jueves, 21 de septiembre de 2023

MINDFULNESS DE ANDAR POR CASA, ENTERRADO EN EL BARRO...

             ¡Hola, hola! Reflexión filosófica del mes de septiembre sobre la necesidad de vivir el presente, sin preocuparnos lo más mínimo por el pasado que se fue, ni por el futuro que aún no ha llegado. En cuanto al futuro, lo único que podemos hacer para incidir en él tenemos que hacerlo hoy: aquí y ahora.

Dentro de mi constante aprendizaje de lecciones por métodos poco tradicionales, decidí apuntarme a una prueba extrema denominada “Fan-Pin”. Organizada por el Tercio de la Armada (TEAR), se lleva a cabo en los terrenos de La Clica y el entorno de la isla del Pino (San Fernando, Cádiz) y se basa en el adiestramiento que los infantes de marina de la Brigada del Tercio de la Armada usan para mejorar su resistencia y capacidad. Su mayor particularidad reside en el terreno fangoso que hay que sortear a lo largo del recorrido para solventar con éxito la carrera: ocho kilómetros a realizar en un tiempo máximo de tres horas, de los que más de dos -sobre todo el tramo final- discurren por fango, siendo fango un término quizás excesivamente suave y poco descriptivo.

A continuación un detalle del circuito de la prueba:

Recorrido desde la salida hasta el primer cruce del Caño 18: 3.300 metros de asfalto y tierra: La vida es bella, como la película.

Primer cruce del Caño 18: 150 metros de agua y fango: Comienzan las dificultades. Si he sufrido esto en 150 metros, ¿cómo voy a resistirlo multiplicado por doce?

Isla del Pino: 400 metros de tierra y fango: Un paseo por las nubes (con la cabeza en las nubes, pensando en abandonar).

Segundo cruce del Caño 18: 150 metros de agua y fango: La veteranía es un grado. Si ya sé que es esto, no sé qué hago repitiendo…

Zona de obstáculos: 700 metros: Algo que en circunstancias normales podría ser hasta divertido… 

Recorrido en La Clica: 1.000 metros de tierra. “The walking dead”, o como caminar un kilómetro estilo “zombie”.

Zona de fango: 1.800 metros de fango: Sin comentarios. La inspiración de esta publicación.

Salida de Fango y meta: 400 metros de tierra: Sinceramente, ni lo recuerdo…

Para no alargar en exceso la introducción, comenzaré ya a enumerar la lista de lecciones aprendidas, que espero no olvidar después del precio que he tenido que pagar.

La información es poder. Nunca debemos subestimar nada sólo teniendo una ligera apreciación, sin informarnos en detalle. Aunque la experiencia de cada uno es única e irrepetible, y normalmente la gente te pinta la vida de un color muy distinto al que realmente tiene, toda la información que podamos obtener sobre algo nunca está de más. En mi caso, se podría resumir en que lees un cartel de inscripción de una carrera de 8 kilómetros y piensas que no será muy complicado. Y esos 8 kilómetros pueden hacerse infinitamente más largos que los 454 de un Ultraman. 

Nunca des nada por supuesto, muy en la línea del punto anterior. Que tu cuñado, tu amigo o tu primo hayan finalizado la carrera en un tiempo determinado no te otorga el infinito poder de estimar tu tiempo usando una sencilla regla de tres. Todos somos singularmente distintos, especialmente en lo que a nuestro cerebro se refiere, que es el músculo más determinante en este tipo de pruebas. Y además de nuestras mentes y nuestros cuerpos (que alguna influencia tienen) hay un sinfín de circunstancias de la propia prueba, como la meteorología, el estado del terreno, las personas que lo hayan pisado por delante de ti, … que la hacen absolutamente incomparable. Quizás aquí radique una de las bellezas de la prueba.

La vida es caprichosa. Tres días antes de la prueba mi amigo Miguel López me invitaba a dar una charla de motivación a un equipo de fútbol de chavales de catorce años. No tuve otro mejor tema del que hablar que hacerlo sobre la importancia de no rendirse nunca en la consecución de nuestros sueños. Tres días después, enterrado en fango, sólo en dos horas había pensado en retirarme más veces que en los últimos diez años haciendo deporte. Cada vez que me decía a mí mismo que lo iba a dejar, me acordaba de mucha gente que no se rinde nunca:  mi capitán Cristian y el resto de capitanes de Carros de Fuego, mi “hermanamiga” Maru, mis niños de la Fundación Olivares y ese grupo de cadetes a quienes tuve la osadía de hablar sobre la vida. Lo de los cien pasos que les comentaba me quedaba excesivamente lejos. Cien milímetros como mucho era lo máximo que podía arrastrarme en esa maldita (por la dureza) y a la vez bendita (por las lecciones) ciénaga.

En la vida sólo tienes verdadero control sobre lo que está pasando en este justo momento, como mucho a un metro de ti. En el fango ocurre exactamente lo mismo. Incluso de forma más acentuada. Mi amigo Edu León me dio al principio de la carrera un par de consejos muy útiles. Miento, fueron tres. Al primero prácticamente no le presté atención, aunque coincidía con el mismo que me había dado mi amiga Elena, a quien tengo que agradecer mi inscripción a la prueba y todo lo aprendido. Era tan fácil como no escuchar lo que puedan decirte los demás. Los famosos “ya te lo dije yo” o “yo lo sabía ya” nos acompañan durante todos los días de nuestra vida. No podemos evitarlos. Pero sí podemos decidir que salgan por el oído opuesto a por el que entran sin dejar el más mínimo rastro en nuestro interior. Los otros dos consejos eran más técnicos. El primero, que me concentrase sólo en lo que estaba a un metro de mi alcance. No más. Y lo curioso es que las veces que lo hacía era capaz de avanzar sin parar. Veía un cangrejo a un metro y lo alcanzaba sin mucho problema. Fijaba la vista en un matojo de hierba a otro metro y mi mano llegaba allí como por arte de magia. Pero no era capaz de mantener por mucho tiempo estas instrucciones tan sencillas. Levantaba la cabeza para darme cuenta de que el enorme globo amarillo situado junto a la meta ni siquiera se distinguía en el horizonte y me hundía no sólo en el barro, también en la más absoluta de las miserias… El segundo consejo era que avanzase de la forma que fuese, sin pararme. Arrastrándome, de rodillas, de espaldas… Me recordó a la frase de Martin Luther King: “Si no puedes volar, corre, si no puedes correr, camina, si no puedes caminar, gatea. Sin importar lo que hagas, sigue avanzando hacia adelante.” Tan sencillo y a la vez tan difícil como esto. Ojalá gatear hubiese sido la última opción…

