jueves, 23 de febrero de 2023

EL IMPERIO DE LOS SENTIDOS

                 Continuamos con las publicaciones no tradicionales en este 2023. El mes más corto del almanaque nos deja como sugerente título esta película de Nagisa Osima estrenada en España en los mágicos ochenta. Seguro que a todos los de mi generación les trae muy buenos recuerdos. Momentos inolvidables. De todas formas, haciendo uso del “quiebro”, ese recurso tan propio de las letras de muchas agrupaciones carnavaleras que tienen en este mes su época favorita del año, no voy a hablar sobre la película anterior ni sobre el género al que pertenece.

                Este mes quiero reflexionar sobre los sentidos. Y no hablo de los sentidos que la RAE define como la recepción y el reconocimiento de sensaciones y estímulos que nos llegan a través de la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto. No. Quiero usar un significado más amplio, que recoge acepciones como el sentido común, el del humor, el del ridículo… en concreto me gustaría centrarme en el del humor y en el del ridículo, que muchas veces parecen fluir en sentidos (entendido ahora como orientaciones) opuestos dentro de la misma dirección.

                Mi genial profesor Antonio Garrido, al que suelo mencionar habitualmente, nos dijo una vez que los dos elementos motivadores más potentes para las personas eran el humor y el dolor. Si queremos que alguien haga algo no hay nada mejor que hacer que se divierta y lo pase bien o infringirle dolor (de cualquier tipo) como consecuencia no deseada y directa de que no acceda a nuestros deseos. Una auténtica paradoja de la naturaleza humana, que teniendo la posibilidad de hacer pasar un buen rato al prójimo, en muchas ocasiones (demasiadas quizás) opte por el plan B. Quizás por ello decidimos llamar al sentido común de esa forma, aunque en muchas ocasiones se trate del menos común de los sentidos.

                Hablando del sentido del humor, no puedo dejar de mencionar a otro de mis Maestros. El no menos genial Alonso Pulido, que ha desarrollado y puesto en práctica el concepto de “ahumor” (amor+humor) como forma de vida. Retomando el sentido del ridículo, del que ya avanzábamos que se movía en sentido contrario al del humor, Alonso muestra como permanente indumentaria un chalequillo de llamativos rombos multicolores. Cuando algunas personas con un sentido del ridículo bastante más desarrollado que el del humor se asombran, critican o incluso rechazan el uso del chalequillo, Alonso siempre argumenta, con un exquisito sentido del humor (y también con una educación innegable) que la principal diferencia con ellos es que él es capaz de llevar esa prenda, mientras que la gran mayoría de estos interlocutores no tienen la posibilidad ni la libertad para hacerlo. Yo me siento muy orgulloso de haberme colocado el chalequillo en alguna de las mágicas sesiones de formación que organiza.

                En mi caso concreto el paso de los años arrastró las grandes dosis de timidez y sentido del ridículo que rebosaba en mis años más mozos. Se llevaron enganchados la mayor parte de mis cabellos, pero es un efecto colateral que he pagado encantadísimo, y que volvería a pagar sin dudarlo lo más mínimo. En cuanto al sentido del ridículo siempre digo que mientras que lo que haga no atente contra los derechos de los demás y no haga daño a nadie, si encima soy capaz de arrancar aunque sea una simple sonrisa bienvenido sea. Deberíamos aprender a  relativizar más y ser menos “serios”. Total, en cien años, todos calvos (algunos antes…)

                La risa es el principal efecto directo del sentido del humor. Tiene un indudable y contrastado efecto positivo en nuestras vidas. Decía el insigne Freud, padre del psicoanálisis entre otras cosas, que la risa elimina la energía negativa del organismo. El córtex cerebral libera unos impulsos eléctricos que hacen que en menos de un segundo de liberar la risa, los pensamientos negativos queden bloqueados. Hablando de frases, un curioso proverbio escocés dice que la sonrisa cuesta menos que la electricidad y da más luz. Más que acertado además en los momentos que vivimos. Rebuscando por la web, he encontrado este decálogo de efectos beneficiosos de la risa, que no he podido dejar de compartir:

·          Mejora la tolerancia al dolor, debido a la generación de endorfinas. Estudios confirman hasta un 10% de mayor resistencia al dolor en personas que ríen habitualmente.
·         Combate el estrés. Además de endorfinas, también se generan dopaminas y se reducen los niveles de cortisol.
·         Mejora el sistema inmunológico y previene enfermedades, también porque al reducir el cortisol se liberan unos anticuerpos llamados citoquinas.
·         Mejora el funcionamiento del sistema vascular. Estudios científicos revelan que las personas que han sufrido infartos suelen reír en promedio un 40% menos.
·         Genera un efecto antidepresivo, al reducir el estrés, la tensión y la irritabilidad.
·         Mejora la respiración, al vaciar los pulmones, como ocurre con las respiraciones profundas.
·         Mejora las relaciones sociales. Al ser contagiosa, ayuda a los demás a relajarse y a alinearse con nuestro estado de ánimo.
·         Favorece la quema de calorías, elevando hasta un 10% el gasto calórico y la frecuencia cardiaca.
·         Mejora la memoria, mediante un efecto de mejora del aprendizaje y el recuerdo retardado.
·     Fomenta una buena salud mental. Al reírnos de nosotros mismos (en relación con el sentido del ridículo que hablábamos antes) nos aceptamos tal como somos, ayudándonos a relativizarlo todo.

Y como cosecha propia, creo que reír nos hace más bellos, aunque sea interiormente. Las neuronas espejo, que controlan el mecanismo cerebral de la empatía, son decisivas a la hora de dar significado a la expresión risa contagiosa. De hecho, esta evidencia científica es utilizada por algunos cómicos, que se ríen para provocar el mismo efecto en su público. Si mi teoría sobre la belleza es cierta (que todavía no he encontrado prueba en contra) y todos nos contagiamos de nuestras risas haremos sin duda de este mundo un lugar más bello para vivir.

Hablar de risas en mi vida es hablar ineludiblemente de mi hijo Pablo. Suya es la foto que acompaña a esta publicación. En un momento y un lugar donde las risas son claras protagonistas, como es el Carnaval de Cádiz. Como ya publicaba hace un año, además de ser la chirigota el ejemplo prefecto de organización de alto rendimiento, las risas que provoca generan todos los efectos positivos descritos antes (y alguno más). Yo este año he tenido la oportunidad de vivirlo en primera persona, y doy buena fe de ello.

