jueves, 21 de octubre de 2021

SENTIDO, PROPÓSITO O PORQUÉ

                Hablamos sobre propósito en este mes de Octubre que ya va volteando las últimas hojas del calendario. El propósito, el sentido, o el porqué es la razón que justifica la existencia. Puede ser relativo a una empresa, a cualquier tipo de organización, o incluso se puede aplicar a nivel personal. Es el faro conductor que ilumina nuestro camino, que justifica la mayor parte de las decisiones que tomamos a largo plazo. Javier Iriondo, uno de los gurús del crecimiento personal a quien tengo la suerte de conocer y con el que he compartido bastantes momentos enriquecedores, viene a decir que quien tiene un porqué tiene un cómo.

                Como muestra de esta afirmación no he podido encontrar mejor ejemplo que esta bella historia de Jelena que mi Maestro y amigo Javier Iriondo narra de forma tan espectacular. Yo he tenido la fortuna de oírla en su propia voz y sentir la emoción que se puede experimentar con su narración. Los que me conocéis ya sabéis lo que me gusta dar “unas gracias”, pero en este caso quiero que sean especiales y merecidas. Gracias, Javier, por tu generosidad al dejarme usar esta historia de forma literal tal como aparece en el capítulo uno de tu libro “Los diez pasos hacia tu cima personal”, de Editorial Planeta. (https://amzn.to/2TaQN8m) Con estas palabras poco más debería añadir a la publicación de este mes, aunque como ya sabéis que de vergüenza ando un poco regular, me he atrevido a añadir unas líneas.

                A continuación os dejo el espectacular cuento de Jelena y un breve comentario de Javier Iriondo.           

“Cuentan que, en la guerra de los Balcanes, un grupo de refugiados, protegido por dos soldados, huía de una zona en conflicto en busca de la frontera hacia tierras más seguras. Cuando pasaron por un poblado totalmente arrasado con aspecto fantasmagórico, de repente una joven mujer salió corriendo de las ruinas de una casa pidiendo ayuda.

Entre las ruinas permanecían escondidos un anciano que protegía un bebé de tan sólo tres meses, y un niño de ocho años. La joven Jelena pidió permiso para que los cuatro pudiesen unirse al grupo.

Cuando los dos soldados vieron las dificultades del anciano para caminar, pensaron que podría ralentizar mucho el ritmo del grupo, lo que podía ser peligroso para todos. Tras meditar sobre la situación, los soldados finalmente aceptaron que se unieran al grupo con una condición: ellos los ayudarían con su bebé, pero tanto ella como el anciano y el niño tendrían que valerse por sí mismos.

Calculaban que en cuatro días lograrían alcanzar la frontera. A duras penas, el anciano mantuvo el ritmo durante los dos primeros días; sin embargo, su mente comenzó a abandonarle, empezó a pensar que ya no podía más, que no merecía la pena sufrir tanto, ya no tenía un porqué, para él no tenía sentido seguir luchando, hasta que al final del tercer día, el anciano, débil y totalmente exhausto, cayó al suelo.

Acudieron a ayudarle, pero su frágil mente también había abandonado y su dolorido cuerpo lo reafirmaba; por mucho que quisieron ayudarle, él ya no estaba dispuesto a ayudarse a sí mismo; decidió abandonar, convenció a todos para que siguieran sin él, ya que si esperaban podía ser peligroso. Decía que ya había vivido lo suficiente y pidió que le dejaran descansar para morir en paz. Jelena hizo todo lo posible para convencerle de que realizara un último esfuerzo, lloró desgarradoramente, le imploró con todas sus fuerzas, pero a pesar de todos sus ruegos, el anciano ya había abandonado.

La cruel situación no era agradable para nadie, tenían que tomar una decisión, no podían cargar con él, pero tampoco podían esperarle. Finalmente, no hubo otra opción, reiniciaron su marcha abandonando al anciano en el suelo junto a unas frías y húmedas rocas.

Jelena aprendió entonces que no tienes que compadecerte de nadie, jamás lo debes hacer, si lo haces terminarás de hundirlos, les habrás enseñado que la lástima funciona. Tienes que sentir y ofrecer empatía; tienes que dar palabras de ánimo, cariño, comprensión y toda la ayuda posible; pero jamás te compadezcas de nadie. Lo que tienes que hacer es creer en ellos, para que ellos vuelvan a creer en sí mismos.

Todos comenzaron a caminar alejándose del pobre anciano, pero, de repente, Jelena, con toda su determinación, volvió hacia atrás y colocó al bebé en brazos del anciano. Con la mayor determinación imaginable, miró a sus ojos y le dijo:

«Padre, éste es tu nieto, ahora es tu responsabilidad, es tu turno para llevarle y su vida depende de ti».

Jelena tragó saliva, con el corazón encogido se dio la vuelta y comenzó a caminar para alcanzar al grupo, su padre comenzó a llamarla para que no hiciese aquello, gritando que él no podía hacer nada, pero en ningún momento miró hacia atrás, no quería darle la oportunidad de sentir lástima por sí mismo. Jelena alcanzó al grupo y siguió caminando, hasta que finalmente miró atrás para comprobar cómo su anciano padre se había levantado y caminaba lentamente con su nieto en brazos en dirección al grupo.

Esta historia nos revela que cuando encontramos un motivo superior a nosotros mismos, cuando encontramos un porqué, cuando encontramos una razón por la que luchar, a pesar del profundo dolor y la desesperación, aparecen fuerzas donde antes parecía que ya no existían.

Cuando encontramos un propósito y nos olvidamos de nosotros mismos, en nuestro interior renace una nueva determinación, aparecen el coraje y la inspiración que nos empujan a lograr cosas que parecían imposibles.”

