jueves, 10 de septiembre de 2026

Upsss… ¡Lo hemos vuelto a hacer! Un camino más, un camino menos…

 Llegó septiembre, el mes de la vuelta a la normalidad. El mes que muchos consideran como el del verdadero comienzo del año, equiparándolo al del curso, no sólo escolar. Para mis amigos Jesús y Manu, y para un servidor, el mes que llevamos a cabo nuestra aventura solidaria para el Reto Pichón.

Una aventura en la que nos permitimos aportar nuestro granito de arena (como la plataforma de donación sobre la que volveré después) a la causa y sobre todo nos ayuda a sentirnos mejor. ¿Por qué? Porque, como me enseñó una vez una voluntaria de la Fundación Olivares, cuando ayudas a los demás recibes muchísimo más de lo que das. Hemos recibido tanto que se hace muy difícil explicarlo.

Pero vayamos por partes, como diría mi amigo Jack. Partes que advierto que a lo mejor pueden parecer inconexas y sin sentido, pero las voy reflejando según se van asomando a mi mente.

Quiero empezar con la causa, que merece ser comentada. Este año toda la recaudación del Reto Pichón va enfocada al proyecto “Oportunidad”, con la vocación de transformar la transición a la vida adulta de los jóvenes extutelados en un camino acompañado, seguro y lleno de posibilidades, ofreciendo herramientas reales de autonomía, estabilidad y crecimiento personal. La Asociación Paz y Bien es la entidad beneficiaria de las donaciones y la que canaliza los fondos del proyecto para estos jóvenes.  Por ellos y para ellos hemos llevado a cabo esta aventura.

Una vez aclarado el porqué volveremos al qué y al cómo. El año pasado realizamos el trayecto entre Sarria y Santiago, el tramo más recorrido del Camino Francés, en menos de 24 horas. Este año, para dar continuidad al reto, escogimos el Camino Portugués, para empezar en Tui. Distancia similar, mismo tiempo objetivo para completarlo. Comencemos con las circunstancias y aprendizajes.

Tengo que comenzar por la importancia del equipo. Vuelvo otra vez a la tan usada frase de Confucio que indica que para llegar rápido hay que caminar solo, pero que para llegar lejos hay que hacerlo acompañado. Esto iba sobre llegar lejos, concretamente 116 kilómetros acabó marcando el Garmin. Y los acabó marcando (al menos el mío) porque iba acompañado de Jesús y de Manu. Dos tíos con los que iría hasta el mismísimo fin del mundo porque tengo tan claro que llegaría como que me lo pasaría tan bien como lo he pasado este fin de semana, aunque haya sufrido más de la cuenta en algunos momentos. Gracias infinitas porque sin vosotros dos no hubiese sido posible. Pero el equipo no ha sido de tres personas. Han sido muchos más. Empezando por nuestra familia, sobre todo la directa, que es la que nos aguanta todos los días y a los que estas locuras también empujan al límite, preocupados porque algo no salga bien. Mención especial para mis hijos Daniela y Pablo y para mi mujer María. Para reto, el de ellos. Aguantarme no es nada fácil. Sin ellos no hubiésemos llegado ni a Tui… Gracias también al resto de familiares, amigos y compañeros por estar siempre ahí.

Continuando con el capítulo de agradecimientos, que no es mala forma de empezar, gracias también a Juanlu Muñoz Escassi, el padre del Reto Pichón que sigue confiando en nosotros como embajadores a pesar de nuestras excentricidades. Aportar nuestro granito de arena cada año forma parte inseparable de nuestras vidas. Dentro del proyecto, gracias a todos los que habéis donado, difundido o escuchado. Todo es importante en esta vida, en base al momento y a las circunstancias. Y muchas veces, la visibilidad es incluso más importante que el dinero. Y cuando hablamos de dinero, aunque muchas veces pensemos que no somos más que una gota en el mar, tenemos que tener muy claro que el mar no sería el mismo si le faltase esa gota. Una de mis frases favoritas, de la Madre Teresa de Calcuta.