Gracias por su tiempo. Rían hasta que se os desencajen las mandíbulas y hasta que los abdominales se bloqueen por el dolor. Nos vemos en Marzo. Gracias.



martes, 31 de enero de 2023

LA ELECCIÓN

          

El tema de la primera publicación de 2023 se resistía más de lo habitual. Con más de ochenta publicaciones en el  blog cada vez me resulta más complicado encontrar un tema original sobre el que escribir. De hecho este mes la publicación ha nacido justamente sobre la campana…

                Este mes de Enero hablaré de elección. No preocupaos que aunque el año es el que es, no es una elección municipal, ni autonómica, ni siquiera general. Mis reflexiones van por otros derroteros. Y el tema surgió porque en menos de cinco días escuché hablar a dos fenómenos a los que tengo en muy alta estima, como son Alonso Pulido y Emilio Duró, sobre el mismo tema. Además tuve la inmensa fortuna de hacerlo en riguroso directo, en ambas sesiones con un público bastante reducido y en una cercanía total, como si de un concierto privado se tratase.

                Alonso y Emilio afirmaban que son los hijos los que eligen a los padres, en una especie de metáfora o teoría no científica que posiblemente proceda de la teoría ancestral Kundalini. Esta idea fue recuperada por el Mestro Yogui Bhajan, y según ella los bebés eligen a sus padres antes de nacer.

                Aunque aparentemente muy alejada de la realidad (o no, porque muchas veces me planteo cuál es la verdadera realidad, si es que realmente existe, y si no son nuestras interpretaciones las que conforman lo que realmente aceptamos como tal), esta teoría defiende que cuando un alma decide reencarnarse lo hace eligiendo el tipo de vida que desea tener, en función de las lecciones de vida que necesita aprender. Así, en este imaginario supermercado infinito de padres cada alma escoge aquellos que mejor podrían servir a su propósito de vida. Tras un primer viaje espiritual y justo antes de volver a la tierra, el alma decide qué quiere aprender y cuál será su camino de aprendizaje. Tras esta decisión buscan padres que sean compatibles con este plan. Por si fuese poca la responsabilidad que supone ser padre, con esta teoría nos convertimos además en verdaderos Maestros de estas lecciones de vida para ese alma en proceso de aprendizaje. Esta sería una interpretación más de la teoría de la causalidad y de que Dios no juega a los dados, como manifestó el genial Einstein. O como dice mi amigo Alonso Pulido, una evidencia más de que toda la vida está inimaginablemente bien organizada. Algo así como la teoría de unir los puntos hacia delante y entenderlos hacia atrás, que promulgaba Steve Jobs.

                Reflexionando sobre el tema recordé también a mi amigo Andrés Olivares, fundador de la Fundación Olivares y firme defensor de esta teoría. De hecho, posiblemente fue a él a quién escuché hablar por primera vez sobre el tema. Andrés perdió a su hijo de forma prematura y decidió hacer de esta pérdida el impulso que zarandeó su vida para hacer de la ayuda a los niños enfermos de cáncer y a sus familiares su propósito vital. Andrés tiene tan claro que fue su hijo quien lo escogió a él para tan noble motivo, y que esto que conocemos como vida física no es más que un porcentaje mínimo sobre la vida real, que cuando te lo cuenta no te permites albergar el más mínimo resquicio de duda.  

                Todas estas teorías guardan bastante relación con el aspecto energético del universo en el que vivimos. Según la física cuántica, un paquete individual de energía (llamado cuanto) bajo ciertas circunstancias se comporta como una partícula de materia. Y esto no es teoría. Se evidencia que más allá de todo lo tangible y material lo que existe realmente es energía. Como dice mi amigo Alonso (otra vez) en realidad estamos todos huecos. Y si somos ondas de energía, lo de las vibraciones es obvio que tiene su importancia.

                Tenía ya la publicación medio orientada, pensando permanentemente en el motivo que podría haber llevado a las almas de mis hijos a escogernos a nosotros como padres (especialmente a mí, porque a la madre puedo entenderlo) cuando de momento un pensamiento zarandeó mi mente. ¿Qué fue lo que me llevó a mí a escoger a mis padres como progenitores? ¿Qué lecciones necesitaba aprender durante mi tránsito por este mundo material? Esta reflexión me hizo ver muchas cosas de mi relación con mis padres de otra forma. Porque no todos tenemos la fortuna de ser padres (en mi caso particular, lo considero como una auténtica lotería, de lo mejor que lo ha pasado), pero todos sin excepción somos hijos de alguien (en el buen sentido del término, entiéndase). Como en el caso de los súper héroes, todo gran poder conlleva una gran responsabilidad, y ser Maestro de alguien tan amado como los hijos es lo máximo. Además en mi caso particular, no tengo muy claro que la elección del alma de mis hijos respecto a su padre haya sido la correcta. Estoy totalmente seguro de que ellos me enseñan a mí muchísimo más que yo a ellos. Ellos son mis verdaderos Maestros que no se cansan de darme lecciones diarias de cómo hay que vivir la vida, aunque el torpe de su padre necesita que le repitan la clase una y otra vez y siga sin enterarse…

                No he encontrado mejor foto para acompañar a esta publicación que ésta de mis hijos contemplando una maravillosa puesta de sol en el Palmar, en la costa de Cádiz. Tras escribir estas líneas creo adivinar que estaban comentando sobre la elección del padre que habían hecho…

                Perdonad si este mes se me fue un poco la pinza, pero también me hacía ilusión hacer algo distinto y creo que lo he conseguido. No me he querido extender en exceso por si a alguien le interesa y quiere destinar su tiempo mejor a reflexionar que a leer. Como este mes me he retrasado tanto, la de Febrero en breve, espero.

                Gracias por vuestro tiempo como siempre, en el invertido en leerlo y en el que hayáis podido usar para dejar volar vuestra imaginación.    




martes, 20 de diciembre de 2022

FELIZ NAVIDAD, FELIZ 2023. SEGUIMOS BUSCANDO...

    Llega la publicación del mes de diciembre, como una prueba más de que el tiempo vuela (tempus fugit). Ya lo comentaba en el post de Julio de 2021 cuando llegó el momento de cumplir los 51 años. Año y medio más tarde, no sólo sigue volando, sino que lo hace cada vez de forma más rápida (movimiento uniformemente acelerado, creo que se llamaba en Física cuando estudiaba).