Encontrar el porqué es encontrar el motor que nos mueve hacia nuestra meta. Os voy a dejar un sencillo ejemplo como prueba del poder del porqué y su claro poder motivador. Muy lejos del cuento de Jelena pero muy cercano a lo que vivo cada día. Los que me conocéis ya sabéis que tengo en el deporte una de mis pasiones. Normalmente intento entrenar (sobre todo la carrera) antes de ir a trabajar. Mucha gente me pregunta que cómo lo hago para darme esos madrugones, pero creo que la pregunta está equivocada. La pregunta correcta sería que por qué lo hago. Sobre todo porque mientras más fuerte es el motivo, el propósito o el porqué que me mueve a salir a correr, menos esfuerzo tengo que realizar al levantarme. Cuando tengo un reto solidario en el horizonte, cuando ya tengo fecha para esa próxima prueba en la que voy a participar todo es mucho más fácil. Pero incluso sin estas motivaciones extras, saber que tengo otros porqués permanentes, como el bienestar físico y mental que me proporciona una ducha después de entrenar, o saber que me debería sentir afortunado por tener la salud suficiente para salir a correr me bastan para levantarme de la cama (aunque la verdad sea dicha, con algo menos de entusiasmo que en el caso anterior). Como decía al principio, lo importante no es cómo me levanto, sino por qué lo hago.

Simon Sinek, en un vídeo sobre liderazgo inspirador extraído de una de sus charlas Ted, (https://www.ted.com/talks/simon_sinek_how_great_leaders_inspire_action?language=es) afirma que todo comienza con un por qué. Con una gráfica explicación basada en el llamado círculo de oro afirma que todas las organizaciones saben qué hacen, sólo algunas saben cómo lo hacen, pero muy pocas (causalmente las que inspiran a los demás) tienen claro por qué lo hacen.  Y aquí hace una pregunta que sin duda nos hará reflexionar ¿cuál es tu razón para levantarte cada mañana? El secreto para inspirar está en pasar del porqué al cómo. La gente no te compra (o no se siente inspirada) por lo que haces, ni por cómo lo haces, sino porqué lo haces. Todo ello con una base científica inspirada en la biología y la estructura del cerebro humano. Lección magistral resumida en algo menos de dieciocho minutos.

Para terminar esta publicación y cerrar el círculo, mi actual empresa, Berlin Packaging, también concede una gran importancia al por qué, como refleja en su web site (https://www.berlinpackaging.com/the-why-how-and-what-of-berlin-packaging/) Quizás esa sea la principal razón por la que me sienta tan identificado en estos momentos.

Gracias como siempre por vuestro tiempo invertido en leer estas palabras (aunque la mayoría de ellas no sean mías). Ojalá lo disfrutéis no por lo qué cuento, ni por cómo lo hago, sino por lo que lo hago. 



 

 

viernes, 17 de septiembre de 2021

SEÑALES

   Volvemos a la realidad de la rutina de este mes de Septiembre hablando de señales. Entre las diecinueve acepciones que muestra la RAE para este término me quiero referir a la sexta, la que hace relación a indicio o muestra inmaterial de algo. Como otras veces, voy a aprovechar una experiencia personal para compartir con vosotros la enseñanza que me ha proporcionado.

     El pasado 16 de Agosto sufrí una caída en bicicleta que me regaló otras cosas además del golpe. Una inexplicable pérdida de equilibrio (el único argumento que encuentro es que aunque mi cuerpo estaba allí en ese mismo momento mi mente obviamente no lo estaba) dio con mis huesos en el suelo. Afortunadamente, sólo chapa y pintura y un fuerte golpe en el pecho con el acople del manillar que una radiografía posteriormente se encargó de confirmar de que no había roto nada. La adrenalina del golpe me llevó a volver a montarme en la bici y volver a casa una vez que comprobé que aparentemente no había sido nada grave. Primera lección importante. Hay que distinguir entre el corto plazo (la hora escasa que tardé en volver a casa) y el largo plazo (las tres o cuatro horas en las que empezó a dolerme todo).

       En relación a esta experiencia no puedo dejar de recordar una frase que se repetía como un mantra en uno de los primeros libros de autoayuda (término con el que no estoy muy de acuerdo, pero uso por su generalización) que leí cuando joven. En “La actitud mental positiva: un camino hacia el éxito” Napoleón Hill decía que “toda adversidad lleva en su interior la semilla de un beneficio equivalente o mayor”. Buen consejo para practicar el optimismo y la resiliencia, cualidades nada desdeñables en el mundo actual. Puede parecer algo extraño, pero ¿es posible encontrar beneficios en un “talegazo” como el que me llevé? Yo creo que sí, de hecho estoy en ello. Paso a enumerarlos:

1)      Lo primero es la sensación de gratitud que me invadió tras darme el golpe. En lugar de pensar en lo desgraciado que era por haberme caído (y además de la manera más tonta), me sentí muy agradecido al comprobar (o al menos pensar al principio) que finalmente no había sido nada grave.

2)      Me hizo recordar lo frágiles que somos. Vivimos como si fuésemos a hacerlo eternamente, cuando deberíamos hacerlo pensando que podemos morir mañana. Vienen a mi mente las primeras estrofas del magistral pasodoble “Un día te piensas que eres” escritas por el genial Manolo Santander poco antes de partir. A veces pensamos (o al menos yo lo hago) que somos inmortales, y en muchas decisiones y comportamientos que adoptamos en nuestro día a día así lo dejamos ver. Nunca escarmentamos en cabeza ajena, a pesar del sabio refrán de “cuando veas las barbas de tu vecino a afeitar, pon los tuyas a remojar”.  A continuación la letra del pasodoble a la que hacía mención.