En relación con la ayuda de pequeño alcance, no puedo dejar de acordarme del cuento del gran Bucay, sobre las estrellas de mar.

Contaba el archi leído Jorge que un día, después de una tormenta, la playa amaneció cubierta de estrellas de mar, miles de ellas varadas en la arena, y un niño iba recogiéndolas una a una para devolverlas al agua. Pasó por allí un hombre que, al verlo, le dijo que había kilómetros de playa y miles de estrellas, que no podía salvarlas a todas y que hiciera lo que hiciera no iba a cambiar nada. El niño se agachó, lanzó una al mar y le respondió:

— A esta sí.

Siempre podemos salvar la vida a una estrella de mar, aunque queden miles varadas en la arena…

Quiero comentar también algo sobre el tema de los límites, sobre los que proféticamente escribía en mi publicación de agosto (confieso que casi lo veía venir). A pesar de que comencé el reto extrañamente bien para lo que había entrenado con las calores veraniegas (después hablaré también un poco sobre la dicotomía del control, tan estoica ella) varias circunstancias me llevaron a atravesar un bache de madrugada (la noche siempre acaba confundiendo) que sólo fui capaz de superar gracias a mis compañeros Jesús y Manu. De hecho, hubo un momento puntual en el que se barajó la posibilidad de poner fin al reto y localizar un taxi que nos acercase a Santiago y sólo la rechacé porque el escenario que se planteó fue la rendición del equipo completo. Si me hubiesen planteado un taxi sólo para mí y ellos dos hubiesen decidido continuar, hoy seguramente estaría escribiendo una publicación muy distinta. Mi mayor preocupación era saber si las señales que me mandaba mi mente eran pura comodidad por no acercarme a su límite o eran reflejos del borde del precipicio al que parecía acercarme peligrosamente. Como ejemplo anecdótico esas alucinaciones de las que tantas veces había oído hablar en las carreras de ultra distancia y que tuve la fortuna de experimentar. Otra cosita más para el saco. Afortunadamente, los dolores de estómago, los ardores, las ampollas reventadas en los pies y el casi golpe de calor que nos provocaron las altas temperaturas eran falsas alarmas. Todo iba mediamente bien, como evidencia la foto que acompaña a esta publicación. Vuelvo a repetir: conocerse bien, como es mi caso, no es ser imprudente. Tantos años en Pako’s me han proporcionado una mente fuerte, mucho más que mis músculos…

Prometí hablar sobre la dicotomía del control. Esa obligatoria distinción entre las cosas que podemos controlar y las que no, para cambiar y mejorar las primeras y aceptar las segundas, cobra un especial protagonismo en situaciones complicadas. Creedme que el Camino en 24 horas lo es. Se hace “molto longo”. Nos vinimos arriba con el control del ritmo, con la nutrición y la hidratación metódica, con la preparación mental, porque todo eso, en teoría estaba bajo nuestro círculo del control. Pero se nos olvidó que la temperatura, la humedad, los posibles puntos de avituallamiento y otras cosas andaban fuera de nuestro control. Y cosas que son aparentemente controlables nos llevan a la tragedia porque no consideramos su relevancia. Por ejemplo, colocar la alimentación en la mochila, a plena luz del sol durante casi doce horas provoca que el paté con el que rellenamos los minibocadillos (error) alcance temperaturas que no aconsejen su consumo durante tantas horas. Y es que el diablo siempre se oculta en los pequeños detalles…

Quiero finalizar esta desorganizada lluvia de ideas (no tengo claro si mentalmente me he llegado a recuperar) volviendo a hablar una vez más de la teoría de la relatividad. Todo cambia en función de las circunstancias, y ni nosotros somos los mismos. Unos chavales jóvenes y fuertes (ironía on) que habían salido de Tui a primera hora de la mañana del día anterior dejando atrás a casi cuantos peregrinos le salían al paso (por cierto, bastante menos de los esperados) se veían ahora ampliamente desbordados por personas mayores que ellos, con un evidente peor estado de forma, pero que acababan de comenzar a caminar al alba desde Padrón. Como diría aquél, tomen buena nota. Como decía mi padre, la vida es una escalera donde todos subimos y bajamos alguna vez. Cuidado con los que vienen bajando cuando nosotros vamos subiendo, porque a buen seguro la situación se revertirá y un día, cuando menos lo esperemos, nos tocará bajar a nosotros.

