como el propósito, el sentido, el motivo, la razón de ser. Corrijo el pronombre: nuestro propósito, nuestro sentido, nuestro motivo, nuestra razón de ser. Algo que bajo mi punto de vista debería ser lo primero (si no sabemos para lo que estamos aquí ¿tiene sentido lo demás?) se convierte habitualmente en lo último. Muchas veces es algo que no llegamos a descubrir hasta el final de nuestros días. Y es algo tan importante que puede incluso suponer nuestra supervivencia en situaciones extremas. Decía Frankl que “los que tienen un por qué para vivir pueden soportar casi cualquier cómo”.

                Tener claridad sobre el “por qué” estamos aquí es una ayuda infalible para una vida mejor.  Además de la motivación primaria que parece controlarlo todo, supera el aspecto puramente racional, alcanzando una convicción más profunda de que uno puede vivir o morir por sus ideales. La frustración que genera el vivir sin sentido actúa como un auténtico impulsor del cambio en algún momento de nuestras vidas, y nos lleva a crecer más allá de lo que habíamos soñado.

                Volvemos a parafrasear al eminente neurólogo austriaco, padre de la logoterapia: “cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos enfrentamos al reto de cambiarnos a nosotros mismos”. El cambio es también crítico en nuestra supervivencia. Fue Darwin el que dijo que no sobrevivían las especies más fuertes, sino las que mejores se adaptaban. Y en esa adaptación el cambio juega un papel fundamental. Un cambio que suele transitar por un camino complicado y oscuro, donde el sentido puede convertirse en la luz que guíe nuestros pasos.

                Rematamos la parte tradicional de la publicación de este mes con otra genial frase de Víctor: “al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa, la última de las libertades humanas: la  elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino”. Tener clara esta libertad es fundamental para poder tener claro nuestro sentido.

                Y hasta aquí llega lo que es una publicación habitual de mi blog. Un escrito más breve de lo habitual en el que reconozco que se me puede haber ido un poco la “pinza” en el fondo y en las formas. Pero como decía antes, todo tiene un por qué. En los últimos tiempos han llegado a mi vida varias noticias sobre inteligencia artificial. Concretamente sobre “ChatGPT”, una de sus más sencillas y llamativas manifestaciones. No he podido resistirme a la curiosidad y le he pedido un “artículo de 500 palabras hablando sobre la vida en busca de  sentido que incluya frases de Víctor Frankl”. Y me ha devuelto esto:

“La búsqueda de sentido en la vida es una de las mayores preocupaciones del ser humano. En la búsqueda de una respuesta, nos encontramos con las palabras de Víctor Frankl, psiquiatra y superviviente del Holocausto, quien afirmaba que "el hombre no está en busca de placeres, sino de un sentido para su vida".

Frankl creía que el sentido de la vida no es algo que pueda ser encontrado de forma externa, sino que es algo que cada persona debe descubrir dentro de sí misma. En su libro "El hombre en busca de sentido", Frankl narra su experiencia como prisionero en un campo de concentración nazi y cómo fue capaz de encontrar sentido y propósito incluso en las condiciones más extremas.

Uno de los principales mensajes que Frankl transmitía es que la vida no es solo una búsqueda de felicidad, sino una búsqueda de sentido. La felicidad, según él, es un subproducto de encontrar un propósito y una razón para vivir. La vida puede ser difícil, pero si encontramos un significado, podremos enfrentar cualquier adversidad.

                Frankl también destacaba la importancia de encontrar un propósito que vaya más allá de uno mismo. En lugar de centrarse únicamente en la propia felicidad, debemos buscar un propósito que nos permita contribuir a la sociedad y hacer del mundo un lugar mejor. En palabras de Frankl, "lo que importa no es lo que esperamos de la vida, sino lo que la vida espera de nosotros".

Otro de los conceptos clave de Frankl es la idea de que la vida tiene sentido incluso en los momentos más difíciles. En su experiencia en el campo de concentración, Frankl vio a muchas personas perder la esperanza y rendirse ante las circunstancias adversas. Sin embargo, él descubrió que incluso en los peores momentos, aún había cosas por las que valía la pena luchar. En sus propias palabras, "la vida siempre tiene sentido, incluso en las situaciones más terribles".

Por último, Frankl nos recuerda que cada persona tiene la capacidad de encontrar su propio sentido en la vida. No hay una respuesta universal a la pregunta de qué da sentido a la vida, sino que cada uno debe descubrirlo por sí mismo. Como dijo Frankl, "el hombre no debería preguntar qué es el sentido de la vida, sino que es él quien está siendo cuestionado por la vida".

En conclusión, la vida en busca de sentido es una búsqueda constante en la que cada persona debe encontrar su propio propósito y razón para vivir. Las enseñanzas de Víctor Frankl nos recuerdan que el sentido de la vida no se encuentra en la felicidad o el éxito externo, sino en el descubrimiento de un propósito que vaya más allá de uno mismo y en la capacidad de encontrar significado incluso en los momentos más difíciles. En última instancia, es responsabilidad de cada uno de nosotros encontrar nuestro propio camino y darle un significado a nuestra vida”.

De locos. Me lo tomaré como un reto y seguiré intentando mejorar para no ser superado por la máquina… Creo que esto es lo que nos espera. Habrá que adaptarse a los cambios para sobrevivir. No queda otra.

Este mes acompaño mi publicación con una imagen sin sentido ninguno que me devuelve una conocida APP, jugando con mi cara y con el término "inteligencia artificial". A pesar de su teórica inteligencia, ha tenido a bien colocarme pelo, rosa, pero pelo al fin.

Gracias por vuestro tiempo como todos los meses, de mi parte y de parte de “ChatGPT”. Nos “vemos” en Mayo, aunque a estas alturas no tengo nada claro quién escribirá la publicación…



martes, 14 de marzo de 2023

ENSAYO Y ERROR. MI ÚNICA FORMA DE APRENDER

            Publicación del mes de Marzo en la que comparto una de las constantes en mi vida, la del error. Si hay algo en lo que soy un auténtico especialista es en equivocarme. Como me gusta decir, porque suelo hacer muchas cosas, me equivoco en muchas de ellas. Si no hiciese nada, me equivocaría menos, aunque pienso que no hacer nada es una de las formas más peligrosas de errar, porque te priva del beneficio del aprendizaje. Aprovecho para decir que no tengo ningún problema en pedir perdón cuando lo hago, por si juega a mi favor.