El penúltimo punto de resumen también parte de una frase: “Nunca sabes lo fuerte que eres hasta que ser fuerte es tu única opción.” El circuito de fango está tan genialmente diseñado que abandonar es casi más duro que seguir adelante. Las pocas banderas rojas con la señal de “Exit” se encontraban a tal distancia que desaconsejaban rendirse y dejar la carrera. Porque rendirse en esta prueba significa algo muy parecido a lo que nos ocurre en la vida. Si nos rendimos no nos queda otra que permanecer enterrado en el fango a la espera de que todo termine y alguien pueda venir a rescatarte. 

Y acabamos con el título de la publicación. Mindfulness, conciencia plena, que es a lo que me refería. Y mi reflexión de esta publicación apunta en esta dirección. Cuando estamos centrados y conscientes del momento que estamos viviendo todo fluye y parece suceder por arte de magia. Cuando centraba mi atención en el cangrejo un par de metros por delante de mí, algo interior empujaba mis músculos y los hacía trabajar de forma coordinada para salvar las dificultades en forma de barro. Pero cuando se me iba la cabeza, cuando pensaba en el tiempo que me quedaba por llegar, en los dolores que azotaban cada centímetro cuadrado de mi piel, en el sol que me achicharraba, en los pulmones que me ardían… me desconectaba y entraba en bucle, a la espera de que la inspiración me devolviese a mi estado de conciencia. Esta reflexión final me recuerda a una de las cosas que comentaba a los chavales el otro día. Saber está muy bien, pero saber sin hacer es como no saber. Si sabemos lo que tenemos que hacer, pero no lo hacemos es incluso más doloroso que si no lo supiésemos. Doy fe de ello. 

  Para los que podáis tener curiosidad. He investigado y el término Fan-Pin hace referencia a los nombres “fango” y “Pino”. El segundo como indicábamos al principio alude a la isla donde tiene lugar la prueba. El primero no creo que necesite más explicación.  

Y una anécdota más antes de despedirme. Tras finalizar el antiguo C.O.U., ante la incertidumbre que alumbraba mi vida, estuve a punto de hacerme militar. Os puedo asegurar que Infante de Marina no hubiese sido. 

Y como dicen que una imagen vale más que mil palabras, aquí os dejo una imagen del estado en el que crucé la línea de meta (por cierto, a treinta segundos del tiempo de corte…) Por primera vez en mucho tiempo mi cara no reflejaba una sonrisa de felicidad. Mérito de mi amigo Edu León que fue capaz de inmortalizar la única sonrisa forzada que dibujaron mis labios desde que pisé el barro.

Gracias a todo por vuestro tiempo, a la organización de la carrera por haberme facilitado lecciones tan valiosas condensadas en un máster de sólo tres horas y a todos los que me animasteis a participar en esta prueba. Nos vemos el mes que viene. 



















miércoles, 16 de agosto de 2023

SÉ QUE PUEDO VOLAR ("I BELIEVE I CAN FLY")

    Publicación del veraniego mes de Agosto, vacacional para algunos, y laborable para otros (para los que las hemos disfrutado ya y para los que lo harán a partir de septiembre).

    Como en la mayoría de mis publicaciones, aprovecho una experiencia reciente para compartirla con el fin de que pueda serle útil a alguien. En este caso voy a escribir sobre lo que he aprendido tras volar en parapente el pasado mes de Julio. Tengo que comenzar diciendo que en este caso no soy totalmente autodidacta. La lección, como casi siempre, viene de manos de alguien. En este caso, como en muchas otras ocasiones, ha sido mi ahijado, capitán, amigo y muchas cosas más Cristian quién me la ha enseñado. El año pasado, mi amigo Miguel Ángel y yo decidimos regalar a Cristian por su 18 cumpleaños la experiencia de volar en parapente. Previamente confirmamos con los instructores que no había ningún problema y posteriormente sus padres nos dieron como siempre el visto bueno a una locura más. Cristian también lo aceptó pletórico de ilusión y entusiasmo, como es habitual en él.

    Por circunstancias su vuelo se aplazó hasta el pasado mes de Julio y por circunstancias también me fue imposible acompañarlo. Aunque estuve en contacto con él y rápidamente me puso al día con vídeos y audios sobre la increíble experiencia, lamenté profundamente no haber podido estar allí. Así que me prometí a mí mismo que volaría en la primera oportunidad que tuviese. La oportunidad llegó muy pronto, justo el día después de volver de vacaciones.  Paco, gerente de Vuelo Libre School, de Vejer, me avisaba que el día 1 de Agosto era propicio para surcar los cielos. Así que como tenía un regalo de cumpleaños pendiente de mi familia, después de almorzar salimos en dirección Vejer para disfrutarlo. Mayor regalo que el poder volar fue poder compartirlo con los míos.

    Como título de la publicación he tomado prestado el de la canción de Robert Kelly "I believe I can fly", que he traducido libremente como sé en lugar de como creo. Esta maravillosa canción formó parte de la banda sonora de Space Jam. Es una auténtica oda a la posibilidad (e incluso a la necesidad) que tenemos de hacer realidad nuestros propios sueños. De hecho, casi parafrasea al genial Walt Disney, cuando dice que si puedo verlo (soñarlo decía Walt), puedo hacerlo.

    Comencemos el vuelo. Empecemos diciendo que no soy muy amigo de las alturas ni de las emociones fuertes. Aunque no padezco vértigo (de momento) soy un acompañante ideal en cualquier parque de atracciones porque no disfruto mucho de las atracciones. Mientras más adrenalina me hacen soltar, menos las disfruto. Para que os hagáis una idea, soy de los que en la noria voy agarrado a cualquier elemento que me pueda servir como asidero. De todas formas en este caso contaba con la valiosa experiencia previa de mi amigo Cristian, que aunque tengo que admitir que es bastante más valiente que yo, ya me había tranquilizado diciendo que la experiencia no era nada traumática. 