Muchas gracias a todos por vuestro tiempo. Un camino más, un camino menos, que además de todo lo que me ha dado, me ha hecho más fuerte. De momento no me ha matado. Perdonad también por la extensión, pero estas aventuras te provocan tal excitación que darían para escribir un libro…

Seguimos.



jueves, 20 de agosto de 2026

EL LÍMITE QUE TODAVÍA NO HAS PISADO

             En agosto, mes tradicionalmente de vacaciones para la mayoría, sigo entrenando con la mente puesta en futuros retos que mantengan encendida la llama de la motivación.  El otro día mientras cargaba la barra para una serie de sentadillas volvió a mi cabeza una pregunta a la que llevo dando vueltas durante casi toda mi vida: ¿de verdad sabemos dónde está nuestro límite?

Sin querer parecer imprudente ni provocar locuras, mi impresión, después de muchos años entrenando, es que casi nunca. La mayoría de las veces no conocemos nuestro límite real, simplemente porque nunca hemos llegado hasta allí. Confundimos la frontera de la comodidad con la de lo imposible. Y son dos sitios muy distintos, con bastante más distancia entre ellos de la que solemos imaginar.

Llevo muchos años en Pako's a mis espaldas, aunque siga sin notarse… Y si algo he aprendido durante todo este tiempo es que el cuerpo avisa mucho antes de lo necesario. Cuando una serie empieza a doler de verdad (y no hablo del dolor que avisa de una lesión, sino del dolor “bueno” que es la antesala del  crecimiento), la mente manda la señal de parar bastante antes de que el músculo esté realmente agotado. Es pura supervivencia: el cerebro prefiere quedarse corto antes  que pasarse de frenada.

Durante años (mis años mozos, obviamente) llevé mi cuerpo muchas veces hasta ese punto en el que pensaba que ya no podía dar ni una repetición más. Y descubrí serie tras serie, que casi siempre quedaba algo más. Una repetición extra. Un poco más de peso del que creía poder mover. Un segundo más aguantando la postura cuando todo apuntaba a soltarla. Con el tiempo entendí que no era el cuerpo lo que más crecía en esos años de gimnasio. Era la cabeza.

Ese hallazgo no llegó de un día para otro. Llegó serie a serie, año a año, casi sin darme cuenta, hasta que un día fui capaz de mirar atrás y comprobar la distancia recorrida entre el límite que yo imaginaba con quince años y el que realmente tenía. Ese margen, ese hueco entre lo que crees que puedes y lo que en realidad puedes, es quizá el terreno más interesante que existe para crecer.

Algo parecido, aunque a otra escala, me pasó en la FAN-PIN, esa prueba de fango sobre la que ya hablé hace casi tres años. Fue la vez que más cerca he estado de tocar mi límite real en toda mi vida. Y aun así, sigo pensando que ni siquiera entonces llegué a rozarlo del todo. Quedaba más. Siempre queda más.

Con el tiempo empecé a ver el mismo patrón fuera del gimnasio. En Minifunkids hay días en los que visto desde fuera, parece que ya no queda ningún movimiento posible. Que hemos llegado al techo, o peor, a la pared. Y sin embargo, siempre hay un paso más que dar. Una conversación más que tener. Una puerta nueva que todavía no habíamos probado a tocar.