         Seguro que otros pueden aprender con el mero uso de la lógica, el razonamiento y la deducción, pero yo soy de los que necesita el duro golpe del error para aprender la lección. No me da vergüenza reconocer que, dependiendo de la lección, a veces necesito que el golpe sea lo suficientemente considerable o incluso repetitivo. Como decía mi abuelo hay gente “pa tó”.

        Escojo tema para este mes porque me vuelve a llegar de forma causal la frase de Michael Jordan que tantas veces he escuchado: “He fallado más de 900 tiros en mi carrera, he perdido casi 300 partidos, 26 veces han confiado en mí para el tiro ganador y lo he fallado, he fracasado una y otra vez en mi vida y por esto tengo éxito”. Nada que objetar a las palabras de una de las mayores estrellas que ha dado el deporte a lo largo de su historia. Si acaso al traductor, que creo que de forma errónea utiliza el verbo “fracasar” cuando en la versión original en inglés se habla de “fail” (fallar). He leído en más de una ocasión, aunque no consigo localizarlo ahora, que no existe una traducción literal para “fracasar” en inglés, porque los anglosajones no reconocen ese matiz tan negativo en el error. La Rae define en su segunda acepción el fracaso como un “suceso lastimoso, inopinado y funesto”, algo donde es difícil encontrar algún atisbo de positividad. El fallo, sin embargo, se define como “falta, deficiencia o error”, algo con aparentemente  menos carga negativa.

        Yo he fallado muchísimo más que Jordan. Tanto que he perdido la cuenta. Aunque reconozco que he evolucionado bastante menos que él siempre he intentado aprender de mis innumerables fallos. En uno de los aspectos en los que más me equivoqué sin duda fue en la relación con mi padre, y creo que gracias a ello he intentado dar lo máximo en mi relación ahora con mis hijos. Me sigo equivocando, y diariamente, pero con el firme objetivo de seguir aprendiendo y mejorar, aunque sea poco.

         En el aspecto profesional, desde muy joven tuve la oportunidad de tener gente a mi cargo, lo que me dio la oportunidad también de compartir con ellos mi particular visión acerca del error. Posiblemente porque siempre fui consciente de mi propensión al fallo, intenté buscar un lado positivo al mismo y compartirlo con mi equipo. Siempre digo a los que tengo a mi alrededor que se equivoquen, que traten de aprender de los errores y de no repetirlos, al menos en demasiadas ocasiones. Contamos con que el “hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra”, con lo que doy por hecho que la mayoría de las veces un solo error no es suficiente para aprender. A aquellos que presumen acerca de que sus equipos no se equivocan nunca, o que lo hacen muy poco, siempre les argumento usando la teoría de la relatividad. El error no debería considerarse de forma absoluta. Una persona que hace cien cosas al día y se equivoca en diez no debería ser minusvalorada en relación con otra que sólo lleva a cabo dos tareas, y se equivoca en una de ellas. Si perdemos de vista el alcance total, caeríamos en el error de decir que nuestro primer sujeto se equivoca diez veces más que el segundo, cuando está haciendo cincuenta veces más (“falla” en un diez por ciento, en contra de la segunda que lo hace en un cincuenta por ciento). Y además de esta realidad numérica (o cuantitativa) también existe otra relatividad cualitativa. Nada es tan grave como parece y si el error tiene una función didáctica nuestra única preocupación debería ser no repetirlo en el futuro (a menos que no hayamos sido capaces de aprender la lección).

       También leí en cierta ocasión que la forma más fácil de convertir a un niño en un ser extraordinario es motivarle cada vez que se equivoque, en lugar de reprenderle. Si fomentamos el error como fuente de aprendizaje, a esas edades su desarrollo sería infinito. Desgraciadamente, nadie quiere que su hijo sufra las duras consecuencias del error, y tratamos de evitárselas a toda costa. También escuché en cierta ocasión al gran Emilio Duró que una forma bastante fiable de vaticinar el nivel de éxito en la vida de un niño es ver si sus padres dejan que se levante solo cada vez que se cae cuando está comenzando a andar. Si reconoce los fallos como posibilidades para mejorar, y sobre todo si asimila que no depende de nadie para hacerlo su trayectoria se presume importante.

      Decía mi recordado Maestro de Tai Chi Chuan Juan Lu “que las piedras con las que tropieces sean tus apoyos para levantarte”. Una  bonita metáfora sobre la importancia y la función del error.

        A modo práctico, os muestro algunos consejos que he podido recopilar y que nos pueden ser útiles a la hora de aprender de nuestros propios errores. Si los veis interesantes en próximas publicaciones podré profundizar  en este novedoso método de investigación.

  •  Reconoce el error: Aceptar que se cometió un error es el primer paso para aprender de él. A veces puede ser difícil aceptar un error, pero es importante ser honesto contigo mismo para poder seguir adelante.
  • Analiza lo que salió mal: Identifica qué salió mal y cómo sucedió. Trata de ser objetivo y ver la situación desde diferentes perspectivas. También es importante no culpar a los demás, asume la responsabilidad de tus acciones.
  • Busca una solución: Una vez que identifiques lo que salió mal, piensa en soluciones que puedas implementar para evitar que suceda de nuevo. Si no estás seguro de cómo resolver el problema, busca ayuda de alguien de confianza.
  • Aprende de la experiencia: Toma nota de lo que aprendiste del error y cómo puedes aplicar ese aprendizaje en el futuro. Trata de ser más consciente en el futuro para evitar cometer el mismo error.
  • Sé amable contigo mismo: Aprender de los errores puede ser doloroso, pero es importante ser amable contigo mismo durante el proceso. Recuerda que todos cometemos errores y que lo importante es aprender de ellos.
  • Sé persistente: Aprender de los errores es un proceso continuo. No te rindas si vuelves a cometer un error, sigue trabajando en mejorar y aprendiendo de tus errores.