    Esta  tradicional publicación de diciembre suele ser de despedida del año en curso, de agradecimiento por todo lo vivido y de preparación para el nuevo año a punto de comenzar. Este mes usaré como hilo argumental el cuento de “El Buscador” del genial Bucay, sobre el que ya he escrito también en alguna que otra ocasión.

     Es un cuento sobre una persona que andaba por la vida en constante búsqueda, sin saber muy bien de qué (un poco como me pasa a mí, y como creo que en cierta medida nos ocurre a muchos). Este buscador decidió salir en un viaje sin ningún destino planeado para buscar eso que no tenía nada claro lo que era. En cierta ocasión llegó a un camposanto. Allí el viajero contempló aterrorizado las inscripciones de las lápidas en lo que parecía ser un cementerio de niños. Ninguna de ellas marcaba edades superiores a los once años. Desolado, rompió a llorar pensando en la terrible maldición que pesaba sobre aquel lugar. Un anciano al verlo le preguntó si tenía algún familiar allí enterrado. Le contestó que no, pero que estaba desolado al ver aquel cementerio repleto de niños… El anciano sonrió y le contestó algo así:

     “Tranquilo amigo, no hay ninguna maldición. Le explicaré… Cuando un joven cumple quince años, sus padres le regalan una libreta, como ésta que tengo aquí, colgando del cuello, y la costumbre es que cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abra la libreta y anote en ella: a la izquierda, qué fue lo disfrutado, a la derecha, cuánto tiempo duró el disfrute ¿Conoció a su novia y se enamoró de ella? ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿Una semana, dos? ¿Y después?, la emoción del primer beso, ¿cuánto duró? ¿El minuto y medio del beso? ¿Dos días? ¿Una semana? ¿Y el embarazo o el nacimiento del primer hijo? ¿Y el casamiento de los amigos? ¿Y el viaje más deseado? ¿Y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano? ¿Cuánto duró el disfrutar de estas situaciones?, ¿horas?, ¿días?

      Así vamos anotando en la libreta cada momento, cada gozo, cada sentimiento pleno e intenso… Y cuando alguien se muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado, para escribirlo sobre su tumba. Porque ése es, para nosotros, el único y verdadero tiempo vivido”

       Esa debería ser para nosotros la verdadera medida del tiempo. Y el objetivo de nuestras vidas, que el tiempo disfrutado se acercase en la mayor medida posible a nuestra edad biológica. Y afortunadamente ésta es la sensación que me queda mirando atrás hacia los últimos doce meses del calendario. Ha sido un año espectacular, posiblemente de los mejores de mi vida, aunque eso lo acabo diciendo casi todos los años. Imagino que mi decadente memoria selectiva me hace recordar con mayor intensidad los últimos buenos momentos vividos en detrimento de los menos buenos.

        2022 será un año que recordaré mientras viva. Ha sido un año muy especial a todos los niveles. En el profesional me ha permitido seguir aprendiendo y conociendo a gente espectacular a un ritmo de vértigo. Muchas de las horas vividas en el trabajo, especialmente las experiencias vividas junto a compañeros se han quedado anotadas en mi imaginaria libreta colgada del cuello.

       En lo personal ha sido aún más espectacular. Los años me van dando la experiencia que no se puede adquirir de otra forma y todo se contempla desde otro punto de vista. Estoy en el camino de buscar qué es lo realmente importante en mi vida, y priorizarla en torno a ello. Para ello tengo que hacer mención especial a mi familia, que son los que realmente me iluminan en los momentos de oscuridad y le dan sentido muchas veces a esta aventura llamada vida. Muchos de los momentos que he anotado en mi libreta las he vivido junto a ellos. Unas vacaciones inolvidables, y unos momentos vividos cada vez más intensamente.  Quizás aprovechando que uno de los miembros de la familia ha comenzado a vivir su vida de forma independiente, cerca en distancia kilométrica de nosotros pero lejos en distancia emocional, porque lo echamos bastante de menos.  En esta línea, las vacaciones de este año han sido de las mejores que hemos vivido.

        También mi vida social me ha regalado gran cantidad de horas de calidad que han sido realmente vividas. Dicen que los amigos son la familia que se escoge, y aquí también han jugado un papel fundamental en haber completado un año con matrícula de honor.

         No podría pasar por alto un agradecimiento a la vida por el espectacular estado de salud que me ha regalado en este año que se va. No hay mejor lotería que ésta, y que conste que escribo estas líneas antes del día 22, el día mundial de la Salud.. Como consecuencia directa me ha hecho vivir uno de los años más intensos de mi vida deportiva, por llamarla de alguna forma. Maratón de Sevilla, medio Ironman de Marbella, Desafío Doñana, Ultramaratón de la Vida no oficial y el culmen de la temporada en la Maratón de Atenas, con un viaje inolvidable que hizo realidad el sueño de Cristian, y sobre el que ya escribí el mes pasado. Todas estas pruebas y muchas más que he llevado a cabo, la mayoría de ellas junto a los Capitanes de Carros de Fuego,  han ido a engrosar directamente mi cuenta de momentos realmente vividos.

        No quiero alargar esta publicación mucho más allá del agradecimiento a todos los que me habéis hecho vivir estos momentos, que sois muchos y muy buenos. A los que tenéis el detalle de leerme mensualmente, gracias especiales por vuestro tiempo, como os digo siempre. No creo que estas líneas tengan la calidad suficiente como para que podáis considerar el tiempo invertido en su lectura como tiempo realmente vivido, por lo que os lo agradezco especialmente.

         Para finalizar, y como no puede ser de otra forma en la época en la que estamos os quiero desear una muy Feliz Navidad y todo lo mejor para este inminente 2023, en el que espero que vuestro contador de momentos vividos alcance la cifra más cercana posible a los 31.536.000 segundos que esperamos vivir a partir del próximo 1 de Enero. Y como imagen que acompaña a la publicación, una simpática (espero) felicitación navideña que me recuerda las casi cuatro horas intensamente vividas hace poco más de un mes. Feliz Navidad y gracias.



domingo, 13 de noviembre de 2022

CUALQUIER COSA ES POSIBLE (“ANYTHING IS POSSIBLE”). GRACIAS (“THANKS”)



    Utilizo otra experiencia deportiva para redactar la publicación de este mes. Como ya adelantaba en Octubre, quería aprovecharla para compartir con vosotros una de las mayores lecciones que sabía que me iba a regalar el deporte, incluso sin haberla disfrutado aún. Como el objetivo final del post es hablar sobre sueños, y  sobre las posibilidades de que se conviertan en realidad, he tomado prestado el lema de la compañía para la que trabajo actualmente. Berlin Packaging enarbola la bandera del “Anything is posible” como evidencia de que “cualquier cosa es posible”. Este lema coincide con el usado por la franquicia Ironman. Los que me conocéis sabéis que también algo me une a ella.