Emprender se parece bastante a esa última repetición que crees que no vas a poder completar. Desde fuera, cuando alguien ve un proyecto atascado, todo el mundo tiene clarísima cuál es la solución. Es fácil decirlo desde la grada. Lo difícil es descubrir, estando dentro, que casi siempre queda una repetición más de la que nadie, ni siquiera tú mismo, pensabas que había.

Creo que el gimnasio y emprender comparten más de lo que parece a simple vista:

  • La primera señal de cansancio no es el límite, es solo una alarma. El cuerpo y la cabeza avisan pronto, por prudencia, no porque ya no quede nada.
  • El progreso no se nota serie a serie, ni mes a mes. Solo se aprecia mirando atrás, comparando el punto de partida con el de hoy.
  • Nadie descubre su límite real quedándose por debajo de él. Hace falta empujar, aunque sea un poco, para saber qué hay al otro lado.
  • El acompañamiento importa. Un compañero de serie, un socio, un amigo que te empuje esa última repetición, casi siempre marca la diferencia entre parar ahí o seguir.

Creo que por eso me sigue gustando tanto entrenar. No tanto por el físico, que también, sino porque cada serie es un recordatorio de algo que se me olvida con facilidad en el resto de la vida: que el límite casi nunca está donde tu cabeza te dice que está. Está bastante más allá. Y solo lo descubres si te atreves a seguir cuando toda la lógica te pide parar.

Así que si en lo poco que queda de este mes de agosto sentís que ya no queda nada más que hacer, en el gimnasio, en el trabajo, en casa o donde sea, os invito a intentar una repetición más antes de soltar la barra. Puede que descubráis, como yo, que el límite estaba bastante más lejos de lo que pensabais.

Gracias por vuestro tiempo como siempre y seguimos entrenando, cuerpo y cabeza.

#ShowMustGoOn



lunes, 13 de julio de 2026

BUSCANDO LA COMODIDAD EN LA INCOMODIDAD

             Es curioso cómo funciona el “algoritmo” en las redes sociales. Llega el verano y vuelvo a nadar después de bastantes (demasiados) meses sin hacerlo. Y por arte de magia comienzan a llegar a mi pantalla vídeos explicativos sobre como mejorar mi técnica de nado. Y creo que la verdadera magia se encuentra en que alguien a quién teóricamente no conozco se pueda dar cuenta de la falta que me hace…

La natación es una disciplina eminentemente técnica. Básicamente porque se lleva a cabo en un medio “hostil” para nosotros. Un medio que es unas ochocientas veces más denso que el aire. Un medio en el que no podemos respirar como lo hacemos en tierra firme. Curiosa paradoja (una más) cuando dicen que la vida comenzó en el mar. Estos factores (y otros muchos más) hacen que el desplazamiento en el agua necesite de infinitos movimientos y posiciones con un nivel de coordinación exquisito. De ahí la diferencia entre los que aprenden a nadar de forma casi simultánea a andar y los que luchamos sólo por no ahogarnos. A ciertas edades, lo complicado no es aprender qué tenemos que hacer, sino desaprender lo que llevamos años haciendo mal.

Pero esta publicación no pretende ser una lista de consejos técnicos, como son esos vídeos que me inundan las redes. Esta publicación surge porque precisamente en uno de esos vídeos se hablaba sólo del aspecto mental de la natación, en lugar del físico. Y ya sabéis cómo me fascina todo lo que tiene que ver con la mente. La natación es básicamente un acto incómodo, porque como decía al principio, se aleja bastante de nuestro día a día habitual. Y la incomodidad tiene mucho que ver con el aspecto mental. Casi más que con el físico. El otro día escuchaba que nuestra mente intenta rendirse siempre antes de que el cuerpo se acerque al límite, por una mera cuestión de supervivencia. Cuando nos duelen los hombros, cuando nos falta la respiración, cuando nos pesan las piernas y nos cuesta mantenernos a flote, nuestro cerebro nos da la orden de ponernos a salvo mucho antes de que realmente entremos en peligro. Y no quiero con esto pecar de imprudencia ni sugerir las señales que nos da el cuerpo. Nada más lejos de la realidad. Lo que sí deberíamos conocernos y distinguir las señale reales de las que por pura comodidad intentan sacarnos del agua en dirección al sofá.