    Llegué a Vejer con los nervios propios de la experiencia. Sin llegar a sentir miedo, pero con esa extraña sensación en el estómago que precede a todas mis competiciones deportivas. El mero hecho de ponerte un dorsal siempre desencadena esa reacción, que suele guardar relación directa con los kilómetros a recorrer. Muy ligera por ejemplo en el caso de una carrera de 5 kilómetros, un poco más intensa en el caso de un Ironman. Resistí estoicamente las bromas de los míos, sobre todo los de mi hijo Pablo. No tuve que esperar mucho, lo que evitó que los nervios pudieran aflorar. Pude comprobar como mis predecesores disfrutaban de la experiencia y antes de que me diese cuenta ya estaba colocándome el equipamiento necesario para volar. Aquí me llegó una de las primeras lecciones del día. Las preocupaciones no surgen por el tamaño del problema, sino por el número de vueltas que le damos en la cabeza. Con la mente ocupada en otros temas, no hay preocupación grande.

    Pasemos al punto siguiente: la confianza. Paco (el monitor) tuvo la suficiente habilidad como para explicarme todo con tal lujo de detalles, calma y sencillez que confié en él hasta el punto de convencerme a mí mismo que nada malo podría pasar. Incluso me pidió que le ayudase en la maniobra previa al despegue intentando en la medida de lo posible mantener mis pies pegados a la tierra. Aunque con el tirón que da la vela del parapente al llenarse de aire es casi imposible hacerlo, me mantuvo concentrado, motivado y comprometido con esa tarea. El sentimiento de la confianza suele ser recíproco. Mientras más das, más recibes a cambio.

    Y llegamos al momento justo de volar, donde aprendí mi lección más importante de ese día. Para poder disfrutar del vuelo, no te queda otra que separarte del suelo... Para tomar y sobre todo para poner en práctica decisiones importantes (difíciles, pero que nos facilitarán una vida fácil, como escribí una vez), no tenemos más remedio que dar el salto al vacío. Continuamos aferrados a la falsa seguridad que nos ofrece el suelo bajo nuestros pies, para una vez decidimos dejarlo atrás, lamentarnos por no haberlo hecho antes. Una de las personas a las que más quiero en esta vida me dijo una vez que si no te arriesgas nunca pierdes, pero tampoco ganas nunca. Saltar para volar es tan necesario como tener alas para hacerlo.

    Y una vez que remontas el vuelo, que surcas los aires con esa indescriptible sensación de libertad, sólo te tienes que centrar en disfrutar. Si te obcecas en lamentarte por todo el tiempo que has perdido en tierra no serás capaz de disfrutarlo como sin duda mereces. Elevarte y sentir la brisa en tu cara te hará darte cuenta de que esta vida es tan corta que lo mejor es pasarla volando todo el tiempo que puedas. Y para volar no nos queda otra que saltar. Leí una vez que cuando te sientes al borde del precipicio posiblemente es que la vida te esté poniendo en el lugar propicio para que por fin puedas volar...

    Antes de terminar esta publicación quiero poner en relación esta capacidad de creer en nosotros mismos y de hacer realidad nuestros sueños con un asunto tan escabroso como el del ego. La verdadera lección no es que yo pueda volar, sino que todos podemos hacerlo. Ya me lo demostró Cristian, pero me lo demostraron también todas las personas que estaban a punto de saltar al vacío aquel día y que eran tan especiales como yo.

    Gracias a todos por vuestro tiempo. Dejad el suelo atrás y volad libres. No os arrepentiréis.

    Hasta septiembre, el mes de la vuelta al cole, y a casi todo...



viernes, 21 de julio de 2023

DISCURSO DE AGRADECIMIENTO A LA FUNDACIÓN OLIVARES POR SU INSIGNIA DE ORO

  

Málaga, 7 de Julio de 2023.

 

Querido y estimado Señor presidente de la Fundación Olivares, Don Andrés Olivares Díaz. Estimados señoras, estimados señores... gracias, muchísimas gracias.

Para todos aquellos que ya me conocéis soy Antonio Jurado. Para los que aún no me conocéis, como ha comentado nuestro querido presidente Andrés, soy Antonio Jurado también. Esto, que puede parecer una tontería, es una de las mejores lecciones que me regaló mi padre. Él siempre me decía que fuese dónde fuese, estuviese con quién estuviese, me conociesen o no, fuese siempre yo mismo. Gracias, Papá. Espero que desde tu privilegiada situación desde un lugar al que de momento no puedo acceder, estés disfrutando de este momento como lo estoy haciendo yo. Seguro que sí. Va por ti. Gracias.

He tenido la oportunidad de subirme a un escenario en más de una ocasión para presentar a nuestro presidente Andrés Olivares. Cuando lo hago, siempre digo, con la seriedad más absoluta, que hablar delante de Andrés es como salir con una raqueta a pelotear antes de que Rafa Nadal salte a la pista a jugar un partido. Dicen que las comparaciones son odiosas, y en momentos como estos aún más. Hoy voy a tener la osadía de hacerlo después de él, y con los roles cambiados. Hoy es como si tuviese la poca vergüenza de salir con la raqueta después de que Rafa gane uno de sus incontables trofeos en Roland Garros. Si además tenemos en cuenta la lista de ilustres merecedores de esta insignia que me preceden en el tiempo: Pablo Alborán, Basti, Juan Barroso, Nena Paine… queda confirmado que mi vergüenza finalizó en el mismo lugar en el que lo hizo mi cabello. Ni rastro.

Si tuviese que resumir todo mi discurso en una sola palabra no tendría ninguna duda: “Gracias”. Si tuviese que hacerlo en dos, también lo tendría muy claro: “Muchísimas gracias”. Podría decir que siempre había soñado con este momento, pero os estaría engañando. Esto es tan bonito que ni siquiera había alcanzado a soñarlo… Hoy vuelvo a vivir el verdadero significado de las palabras “Alma, Magia y Corazón”. Esas palabras que aprendí lo que realmente querían decir cuando os conocí.