“Un día tú piensas que eres un ser invencible

Un día tú piensas que eres un ser inmortal

Que lo que les ocurre a los otros en ti es imposible

Hasta que en tu vida se cuela esa enfermedad…”

3)      Tener la oportunidad de parar. En un año de locos, en el que sin haber dejado aún atrás esta pandemia, he sufrido la enfermedad (aunque de forma muy leve, es cierto), he vivido momentos muy intensos a nivel profesional, he conseguido sacar adelante la preparación para un triatlón distancia Ironman, finalizándolo, he podido hacer el Camino de Santiago con mi hijo y otras muchas historias “no compartibles” …no veía la oportunidad de parar. El #ShowMustGoOn que representa mi lema vital me empujaba a seguir haciendo cosas, posiblemente sin parar, sin tiempo a descansar para comenzar de nuevo. Ahora no he tenido que convencerme de que era necesario parar. Las circunstancias lo han hecho por mí. La próxima vez que necesite parar intentaré hacerlo por mis propios medios. En relación a este tema hay dos ejemplos que utilizo habitualmente pero que no he sido capaz de aplicar en mis propias carnes. Son las figuras del piloto de coches que no quiere parar para repostar combustible por no parar de dar vueltas al circuito, o la del leñador que tampoco quiere parar para afilar su hacha por no dejar de cortar árboles.

4)  Recordando mi publicación del mes anterior sobre el cambio, el parón ha sido una extraordinaria oportunidad para empezar de nuevo, para volver a sentir otra vez esa pasión por lo que hacía (deportivamente hablando). No hay nada como un buen golpe para zarandearte y huir de la rutina. La rutina es el único sentimiento capaz de matar al amor, y con ello la vida, como muestra el cuento popular que os dejo a continuación:

“Un día el odio reunió a todos los malos sentimientos para acabar con el amor de una buena vez. La envidia emprendió su misión, pero fracasó siendo ignorada; la soberbia tampoco pudo contra el amor, cayó derretida; la intolerancia no aguantó los encantos… y así cada uno volvía con el fracaso en el rostro, por lo que decidieron cesar la lucha. En ese momento apareció un sentimiento con el rostro cubierto asegurando que lo iba a derrotar; incrédulos, vieron cómo se marchaba para luego de un tiempo volver con el cadáver del amor. Antes de irse, los demás malos sentimientos atinaron a preguntar cuál era el nombre del único que puede matar al amor, y éste respondió: Soy la rutina.

5)      Me he dado cuenta de lo que tenía antes de perderlo, para valorarlo aún más. Llevo casi quince años haciendo deporte de resistencia prácticamente sin parar. Lo tenía tan integrado en mi vida que disfrutar de ello se había convertido en rutina. Y ya hemos visto en el punto anterior el peligro de la rutina. No poder correr o pedalear me ha devuelto la oportunidad de volver a poder disfrutar de verdad de estas actividades que forman parte de mi vida.

6)     ¿Buena suerte o mala suerte? Vuelvo sobre el punto primero en el que hacía mención a la gratitud que sentía en lugar de la desgracia. Podía haberme refugiado en la queja, en el lamento, y haber maldecido mi mala suerte. Pero ¿realmente tuve mala suerte? ¿O debo sentirme afortunado? Como este mes estoy “fácil” con los cuentos, aquí os dejo otro que me dejó bastante impresionado cuando lo leí por primera vez y que habla precisamente sobre la relatividad de la suerte, Aunque es un poco largo, creo que merece “la alegría” (como diría mi amigo Alonso Pulido) su lectura:

“En una aldea de China, hace muchos años, vivía un campesino junto a su único hijo. Los dos se pasaban las horas cultivando el campo sin más ayuda que la fuerza de sus manos. Se trataba de un trabajo muy duro, pero se enfrentaban a él con buen humor y nunca se quejaban de su suerte.

Un día, un magnífico caballo salvaje bajó las montañas galopando y entró en su granja atraído por el olor a comida. Descubrió que el establo estaba repleto de heno, zanahorias y brotes de alfalfa, así que ni corto ni perezoso, se puso a comer. El joven hijo del campesino lo vio y pensó:

– ¡Qué animal tan fabuloso! ¡Podría servirnos de gran ayuda en las labores de labranza!

Sin dudarlo, corrió hacia la puerta del cercado y la cerró para que no pudiera escapar.

En pocas horas la noticia se extendió por el pueblo. Muchos vecinos se acercaron a felicitar a los granjeros por su buena fortuna ¡No se encontraba un caballo como ese todos los días!

 El alcalde, que iba en la comitiva, abrazó con afecto al viejo campesino y le susurró al oído:

– Tienes un precioso caballo que no te ha costado ni una moneda… ¡Menudo regalo de la naturaleza! ¡A eso le llamo yo tener buena suerte!

El hombre, sin inmutarse, respondió:

– ¿Buena suerte? ¿Mala suerte? … ¡Quién sabe!

Los vecinos se miraron y no entendieron a qué venían esas palabras ¿Acaso no tenía claro que era un tipo afortunado? Un poco extrañados, se fueron por donde habían venido.

A la mañana siguiente, cuando el labrador y su hijo se levantaron, descubrieron que el brioso caballo ya no estaba. Había conseguido saltar la cerca y regresar a las montañas. La gente del pueblo, consternada por la noticia, acudió de nuevo a casa del granjero. Uno de ellos, habló en nombre de todos.

– Venimos a decirte que lamentamos muchísimo lo que ha sucedido. Es una pena que el caballo se haya escapado ¡Qué mala suerte!

Una vez más, el hombre respondió sin torcer el gesto y mirando al vacío.

– ¿Buena suerte? ¿Mala suerte? … ¡Quién sabe!