Como casi siempre que me asomo por aquí intento que mis palabras no tengan un significado exclusivamente deportivo. A pesar de que me encanta la natación, sobre todo porque genera en mí un sentimiento de bienestar y desconexión quiero ir más allá del deporte, buscando el paralelismo con la actividad profesional e incluso con la personal.

Antes de retomar el tema de la comodidad, quiero hacer algunas comparaciones entre la natación y la vida misma.

  • Aprendizaje: en ninguna de las dos facetas dejas de aprender. Siempre hay una técnica que mejorar, un error del que crecer o una nueva forma de avanzar.
  • Constancia: no siempre se trata de nadar más rápido, sino de mantener el ritmo. La constancia te lleva mucho más lejos que los grandes esfuerzos puntuales.
  • Pausa: respirar en el momento adecuado lo cambia todo. En el agua y en la vida, saber cuándo parar, tomar aire y recuperar la calma también es avanzar. Si no respiras te ahogas.
  • Dificultad: las aguas tranquilas no forman a los mejores nadadores. Son las corrientes, las olas y la resistencia las que desarrollan la fortaleza y la confianza. Ningún mar en calma hizo experto a un marinero, nunca mejor dicho.
  • Progreso: cada largo cuenta, aunque parezca igual al anterior. El progreso rara vez se nota de un día para otro, pero la suma de pequeños pasos termina marcando grandes diferencias.
  • Actitud: no puedes controlar el agua, pero sí tu forma de nadar. Las circunstancias no siempre dependen de nosotros; nuestra actitud y nuestra respuesta, sí.
  • Perseverancia: la meta siempre recompensa a quien decidió no salir de la piscina en los momentos difíciles. El éxito suele pertenecer a quienes perseveran cuando los demás abandonan. Quedarte nadando no es garantía de éxito, pero salirte cuando te sientes incómodo es casi infalible sinónimo de fracaso.

Asimilando estos paralelismos, se me hace difícil no buscar sentirme cómodo con la incomodidad, tanto de la vida como con la de la piscina. Y en esa búsqueda tengo que tirar mucho más de disciplina que de motivación. No accedo a negociar con mi mente cuando llega la hora de ir a nadar. Simplemente salgo en dirección a la piscina sin plantearme razones que intenten convencer a mi mente, que cuando mira por su supervivencia, es básicamente inconvencible.

Ahora quiero acabar esta publicación con un tema muy personal. En este mes en el que contabilizo anualmente una nueva vuelta al sol, como se dice eufemísticamente para evitar decir que cumplimos años, intento celebrarlo de una forma muy especial: nadando. Escuché una vez en a Jacobo Paragés decir que uno de los espectáculos gratis de la naturaleza es ver amanecer desde dentro del mar. Ver como el brillo del astro rey se va reflejando en forma de estela en las olas hasta llegar hasta ti es como reiniciarte de nuevo y absorber energía para afrontar la próxima vuelta. Desde entonces, siempre intento una escapadita aunque sea corta a una playa cercana para asistir a ese espectáculo. Como imagen, una toma del año pasado en la playa de El Rompidillo en Rota, nadando hacia el sol. A repetirlo voy. Gracias por vuestra paciencia y seguimos sumando, espero. #ShowMustGoOn



 

             

sábado, 20 de junio de 2026

BOCADO A BOCADO, PUNTO A PUNTO, PARTIDO A PARTIDO…

     Casi sin darnos cuenta nos hemos plantado en el ecuador del año. Minuto a minuto, hora a hora, día a día, mes a mes… Y precisamente de eso va esta publicación. De enfocarnos en lo que tenemos justo enfrente, de dar pasitos breves y controlados y no perdernos en los grandes objetivos que a veces nos asustan y nos hacen parecer muy pequeños ante ellos…