Conocí a la Fundación Olivares hace ya una década. Por aquel entonces unos jóvenes chavales (bueno, sólo diez años más jóvenes) de un club de triatlón de Dos Hermanas decidimos hacer un calendario solidario y donar nuestra modesta aportación a una Fundación. Causalmente, porque Dios no juega a los dados, como decía Einstein, la Fundación se cruzó en nuestro camino. Causalmente también, tuve la oportunidad de hablar por teléfono con su presidente, y tirando de poca vergüenza (una vez más) le pedí que viniese a Dos Hermanas para asistir a la presentación del calendario. Me lo confirmó sobre la marcha, y ahí comenzó esta bella historia de amor. El día de la presentación, además de tener la ocasión de compartir escenario con él por primera vez, recibí una increíble lección de boca de una de las voluntarias de la Fundación que cambió mi vida. Miento, cambié yo, especialmente la forma en que vivía la vida. Me dijo que “cuando ayudas a los demás, recibes muchísimo más de lo que das”. Esta irrefutable ley, que sólo tenemos que poner en práctica para confirmar su validez, me zarandeó desde lo más profundo de mi ser. El juego de la vida va sobre dar, no sobre recibir. También de la Fundación aprendí la maravillosa frase de la Madre Teresa de Calcuta que dice que “a veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara una gota”. Durante estos años he puesto pequeñas gotas, muy pequeñas, y quizás menos de las deseables, para intentar colaborar dentro de mis posibilidades en hacer realidad el sueño de Luis: que los niños enfermos de cáncer y sus familias tuviesen la oportunidad de vivir una vida mejor. Posiblemente esté hoy aquí porque suelo hacer bastante ruido con las gotas que aporto, un comportamiento que tiene su explicación.

El día que conocí a Andrés, tras uno de sus inigualables abrazos, me dijo que la aportación económica era fundamental para la Fundación, porque gracias a estos recursos se materializan las medidas que mejoran la vida de los niños. Pero casi tan importante como el dinero es la difusión. Que todo el mundo sepa quién es Fundación Olivares, que todos conozcan su mensaje puede llevar (y de hecho lleva) a que alguien con más recursos y más posibilidades que cualquiera de nosotros pueda decidir mañana ayudar a la Fundación. Me lo tomé tan al pie de la letra que he hecho mucho ruido, hago mucho ruido y espero seguir haciéndolo en un futuro. Casi todos mis conocidos saben quién es Fundación Olivares y me siguen en todo lo que difundo.

Esa palabra “gracias” que indicaba al principio como resumen de esta charla, es un agradecimiento no sólo a la Fundación, a sus niños, a sus familias, a sus voluntarios, a sus trabajadores, a su patronato que ha decidido ponerme hoy aquí. A ellos no tendré nunca la posibilidad de devolver ni una pequeña parte de todo lo que me han dado. También es un agradecimiento a todos los que día a día vais poniendo vuestra gotita para que este océano no deje de crecer. A todos mis familiares, mis amigos, que están siempre dispuestos a colaborar con pulseras, con corazones, con calendarios, aquí además tengo que mencionar expresamente a los artistas Diego Escobedo y Paco Aznar, los magos de las cámaras y el Photoshop, a gente como los Pitos Locos que nos regalaron los excepcionales momentos vividos el pasado año… Tantas y tantas gotitas destinadas a que los niños enfermos de cáncer sigan siendo niños. Muchísimas gracias a todos, de todo corazón, un corazón verde y rojo con un inmenso abrazo, como la imagen de la Fundación Olivares. Hablando de imagen, ahora que puedo ver y tocar esta preciosa insignia de oro, como dicen también mis amigos de la Fundación, “lo mejor de esta vida no puede verse ni tocarse, debe sentirse con el corazón”. Os prometo que lo siento.

Y ahora quiero finalizar volviendo al lugar a donde empecé. Quiero dar las gracias especiales a Luis, porque gracias a él estamos aquí hoy y muchos hemos podido encontrar un sentido a nuestras vidas. Y no puedo terminar sin dar las gracias a mi mujer María, y a mis hijos Pablo y Daniela, que hoy me acompañan a este emotivo acto que no olvidaré nunca. Ellos son los últimos culpables de que hoy esté aquí, porque sin ellos no sería el Antonio que soy. Y por último, no podía olvidarme. Fuerza a mi "hermanamiga" Maru.

Muchísimas gracias de nuevo. Os quiero. Tela.



 


domingo, 18 de junio de 2023

¡¡¡FELICIDADES, MAMÁ!!!

               Hoy vuelvo a utilizar mi blog como altavoz para felicitar a alguien muy especial. Lo hice en su día conmigo cuando superé el medio siglo de vida, después con mi hijo Pablo cuando alcanzó su mayoría de edad, y hoy voy a hacerlo con mi madre, que acaba de cumplir ochenta primaveras.

              Ochenta es un número especial, huelga decirlo. Para los que nacimos en la década de los setenta, hablar de esos años es hablar de una época inolvidable. Como canta Melendi en su tema autobiográfico “Yo me veo contigo”, fueron años de inocencia y mercromina, de hombreras, pendientes y rejillas. Superman, Rocky, Indiana Jones, los Goonies, E.T. y Freddy Krueger ocupaban las pantallas del cine, porque por aquel entonces los estrenos de las pelis no se podían ver pirateadas en el móvil (que ni siquiera existía). Y entre tanto héroe de ficción arrasaba una heroína y la moda juvenil era mezclar Coca Cola y aspirina…Se nos fue Lennon, y llegó un tal Ronald Reagan, Maradona miró al cielo y Dios le tendió la mano, y los que tenían la suerte de tener un Atari se dedicaban a matar marcianos… Pero estos fueron mis ochenta, y no los de mi madre. Y a diferencia del gran Paco Umbral, no he publicado este blog para hablar de mi libro, sino del libro de mi madre.