                Abrevio también este mes. Lo bueno, si breve y sin errores (o con pocos) doblemente bueno. Espero que os haya gustado y no haberme equivocado mucho. Si lo he hecho, espero al menos haber aprendido la lección para no repetirlo en el futuro.



jueves, 23 de febrero de 2023

EL IMPERIO DE LOS SENTIDOS

                 Continuamos con las publicaciones no tradicionales en este 2023. El mes más corto del almanaque nos deja como sugerente título esta película de Nagisa Osima estrenada en España en los mágicos ochenta. Seguro que a todos los de mi generación les trae muy buenos recuerdos. Momentos inolvidables. De todas formas, haciendo uso del “quiebro”, ese recurso tan propio de las letras de muchas agrupaciones carnavaleras que tienen en este mes su época favorita del año, no voy a hablar sobre la película anterior ni sobre el género al que pertenece.

                Este mes quiero reflexionar sobre los sentidos. Y no hablo de los sentidos que la RAE define como la recepción y el reconocimiento de sensaciones y estímulos que nos llegan a través de la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto. No. Quiero usar un significado más amplio, que recoge acepciones como el sentido común, el del humor, el del ridículo… en concreto me gustaría centrarme en el del humor y en el del ridículo, que muchas veces parecen fluir en sentidos (entendido ahora como orientaciones) opuestos dentro de la misma dirección.

                Mi genial profesor Antonio Garrido, al que suelo mencionar habitualmente, nos dijo una vez que los dos elementos motivadores más potentes para las personas eran el humor y el dolor. Si queremos que alguien haga algo no hay nada mejor que hacer que se divierta y lo pase bien o infringirle dolor (de cualquier tipo) como consecuencia no deseada y directa de que no acceda a nuestros deseos. Una auténtica paradoja de la naturaleza humana, que teniendo la posibilidad de hacer pasar un buen rato al prójimo, en muchas ocasiones (demasiadas quizás) opte por el plan B. Quizás por ello decidimos llamar al sentido común de esa forma, aunque en muchas ocasiones se trate del menos común de los sentidos.

                Hablando del sentido del humor, no puedo dejar de mencionar a otro de mis Maestros. El no menos genial Alonso Pulido, que ha desarrollado y puesto en práctica el concepto de “ahumor” (amor+humor) como forma de vida. Retomando el sentido del ridículo, del que ya avanzábamos que se movía en sentido contrario al del humor, Alonso muestra como permanente indumentaria un chalequillo de llamativos rombos multicolores. Cuando algunas personas con un sentido del ridículo bastante más desarrollado que el del humor se asombran, critican o incluso rechazan el uso del chalequillo, Alonso siempre argumenta, con un exquisito sentido del humor (y también con una educación innegable) que la principal diferencia con ellos es que él es capaz de llevar esa prenda, mientras que la gran mayoría de estos interlocutores no tienen la posibilidad ni la libertad para hacerlo. Yo me siento muy orgulloso de haberme colocado el chalequillo en alguna de las mágicas sesiones de formación que organiza.

                En mi caso concreto el paso de los años arrastró las grandes dosis de timidez y sentido del ridículo que rebosaba en mis años más mozos. Se llevaron enganchados la mayor parte de mis cabellos, pero es un efecto colateral que he pagado encantadísimo, y que volvería a pagar sin dudarlo lo más mínimo. En cuanto al sentido del ridículo siempre digo que mientras que lo que haga no atente contra los derechos de los demás y no haga daño a nadie, si encima soy capaz de arrancar aunque sea una simple sonrisa bienvenido sea. Deberíamos aprender a  relativizar más y ser menos “serios”. Total, en cien años, todos calvos (algunos antes…)

                La risa es el principal efecto directo del sentido del humor. Tiene un indudable y contrastado efecto positivo en nuestras vidas. Decía el insigne Freud, padre del psicoanálisis entre otras cosas, que la risa elimina la energía negativa del organismo. El córtex cerebral libera unos impulsos eléctricos que hacen que en menos de un segundo de liberar la risa, los pensamientos negativos queden bloqueados. Hablando de frases, un curioso proverbio escocés dice que la sonrisa cuesta menos que la electricidad y da más luz. Más que acertado además en los momentos que vivimos. Rebuscando por la web, he encontrado este decálogo de efectos beneficiosos de la risa, que no he podido dejar de compartir:

·          Mejora la tolerancia al dolor, debido a la generación de endorfinas. Estudios confirman hasta un 10% de mayor resistencia al dolor en personas que ríen habitualmente.
·         Combate el estrés. Además de endorfinas, también se generan dopaminas y se reducen los niveles de cortisol.
·         Mejora el sistema inmunológico y previene enfermedades, también porque al reducir el cortisol se liberan unos anticuerpos llamados citoquinas.
·         Mejora el funcionamiento del sistema vascular. Estudios científicos revelan que las personas que han sufrido infartos suelen reír en promedio un 40% menos.
·         Genera un efecto antidepresivo, al reducir el estrés, la tensión y la irritabilidad.
·         Mejora la respiración, al vaciar los pulmones, como ocurre con las respiraciones profundas.
·         Mejora las relaciones sociales. Al ser contagiosa, ayuda a los demás a relajarse y a alinearse con nuestro estado de ánimo.
·         Favorece la quema de calorías, elevando hasta un 10% el gasto calórico y la frecuencia cardiaca.
·         Mejora la memoria, mediante un efecto de mejora del aprendizaje y el recuerdo retardado.
·     Fomenta una buena salud mental. Al reírnos de nosotros mismos (en relación con el sentido del ridículo que hablábamos antes) nos aceptamos tal como somos, ayudándonos a relativizarlo todo.

Y como cosecha propia, creo que reír nos hace más bellos, aunque sea interiormente. Las neuronas espejo, que controlan el mecanismo cerebral de la empatía, son decisivas a la hora de dar significado a la expresión risa contagiosa. De hecho, esta evidencia científica es utilizada por algunos cómicos, que se ríen para provocar el mismo efecto en su público. Si mi teoría sobre la belleza es cierta (que todavía no he encontrado prueba en contra) y todos nos contagiamos de nuestras risas haremos sin duda de este mundo un lugar más bello para vivir.

Hablar de risas en mi vida es hablar ineludiblemente de mi hijo Pablo. Suya es la foto que acompaña a esta publicación. En un momento y un lugar donde las risas son claras protagonistas, como es el Carnaval de Cádiz. Como ya publicaba hace un año, además de ser la chirigota el ejemplo prefecto de organización de alto rendimiento, las risas que provoca generan todos los efectos positivos descritos antes (y alguno más). Yo este año he tenido la oportunidad de vivirlo en primera persona, y doy buena fe de ello.