Todos se quedaron pensativos intentando comprender qué había querido decir de nuevo con esa frase tan ambigua, pero ninguno preguntó nada por miedo a quedar mal.

Pasaron unos días y el caballo regresó, pero esta vez no venía solo sino acompañado de otros miembros de la manada entre los que había varias yeguas y un par de potrillos. Un niño que andaba por allí cerca se quedó pasmado ante el bello espectáculo y después, muy emocionado, fue a avisar a todo el mundo.

Muchísimos curiosos acudieron en tropel a casa del campesino para felicitarle, pero su actitud les defraudó; a pesar de que lo que estaba ocurriendo era algo insólito, él mantenía una calma asombrosa, como si no hubiera pasado nada. Una mujer se atrevió a levantar la voz:

– ¿Cómo es posible que estés tan tranquilo? No sólo has recuperado tu caballo, sino que ahora tienes muchos más. Podrás venderlos y hacerte rico ¡Y todo sin mover un dedo! ¡Pero qué buena suerte tienes!

Una vez más, el hombre suspiró y contestó con su tono apagado de siempre:

– ¿Buena suerte? ¿Mala suerte? … ¡Quién sabe!

Desde luego, pensaban todos, su comportamiento era anormal y sólo le encontraban una explicación: o era un tipo muy raro o no estaba bien de la cabeza ¿Acaso no se daba cuenta de lo afortunado que era?

Pasaron unas cuantas jornadas y el hijo del campesino decidió que había llegado la hora de domar a los caballos. Al fin y al cabo eran animales salvajes y los compradores sólo pujarían por ellos si los entregaba completamente dóciles.

Para empezar, eligió una yegua que parecía muy mansa. Desgraciadamente, se equivocó. En cuanto se sentó sobre ella, la jaca levantó las patas delanteras y de un golpe seco le tiró al suelo. El joven gritó de dolor y notó un crujido en el hueso de su rodilla derecha.

No quedó más remedio que llamar al doctor y la noticia corrió como la pólvora. Minutos después, decenas de cotillas se plantaron otra vez allí para enterarse bien de lo que había sucedido. El médico inmovilizó la pierna rota del chico y comunicó al padre que tendría que permanecer un mes en reposo sin moverse de la cama.

El panadero, que había salido disparado  de su obrador sin ni siquiera quitarse el delantal manchado de harina, se adelantó unos pasos y le dijo al campesino:

– ¡Cuánto lo sentimos por tu hijo! ¡Menuda desgracia, qué mala suerte ha tenido el pobrecillo!

Cómo no, la respuesta fue clara:

– ¿Buena suerte? ¿Mala suerte? … ¡Quién sabe!

Los vecinos ya no sabían qué pensar ¡Qué hombre tan extraño!

El chico estuvo convaleciente en la cama muchos días y sin poder hacer nada más que mirar por la ventana y leer algún que otro libro. Se sentía muy aburrido pero si quería curarse, tenía que acatar los consejos del doctor.

Una tarde que estaba medio dormido dejando pasar las horas, entró por sorpresa el ejército en el pueblo. Había estallado la guerra en el país y necesitaban reclutar muchachos mayores de dieciocho años para ir a luchar contra los enemigos.  Un grupo de soldados se dedicó a ir casa por casa y como era de esperar, también llamaron a la del campesino.

– Usted tiene un hijo de veinte años y tiene la obligación de unirse a las tropas ¡Estamos en guerra y debe luchar como un hombre valiente al servicio de la nación!

El anciano les invitó a pasar y les condujo a la habitación donde estaba el enfermo. Los soldados, al ver que el chico tenía el cuerpo lleno de magulladuras y la pierna vendada hasta la cintura, se dieron cuenta de que estaba incapacitado para ir a la guerra; a regañadientes, escribieron un informe que le libraba de prestar el servicio y continuaron su camino.

Muchos vecinos se acercaron, una vez más, a casa del granjero. Uno de ellos, exclamó:

– Estamos destrozados porque nuestros hijos han tenido que alistarse al ejército y van camino de la guerra. Quizá jamás les volvamos a ver, pero en cambio, tu hijo se ha salvado ¡Qué buena suerte tenéis!

¿Sabes qué respondió el granjero?…

– ¿Buena suerte? ¿Mala suerte? … ¡Quién sabe!”

        Después de estas importantes enseñanzas, al menos para mí, quiero volver al concepto de señal que da título y vertebra la publicación. En la medicina del alma, una corriente creada e impulsada por Eric Rolf, se defiende que la vida nos habla a través del cuerpo, y que la enfermedad es uno más de los idiomas que la vida usa para comunicarse con nosotros. La vida nos habla en susurros; si no somos conscientes de su mensaje, nos habla más alto; si aún no sabemos entender o no hacemos caso, nos sigue hablando más y más alto hasta que nos da un grito. Ese grito es el dolor, la enfermedad o el accidente. Con independencia de que podamos o no estar de acuerdo con esta teoría, personalmente me calma establecer una conexión entre algún suceso como el de la caída que dio pie a todo esto, y algo superior que intenta hacerme ver que algo no estoy haciendo bien.

       Muchísimas gracias a todos por el tiempo invertido en leer mis humildes palabras, que además este mes creo que ha sido superior a la media. Disfrutad del camino, siempre atento a las señales. Gracias.


 

jueves, 12 de agosto de 2021

LO ÚNICO QUE NUNCA CAMBIA ES QUE TODO CAMBIA SIEMPRE

                 Ya he comentado en varias publicaciones anteriores que en la película “El Guerrero Pacífico” se define la vida como una combinación de paradoja, humor y cambio. Este mes, a las puertas del inicio de un nuevo curso académico, nos centraremos en el cambio. Agosto, mes tradicionalmente de vacaciones, guarda ciertos paralelismos con Diciembre. Tener Septiembre en el horizonte nos da la posibilidad de plantearnos algunos cambios a la vuelta, como solemos hacer con Enero. De hecho estos dos meses son habitualmente considerados “temporada alta” en los gimnasios por la cantidad de nuevos propósitos que los acompañan.