              Mi madre ha sido, es y seguirá siendo (espero que por muchos años) básicamente una mujer buena. Creo que es la mejor forma de definirla. Alguien prudente, alejada de conflictos y totalmente entregada a los suyos. Para que os hagáis una idea, comparto con vosotros la curiosa historia de la elección de mi nombre “Antonio Manuel”. Mi padre se llamaba Manuel, al igual que lo hacía mi abuelo materno. La intención de mi madre era tener otro Manolo en casa (imagino que para economizar a la hora de llamarnos y poder avisarnos a los dos de una sola vez).  Haberme llamado sólo Manolo hubiese implicado honrar a su padre y no a mi abuelo paterno, que se llamaba Antonio. Así que tema resuelto llamando al niño Antonio Manuel.  Esta es la verdadera historia, y no la que me inventé y cuento muchas veces de que mi madre veía una novela venezolana mientras estaba embarazada. Soy tan viejo que en esa época no había ni novelas. UHF y VHF, y además en blanco y negro. Lo del amago de ser bautizado como Carmelo lo contaré en otra ocasión.

              Hablando del embarazo, mi madre siempre me cuenta que pasó los casi diez meses (por sus cuentas, lo que os da una idea de que di ruido incluso antes de salir) cosiendo hasta el último momento. Era costurera y cosía los mejores pantalones que se podían hacer para una tienda ubicada en pleno centro de Sevilla llamada Izquierdo Benito, a la que la acompañé muchas veces de niño a recoger telas y patrones y entregar pantalones. Siempre pensó que sería sastre y aunque se equivocó en ello, posiblemente mi buen estilo tradicional a la hora de vestir venga de esa época. O no, los genes pudieron dar  un salto esperando a que naciese mi hermano.

              Cuando asomé la cabeza tuve la genial idea de pasarme dieciocho meses llorando. Año y medio en el que ella intentaba calmarme pacientemente sin saber muy bien qué me pasaba (ni yo soy capaz de recordarlo hoy en día…) Año y medio en el que mi padre incluso llegó a adscribirse al turno de noche en la fábrica en la que trabajaba o a desplazarse a Antequera para intentar dormir algo.

              Después de dejar de llorar me dio por ser un niño enfermizo. Y ella siempre estuvo ahí, preocupada como ninguna e intentando evitarme cualquier signo de sufrimiento. En mi pueblo había un pediatra muy famoso al que siempre digo medio en broma medio en serio que le financiamos con mis consultas la espectacular vivienda que tiene en pleno centro de Dos Hermanas. Vegetaciones, amígdalas (las famosas “bolas” que nos extirparon a casi toda una generación”, reuma, roturas de huesos… Nada grave al fin pero siempre estaba con algún achaque.

              Después me dio por pedir un hermano. Como me encontraba un poco solo en comparación con todos mis amigos de esa época decidí no ser hijo único. Y aunque no tengo pruebas, imagino que tuviste que convencer a Papá de que otro llorón podía entrar por las puertas, ahora que ya comenzaba a dejaros un poco de libertad. Afortunadamente lo hiciste y llegó tu Alejandro Jesús, el que fue la alegría de la casa con sus bromas y su poca vergüenza, mientras yo me convertí en un niño tímido y serio que sacaba buenas notas. Cosas de la edad, que cantan los “Modestia aparte”.

              Igual que Papá siempre estuviste muy orgullosa de nosotros, sobre todo en lo que se refería a nuestros estudios. Todavía recuerdo cómo te enfadaste conmigo (a tu modo, claro, nada grave…) el día que te enteraste de mis notas de selectividad (sí, en mi época se llamaba así) por otra madre. Para mí era sólo una nota, y estaba más preocupado esos días por los kilos que movía en el gimnasio que por las notas que pudiese sacar.

                Fui cumpliendo años con la velocidad inexorable del tiempo, que es la misma durante toda nuestra vida aunque dependiendo de la edad que tengamos la sintamos de forma diferente. Mantuve una relación distante con vosotros, y me di cuenta tarde de lo que significa una madre. Dicen que no aprendemos a ser hijos hasta que no somos padres. Creo que es totalmente cierto. De forma bastante curiosa el Universo se encarga de que el Karma se manifieste haciéndote ver en tus hijos comportamientos que reconoces como tuyos. Y así puedes vivir en primera persona lo que tus padres vivieron hace ya muchos años. Afortunadamente, hay esperanza para el cambio…

Y para complementar y terminar la publicación no puedo usar otra foto que la que escogió mi hermano Ale para felicitarle su cumpleaños en redes. Salimos los dos con ella, que es lo que le gusta. Y es que ella siempre nos ha querido a los dos por igual, a pesar de ser tan diferentes. “Tanto monta, monta tanto” o “qué dedo me corto que no me duela” como tantas y tantas veces nos ha dicho.

              Gracias Mamá por ser cómo eres y por haberme aguantado y haberme ayudado a ser la personita que hoy soy, que me consta que no ha sido fácil. Y aprovecho para pedirte perdón por todas las veces que te hice daño, que han sido más de las deseadas. A ver si ahora la gente se va   pensar que soy un hijo modelo, nada más lejos de la realidad.

              Ahora que sé que tendrás tus ojos llenos de lágrimas cuando leas esto, acuérdate de todas esas veces que te he hecho reír con alguna de mis ocurrencias. Espero que sigan siendo muchas más.

              Felicidades y te quiero una “jartá”. Como cantaba Carlos Vives, nuestro amor es tan profundo, que tú eres mi consentida y que lo sepa todo el mundo.

                Gracias a todos como siempre por vuestro tiempo y volvemos en pleno verano.



viernes, 19 de mayo de 2023

GAFAS DE ABEJA O DE MOSCA, TÚ DECIDES…



     Vuelvo a escribir este mes de Mayo aprovechando una experiencia reciente, como suelo hacer de forma habitual.