Gracias por su tiempo. Rían hasta que se os desencajen las mandíbulas y hasta que los abdominales se bloqueen por el dolor. Nos vemos en Marzo. Gracias.



martes, 31 de enero de 2023

LA ELECCIÓN

          

El tema de la primera publicación de 2023 se resistía más de lo habitual. Con más de ochenta publicaciones en el  blog cada vez me resulta más complicado encontrar un tema original sobre el que escribir. De hecho este mes la publicación ha nacido justamente sobre la campana…

                Este mes de Enero hablaré de elección. No preocupaos que aunque el año es el que es, no es una elección municipal, ni autonómica, ni siquiera general. Mis reflexiones van por otros derroteros. Y el tema surgió porque en menos de cinco días escuché hablar a dos fenómenos a los que tengo en muy alta estima, como son Alonso Pulido y Emilio Duró, sobre el mismo tema. Además tuve la inmensa fortuna de hacerlo en riguroso directo, en ambas sesiones con un público bastante reducido y en una cercanía total, como si de un concierto privado se tratase.

                Alonso y Emilio afirmaban que son los hijos los que eligen a los padres, en una especie de metáfora o teoría no científica que posiblemente proceda de la teoría ancestral Kundalini. Esta idea fue recuperada por el Mestro Yogui Bhajan, y según ella los bebés eligen a sus padres antes de nacer.

                Aunque aparentemente muy alejada de la realidad (o no, porque muchas veces me planteo cuál es la verdadera realidad, si es que realmente existe, y si no son nuestras interpretaciones las que conforman lo que realmente aceptamos como tal), esta teoría defiende que cuando un alma decide reencarnarse lo hace eligiendo el tipo de vida que desea tener, en función de las lecciones de vida que necesita aprender. Así, en este imaginario supermercado infinito de padres cada alma escoge aquellos que mejor podrían servir a su propósito de vida. Tras un primer viaje espiritual y justo antes de volver a la tierra, el alma decide qué quiere aprender y cuál será su camino de aprendizaje. Tras esta decisión buscan padres que sean compatibles con este plan. Por si fuese poca la responsabilidad que supone ser padre, con esta teoría nos convertimos además en verdaderos Maestros de estas lecciones de vida para ese alma en proceso de aprendizaje. Esta sería una interpretación más de la teoría de la causalidad y de que Dios no juega a los dados, como manifestó el genial Einstein. O como dice mi amigo Alonso Pulido, una evidencia más de que toda la vida está inimaginablemente bien organizada. Algo así como la teoría de unir los puntos hacia delante y entenderlos hacia atrás, que promulgaba Steve Jobs.

                Reflexionando sobre el tema recordé también a mi amigo Andrés Olivares, fundador de la Fundación Olivares y firme defensor de esta teoría. De hecho, posiblemente fue a él a quién escuché hablar por primera vez sobre el tema. Andrés perdió a su hijo de forma prematura y decidió hacer de esta pérdida el impulso que zarandeó su vida para hacer de la ayuda a los niños enfermos de cáncer y a sus familiares su propósito vital. Andrés tiene tan claro que fue su hijo quien lo escogió a él para tan noble motivo, y que esto que conocemos como vida física no es más que un porcentaje mínimo sobre la vida real, que cuando te lo cuenta no te permites albergar el más mínimo resquicio de duda.  

                Todas estas teorías guardan bastante relación con el aspecto energético del universo en el que vivimos. Según la física cuántica, un paquete individual de energía (llamado cuanto) bajo ciertas circunstancias se comporta como una partícula de materia. Y esto no es teoría. Se evidencia que más allá de todo lo tangible y material lo que existe realmente es energía. Como dice mi amigo Alonso (otra vez) en realidad estamos todos huecos. Y si somos ondas de energía, lo de las vibraciones es obvio que tiene su importancia.

                Tenía ya la publicación medio orientada, pensando permanentemente en el motivo que podría haber llevado a las almas de mis hijos a escogernos a nosotros como padres (especialmente a mí, porque a la madre puedo entenderlo) cuando de momento un pensamiento zarandeó mi mente. ¿Qué fue lo que me llevó a mí a escoger a mis padres como progenitores? ¿Qué lecciones necesitaba aprender durante mi tránsito por este mundo material? Esta reflexión me hizo ver muchas cosas de mi relación con mis padres de otra forma. Porque no todos tenemos la fortuna de ser padres (en mi caso particular, lo considero como una auténtica lotería, de lo mejor que lo ha pasado), pero todos sin excepción somos hijos de alguien (en el buen sentido del término, entiéndase). Como en el caso de los súper héroes, todo gran poder conlleva una gran responsabilidad, y ser Maestro de alguien tan amado como los hijos es lo máximo. Además en mi caso particular, no tengo muy claro que la elección del alma de mis hijos respecto a su padre haya sido la correcta. Estoy totalmente seguro de que ellos me enseñan a mí muchísimo más que yo a ellos. Ellos son mis verdaderos Maestros que no se cansan de darme lecciones diarias de cómo hay que vivir la vida, aunque el torpe de su padre necesita que le repitan la clase una y otra vez y siga sin enterarse…

                No he encontrado mejor foto para acompañar a esta publicación que ésta de mis hijos contemplando una maravillosa puesta de sol en el Palmar, en la costa de Cádiz. Tras escribir estas líneas creo adivinar que estaban comentando sobre la elección del padre que habían hecho…

                Perdonad si este mes se me fue un poco la pinza, pero también me hacía ilusión hacer algo distinto y creo que lo he conseguido. No me he querido extender en exceso por si a alguien le interesa y quiere destinar su tiempo mejor a reflexionar que a leer. Como este mes me he retrasado tanto, la de Febrero en breve, espero.

                Gracias por vuestro tiempo como siempre, en el invertido en leerlo y en el que hayáis podido usar para dejar volar vuestra imaginación.    




martes, 20 de diciembre de 2022

FELIZ NAVIDAD, FELIZ 2023. SEGUIMOS BUSCANDO...