                Volvamos al cambio. Aprendí la frase que da título a este blog de mi antiguo Maestro de Tai Chi Chuan, alguien que me enseñó bastante y no sólo del arte marcial que practicábamos. Juanlu era un tío peculiar, que dejó su empleo estable como funcionario de la Seguridad Social porque su estilo de vida no era coherente con este trabajo. Creo que no hay mejor evidencia de lo que supone el cambio.

                Decía Heráclito hace ya más de dos mil quinientos años que “en los mismos ríos entramos y no entramos, (pues) somos y no somos (los mismos)”. Nuestra afición a traducir libremente nos ha llevado a atribuirle la repetida frase que reza que no nos podemos bañar dos veces en el mismo río. El filósofo griego, al que no se le reconocía ninguna aversión a la higiene personal, se refería a que con el paso del tiempo, ni el río es el mismo, ni nosotros tampoco. Si asumimos que no hay nada que no cambie, la primera consecuencia que se  me ocurre es que no hay nada más inútil que resistirnos al cambio.

                Un siglo después, el estoicismo recogió esta universalidad del cambio para cimentar las bases de su filosofía. Ellos pensaban que todo funcionaba según una ley de causa y efecto, lo que hacía que el universo fuese racional. Defendían que no tenemos forma de controlar todo lo que pasa a nuestro alrededor (consecuencia de la omnipresencia del cambio), pero sí podemos controlar lo que pensamos sobre lo que nos ocurre. Este principio quedaría posteriormente recogido en la Plegaria de la Serenidad de Reinhold Niebuhr (aunque también se la haya atribuido a varios autores posteriormente): “Concédeme, Señor, serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valentía para cambiar las cosas que puedo cambiar, y sabiduría para conocer siempre la diferencia,”.          En relación con el cambio externo, parece claro que todo cambia. Hay cosas en cuyo cambio podemos influir (para lo que necesitamos valentía y fuerza de voluntad) pero hay otras sobre las que sólo podemos influir en nuestra reacción ante ellas. No nos queda otra, además de serenidad para aceptarlas, algo que a buen seguro ayuda positivamente a nuestra reacción.

                También muy relacionada con el tema del cambio, me encanta la historia de los monos encerrados en la jaula, la escalera, el racimo de plátanos y el agua a presión. De forma resumida y adaptada a mis palabras la fábula cuenta la experiencia de cinco monos encerrados en una jaula con una escalera. En un momento dado, se cuelga del techo sobre la escalera un racimo de plátanos con una pinta tan espectacular que hace que los monos se lancen a subir los peldaños para poder alcanzarlos. En ese mismo instante, los monos son obsequiados con un chorro de agua fría a presión, que tras varios intentos, les hace desistir de alcanzar el tesoro. Una vez que los simios están completamente adiestrados y ni se acercan a la escalera, por miedo al frío y al dolor provocado por el agua, sacamos a un primate de la jaula y lo sustituimos por otro ajeno al experimento. Sus propios compañeros le prohíben acercarse a la escalera, sin que sea necesario ni siquiera abrir la manguera. Uno a uno, van saliendo los macacos que formaban parte del cinco inicial y van entrando monos nuevos que no han recibido un chorro de agua fría a presión en su vida. Cuando el equipo está totalmente renovado,  y todos los monos son ajenos al castigo, ninguno de ellos ni siquiera intenta acercarse a la escalera. ¿Por qué? Si los monos pudiesen hablar, seguro que a la pregunta de por qué no cogen los plátanos contestarían que porque aquí las cosas se han hecho siempre así. Este comportamiento no es exclusivo de nuestros hermanos animales, y es bastante común entre los humanos.

En el mundo empresarial (y también en el personal), el “aquí las cosas se han hecho siempre así”, debería ser desterrado para siempre y dar paso a una mente abierta, receptiva y dispuesta a abrazar cualquier posibilidad de cambio que se nos presente. No podemos perdernos los plátanos por miedo a subir la escalera, cuando ni siquiera sabemos lo que puede pasar. Si nos rocían con agua, ya tendremos ocasión de pensar en cómo cerrar el grifo… Aceptar, abrazar y convivir con el cambio implica flexibilidad mental. Decía James Lowell que sólo los locos y los muertos no cambian de opinión. Aunque no tengo ningún problema en ser tachado de loco (de momento de muerto no tengo ninguna prisa) hago todo lo posible por cambiar de opinión cuando las circunstancias lo aconsejan. Esto me permite también estar (o intentarlo al menos) en permanente aprendizaje. El gran Gandhi nos enseñó que teníamos que vivir como si fuésemos a morir mañana y aprender como si fuésemos a vivir para siempre. Sabia y hermosa reflexión que intento aplicar día a día, aunque no es fácil.

Otro aspecto interesante del cambio es la facilidad con que lo vemos en los demás y el esfuerzo que nos cuesta verlo en nosotros mismos. Decía Oscar Wilde, con su típico humor inglés: “Discúlpeme, no lo he reconocido. He cambiado mucho”. Los que tenemos hijos tenemos la infinita suerte de poder comprobarlo cada día. Asistimos casi sin darnos cuenta al paso de los años, y nos sorprendemos cuando vemos que esa criatura que una vez ocupó un minúsculo lugar dentro del vientre de su madre, hoy nos supera en altura y en otras muchas cosas más. No reparamos en pensar (o al menos yo no lo hago las suficientes veces) que el observador que tienen delante tampoco es el mismo que sentía ilusionado sus patadas a través de la piel materna. 