   Hace escasamente unas horas que he cruzado la meta de la Maratón de Atenas junto a nuestro Capitán Cristian y a mi amigo Quinta. Todos los que me conocéis sabéis de sobra quién es Cristian. Para los que no tengáis el gusto de conocerlo, os diré que Cristian es mi Amigo, mi Ahijado de Confirmación, el Capitán con el que muchas veces corro y mucho más que todo eso. Lo conocí gracias a la Asociación Carros de Fuego, con la que colaboro de vez en cuando y desde entonces se ha convertido en una pieza más del puzzle de mi vida. En cuanto a la aventura que nos ocupa, intentaré resumirla al máximo para no extenderme en exceso.

   Recuerdo que el año anterior a la pandemia tuve noticia de que un chaval con diversidad funcional como Cristian había corrido la maratón de Nueva York, y sin pensármelo dos veces escribí a la organización para ver si había posibilidad de correr allí con él. La respuesta fue tan automática como tajante: para correr en NY hay que ser mayor de dieciocho años. Consciente de que el tiempo volaría, guardé pacientemente el correo durante casi tres largos años y el día 1 de Enero de 2022 volví a escribir a la organización, feliz porque Cristian cumplía la mayoría de edad en Agosto y la Maratón era en Noviembre. Sin embargo, por mucho que lo intenté no obtuve respuesta. Dice uno de los adagios del sabio refranero español que no hay mal que por bien no venga, y eso explica bastante bien lo que ocurrió. Mientras seguía enfrascado en localizar un contacto de la organización que me diese un poco de luz sobre la posibilidad de viajar con Cristian a la Gran Manzana tuve la oportunidad de acudir a la sede del Comité Olímpico Español a recoger un premio que la Revista Corredor daba a la Asociación Carros de Fuego. Otra evidencia más de que el “anything is possible” se cumplía: un tío como yo recogiendo una distinción en el COE (aunque no fuese para mí). Allí coincidimos entre otros con Abel Antón y Martín Fiz, que tenían previsto rememorar su gesta del año 1997. Hace veinticinco años que fueron campeón y subcampeón del mundo respectivamente en la maratón de Atenas, en una carrera que recuerda el recorrido de la primera maratón de la historia protagonizada por Filípides. Fruto de la emoción del momento y de mi poca vergüenza me lancé al charco y propuse a Martín la genial idea de acudir con un carro a  Atenas. Y sorprendentemente, Martín fue tan humano y cercano como lo había sido unos años antes cuando coincidimos con él en la media maratón de Sevilla. Aceptó el reto y me pasó su número de teléfono para ponerme en contacto con sus compañeras en Sportravel, la agencia de viajes con la que colaboran habitualmente.

      Sin entrar en excesivos detalles para no hacerlo eterno, las semanas y los meses pasaban sin que apareciese ningún patrocinador dispuesto a colaborar con el viaje al menos de Cristian y su familia a Atenas. Las puertas no se abrían, pero siempre había alguna a la que llamar. Mi amigo Alonso Pulido dice que si el plan A no funciona, debemos ir a por el B, a por el C, a por el D… y así hasta agotar todas las letras del abecedario. Yo añado de mi cosecha particular que cuando no funcione el plan Z podemos empezar a combinar letras, como ocurre con las matrículas de los coches. Lo importante no son las veces que te caes, sino las que te levantas. Ahí cuento con la ventaja de haber compartido muchos momentos con Cristian, un auténtico maestro de la superación y la resiliencia.

     Y cuando las fuerzas comenzaban a flaquear, como si me encontrase en el kilómetro treinta de la maratón, apareció ante mí un ángel de la guarda disfrazado de mi amigo Justo para ofrecerme la respuesta a mis preguntas. Apareció cuando menos lo esperaba, en el momento adecuado para ponerme en contacto con la persona adecuada que hiciese realidad el sueño de Cristian. Mejor imposible, como la película. Todo fluyó (sin que realmente yo fuese consciente del tema) hasta que el pasado 14 de Septiembre un mensaje en el buzón de voz de mi móvil dejaba constancia de que todo estaba resuelto y que Cristian y su familia podrían viajar a Atenas el fin de semana del 13 de Noviembre, gracias al Banco Santander, empresa también colaboradora del evento y de estos dos grandes atletas. Todo es posible, si no se deja de intentar. Una emotiva videollamada a esa familia tan especial que ya forma parte de mi vida dejó momentos inolvidables. Justo, no viviré lo suficiente como para darte las gracias.

       Y así, entre entrenamientos, nervios y otras pequeñas aventuras dentro de esta gran aventura los días fueron pasando hasta que en la madrugada del 11 de noviembre nos montamos en el coche de Cristian, cargados de ilusiones y de maletas, y nos fuimos para Madrid. Los días vividos en Atenas han sido la mejor evidencia imaginable de que cualquier cosa es posible. Compartir vuelo, comidas, alojamiento y carrera con dos leyendas vivas de la historia del deporte español como son Abel Antón y Martín Fiz puede parecer una utopía más que un sueño, pero si crees que todo es posible, y si no dejas de intentarlo, al final todo sale bien. Aprovecho para recordar otra frase que me enseñó mi amigo Alonso que dice que al final todo sale bien, y si no sale bien es que todavía no es el final.

      No quiero aburrir a lectores “no deportivos” con detalles sobre la carrera. El verdadero sentido de esta publicación es compartir mi lección sobre la posibilidad real de materializar los sueños. El “Anything is posible” que muchos detractores de “Mr. Wonderful” atacan por su interpretación literal debe entenderse en un sentido amplio y sobre todo debe ser usado para ser puesto en comparación con su opuesto: El “Impossible is nothing” que popularizó Muhammad Ali y que posteriormente Adidas tomó como slogan. Curioso, ¿no?