    Llega la publicación del mes de diciembre, como una prueba más de que el tiempo vuela (tempus fugit). Ya lo comentaba en el post de Julio de 2021 cuando llegó el momento de cumplir los 51 años. Año y medio más tarde, no sólo sigue volando, sino que lo hace cada vez de forma más rápida (movimiento uniformemente acelerado, creo que se llamaba en Física cuando estudiaba).

    Esta  tradicional publicación de diciembre suele ser de despedida del año en curso, de agradecimiento por todo lo vivido y de preparación para el nuevo año a punto de comenzar. Este mes usaré como hilo argumental el cuento de “El Buscador” del genial Bucay, sobre el que ya he escrito también en alguna que otra ocasión.

     Es un cuento sobre una persona que andaba por la vida en constante búsqueda, sin saber muy bien de qué (un poco como me pasa a mí, y como creo que en cierta medida nos ocurre a muchos). Este buscador decidió salir en un viaje sin ningún destino planeado para buscar eso que no tenía nada claro lo que era. En cierta ocasión llegó a un camposanto. Allí el viajero contempló aterrorizado las inscripciones de las lápidas en lo que parecía ser un cementerio de niños. Ninguna de ellas marcaba edades superiores a los once años. Desolado, rompió a llorar pensando en la terrible maldición que pesaba sobre aquel lugar. Un anciano al verlo le preguntó si tenía algún familiar allí enterrado. Le contestó que no, pero que estaba desolado al ver aquel cementerio repleto de niños… El anciano sonrió y le contestó algo así:

     “Tranquilo amigo, no hay ninguna maldición. Le explicaré… Cuando un joven cumple quince años, sus padres le regalan una libreta, como ésta que tengo aquí, colgando del cuello, y la costumbre es que cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abra la libreta y anote en ella: a la izquierda, qué fue lo disfrutado, a la derecha, cuánto tiempo duró el disfrute ¿Conoció a su novia y se enamoró de ella? ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿Una semana, dos? ¿Y después?, la emoción del primer beso, ¿cuánto duró? ¿El minuto y medio del beso? ¿Dos días? ¿Una semana? ¿Y el embarazo o el nacimiento del primer hijo? ¿Y el casamiento de los amigos? ¿Y el viaje más deseado? ¿Y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano? ¿Cuánto duró el disfrutar de estas situaciones?, ¿horas?, ¿días?

      Así vamos anotando en la libreta cada momento, cada gozo, cada sentimiento pleno e intenso… Y cuando alguien se muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado, para escribirlo sobre su tumba. Porque ése es, para nosotros, el único y verdadero tiempo vivido”

       Esa debería ser para nosotros la verdadera medida del tiempo. Y el objetivo de nuestras vidas, que el tiempo disfrutado se acercase en la mayor medida posible a nuestra edad biológica. Y afortunadamente ésta es la sensación que me queda mirando atrás hacia los últimos doce meses del calendario. Ha sido un año espectacular, posiblemente de los mejores de mi vida, aunque eso lo acabo diciendo casi todos los años. Imagino que mi decadente memoria selectiva me hace recordar con mayor intensidad los últimos buenos momentos vividos en detrimento de los menos buenos.

        2022 será un año que recordaré mientras viva. Ha sido un año muy especial a todos los niveles. En el profesional me ha permitido seguir aprendiendo y conociendo a gente espectacular a un ritmo de vértigo. Muchas de las horas vividas en el trabajo, especialmente las experiencias vividas junto a compañeros se han quedado anotadas en mi imaginaria libreta colgada del cuello.

       En lo personal ha sido aún más espectacular. Los años me van dando la experiencia que no se puede adquirir de otra forma y todo se contempla desde otro punto de vista. Estoy en el camino de buscar qué es lo realmente importante en mi vida, y priorizarla en torno a ello. Para ello tengo que hacer mención especial a mi familia, que son los que realmente me iluminan en los momentos de oscuridad y le dan sentido muchas veces a esta aventura llamada vida. Muchos de los momentos que he anotado en mi libreta las he vivido junto a ellos. Unas vacaciones inolvidables, y unos momentos vividos cada vez más intensamente.  Quizás aprovechando que uno de los miembros de la familia ha comenzado a vivir su vida de forma independiente, cerca en distancia kilométrica de nosotros pero lejos en distancia emocional, porque lo echamos bastante de menos.  En esta línea, las vacaciones de este año han sido de las mejores que hemos vivido.

        También mi vida social me ha regalado gran cantidad de horas de calidad que han sido realmente vividas. Dicen que los amigos son la familia que se escoge, y aquí también han jugado un papel fundamental en haber completado un año con matrícula de honor.

         No podría pasar por alto un agradecimiento a la vida por el espectacular estado de salud que me ha regalado en este año que se va. No hay mejor lotería que ésta, y que conste que escribo estas líneas antes del día 22, el día mundial de la Salud.. Como consecuencia directa me ha hecho vivir uno de los años más intensos de mi vida deportiva, por llamarla de alguna forma. Maratón de Sevilla, medio Ironman de Marbella, Desafío Doñana, Ultramaratón de la Vida no oficial y el culmen de la temporada en la Maratón de Atenas, con un viaje inolvidable que hizo realidad el sueño de Cristian, y sobre el que ya escribí el mes pasado. Todas estas pruebas y muchas más que he llevado a cabo, la mayoría de ellas junto a los Capitanes de Carros de Fuego,  han ido a engrosar directamente mi cuenta de momentos realmente vividos.

        No quiero alargar esta publicación mucho más allá del agradecimiento a todos los que me habéis hecho vivir estos momentos, que sois muchos y muy buenos. A los que tenéis el detalle de leerme mensualmente, gracias especiales por vuestro tiempo, como os digo siempre. No creo que estas líneas tengan la calidad suficiente como para que podáis considerar el tiempo invertido en su lectura como tiempo realmente vivido, por lo que os lo agradezco especialmente.