Para los amigos de los números (dice mi buen amigo Eloy Doncel, ingeniero de carrera pero reconvertido al apasionante mundo de la inteligencia emocional y del mind fulness que todo lo que no son cuentas son cuentos) os dejo una sugerente fórmula matemática del cambio que me enseñaron hace tiempo y que como mínimo da bastante que pensar. "C=N-R". El cambio se produce cuando la necesidad de llevarlo a cabo es mayor que la resistencia que genera. Si queremos impulsar el cambio, las dos únicas opciones posibles son incrementar la necesidad de llevarlo a cabo, o reducir la resistencia para aplicarlo. El minuendo parece depender más del exterior, mientras que el sustraendo es ya cosa nuestra. Otra formulación similar es la enunciada por Beckard y Harris en 1987, que dice algo así: "C =[ABD] > X" y cuyo significado es el siguiente:

  • C = Cambio
  • A = Nivel de insatisfacción con la situación anterior, que hace referencia a la necesidad y urgencia del cambio.
  • B = Nivel de atracción o deseo del cambio, es decir  los beneficios o mejoras que nos traerá.
  • D = Nivel de practicidad del cambio (conocimiento de los próximos pasos, mínimo riesgo y disrupción), o lo fácil y cómodo que supone el cambio para la persona que lo acomete.
  • X =  Coste percibido del cambio, traducido en magnitud, esfuerzo, complejidad y riesgo del cambio

Finalizo esta reflexión mensual en voz alta con una anécdota personal que he acabado convirtiendo en mantra. Cada vez que algún amigo me dedica el reconocido piropo de no cambies nunca (algo que con el paso de los años, cada vez agradezco más) siempre suelo contestar de la misma forma: “Para peor no, pero para mejor estoy en ello. De hecho es uno de mis objetivos todos los días al levantarme”.

Gracias como siempre por el tiempo dedicado a leer estas líneas, felices vacaciones a los que aún las estáis disfrutando o a los que estáis a punto de iniciarlas, feliz regreso a los que venís de vuelta, y cambiad (no os queda otra), pero siempre para mejor. Gracias. 


 

 

martes, 20 de julio de 2021

"Tempus fugit - Carpe Diem"

                 Julio ha sido y será siempre un mes muy especial para mí. El mes en el que celebro mi aniversario de nacimiento y en el que habitualmente disfruto de mis días de vacaciones tiene sus días marcados de forma singular en mi calendario particular. Digo aniversario de nacimiento porque la palabra cumpleaños siempre me ha sonado un poco a condena, y creo que nuestro paso por esta vida debería ser motivo de fiesta y no de castigo. Con el paso de los años esta celebración va adquiriendo un significado cada vez más especial, al aceptar que por pura lógica vital deberían ser más los celebrados que los que quedan por celebrar.

                Una de las rutinas que suelo llevar a cabo el día que apago las velas sobre la tarta es dedicar unos minutos a reflexionar sobre el tiempo vivido, sobre todo para sentirme agradecido por todo lo que he tenido oportunidad de vivirr. Otra de las costumbres que llevo varios años repitiendo es meterme en el mar antes de amanecer, para poder observar la salida del sol desde la línea del horizonte y comprobar cómo su luz va iluminando el océano hasta llegar a alcanzarme. Es como una ceremonia de renovación de la energía donde cargo las baterías para los trescientos sesenta y cinco días (o sesenta y seis, dependiendo del año) que tardaré en dar otra vuelta completa a su alrededor. Volviendo a la rutina de reflexión más filosófica, algunas ideas que este año han venido a mi mente han venido disfrazadas de palabros latinos “tempus fugit” y “carpe diem”, concretamente.

                “Tempus fugit” es una locución latina atribuida al poeta Virgilio que formaba parte de un verso mayor que decía algo así como “Sed fugit interea, fugit irreparable tempus”. Viene a significar algo así como “pero huye entre tanto, huye irreparablemente el tiempo” (obtenido de Wikipedia, por supuesto). Que el tiempo vuela, en definitiva. Quizás esta percepción cada vez más acelerada de la velocidad de las manecillas del reloj sea consecuencia de que cada vez me queda más claro que la arena que queda en la parte de arriba del reloj de mi vida y que no para de caer es ya menor que la que yace descansando en la parte inferior. Hace unos días he tenido la fortuna de vivir una experiencia inolvidable en este sentido. Diecisiete años después, he vuelto a pisar la plaza del Obradoiro para llegar a la Catedral de Santiago tras haber completado otra vez el Camino. Entonces lo hice justo después del nacimiento de mi hijo Pablo. Ahora he podido disfrutarlo junto a él en un viaje que recordaré durante el resto de mis días. Volver a escuchar el sonido de las gaitas, respirar ese inconfundible ambiente entre abrazos, lágrimas y sonrisas de los peregrinos que alcanzan su meta (y que se dan cuenta de que el verdadero camino es la auténtica meta) y contemplar la majestuosa silueta de la catedral recortada sobre el cielo (sobre un cielo cubierto de nubes, exactamente igual que hace diecisiete años) me ha provocado un “déjà vu” y me ha hecho darme cuenta de lo  rápido que han pasado estos últimos años, concretamente un tercio de lo que llevo vivido. Tener hijos creo que modifica la percepción de nuestro tiempo porque nos permite volver a experimentar en su vida tantos momentos vividos en la nuestra. Aunque lo del Camino daría para otra publicación, no puedo pasar página sin dejar de decir que es una experiencia altamente recomendable, con independencia de las creencias religiosas que podamos albergar. Basta venir para descubrir su magia, para enamorarte de él y para considerarte peregrino para el resto de tus días. Si además tienes la fortuna de realizarlo junto a alguien a quien quieres profundamente, como es el caso de tu hijo, la experiencia sobrepasa todo lo imaginable.