     En una interesante conversación con alguien a quien quiero con locura se me vino a la mente el excepcional ejemplo que en su día tuve ocasión de oír de boca de mis amigas Carmen y Manuela Ortega. Hablando sobre las circunstancias de la vida, que nos desesperan en más de una ocasión, recordé esa charla sobre las gafas de abeja y las de mosca. Básicamente, venían a decir que todos tenemos en nuestros bolsillos unas gafas de mosca y otras de abeja. La decisión acerca de qué gafas nos ponemos es exclusivamente nuestra. Con las gafas de abeja, obviamente estamos más predispuestos a ver flores, que es de donde obtienen su alimento habitual. Con las de mosca, no creo que haga falta decir lo que veremos con mayor asiduidad. Las flores y las heces (que raro me siento escribiendo esto para no herir la sensibilidad de nadie) están ahí, en la naturaleza, y nuestra capacidad de actuación sobre ellas es nula. No tenemos forma de convertir una “m…” (que difícil se me va a hacer llegar hasta el final de la publicación sin que se me escape) en una flor. Lo que sí podemos es decidir qué gafas llevamos. Llevar las gafas de abeja no nos liberará de la desagradable visión del alimento de las moscas, pero al estar enfocados en las flores, seguro que les prestamos menos atención y continuamos nuestra búsqueda de flores que nos alegren la vista. A sensu contrario, ocurre exactamente lo mismo. Llevar puestas gafas de mosca aumentará las posibilidades de que veamos lo que no queremos ver, y cuando veamos algún capullo (en el sentido vegetal de la palabra) no lo apreciaremos como se merece y seguiremos buscando marrones que ratifiquen nuestra teoría de que la vida no es precisamente bella.

Melendi, un cantautor a quien podemos ver también con gafas de mosca o de abeja, escribía y cantaba en su canción “Existen los ángeles” la siguiente estrofa:

“Me enseñaste que el color

del traje que visten los días

lo elige siempre la pena

si no buscas la alegría”

     Esta genialidad va un paso más allá de la teoría inicial. No sólo las gafas condicionan nuestra visión del mundo a nuestro alrededor. También parece que venimos programados de fábrica para usar las gafas de mosca, porque deben ser más cómodas o más fácil de encontrar en el bolsillo. Ponernos las gafas de abeja es una decisión consciente, que implica cierto esfuerzo, pero que son compensados con creces por los resultados.

     Hablar de gafas es hablar de actitud, un tema tan usado por grandes Maestros como Küppers. Para Víctor, es el multiplicador que es capaz de elevar hasta el infinito nuestro valor actuando como una poderosa palanca sobre la suma de nuestros conocimientos y habilidades. Para otro fenómeno como Lluis Soldevilla, es la letra con la que se escribe la palabra “Éxito” aunque todos pensábamos que comenzaba con “E”. “Actitú” es también el nombre de la ropa de deporte de Valentí San Juan, un verdadero referente a nivel motivacional para todos los que nos gustan las experiencias extremas y el deporte. Nos encontramos con tres claros ejemplos de personas que visten sus gafas de abeja, utilizando cualquier oportunidad en forma de flor que se les cruce y dejando el abono para que cumpla su labor de hacer crecer a las flores, sin maldecir nuestra mala suerte si alguna vez pisamos en el lugar equivocado.

     En el ajetreado modo de vida actual, en el que las flores y los excrementos (vaya cantidad de sinónimos voy a tener que buscar) se encuentran en esos extensos campos de las redes sociales, nuestra necesidad de adiestramiento en el cambio de gafas se ha hecho aún más importante si cabe. Hablando de redes y del universo de Internet, a continuación comparto algunos consejos sobre cómo mejorar nuestra actitud (como usar la mayor parte del tiempo gafas de abeja):

1. Ser agradecido. Expresar gratitud por lo que tenemos es la mejor forma de prepararnos para todo lo bueno que nos falta por llegar.

2. Rodearnos de personas positivas. "Dime con quién andas y te diré quién eres", que dice nuestro sabio refranero.

3. Plantearnos metas y propósitos. Yo añadiría por pequeños que sean. Mantener viva la llama de la ilusión en el camino de hacer un sueño realidad es una de las mejores medicinas contra el mal olor.

4. Identificar todo lo bueno que tenemos en la vida. Muy en relación con el punto uno. Gafas de abeja a tope y gracias por las bellas flores que tenemos la dicha de contemplar.

5. Realizar actividad física. Los que me conocéis sabéis que poco más necesito añadir. “Mens sana in corpore sano”, si acaso. El latín parece que le da más solemnidad. En su justa medida, como todo en la vida, aunque para algunos nunca nos sea suficiente.

6. Leer libros o escuchar música que nos aporten experiencias positivas. O publicaciones como estas. Puestos a escoger…

7. Buscar apoyo cuando lo necesitemos. "Si caminas solo llegarás rápido, si caminas acompañado llegarás más lejos". Esta sabia enseñanza de Confucio cobra más sentido si entendemos que la vida va sobre llegar lejos, no sobre terminarla antes…


     Espero que estas líneas de este mes os ayuden a que os coloquéis las gafas adecuadas y sobre todo a que os quitéis las erróneas. Cierro también con Melendi, con su canción “Quítate las gafas”. Gracias como siempre por vuestro tiempo y seguimos hacia el ecuador de 2023.

“Hoy el cielo, en mi lucha, es quitarme para siempre

esas gafas que se usan, para convertir en gente a

cada persona que ves, si decido llamar raro al diferente

es porque no me quiero ver…”





miércoles, 19 de abril de 2023

LA VIDA EN BUSCA DE SENTIDO

                 Andaba buscando publicación para el mes de abril, sin mucho éxito. Estaba preocupado por si me lo hubiesen robado del calendario como le ocurrió a Sabina,  cuando comenzaron a llegarme señales apuntando en la misma dirección.

                Lo primero fue recibir en una aplicación del móvil de resúmenes de libros una reseña del magistral “El hombre en busca de sentido”, del también genial Víctor Frankl. Acceder al esquema de  esta obra que ya había leído en un par de ocasiones me permitió disfrutarla de nuevo desde una óptica distinta. Volveremos después sobre este punto.

                Aún no lo tenía muy claro, cuando mi amiga Ana Rubio me envió el enlace a su publicación mensual, que este mes trata sobre “Ikigai” y la cosa cambió.  Ana fue compañera de la formación de Search Inside Yourself de la que ya he hablado en otras ocasiones. Sus contribuciones son siempre muy inspiradoras y agradecidas. Dos señales tan seguidas sobre el “sentido” tenían que significar algo. Aunque no existe una traducción literal para “Ikigai”, esta palabra de origen japonés viene a significar algo así como el propósito, el sentido, el motivo, la razón de ser. Corrijo el pronombre: nuestro propósito, nuestro sentido, nuestro motivo, nuestra razón de ser. Algo que bajo mi punto de vista debería ser lo primero (si no sabemos para lo que estamos aquí ¿tiene sentido lo demás?) se convierte habitualmente en lo último. Muchas veces es algo que no llegamos a descubrir hasta el final de nuestros días. Y es algo tan importante que puede incluso suponer nuestra supervivencia en situaciones extremas. Decía Frankl que “los que tienen un por qué para vivir pueden soportar casi cualquier cómo”.