    Además del sentido “didáctico y motivador”, la publicación de este mes tiene una función claramente de gratitud. No puedo dejar pasar la oportunidad de dar las gracias a todos y cada uno de los que habéis puesto vuestro granito de arena para construir esta inmensa montaña. Decía la madre Teresa de Calcuta, en otra frase que me encanta, que “a veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara una gota”. Aún a riesgo de no mencionar a muchas gotas de este inmenso océano, quiero dar las gracias especialmente a Cristian por ser el protagonista de este sueño, y haberme permitido formar parte de él. A su familia por ser un modelo inspirador para todos y por haber hecho la experiencia aún más inolvidable si cabe. A mi amigo Quinta, porque pudiendo ser un corredor de los buenos, ha preferido su carrera como impulsor y me ha llevado en volandas por este histórico recorrido, como hace siempre. A mi amigo Justo, porque como decía antes fue la pieza clave que abrió la puerta que jamás pensaba que se abriría. A todo el equipo del Santander, por habernos acogido de forma espectacular. A Abel y Martín y a todo su equipo, por la misma razón. A todos los capitanes, familiares, impulsores y miembros de la directiva de Carros de Fuego, por su apoyo constante e incondicional. No hemos de olvidar que el fin último de este sueño es visibilizar y normalizar la condición de estos chavales con diversidad funcional, para demostrar todo lo que pueden hacer. A nivel particular quiero agradecer a mi familia que son imprescindibles en todas estas locuras, porque sé que siempre están ahí, aunque no las compartan. Tampoco puedo olvidar a mi amigo Pako, que ha logrado sacar lo mejor de mí  para alcanzar en Atenas el mejor momento físico de mi vida, a pesar de mi edad. Gracias infinitas a todos, y disculpas a todo al que mi frágil memoria y el limitado tamaño de esta publicación hayan dejado fuera del agradecimiento expreso.

        No he encontrado mejor foto que esta representación de la alegría infinita tras cruzar la línea de meta. Y es que la maratón es una auténtica metáfora de la vida, dura pero bella.

      Como os dejaba caer antes, a pesar de la extensión de este mes, la aventura daría para casi escribir un libro. Nunca se sabe. Ya sabéis: “Anything is posible”.

     Muchísimas gracias por vuestro tiempo como siempre y volveré el mes que viene para despedir a este 2023 que ya se marcha…




martes, 11 de octubre de 2022

SALIENDO DE LA ZONA DE CONFORT, AUNQUE SEA A EMPUJONES…

             Vuelvo a tirar de metáfora deportiva en la publicación de octubre, aprovechando mi experiencia del primer día del mes. Hoy, para cambiar un poco el paso, comenzaré por el cuento que a veces suelo utilizar en mis narraciones.

Como esto va sobre salir de la zona de confort, no he encontrado mejor historia para ilustrarla que el suceso que ocurrió en la piscina repleta de cocodrilos de la mansión de un millonario. Cuentan que un excéntrico adinerado, en una de las típicas fiestas de la alta sociedad de la que era anfitrión, tuvo la feliz idea de prometer un premio sin límites a aquel que tuviese la osadía de lanzarse a la piscina y cruzarla luchando con los hambrientos reptiles. Aún no le había dado tiempo de finalizar la frase cuando un estruendoso grito finalizó en una zambullida. A partir de ahí, gritos, chapoteos, castañear de dientes de cocodrilo y toda una sinfonía de desagradables ruidos que finalizaron con la respiración entrecortada de un joven que salía arrastrándose por el otro extremo de la piscina con la ropa (y parte de la piel) destrozada a jirones. Con la cara desencajada por el esfuerzo y por el pánico, poco a poco fue incorporándose, con la mirada perdida en el otro extremo de la piscina.

Cuando el propietario de la piscina (y de los cocodrilos) llegó a su altura para concretar con él la definición de su premio, tuvo lugar una conversación similar a ésta:

- Enhorabuena, jovenzuelo. Toda una demostración de valentía y determinación que le ha llevado a pedir cualquier premio que pueda desear. ¿Una mansión, un yate, un coche exclusivo, quizás…?

El joven negaba con su cabeza, como clara muestra de rechazo a todo lo que le estaban ofreciendo.

 - ¿Dinero? ¿Una vuelta al mundo quizás? ¿Un viaje al espacio?

El joven continuaba negando, sin apartar la vista de la orilla de la piscina.

 - Entonces, ¿qué es lo que quieres? ¿A cambio de qué has puesto en juego tu vida?

- Lo único que quiero es saber quién ha sido el mal nacido (eufemismo) que me ha empujado a la piscina…”

¿Por qué se tiró el protagonista a la piscina? Resulta obvio. Porque lo empujaron. Posiblemente ese joven nunca hubiese sido capaz de cruzar la piscina sin ese empujón. Seguro que hubiese pensado que para él era algo imposible, y además ni siquiera lo hubiese intentado. Se sentía más que cómodo en su posición de privilegiado espectador, a la espera de que algún loco saltase y tuviese la oportunidad de disfrutar del espectáculo. Sin embargo, el empujón le llevó a cambiar de forma radical su status quo. Había llegado vivo al otro extremo de la piscina, y ahora una maravillosa oportunidad se abría ante sus ojos: pedir un deseo al excéntrico millonario, como Aladín con el genio de la lámpara.

Guardando las distancias, algo parecido fue lo que me ocurrió a principios de mes con la prueba deportiva en la que competí el día 1 de octubre, y en la que jamás hubiese imaginado participar. El Desafío Doñana es una prueba combinada, similar al triatlón, pero con algunas características que la hacen muy singular. 80 kilómetros en bicicleta, con salida y meta en la bella localidad gaditana de Sanlúcar de Barrameda, cruce del río Guadalquivir por su desembocadura y 20 kilómetros de carrera a pie por el inigualable entorno natural del Coto de Doñana. Destacan el cambio de orden de los segmentos (primero en bicicleta y después natación), el cruce de la desembocadura de un río en el sector de la natación, la carrera a pie por la arena de la playa en un escenario más que privilegiado, y sobre todo un sector de bicicleta, que a pesar de la distancia, se desarrolla en pelotón, y no de forma individual como es lo habitual en estas distancias. Es precisamente en este segmento donde se encontraban los cocodrilos que abarrotaban mi piscina mental. Acostumbrado a entrenar la bici siempre en solitario, me aterraba la idea de verme inmerso en un pelotón junto a trescientas personas (curioso, trescientos como el número de espartanos que liderados por Leónidas desafiaron al numeroso ejército del rey Jerjes en la sangrienta y épica batalla de las Termópilas, abandonando totalmente su zona de confort)

Acomodado como estaba en mi zona de confort deportivo, mi respuesta acerca de la carrera siempre era la misma: “Ni me planteo participar en una prueba en la que se nada después de recorrer 80 kilómetros en bicicleta a una velocidad de locos dentro de un pelotón”. Incluso me atrevía a presagiar alguna tragedia algún día, en base a las negativas experiencias que me llegaban de algunos acomodados también en la zona de confort. Las caídas en el  sector de bicicleta, la traicionera corriente del río y los temidos calambres en las piernas provocados por el orden de los dos primeros segmentos y por la superficie de la carrera a pie eran mis particulares cocodrilos más hambrientos y agresivos, destacando especialmente el de la bici, como comentaba anteriormente.