         Para finalizar, y como no puede ser de otra forma en la época en la que estamos os quiero desear una muy Feliz Navidad y todo lo mejor para este inminente 2023, en el que espero que vuestro contador de momentos vividos alcance la cifra más cercana posible a los 31.536.000 segundos que esperamos vivir a partir del próximo 1 de Enero. Y como imagen que acompaña a la publicación, una simpática (espero) felicitación navideña que me recuerda las casi cuatro horas intensamente vividas hace poco más de un mes. Feliz Navidad y gracias.



domingo, 13 de noviembre de 2022

CUALQUIER COSA ES POSIBLE (“ANYTHING IS POSSIBLE”). GRACIAS (“THANKS”)



    Utilizo otra experiencia deportiva para redactar la publicación de este mes. Como ya adelantaba en Octubre, quería aprovecharla para compartir con vosotros una de las mayores lecciones que sabía que me iba a regalar el deporte, incluso sin haberla disfrutado aún. Como el objetivo final del post es hablar sobre sueños, y  sobre las posibilidades de que se conviertan en realidad, he tomado prestado el lema de la compañía para la que trabajo actualmente. Berlin Packaging enarbola la bandera del “Anything is posible” como evidencia de que “cualquier cosa es posible”. Este lema coincide con el usado por la franquicia Ironman. Los que me conocéis sabéis que también algo me une a ella.

   Hace escasamente unas horas que he cruzado la meta de la Maratón de Atenas junto a nuestro Capitán Cristian y a mi amigo Quinta. Todos los que me conocéis sabéis de sobra quién es Cristian. Para los que no tengáis el gusto de conocerlo, os diré que Cristian es mi Amigo, mi Ahijado de Confirmación, el Capitán con el que muchas veces corro y mucho más que todo eso. Lo conocí gracias a la Asociación Carros de Fuego, con la que colaboro de vez en cuando y desde entonces se ha convertido en una pieza más del puzzle de mi vida. En cuanto a la aventura que nos ocupa, intentaré resumirla al máximo para no extenderme en exceso.

   Recuerdo que el año anterior a la pandemia tuve noticia de que un chaval con diversidad funcional como Cristian había corrido la maratón de Nueva York, y sin pensármelo dos veces escribí a la organización para ver si había posibilidad de correr allí con él. La respuesta fue tan automática como tajante: para correr en NY hay que ser mayor de dieciocho años. Consciente de que el tiempo volaría, guardé pacientemente el correo durante casi tres largos años y el día 1 de Enero de 2022 volví a escribir a la organización, feliz porque Cristian cumplía la mayoría de edad en Agosto y la Maratón era en Noviembre. Sin embargo, por mucho que lo intenté no obtuve respuesta. Dice uno de los adagios del sabio refranero español que no hay mal que por bien no venga, y eso explica bastante bien lo que ocurrió. Mientras seguía enfrascado en localizar un contacto de la organización que me diese un poco de luz sobre la posibilidad de viajar con Cristian a la Gran Manzana tuve la oportunidad de acudir a la sede del Comité Olímpico Español a recoger un premio que la Revista Corredor daba a la Asociación Carros de Fuego. Otra evidencia más de que el “anything is possible” se cumplía: un tío como yo recogiendo una distinción en el COE (aunque no fuese para mí). Allí coincidimos entre otros con Abel Antón y Martín Fiz, que tenían previsto rememorar su gesta del año 1997. Hace veinticinco años que fueron campeón y subcampeón del mundo respectivamente en la maratón de Atenas, en una carrera que recuerda el recorrido de la primera maratón de la historia protagonizada por Filípides. Fruto de la emoción del momento y de mi poca vergüenza me lancé al charco y propuse a Martín la genial idea de acudir con un carro a  Atenas. Y sorprendentemente, Martín fue tan humano y cercano como lo había sido unos años antes cuando coincidimos con él en la media maratón de Sevilla. Aceptó el reto y me pasó su número de teléfono para ponerme en contacto con sus compañeras en Sportravel, la agencia de viajes con la que colaboran habitualmente.

      Sin entrar en excesivos detalles para no hacerlo eterno, las semanas y los meses pasaban sin que apareciese ningún patrocinador dispuesto a colaborar con el viaje al menos de Cristian y su familia a Atenas. Las puertas no se abrían, pero siempre había alguna a la que llamar. Mi amigo Alonso Pulido dice que si el plan A no funciona, debemos ir a por el B, a por el C, a por el D… y así hasta agotar todas las letras del abecedario. Yo añado de mi cosecha particular que cuando no funcione el plan Z podemos empezar a combinar letras, como ocurre con las matrículas de los coches. Lo importante no son las veces que te caes, sino las que te levantas. Ahí cuento con la ventaja de haber compartido muchos momentos con Cristian, un auténtico maestro de la superación y la resiliencia.

     Y cuando las fuerzas comenzaban a flaquear, como si me encontrase en el kilómetro treinta de la maratón, apareció ante mí un ángel de la guarda disfrazado de mi amigo Justo para ofrecerme la respuesta a mis preguntas. Apareció cuando menos lo esperaba, en el momento adecuado para ponerme en contacto con la persona adecuada que hiciese realidad el sueño de Cristian. Mejor imposible, como la película. Todo fluyó (sin que realmente yo fuese consciente del tema) hasta que el pasado 14 de Septiembre un mensaje en el buzón de voz de mi móvil dejaba constancia de que todo estaba resuelto y que Cristian y su familia podrían viajar a Atenas el fin de semana del 13 de Noviembre, gracias al Banco Santander, empresa también colaboradora del evento y de estos dos grandes atletas. Todo es posible, si no se deja de intentar. Una emotiva videollamada a esa familia tan especial que ya forma parte de mi vida dejó momentos inolvidables. Justo, no viviré lo suficiente como para darte las gracias.

       Y así, entre entrenamientos, nervios y otras pequeñas aventuras dentro de esta gran aventura los días fueron pasando hasta que en la madrugada del 11 de noviembre nos montamos en el coche de Cristian, cargados de ilusiones y de maletas, y nos fuimos para Madrid. Los días vividos en Atenas han sido la mejor evidencia imaginable de que cualquier cosa es posible. Compartir vuelo, comidas, alojamiento y carrera con dos leyendas vivas de la historia del deporte español como son Abel Antón y Martín Fiz puede parecer una utopía más que un sueño, pero si crees que todo es posible, y si no dejas de intentarlo, al final todo sale bien. Aprovecho para recordar otra frase que me enseñó mi amigo Alonso que dice que al final todo sale bien, y si no sale bien es que todavía no es el final.