                El “tempus fugit” nos lleva a la segunda pareja de vocablos latinos, el famoso “carpe diem”. Si el tiempo vuela lo más lógico parece exprimirlo hasta el último segundo, viviendo el momento presente (algo muy en línea con el movimiento del mindfulness del que ya hemos hablado en otras ocasiones). La frase se atribuye también a un poeta latino, esta vez a Horacio, quien en su primer libro de las Odas, decía a su amiga Leucone: “Carpe diem, quam minimim credula postero”, que viene a ser algo como “Aprovecha el día de hoy, confía lo menos posible en el mañana”. Traducción y bibliografía patrocinadas por Wikipedia y que encuentran su versión española en nuestro sabio refranero con el “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. Este vivir el momento es consecuencia de lo efímero de nuestra existencia. Si nos pasamos la vida pensando en lo que ya ocurrió y preocupados por lo que nos tiene que ocurrir se nos escapará la posibilidad de vivir el presente. En la reciente experiencia del Camino,  he asistido a la magistral lección de “Carpe diem” de mi hijo Pablo, que a pesar de atravesar no pocas dificultades que podrían haber dado al traste con nuestra aventura, se enfocó en disfrutar de cada segundo como si no hubiese un mañana, y doy fe de que lo consiguió.

                Decía el gran Pablo Ráez que lo triste de esta vida no era morir, sino no ser capaz de vivirla mientras estemos por aquí. El famoso  cuento de Bucay de “El buscador” va en la misma línea. El verdadero tiempo disfrutado es el único tiempo vivido. Hay que disfrutar de cada momento como si fuese el último (nunca sabemos si realmente lo será) y hacer que cada segundo cuente.

                Este mes no me quiero extender mucho más. Ya sabéis que el tiempo vuela y se escapa entre los dedos (tempus fugit) y os animo a disfrutar de cada momento como si fuese el último (carpe diem).

                Gracias por vuestro tiempo, que tras esta reflexión me parece más valioso que nunca y disfrutad a tope del verano.  Hasta el mes que viene.



lunes, 21 de junio de 2021

Gracias, gracias, gracias...

 

”Sólo un exceso es recomendable en el mundo: el exceso de gratitud.” (Jean de la Bruyère) Gracias, gracias, gracias.

Ya he citado en varias ocasiones a Anxo Pérez, quien en uno de sus principios de “Los 88 peldaños del éxito” afirmaba que cuando conseguimos algo no es el momento de vanagloriarnos y recrearnos en lo grandes que somos (entre otras cosas porque somos mucho más pequeños de lo que nos creemos), sino de mirar hacia atrás y de dar las gracias a todos los que nos han ayudado a conseguirlo.

Hoy, tras haber conseguido otro de mis retos deportivo-solidarios, quiero fundamentalmente dar las gracias a todos los que de una u otra forma habéis formado parte imprescindible de él. #CorazonesConMagia no hubiese sido posible sin vuestra inestimable ayuda.

Por cuestiones de cercanía empezaré por mi familia, con las que comparto techo cuando llega la hora de dormir (con excepciones últimamente, porque los niños se hacen mayores y se aficionan a dormir fuera). La principal beneficiaria de mis agradecimientos es mi mujer, María, la que siempre está ahí a pesar de que ni comparta ni le gusten estas locuras (aunque las respeta) y sin la que nada de esto sería posible. Es la sufridora de mis ausencias en los entrenamientos (imagino) y la que siempre me espera de vuelta de entrenamientos y competiciones. Es la verdadera Ironwoman, porque reconozco que no debe ser nada fácil convivir con un personaje como yo. Además de ella, mis hijos Pablo y Daniela tienen su gran parte de responsabilidad. Son la mejor motivación para intentar ser cada día un poquito mejor, porque creo que el ejemplo es la mejor forma de educar y todavía confío en dejar unos mejores hijos al mundo, en lugar de un mundo mejor para mis hijos. Su fotografía en los acoples de la bici siempre me acompaña durante todos mis kilómetros sobre las dos ruedas. Gracias infinitas para los tres.

Hablando de motivaciones, no puedo pasar por alto la Fundación Olivares, verdadera impulsora de este reto y la que evidencia el por qué que deja en un segundo plano al qué y al cómo. Poco se puede decir de una organización cuyos valores son Alma, Magia y Corazón, y cuya misión es conseguir que los niños de cáncer sigan siendo niños. Me han dado tanto, me siguen dando tanto y estoy seguro de que lo seguirán haciendo que toda ayuda que les preste es poca. Fue una de sus voluntarias la que me dijo una vez que cuando ayudamos a los demás recibimos muchísimo más de lo que damos, mostrándome uno de los secretos más importantes de esta vida. Gracias a la Fundación, a su presidente, a sus trabajadores, voluntarios, y a sus niños y familiares, pero sobre todo a sus niños. Sus sonrisas son las que iluminan el oscuro camino que pinta el cáncer infantil. A todos ellos, infinitas gracias.

En esta publicación una parte importante de los agradecimientos debe ir a todos los que se han convertido en un corazón y han aportado su generosa donación y su mensaje para formar parte de esta infinita cadena de corazones. Una de las verdaderas enseñanzas y ganancias de estos retos solidarios es sentir como la gente se compromete con las causas. Creo sinceramente que en el mundo hay un mayor porcentaje de buenas personas de las que creemos, pero eso no es lo que nos cuentan. Si los medios de comunicación difundiesen las buenas noticias con la misma intensidad que hacen con las malas, posiblemente el efecto contagio haría de este mundo un lugar un poco mejor. Por eso, y aunque soy consciente de que me quedo corto, unas inmensas gracias para todos y cada uno de vosotros.