                Tener claridad sobre el “por qué” estamos aquí es una ayuda infalible para una vida mejor.  Además de la motivación primaria que parece controlarlo todo, supera el aspecto puramente racional, alcanzando una convicción más profunda de que uno puede vivir o morir por sus ideales. La frustración que genera el vivir sin sentido actúa como un auténtico impulsor del cambio en algún momento de nuestras vidas, y nos lleva a crecer más allá de lo que habíamos soñado.

                Volvemos a parafrasear al eminente neurólogo austriaco, padre de la logoterapia: “cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos enfrentamos al reto de cambiarnos a nosotros mismos”. El cambio es también crítico en nuestra supervivencia. Fue Darwin el que dijo que no sobrevivían las especies más fuertes, sino las que mejores se adaptaban. Y en esa adaptación el cambio juega un papel fundamental. Un cambio que suele transitar por un camino complicado y oscuro, donde el sentido puede convertirse en la luz que guíe nuestros pasos.

                Rematamos la parte tradicional de la publicación de este mes con otra genial frase de Víctor: “al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa, la última de las libertades humanas: la  elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino”. Tener clara esta libertad es fundamental para poder tener claro nuestro sentido.

                Y hasta aquí llega lo que es una publicación habitual de mi blog. Un escrito más breve de lo habitual en el que reconozco que se me puede haber ido un poco la “pinza” en el fondo y en las formas. Pero como decía antes, todo tiene un por qué. En los últimos tiempos han llegado a mi vida varias noticias sobre inteligencia artificial. Concretamente sobre “ChatGPT”, una de sus más sencillas y llamativas manifestaciones. No he podido resistirme a la curiosidad y le he pedido un “artículo de 500 palabras hablando sobre la vida en busca de  sentido que incluya frases de Víctor Frankl”. Y me ha devuelto esto:

“La búsqueda de sentido en la vida es una de las mayores preocupaciones del ser humano. En la búsqueda de una respuesta, nos encontramos con las palabras de Víctor Frankl, psiquiatra y superviviente del Holocausto, quien afirmaba que "el hombre no está en busca de placeres, sino de un sentido para su vida".

Frankl creía que el sentido de la vida no es algo que pueda ser encontrado de forma externa, sino que es algo que cada persona debe descubrir dentro de sí misma. En su libro "El hombre en busca de sentido", Frankl narra su experiencia como prisionero en un campo de concentración nazi y cómo fue capaz de encontrar sentido y propósito incluso en las condiciones más extremas.

Uno de los principales mensajes que Frankl transmitía es que la vida no es solo una búsqueda de felicidad, sino una búsqueda de sentido. La felicidad, según él, es un subproducto de encontrar un propósito y una razón para vivir. La vida puede ser difícil, pero si encontramos un significado, podremos enfrentar cualquier adversidad.

                Frankl también destacaba la importancia de encontrar un propósito que vaya más allá de uno mismo. En lugar de centrarse únicamente en la propia felicidad, debemos buscar un propósito que nos permita contribuir a la sociedad y hacer del mundo un lugar mejor. En palabras de Frankl, "lo que importa no es lo que esperamos de la vida, sino lo que la vida espera de nosotros".

Otro de los conceptos clave de Frankl es la idea de que la vida tiene sentido incluso en los momentos más difíciles. En su experiencia en el campo de concentración, Frankl vio a muchas personas perder la esperanza y rendirse ante las circunstancias adversas. Sin embargo, él descubrió que incluso en los peores momentos, aún había cosas por las que valía la pena luchar. En sus propias palabras, "la vida siempre tiene sentido, incluso en las situaciones más terribles".

Por último, Frankl nos recuerda que cada persona tiene la capacidad de encontrar su propio sentido en la vida. No hay una respuesta universal a la pregunta de qué da sentido a la vida, sino que cada uno debe descubrirlo por sí mismo. Como dijo Frankl, "el hombre no debería preguntar qué es el sentido de la vida, sino que es él quien está siendo cuestionado por la vida".

En conclusión, la vida en busca de sentido es una búsqueda constante en la que cada persona debe encontrar su propio propósito y razón para vivir. Las enseñanzas de Víctor Frankl nos recuerdan que el sentido de la vida no se encuentra en la felicidad o el éxito externo, sino en el descubrimiento de un propósito que vaya más allá de uno mismo y en la capacidad de encontrar significado incluso en los momentos más difíciles. En última instancia, es responsabilidad de cada uno de nosotros encontrar nuestro propio camino y darle un significado a nuestra vida”.

De locos. Me lo tomaré como un reto y seguiré intentando mejorar para no ser superado por la máquina… Creo que esto es lo que nos espera. Habrá que adaptarse a los cambios para sobrevivir. No queda otra.

Este mes acompaño mi publicación con una imagen sin sentido ninguno que me devuelve una conocida APP, jugando con mi cara y con el término "inteligencia artificial". A pesar de su teórica inteligencia, ha tenido a bien colocarme pelo, rosa, pero pelo al fin.

Gracias por vuestro tiempo como todos los meses, de mi parte y de parte de “ChatGPT”. Nos “vemos” en Mayo, aunque a estas alturas no tengo nada claro quién escribirá la publicación…



martes, 14 de marzo de 2023

ENSAYO Y ERROR. MI ÚNICA FORMA DE APRENDER

            Publicación del mes de Marzo en la que comparto una de las constantes en mi vida, la del error. Si hay algo en lo que soy un auténtico especialista es en equivocarme. Como me gusta decir, porque suelo hacer muchas cosas, me equivoco en muchas de ellas. Si no hiciese nada, me equivocaría menos, aunque pienso que no hacer nada es una de las formas más peligrosas de errar, porque te priva del beneficio del aprendizaje. Aprovecho para decir que no tengo ningún problema en pedir perdón cuando lo hago, por si juega a mi favor.