Una vez establecida la metáfora con los cocodrilos y la piscina, sólo queda ahora definir al bien nacido que me empujó, y al que tendré que agradecer siempre mi participación en esta prueba. Mi buen amigo y hermano de la vida Jesús Rey había disfrutado el año pasado el  Desafío Doñana 2021,  habiendo vivido una experiencia muy positiva. A lo largo de este pasado año, la vida se había encargado de golpearle fuerte, muy fuerte. Ya decía Silvester Stallone que nada golpea más fuerte que la vida, y Jesús puede dar fe de ello en sus últimos meses. Cuando me llamó pidiéndome que lo acompañase este año, no le pude (ni realmente le quise) decir que no. Se la debía, a él y sobre todo a la persona a la que él iba a rendir homenaje en la prueba.

Así que no tuvo que empujarme con fuerza. Bastó colocar su mano sobre mi hombro para lanzarme al agua, avisando a todos los cocodrilos que iba a por ellos, dispuesto a salir airoso por el otro lado de la piscina. Así que con menos horas de entrenamiento de las deseadas (los deportistas, por muy malos que seamos, siempre ponemos esta excusa por delante) me planté en Sanlúcar de Barrameda dispuesto a dejar atrás mi zona de confort. Sabía que si lo superaba, algo muy positivo estaría esperándome fuera. Una frase de George Addair que siempre me ha encantado, fácilmente adaptable a estas circunstancias, se grababa en mi mente como claro elemento motivador: “Todo lo que siempre has querido tener está al otro lado del miedo (fuera de tu zona de confort)”

Sin entrar en muchos detalles de la crónica deportiva, sólo quiero decir que los cocodrilos mordieron, y bien fuerte por cierto. Nada más comenzar a rodar (en un tramo por cierto neutralizado) con la bici, verme rodeado de tanta gente, a tanta velocidad, y sabiendo que las posibilidades de salir sano y salvo de allí estaban fuera de mi capacidad de control (algo que realmente ocurre en todos los ámbitos de la vida, pero que amplificamos y sentimos especialmente en condiciones complicadas) se encendieron todas mis alarmas mentales. Tal fue el nivel de ruido mental que estuve a punto de abandonar una prueba por primera vez  en mi vida, e incluso antes de la salida lanzada. Afortunadamente, mi “empujador” Jesús tuvo la habilidad suficiente para calmarme y adaptarse a mis circunstancias. Tras la salida lanzada me dispuse a luchar con todas mis fuerzas con mis cocodrilos mentales. La falsa seguridad que me daba rodar a cola del grupo cabecero (cola de león mejor que cabeza de ratón) con el arcén libre a mi derecha comenzó a regalarme confianza. Poco a poco mis negras previsiones sobre una posible caída (como decía Séneca, sufrimos más con lo que nos imaginamos que por lo que sucede en la realidad) que afortunadamente no llegó se fueron convirtiendo en confianza, seguridad y en diversión, siendo esto último lo que básicamente busco en el deporte.

La verdadera experiencia no radica en las casi cinco horas de prueba, sino en la enseñanza adquirida, aplicable a todos los aspectos de la vida. Éste es uno de los principales valores del deporte. Lo que aprendes practicándolo lo puedes aplicar en tu día a día, y la intensidad de la experiencia hace que se quede grabados a fuego y que no se olvide. La satisfacción y el bienestar experimentados al cruzar la línea de meta justificaron con creces los mordiscos y arañones que me llevé al dejar atrás la zona de confort. La lección ya la sabía a nivel de teoría, pero tenía que vivirla para interiorizarla. Dentro de esta zona se está cómodo, como su propio nombre indica, pero las cosas más maravillosas suceden cuando la traspasamos. Y si nuestros miedos atenazan nuestros músculos y no nos permiten saltar fuera, siempre es aconsejable una mano amiga que nos lance al vacío. Leí una vez que cuando la vida te empuja al borde del precipicio, en realidad sólo te está dando la oportunidad de que aprendas a volar.

Como foto que ilustra la publicación de este mes, una instantánea de la prueba en la que se me ve a años luz de mi zona de confort, disfrutando e incluso tirando del pelotón como si llevase toda mi vida haciéndolo. Momentos antes, estaba con la cabeza hundida en el manillar, y los brazos más tensos que los tirantes de un puente. Jesús, mi "empujador" oficial parece sorprenderse y disfrutar igual que yo por mi evolución en tan solo unos minutos.

Gracias por vuestro valioso tiempo como siempre. Como consejo final (aunque tengo muy claro que no soy nadie para darlos) salten al vacío y dejen atrás la aburrida zona de confort. Y si no pueden hacerlo por sí mismos, que alguien les empuje. Se lo agradecerán eternamente, estoy seguro.

El mes que viene, si todo va bien, prometo volver con otra lección del deporte, posiblemente de las mayores que me ha dado en todo el tiempo que llevo practicándolo.



jueves, 15 de septiembre de 2022

DELEGANDO, QUE ES GERUNDIO...


                Llegó el mes de Septiembre, el de la vuelta al cole, al trabajo a la odiada y a la vez amada rutina. En una especie de Año Nuevo, volvemos con las pilas cargadas para encarar esos cuatro últimos meses que nos quedan antes de finalizar el año. Septiembre es para muchos el mes de los buenos propósitos (de hecho es, junto con el mes de Enero  el mes récord de matriculaciones en la mayoría de los gimnasios, aunque no el de mayor asistencia), el de comenzar el curso escolar que finalizará de nuevo a las puertas de esas añoradas vacaciones que la mayoría ya hemos dejado atrás, el de esas colecciones “incoleccionables” que empiezan con una entrega a precio casi simbólico para posteriormente convertirse en un gasto poco menos que inasumible.