Para este reto, como comenté con Javier Periáñez en su programa de Radio “Lánzate a la vida” sobre el que volveré posteriormente, he dado un paso más en mi nivel de poca vergüenza a la hora de solicitar la colaboración de los demás y he decidido pedir ayuda no sólo a particulares (quienes al final han sido los últimos colaboradores) sino también a empresas. Esto me ha permitido multiplicar el alcance del reto y llegar a muchísima más gente. Por orden de incorporación y colocación de la hucha en sus instalaciones, tengo que dar las gracias especialmente a estas empresas y a todas las personas que forman parte de estas organizaciones, que son las que realmente han dado el paso: La Croqueta del Abuelo, Barnizados García e Hijos, Estudio Jurídico Rey Abogados, Verti’C Bistro Bar, Club Tecnológico Tixe, Andaluza de Marquetería (con dobles gracias por haber sido también el patrocinador de este espectacular mono que he llevado el día de la competición), Be Beyond, MacFly – Plastinsa, Moto Club Pitos Locos de Bellavista y Deportes Jovimar (con su original campaña de camisetas solidarias).  Todos ellos han hecho posible con sus generosas aportaciones que los niños enfermos de cáncer sigan siendo niños y sobre todo han contribuido a dar difusión a la encomiable labor de la Fundación Olivares, que a buen seguro es de sobra ya conocida en todos sus entornos.

Dándole continuidad al punto anterior, tengo también que dar las gracias a todos mis contactos y amigos que han dado difusión al reto. Todos aquellos que habéis reaccionado a algunas de mis innumerables publicaciones en redes sociales (Facebook, Instagram, Twitter, LinkedIn) y las habéis compartido habéis llevado a cabo una labor casi tan importante como los que habéis donado (me consta que muchos de ellos estáis en ambas categorías). Me decía una vez Andrés Olivares, presidente de la Fundación al que no estaré nunca lo suficientemente agradecido, que para ellos casi tan importante como los recursos financieros, que son los que les permiten poner en marcha las innumerables medidas que llevan a cabo es la difusión de su labor. Y además de vuestra labor de “followers” en redes, tengo que destacar especialmente la labor de las empresas anteriormente citadas que han realizado una importante labor de altavoz, y la de alguien como Javier Periáñez, el Capitán Peri, a quien ya mencioné antes. En una entrañable edición de su “Navegando por la Vida” tuve la poca vergüenza de compartir ondas radiofónicas con él y con Andrés Olivares, en un programa inicialmente pensado para hablar sobre deporte solidario pero que estos dos genios se encargaron de elevar a la categoría de lección de vida. Al final os dejo su enlace, pare los que no hayáis tenido la oportunidad de escucharlo (algo difícil si ya me conocéis, porque lo he repetido hasta la saciedad). Llegar al mayor número de gente posible y que todos sepan lo que realmente significan las palabras Alma, Magia y Corazón es otro de los importantes objetivos de esta campaña. Y me consta que muchos habéis contribuido a ello. Por ello, gracias de todo corazón.

Hablando de difusiones, tengo una mención especial de agradecimiento a mi amigo Juan Luis Muñoz Escassi, impulsor del Reto Pichón y un auténtico referente en lo de ayudar a los demás. Este año está realizando una preciosa labor recaudando fondos para ayudar a niños con piel de mariposa a través de la asociación DEBRA. Como soy un auténtico suertudo, he tenido la suerte de compartir con él una de las pruebas que ha realizado este año y en un inolvidable viaje de ida y vuelta a As Pontes en camper hemos reído, aprendido y vivido muchísimo más que la cantidad de kilómetros que nos hemos metido entre pecho y espalda. Gracias por ser como eres, por tu generosa ayuda a los demás y por ser fuente de inspiración y motivación para tantos, entre los que tengo el lujo de incluirme.

Por último, y no por ello menos importante, no podía dejar pasar la oportunidad de agradecer a la oportunidad que la organización del Northwest Triman me ha brindado. Su actitud de colaboración desde el primer momento ha sido ejemplar, y han contribuido incluso a la difusión del reto en redes sociales. Aunque el protocolo Covid dificultaba que pudiese salir en último lugar para llevar a cabo mi reto, mi edad me ha colocado muy cerca de esa posición. Habéis robado una parte de mi corazón. Espero repetir en esta prueba muchas veces, porque definitivamente tenéis alma, magia y corazón, que es lo que verdaderamente importa.

Aprovecho la subida de este post para volver a brindar a todos sus lectores la posibilidad de convertiros en un corazón en el caso de que aún no lo hayáis hecho. Os dejo a continuación el enlace a la página de la Fundación Olivares desde donde podréis realizar una donación de un euro y dejar vuestro mensaje en ese corazón que formará parte de la cadena de corazones más larga del mundo.

https://www.fundacionolivares.org/record-corazones/

No puedo finalizar sin citar una frase que leí una vez y que dice algo así como que mucha gente, haciendo muchas cosas pequeñas, contribuye a que se haga algo grande. Por ello, por todo eso tan grande que habéis hecho, a todos vosotros, y este mes más que nunca, gracias, gracias, gracias…

p.s. Enlace del programa de radio “Navegando por la Vida” con Capitán Peri y Andrés Olivares, presidente de Fundación Olivares.

https://ondacapital.es/programas/navegando-por-la-vida/ (2 de Junio)

https://www.ivoox.com/navegando-vida-deporte-solidaridad-consciencia-audios-mp3_rf_70916509_1.html