      No quiero aburrir a lectores “no deportivos” con detalles sobre la carrera. El verdadero sentido de esta publicación es compartir mi lección sobre la posibilidad real de materializar los sueños. El “Anything is posible” que muchos detractores de “Mr. Wonderful” atacan por su interpretación literal debe entenderse en un sentido amplio y sobre todo debe ser usado para ser puesto en comparación con su opuesto: El “Impossible is nothing” que popularizó Muhammad Ali y que posteriormente Adidas tomó como slogan. Curioso, ¿no?

    Además del sentido “didáctico y motivador”, la publicación de este mes tiene una función claramente de gratitud. No puedo dejar pasar la oportunidad de dar las gracias a todos y cada uno de los que habéis puesto vuestro granito de arena para construir esta inmensa montaña. Decía la madre Teresa de Calcuta, en otra frase que me encanta, que “a veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara una gota”. Aún a riesgo de no mencionar a muchas gotas de este inmenso océano, quiero dar las gracias especialmente a Cristian por ser el protagonista de este sueño, y haberme permitido formar parte de él. A su familia por ser un modelo inspirador para todos y por haber hecho la experiencia aún más inolvidable si cabe. A mi amigo Quinta, porque pudiendo ser un corredor de los buenos, ha preferido su carrera como impulsor y me ha llevado en volandas por este histórico recorrido, como hace siempre. A mi amigo Justo, porque como decía antes fue la pieza clave que abrió la puerta que jamás pensaba que se abriría. A todo el equipo del Santander, por habernos acogido de forma espectacular. A Abel y Martín y a todo su equipo, por la misma razón. A todos los capitanes, familiares, impulsores y miembros de la directiva de Carros de Fuego, por su apoyo constante e incondicional. No hemos de olvidar que el fin último de este sueño es visibilizar y normalizar la condición de estos chavales con diversidad funcional, para demostrar todo lo que pueden hacer. A nivel particular quiero agradecer a mi familia que son imprescindibles en todas estas locuras, porque sé que siempre están ahí, aunque no las compartan. Tampoco puedo olvidar a mi amigo Pako, que ha logrado sacar lo mejor de mí  para alcanzar en Atenas el mejor momento físico de mi vida, a pesar de mi edad. Gracias infinitas a todos, y disculpas a todo al que mi frágil memoria y el limitado tamaño de esta publicación hayan dejado fuera del agradecimiento expreso.

        No he encontrado mejor foto que esta representación de la alegría infinita tras cruzar la línea de meta. Y es que la maratón es una auténtica metáfora de la vida, dura pero bella.

      Como os dejaba caer antes, a pesar de la extensión de este mes, la aventura daría para casi escribir un libro. Nunca se sabe. Ya sabéis: “Anything is posible”.

     Muchísimas gracias por vuestro tiempo como siempre y volveré el mes que viene para despedir a este 2023 que ya se marcha…




martes, 11 de octubre de 2022

SALIENDO DE LA ZONA DE CONFORT, AUNQUE SEA A EMPUJONES…

             Vuelvo a tirar de metáfora deportiva en la publicación de octubre, aprovechando mi experiencia del primer día del mes. Hoy, para cambiar un poco el paso, comenzaré por el cuento que a veces suelo utilizar en mis narraciones.

Como esto va sobre salir de la zona de confort, no he encontrado mejor historia para ilustrarla que el suceso que ocurrió en la piscina repleta de cocodrilos de la mansión de un millonario. Cuentan que un excéntrico adinerado, en una de las típicas fiestas de la alta sociedad de la que era anfitrión, tuvo la feliz idea de prometer un premio sin límites a aquel que tuviese la osadía de lanzarse a la piscina y cruzarla luchando con los hambrientos reptiles. Aún no le había dado tiempo de finalizar la frase cuando un estruendoso grito finalizó en una zambullida. A partir de ahí, gritos, chapoteos, castañear de dientes de cocodrilo y toda una sinfonía de desagradables ruidos que finalizaron con la respiración entrecortada de un joven que salía arrastrándose por el otro extremo de la piscina con la ropa (y parte de la piel) destrozada a jirones. Con la cara desencajada por el esfuerzo y por el pánico, poco a poco fue incorporándose, con la mirada perdida en el otro extremo de la piscina.

Cuando el propietario de la piscina (y de los cocodrilos) llegó a su altura para concretar con él la definición de su premio, tuvo lugar una conversación similar a ésta:

- Enhorabuena, jovenzuelo. Toda una demostración de valentía y determinación que le ha llevado a pedir cualquier premio que pueda desear. ¿Una mansión, un yate, un coche exclusivo, quizás…?

El joven negaba con su cabeza, como clara muestra de rechazo a todo lo que le estaban ofreciendo.

 - ¿Dinero? ¿Una vuelta al mundo quizás? ¿Un viaje al espacio?

El joven continuaba negando, sin apartar la vista de la orilla de la piscina.

 - Entonces, ¿qué es lo que quieres? ¿A cambio de qué has puesto en juego tu vida?

- Lo único que quiero es saber quién ha sido el mal nacido (eufemismo) que me ha empujado a la piscina…”

¿Por qué se tiró el protagonista a la piscina? Resulta obvio. Porque lo empujaron. Posiblemente ese joven nunca hubiese sido capaz de cruzar la piscina sin ese empujón. Seguro que hubiese pensado que para él era algo imposible, y además ni siquiera lo hubiese intentado. Se sentía más que cómodo en su posición de privilegiado espectador, a la espera de que algún loco saltase y tuviese la oportunidad de disfrutar del espectáculo. Sin embargo, el empujón le llevó a cambiar de forma radical su status quo. Había llegado vivo al otro extremo de la piscina, y ahora una maravillosa oportunidad se abría ante sus ojos: pedir un deseo al excéntrico millonario, como Aladín con el genio de la lámpara.