                En mi caso particular Septiembre de 2022 será un mes muy especial. La vuelta al cole (más bien la entrada en la Universidad) supone para mi hijo Pablo el inicio del camino de su independencia. Aunque estará cerca y nos visitará con bastante frecuencia (espero) seguro que su marcha será un importante cambio en nuestras vidas. Y pensando en este adiós he estado reflexionando sobre una frase de Johann Wolfgang von Goethe (según Wikipedia un escritor alemán perteneciente al romanticismo, que leí una vez y que me encantó: «Solo hay dos legados duraderos que podemos esperar dar a nuestros hijos. Uno de ellos es raíces, el otro, alas». Esta frase, tan bonita de escuchar (al menos a mí me lo parece) creo que resume a la perfección la difícil tarea de ser padre. Las raíces le proporcionarán estabilidad, conexión con la tierra, tan necesaria para saber quiénes son y de dónde vienen. Acerca de las raíces también creo que he mencionado en alguna ocasión el relato del bambú japonés, que sirve como metáfora perfectamente aplicable a la satisfactoria pero a la vez difícil tarea de educar a nuestros hijos. A continuación os la dejo:

"Hay algo muy interesante que sucede con el bambú japonés y que nos enseña una importante lección. Cuando un cultivador planta una semilla de este árbol, el bambú no crece inmediatamente por más que se riegue y se abone regularmente.

De hecho, el bambú japonés no sale a la superficie durante los primeros siete años. Un cultivador inexperto pensaría que la semilla es infértil, pero sorprendentemente, luego de transcurridos estos siete años, el bambú crece más de treinta metros en solamente seis semanas.

¿Cuánto podríamos decir que tardó realmente en crecer el bambú? ¿Seis semanas? ¿O siete años y seis semanas? Sería más correcto decir que tardó siete años y seis semanas. ¿Por qué?

Porque durante los primeros siete años el bambú se dedica a desarrollar y fortalecer las raíces, las cuales van a ser las que luego de estos siete años pueda crecer tanto en solamente seis semanas. Además, si en algún punto en esos primeros siete años dejamos de regarlo o cuidarlo, el bambú muere".

                ¿Cuántas veces durante la vida de nuestros descendientes nos desesperamos porque todas nuestras lecciones (nuestros riegos, abonos y cuidados) parecen caer en saco roto? Sin embargo, llega un día, en que casi sin advertir cómo el suelo se está resquebrajando, esa semilla explota y la planta crece mucho más allá de lo que nosotros hemos sido capaz de crecer.

                Y hablando de crecer aún más que nosotros vuelvo a la frase de Goethe. Porque no sólo debemos dejar raíces en herencia, también alas. Y la función de las alas es permitirles volar más alto de lo que jamás lo hicimos nosotros. En mi caso en particular, no sé cómo han sido las raíces que haya podido dejar, pero tengo claro que sus alas son mucho mejores que las mías. Recién cumplida su mayoría de edad, Pablo ya ha llegado mucho más lejos que su padre en muchísimos aspectos, y estoy seguro que lo mejor le está por llegar…

                A estas alturas de la publicación, muchos os preguntaréis que tiene que ver el título de este mes (“Delegando que es gerundio…”) con los hijos, con el bambú y con Goethe. En mi caso, creo que bastante. Dejar volar a los hijos cuando llega su momento es lo más parecido a delegar, incluso teniendo en cuenta que se trata de vivir la importante tarea que estamos delegando.

                Esta vez, en lugar de acudir a la RAE como hago habitualmente, voy a tomar la definición del Oxford Language, que me gusta más: “Dar [una persona o un organismo] un poder, una función o una responsabilidad a alguien para que los ejerza en su lugar o para obrar en representación suya.” Reconozco que me llamaron poderosamente la atención las palabras poder y responsabilidad juntas en la misma frase. No pude evitar acordarme del principio de Peter Parker, en el que Spiderman  confirma que “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Principio, que por cierto, proviene del siglo I a.C. como parte integrante de la leyenda de la Espada de Damocles. Dejando a un lado consideraciones históricas, éste quizás sea uno de los principios esenciales de la delegación. Estamos dando poder a la otra persona para que actúe de nuestra parte, pero también le estamos cediendo la responsabilidad y la autonomía para llevar a cabo la tarea delegada. Esa cesión de responsabilidad puede considerarse incluso como temporal, porque si la delegación no sale bien, la responsabilidad volverá como un boomerang hacía nosotros para responder por ello.

                La delegación tiene dos implicaciones principales:

-          La posibilidad que los delegantes puedan optimizar su rendimiento, dedicándose a tareas de mayor nivel al liberar su tiempo con las tareas delegadas.

-          La confianza que transmitimos a nuestros delegados al ceder nuestras funciones para que actúen en nuestro lugar.

Rendimiento y confianza son dos pilares básicos de la  vida, no solo profesional, sino también de la personal, de ahí la importancia del tema.

Como puede deducirse de la introducción, la publicación está más enfocada en la vida personal que en la profesional. En mi caso particular, la independencia (relativa, porque seguirá estando relativamente cerca) de mi hijo supone el culmen a este proceso de delegación. Delegación de vida, porque al fin y al cabo, le estoy dando el poder, la función y la responsabilidad de vivir por su cuenta. De volar, de usar esas alas que son de las pocas cosas que se llevará como herencia. Confío ciegamente en que lo hará muchísimo mejor de lo que lo ha hecho su padre, mejorando así la especie. Como dice un amigo mío, no pretendo dejar un mejor mundo a mis hijos, pero si intentaré dejar mejor hijos a este mundo.

Delegar en cierta medida duele, y creo que mucho más en lo personal que en lo profesional, pero también gratifica. En mi caso particular, la balanza se inclina hacia el lado positivo, y la gratitud y la satisfacción por verlo volar es mucho mayor que el dolor que siento al no tenerlo a mi lado.

Acompaño la publicación con una imagen cargada de significado para mí. Por primera vez en su vida, Pablo no pasaba las vacaciones con nosotros. Se iba de voluntario a unas colonias para atender a niños en circunstancias especiales y ya comenzaba a volar para hacernos el cuerpo a lo que vendría después. Junto a su equipaje, su inseparable guitarra, con la que llenará de música y alegría a todos los que tengan la fortuna de acercarse a él.

Muchísimas gracias a todos por vuestro tiempo en la lectura, espero que lo disfrutéis, y que lo compartáis si hace falta, pero sin llegar a delegarlo.

Nos vemos en Octubre, encarando ya este último trimestre del 2022 que empieza a languidecer.