    Recuerdo de mi experiencia laboral anterior que mi director financiero, Rafa González, uno de los mejores profesionales con los que he tenido la oportunidad de trabajar durante todos estos años, siempre ponía el ejemplo del elefante cuando nos enfrentábamos a un gran proyecto. “¿Cómo te comerías un elefante?”, preguntaba. “Bocado a bocado”, contestábamos todos, con la respuesta más que interiorizada. De la misma forma que un conocido entrenador de un conocido equipo de fútbol concreta su estrategia a lo largo de una temporada. “Partido a partido”, siendo consciente de que es lo único en lo que nos podemos enfocar es en el partido en el que estamos jugando ahora. El de la semana que viene aún queda muy lejos. Leía no hace mucho una enseñanza que ya había escuchado antes sobre Rafa Nadal. El secreto de este genio fue enfocarse exclusivamente en la bola presente. La bola anterior, con independencia de que la hayamos ganado o perdido ya quedó atrás. La bola siguiente aún no ha llegado, y no podemos hacer nada sobre ella.

    Creo firmemente que esa es la única estrategia que funciona. En las famosas listas de tareas pendientes, no un montón de tareas para «algún día», sino el trabajo de un solo día, lo suficientemente pequeño como para terminarlo y tacharlo. El gran objetivo se divide en un plan, y el plan se convierte en el único paso que das hoy. Porque no podemos escalar la montaña de una vez. Sólo podemos dar el paso que tenemos delante. Recuerdo perfectamente una de las pruebas más duras en las que he participado en mi vida y que me tuvo muy cerca del abandono. Fue la FAN-PIN, la evolución de una prueba histórica que se celebra en el Tercio de Armada de San Fernando desde los años 80. Tres horas para atravesar un recorrido aproximado de 8 kilómetros donde los participantes debemos enfrentarnos a asfalto, agua, tierra, fango y diversos obstáculos. Los últimos dos kilómetros, popularmente conocidos como “el río”, son un recorrido de fango, con todas las texturas posibles, desde arcilla hasta papilla. Por si fuese poco, el “batido” de los competidores precedentes van empeorando las condiciones del terreno por minutos… Esta prueba engarza perfectamente con el tema de la publicación de hoy. En ese infierno de barro, la única forma posible de avanzar es mantener tu atención en el metro que está inmediatamente frente a ti. No es posible hacerlo de otra forma. Metro a metro. Cuando alcanzas ese metro, que parece estirarse a medida que intentamos superarlo de todas las formas posibles, debemos fijarnos en el siguiente, y una vez superado en el próximo. Si caes en el error de elevar tu vista hasta la línea de meta, que aparece al fondo del horizonte, parecerá alejarse cada vez que levantamos la cabeza para hacer lo mismo.

    Y aunque un metro pueda parecer algo pequeño, no lo es. Casi nunca te quedas en lo pequeño, porque lo pequeño nunca fue el obstáculo. El obstáculo era empezar. Y una vez que te metes en el “barro” ya has empezado. Se trata de impulso, no de motivación. La motivación es un sentimiento, y los sentimientos van y vienen. El impulso es física. Una vez que te pones en marcha, es más fácil seguir avanzando que detenerte.

    Lo más práctico es dividir las cosas en nuestra lista en dos tipos:

    En primer lugar, esas pequeñas tareas que tienes que acometer, las cosas rápidas y sencillas. Cosas que hay que resolverlas sobre la marcha, sin necesidad de darle muchas vueltas y de posponer. Es algo parecido a lo que hago por las mañanas cuando salgo a entrenar. No me lo cuestiono, me pongo directamente los botines y salgo de casa. Como en la dinámica del “Getting things done”, todo lo que dura menos de dos minutos lo hacemos sobre la marcha.