Guardando las distancias, algo parecido fue lo que me ocurrió a principios de mes con la prueba deportiva en la que competí el día 1 de octubre, y en la que jamás hubiese imaginado participar. El Desafío Doñana es una prueba combinada, similar al triatlón, pero con algunas características que la hacen muy singular. 80 kilómetros en bicicleta, con salida y meta en la bella localidad gaditana de Sanlúcar de Barrameda, cruce del río Guadalquivir por su desembocadura y 20 kilómetros de carrera a pie por el inigualable entorno natural del Coto de Doñana. Destacan el cambio de orden de los segmentos (primero en bicicleta y después natación), el cruce de la desembocadura de un río en el sector de la natación, la carrera a pie por la arena de la playa en un escenario más que privilegiado, y sobre todo un sector de bicicleta, que a pesar de la distancia, se desarrolla en pelotón, y no de forma individual como es lo habitual en estas distancias. Es precisamente en este segmento donde se encontraban los cocodrilos que abarrotaban mi piscina mental. Acostumbrado a entrenar la bici siempre en solitario, me aterraba la idea de verme inmerso en un pelotón junto a trescientas personas (curioso, trescientos como el número de espartanos que liderados por Leónidas desafiaron al numeroso ejército del rey Jerjes en la sangrienta y épica batalla de las Termópilas, abandonando totalmente su zona de confort)

Acomodado como estaba en mi zona de confort deportivo, mi respuesta acerca de la carrera siempre era la misma: “Ni me planteo participar en una prueba en la que se nada después de recorrer 80 kilómetros en bicicleta a una velocidad de locos dentro de un pelotón”. Incluso me atrevía a presagiar alguna tragedia algún día, en base a las negativas experiencias que me llegaban de algunos acomodados también en la zona de confort. Las caídas en el  sector de bicicleta, la traicionera corriente del río y los temidos calambres en las piernas provocados por el orden de los dos primeros segmentos y por la superficie de la carrera a pie eran mis particulares cocodrilos más hambrientos y agresivos, destacando especialmente el de la bici, como comentaba anteriormente.

Una vez establecida la metáfora con los cocodrilos y la piscina, sólo queda ahora definir al bien nacido que me empujó, y al que tendré que agradecer siempre mi participación en esta prueba. Mi buen amigo y hermano de la vida Jesús Rey había disfrutado el año pasado el  Desafío Doñana 2021,  habiendo vivido una experiencia muy positiva. A lo largo de este pasado año, la vida se había encargado de golpearle fuerte, muy fuerte. Ya decía Silvester Stallone que nada golpea más fuerte que la vida, y Jesús puede dar fe de ello en sus últimos meses. Cuando me llamó pidiéndome que lo acompañase este año, no le pude (ni realmente le quise) decir que no. Se la debía, a él y sobre todo a la persona a la que él iba a rendir homenaje en la prueba.

Así que no tuvo que empujarme con fuerza. Bastó colocar su mano sobre mi hombro para lanzarme al agua, avisando a todos los cocodrilos que iba a por ellos, dispuesto a salir airoso por el otro lado de la piscina. Así que con menos horas de entrenamiento de las deseadas (los deportistas, por muy malos que seamos, siempre ponemos esta excusa por delante) me planté en Sanlúcar de Barrameda dispuesto a dejar atrás mi zona de confort. Sabía que si lo superaba, algo muy positivo estaría esperándome fuera. Una frase de George Addair que siempre me ha encantado, fácilmente adaptable a estas circunstancias, se grababa en mi mente como claro elemento motivador: “Todo lo que siempre has querido tener está al otro lado del miedo (fuera de tu zona de confort)”

Sin entrar en muchos detalles de la crónica deportiva, sólo quiero decir que los cocodrilos mordieron, y bien fuerte por cierto. Nada más comenzar a rodar (en un tramo por cierto neutralizado) con la bici, verme rodeado de tanta gente, a tanta velocidad, y sabiendo que las posibilidades de salir sano y salvo de allí estaban fuera de mi capacidad de control (algo que realmente ocurre en todos los ámbitos de la vida, pero que amplificamos y sentimos especialmente en condiciones complicadas) se encendieron todas mis alarmas mentales. Tal fue el nivel de ruido mental que estuve a punto de abandonar una prueba por primera vez  en mi vida, e incluso antes de la salida lanzada. Afortunadamente, mi “empujador” Jesús tuvo la habilidad suficiente para calmarme y adaptarse a mis circunstancias. Tras la salida lanzada me dispuse a luchar con todas mis fuerzas con mis cocodrilos mentales. La falsa seguridad que me daba rodar a cola del grupo cabecero (cola de león mejor que cabeza de ratón) con el arcén libre a mi derecha comenzó a regalarme confianza. Poco a poco mis negras previsiones sobre una posible caída (como decía Séneca, sufrimos más con lo que nos imaginamos que por lo que sucede en la realidad) que afortunadamente no llegó se fueron convirtiendo en confianza, seguridad y en diversión, siendo esto último lo que básicamente busco en el deporte.

La verdadera experiencia no radica en las casi cinco horas de prueba, sino en la enseñanza adquirida, aplicable a todos los aspectos de la vida. Éste es uno de los principales valores del deporte. Lo que aprendes practicándolo lo puedes aplicar en tu día a día, y la intensidad de la experiencia hace que se quede grabados a fuego y que no se olvide. La satisfacción y el bienestar experimentados al cruzar la línea de meta justificaron con creces los mordiscos y arañones que me llevé al dejar atrás la zona de confort. La lección ya la sabía a nivel de teoría, pero tenía que vivirla para interiorizarla. Dentro de esta zona se está cómodo, como su propio nombre indica, pero las cosas más maravillosas suceden cuando la traspasamos. Y si nuestros miedos atenazan nuestros músculos y no nos permiten saltar fuera, siempre es aconsejable una mano amiga que nos lance al vacío. Leí una vez que cuando la vida te empuja al borde del precipicio, en realidad sólo te está dando la oportunidad de que aprendas a volar.

Como foto que ilustra la publicación de este mes, una instantánea de la prueba en la que se me ve a años luz de mi zona de confort, disfrutando e incluso tirando del pelotón como si llevase toda mi vida haciéndolo. Momentos antes, estaba con la cabeza hundida en el manillar, y los brazos más tensos que los tirantes de un puente. Jesús, mi "empujador" oficial parece sorprenderse y disfrutar igual que yo por mi evolución en tan solo unos minutos.

Gracias por vuestro valioso tiempo como siempre. Como consejo final (aunque tengo muy claro que no soy nadie para darlos) salten al vacío y dejen atrás la aburrida zona de confort. Y si no pueden hacerlo por sí mismos, que alguien les empuje. Se lo agradecerán eternamente, estoy seguro.

El mes que viene, si todo va bien, prometo volver con otra lección del deporte, posiblemente de las mayores que me ha dado en todo el tiempo que llevo practicándolo.