               

 

martes, 9 de agosto de 2022

DESCANSAR, DESCONECTAR, DISFRUTAR … Y REFLEXIONAR

                 Repito tema en la publicación del mes de Agosto, por las especiales características de este mes. El tradicional mes de las vacaciones para casi todos (entre los que no me  incluyo, porque mi filosofía vital me lleva a no dejar para mañana lo que puedo hacer hoy y cuando llega este mes ya casi siempre las he disfrutado). 

                Buscando un título para la publicación de este mes me llegó un correo de mi Maestra de Mindfulness Cristina Jardón (me gusta mucho más el término “maestra” que el de “profesora” porque me evoca emociones aún más positivas) Hablaba de desconectar, descansar y disfrutar, verbos en los que había pensado como hilo conductor del post de este mes, pero al que he querido unir la interesante acción de reflexionar.

                Comenzaremos hablando de descanso. Para intentar ser lo más objetivo posible, me ayudaré de la definición de la RAE para este término, como hago otras veces. En su acepción segunda, el descanso se define como la “la causa de alivio en la fatiga y en las dificultades físicas o morales”. Sólo con ser la medicina para reparar nuestras dificultades físicas o morales ya está suficientemente justificado, pero además creo que el descanso es una necesidad vital. Como seres imperfectos, no estamos diseñados para un desempeño 24x7. Necesitamos descansar para vivir, algunos más que otros. Y no sólo las horas de sueño diario, sino algunas más. Aunque los que tengan la fortuna o necesidad de dormir ocho horas al día pasen un tercio de su vida durmiendo, ese descanso no es suficiente. Pero quedémonos con el sueño. Estudios médicos confirman que un efecto directo de la falta de sueño es la disminución de nuestra atención y capacidad de concentración. Otra vez la vida y sus paradojas: para rendir a tope, debemos descansar lo necesario. Este axioma  vital se cumple estrictamente en el ámbito deportivo. El famoso menos es más se aplica en todas las parcelas de la vida. Sobreentrenar física o mentalmente implica un descenso del rendimiento inmediato, y lo que es más grave, la posibilidad cierta de lesiones o enfermedades.

                Los que practicamos deportes, especialmente de resistencia, sabemos bien de lo que hablamos. El descanso es fundamental para progresar. Y no sólo en pruebas en las que pasamos varias horas desempeñando actividad física (y también mental). A lo largo de todos los años de mi vida que pasé encerrado entre las cuatro paredes de un gimnasio, de las cosas que más me acostó aprender fue que el músculo crecía mientras descansábamos, no mientras entrenábamos. No sólo la hormona del crecimiento se genera mientras dormimos, también las conexiones neuronales se reponen y regeneran en las horas de descanso. Los que tengáis el mérito de leerme habitualmente ya conoceréis las historias del leñador y del conductor de fórmula uno. Para  los que no las conozcan las reproduzco a continuación, que tienen mucho que ver con el descanso.

                La primera va sobre un leñador que comienza a trabajar en una empresa de tala de árboles. Aunque era la primera vez que lo hacía, sus registros asombraban a propios y extraños, estando su rendimiento muy por encima de los mejores trabajadores con bastante más experiencia que él. Parecía haber nacido para ello. Sin embargo, tras unos primeros días espectaculares, su rendimiento fue cayendo en picado. Totalmente desmotivado, y sin encontrar  una causa que explicase esta situación, fue a hablar con su encargado para renunciar a su trabajo. Cuando le explicó lo que le estaba sucediendo, éste le contestó con una pregunta reveladora: ¿Cuándo fue la última vez que afilaste el hacha?

                La segunda tiene menos prosa que la anterior y es más una pregunta para hacernos reflexionar. ¿Qué pensaríamos de un conductor de fórmula uno que no se detiene a repostar combustible para no perder tiempo y seguir dando vueltas al circuito?

                Ambas metáforas son perfectamente aplicables a nuestra vida personal y profesional, o afilamos el hacha y paramos a repostar combustible, o el hacha dejará de cortar y el vehículo dejará de funcionar. No queda otra.

                Hablemos ahora de desconexión, en íntima relación con el descanso. En nuestra avanzada cultura occidental, no hacer nada ha sido considerado tradicionalmente como un pecado. En una sociedad súper digitalizada y dependiente de la tecnología, no hacer nada (lo que incluye no mirar el móvil, por ejemplo) es algo que  aunque nos saca totalmente de nuestra zona de confort, tiene efectos muy positivos sobre nuestro cuerpo y nuestra mente. En otras culturas, como la china (concretamente en la filosofía taoísta) existe incluso la llamada cultura de la inacción o “Wu wei”. Defiende no forzar situaciones, optando por las acciones que requieren menos esfuerzo y se adaptan mejor a las circunstancias. Siglos después, Sir Charles Darwin defendía que las especies que sobreviven son las que mejor se adaptan. Algo tendrá que ver.               

                Con este planteamiento no estoy defendiendo la vaguería en absoluto. Únicamente estoy intentando balancear las dos radicales posturas de no hacer nunca nada con la de estar haciendo algo siempre, puesto que las dos tienen consecuencias negativas. Buscando información para esta publicación, he leído que el aburrimiento (que suele surgir de la desconexión) es la semilla de la creatividad. Un estudio realizado por dos psicólogas (Gasper y Middlewood) demostró que la creatividad se alimenta en periodos de aburrimiento. Se enciende la señal de que el entorno no es satisfactorio  y buscamos hacer algo interesante que nos ayude a salir de ahí. Esa búsqueda favorece el encuentro de nuevas conexiones, algo básico en el proceso creativo.

                De las tres acciones que encabezan el título de la publicación es el verbo disfrutar el que debería formar parte de cada segundo de nuestras vidas, y no ser patrimonio exclusivo de los periodos de descanso. Vivir el momento, ser fiel al Carpe Diem, debería ser de cumplimiento obligado. La vida es demasiado corta como para no disfrutarla. Y si hay que escoger ¿hay mejor momento para hacerlo que cuando estamos descansados?

                En mi caso particular, descansar, desconectar y disfrutar me es de gran ayuda para reflexionar. No sé si fruto de la creatividad que al parecer se potencia, pero suelo aprovechar estos momentos para analizar mi vida con mayor claridad. De dónde vengo, dónde estoy y dónde voy, básicamente. Es una de mis formas de afilar el hacha, o de echar combustible. Y como decía en mi publicación anterior, de reflexionar para tomar decisiones difíciles, en busca de una vida más fácil.

                Intento abreviar un poco este mes, para dejaros más tiempo libre. Descansad, desconectad, disfrutad y reflexionad si queréis. Nos vemos en Septiembre.