  Segundo, esa tarea importante que solemos evitar. No nos podemos quedar mirando la montaña entera. Hay que encontrar el paso que puedes dar hoy, y dar solo ese paso. Tenemos que dar ese paso y dejar que la montaña se vaya haciendo más pequeña a nuestras espaldas.

    Espero que os haya gustado la reflexión y os haya ayudado a hacer más pequeña esa montaña que nos encontramos frente a nosotros. Pasito a pasito, minuto a minuto, y antes de que nos demos cuenta estaremos leyendo la publicación que cierre el año.

Gracias por vuestro tiempo como siempre y seguimos escribiendo. Letra a letra, frase a frase.



martes, 19 de mayo de 2026

Sé amable, porque cada persona con la que te cruzas está librando una dura batalla.

         Publicación del mes de mayo, cerquita ya del ecuador de este 2026 que parece que comenzábamos ayer y que titulamos con esta inspiradora frase de Ian MacLaren.  

La inspiración me llegó al recordar los primeros años de mi vida profesional. Ser cajero en una de las ya desaparecidas Cajas de Ahorros que componían el sistema financiero español me permitió iniciarme en una de las facetas que más me ha apasionado durante el resto de mi carrera: el trato con la gente. Comencé en una oficina cañera, de colas interminables y en las que muchas mañanas incluso el encontrar un hueco para poder ir al servicio era una auténtica odisea.

Allí aprendí rápido que el cliente que se asomaba al cristal blindado no tenía ninguna responsabilidad sobre mi estado de ánimo, que imagino que como el de la mayoría de los mortales, variaba debido a los más diversos factores. En sentido contrario también, en principio poco tenía yo que ver con la actitud del cliente cuando se acercaba a la ventanilla. Pero sí descubrí relativamente rápido, y gracias a un inocente y espontáneo juego que comencé a practicar junto a mi compañero de caja, que siempre había algo que podíamos hacer.

Cuando en las eternas colas de clientes que esperaban de forma impaciente a que llegase su turno divisábamos a un sujeto o sujeta con cara de pocos amigos comenzábamos a “jugar”. Lo primero que hacíamos era asignarnos su atención. Algunos días lo hacíamos por orden alternativo, otro día como castigo al compañero o incluso como reto a superar por nosotros mismos cuando nos veíamos motivados. Con dos cajeros, era relativamente “fácil” manipular el orden y hacer que el cliente cayese del lado correcto. Bastaba con ralentizar el servicio del cliente en curso, o levantarse estratégicamente para ir al baño, a la impresora o al despacho del director. El objetivo del juego era tan sencillo de describir como complicado de ejecutar: teníamos que arrancar una sonrisa a ese cliente difícil. Ahí comencé a tener constancia de la existencia de las “neuronas espejo” aunque no recibiese la explicación de las mismas hasta años más tarde. Algunas veces funcionaba, otras no. Pero con independencia del resultado, ser amable con esa persona que parecía estar muy lejos de esa amabilidad nos hacía siempre sentirnos mejor.

Continuaremos hablando sobre las “duras batallas” que tenemos que superar día a día. En primer lugar, muchas veces esa batalla dista mucho de ser un drama. Es simplemente cansancio acumulado:  alguien que se nos ha colado esta mañana en la rotonda y ha estado a punto de golpearnos, un dolor de muelas que nos trae desquiciados, una discusión con nuestra pareja por algo que ya ni recordamos o incluso un camarero que se equivoca al servirnos el café que le habíamos pedido. Un cansancio que nos lleva a ofrecer lo peor de nosotros mismos y que normalmente suele provocar la misma reacción en las personas con las que nos cruzamos. No es el peso del vaso del agua, es el sostenerlo durante mucho tiempo.