         Seguro que otros pueden aprender con el mero uso de la lógica, el razonamiento y la deducción, pero yo soy de los que necesita el duro golpe del error para aprender la lección. No me da vergüenza reconocer que, dependiendo de la lección, a veces necesito que el golpe sea lo suficientemente considerable o incluso repetitivo. Como decía mi abuelo hay gente “pa tó”.

        Escojo tema para este mes porque me vuelve a llegar de forma causal la frase de Michael Jordan que tantas veces he escuchado: “He fallado más de 900 tiros en mi carrera, he perdido casi 300 partidos, 26 veces han confiado en mí para el tiro ganador y lo he fallado, he fracasado una y otra vez en mi vida y por esto tengo éxito”. Nada que objetar a las palabras de una de las mayores estrellas que ha dado el deporte a lo largo de su historia. Si acaso al traductor, que creo que de forma errónea utiliza el verbo “fracasar” cuando en la versión original en inglés se habla de “fail” (fallar). He leído en más de una ocasión, aunque no consigo localizarlo ahora, que no existe una traducción literal para “fracasar” en inglés, porque los anglosajones no reconocen ese matiz tan negativo en el error. La Rae define en su segunda acepción el fracaso como un “suceso lastimoso, inopinado y funesto”, algo donde es difícil encontrar algún atisbo de positividad. El fallo, sin embargo, se define como “falta, deficiencia o error”, algo con aparentemente  menos carga negativa.

        Yo he fallado muchísimo más que Jordan. Tanto que he perdido la cuenta. Aunque reconozco que he evolucionado bastante menos que él siempre he intentado aprender de mis innumerables fallos. En uno de los aspectos en los que más me equivoqué sin duda fue en la relación con mi padre, y creo que gracias a ello he intentado dar lo máximo en mi relación ahora con mis hijos. Me sigo equivocando, y diariamente, pero con el firme objetivo de seguir aprendiendo y mejorar, aunque sea poco.

         En el aspecto profesional, desde muy joven tuve la oportunidad de tener gente a mi cargo, lo que me dio la oportunidad también de compartir con ellos mi particular visión acerca del error. Posiblemente porque siempre fui consciente de mi propensión al fallo, intenté buscar un lado positivo al mismo y compartirlo con mi equipo. Siempre digo a los que tengo a mi alrededor que se equivoquen, que traten de aprender de los errores y de no repetirlos, al menos en demasiadas ocasiones. Contamos con que el “hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra”, con lo que doy por hecho que la mayoría de las veces un solo error no es suficiente para aprender. A aquellos que presumen acerca de que sus equipos no se equivocan nunca, o que lo hacen muy poco, siempre les argumento usando la teoría de la relatividad. El error no debería considerarse de forma absoluta. Una persona que hace cien cosas al día y se equivoca en diez no debería ser minusvalorada en relación con otra que sólo lleva a cabo dos tareas, y se equivoca en una de ellas. Si perdemos de vista el alcance total, caeríamos en el error de decir que nuestro primer sujeto se equivoca diez veces más que el segundo, cuando está haciendo cincuenta veces más (“falla” en un diez por ciento, en contra de la segunda que lo hace en un cincuenta por ciento). Y además de esta realidad numérica (o cuantitativa) también existe otra relatividad cualitativa. Nada es tan grave como parece y si el error tiene una función didáctica nuestra única preocupación debería ser no repetirlo en el futuro (a menos que no hayamos sido capaces de aprender la lección).

       También leí en cierta ocasión que la forma más fácil de convertir a un niño en un ser extraordinario es motivarle cada vez que se equivoque, en lugar de reprenderle. Si fomentamos el error como fuente de aprendizaje, a esas edades su desarrollo sería infinito. Desgraciadamente, nadie quiere que su hijo sufra las duras consecuencias del error, y tratamos de evitárselas a toda costa. También escuché en cierta ocasión al gran Emilio Duró que una forma bastante fiable de vaticinar el nivel de éxito en la vida de un niño es ver si sus padres dejan que se levante solo cada vez que se cae cuando está comenzando a andar. Si reconoce los fallos como posibilidades para mejorar, y sobre todo si asimila que no depende de nadie para hacerlo su trayectoria se presume importante.

      Decía mi recordado Maestro de Tai Chi Chuan Juan Lu “que las piedras con las que tropieces sean tus apoyos para levantarte”. Una  bonita metáfora sobre la importancia y la función del error.

        A modo práctico, os muestro algunos consejos que he podido recopilar y que nos pueden ser útiles a la hora de aprender de nuestros propios errores. Si los veis interesantes en próximas publicaciones podré profundizar  en este novedoso método de investigación.

  •  Reconoce el error: Aceptar que se cometió un error es el primer paso para aprender de él. A veces puede ser difícil aceptar un error, pero es importante ser honesto contigo mismo para poder seguir adelante.
  • Analiza lo que salió mal: Identifica qué salió mal y cómo sucedió. Trata de ser objetivo y ver la situación desde diferentes perspectivas. También es importante no culpar a los demás, asume la responsabilidad de tus acciones.
  • Busca una solución: Una vez que identifiques lo que salió mal, piensa en soluciones que puedas implementar para evitar que suceda de nuevo. Si no estás seguro de cómo resolver el problema, busca ayuda de alguien de confianza.
  • Aprende de la experiencia: Toma nota de lo que aprendiste del error y cómo puedes aplicar ese aprendizaje en el futuro. Trata de ser más consciente en el futuro para evitar cometer el mismo error.
  • Sé amable contigo mismo: Aprender de los errores puede ser doloroso, pero es importante ser amable contigo mismo durante el proceso. Recuerda que todos cometemos errores y que lo importante es aprender de ellos.
  • Sé persistente: Aprender de los errores es un proceso continuo. No te rindas si vuelves a cometer un error, sigue trabajando en mejorar y aprendiendo de tus errores.

                Abrevio también este mes. Lo bueno, si breve y sin errores (o con pocos) doblemente bueno. Espero que os haya gustado y no haberme equivocado mucho. Si lo he hecho, espero al menos haber aprendido la lección para no repetirlo en el futuro.