La mayoría de las veces sabemos cómo mostrar compasión ante las dificultades visibles: el amigo que está de luto, el compañero de trabajo que se está divorciando, la persona mayor que no puede cruzar por sí misma un paso de peatones… Estas situaciones son relativamente fáciles de abordar. Los casos más difíciles son aquellos que juzgamos automáticamente: el compañero de trabajo que «no muestra compañerismo», la pareja que «olvida nuestro cumpleaños», el vecino que «muestra agresividad». La prueba no está en el desconocido, en ese cliente a quien vemos por primera vez. El desconocido es fácil. La prueba está en la persona con la que convives. Aquella cuya batalla crees conocer, y por eso juzgas y decides que no se trata de una batalla importante, o que simplemente no tiene ninguna batalla que librar. Muchas veces  los privamos de lo que damos libremente a personas a las que nunca volveremos a ver, porque la familiaridad genera certeza, y la certeza es enemiga de la curiosidad.

No podemos ganar la batalla de los demás.  Pero podemos evitar hacerla más pesada. Y en ese proceso nuestra batalla se vuelve más liviana. Porque todos nosotros libramos nuestras propias batallas…  La versión más difícil de esta cita es la que nunca nos decimos en voz alta: “Sé amable contigo mismo, porque tú también estás librando una dura batalla”. La amabilidad que ofrecemos a los demás suele superar la que nos ofrecemos a nosotros mismos.

En el otro extremo, a veces tendemos a pensar que sólo nosotros tenemos problemas y que todos deberían comportarse bien con nosotros. O que los problemas de los demás son insignificantes comparados con los nuestros, que es casi lo mismo o incluso peor que lo anterior…

En todos estos casos la amabilidad no supone un regalo que le hacemos a los demás. Se convierte en una herramienta de regulación para nosotros mismos. Investigaciones sobre la reevaluación positiva y los pequeños actos de amabilidad evidencian cambios fisiológicos. Descienden los niveles de cortisol. Se regula el ritmo cardíaco. Volvemos más rápidamente a ese punto de equilibrio desde el que la situación nos desplazó. Como en nuestro inocente “juego de cajeros”, al sentir curiosidad por el comportamiento de alguien en lugar de juzgarlo, nuestro cuerpo y nuestra mente se calman. No hace falta que cambiemos su forma de actuar, porque además eso es algo que escapa totalmente a nuestro control (mentalidad estoica) La nuestra (que está bajo nuestro control) la cambiamos automáticamente.

Con este deseo de amabilidad compartida me despido hasta el próximo junio, en el que celebraremos ya el paso del Ecuador de 2026. Gracias como siempre por vuestro tiempo y espero que os haya servido esta reflexión.



jueves, 23 de abril de 2026

¿QUÉ HUBIESE SIDO DE MI VIDA...?

         Me enamoré de la lectura siendo muy pequeño. Puede que ahí esté el origen de todo… incluso de mi relación con la escritura.

No lo recuerdo con claridad, pero me cuentan que mi abuelo me llevaba al Casino —el de antes, el de toda la vida— y me hacía leer el periódico en voz alta a sus amigos jubilados. Mi abuelo, orgulloso de su nieto. Sus amigos, pacientes. Y yo, sin saberlo, dando mis primeros pasos en algo que años después seguiría formando parte de mí. Sí recuerdo, en cambio, aquellos periódicos “protegidos” con un tubo de madera y un candado en el extremo. Como si la información fuese un tesoro… o como si alguien no pudiera resistirse a llevárselo a casa.

Pero no todo eran periódicos. En casa había una pequeña colección de libros —medio centenar, más o menos— que ocupaban el mueble bar. Y allí, sin filtros ni edad recomendada, me lancé a leer cosas como La tía Tula o Cinco horas con Mario. No tengo muy claro si entendía algo de lo que leía (probablemente no), pero sí recuerdo perfectamente que me gustaba hacerlo. Y mucho. Quizá de ahí venga mi amor por la escritura. Que no necesariamente mi talento… pero eso es otra historia.

Dentro de esa etapa lectora hubo una “joya” inesperada: la revista Pronto. Sí, has leído bien. Nada de Nature, Science o Muy Interesante. Pronto. La revista que aparecía religiosamente cada sábado en casa de mi tía, en esas visitas familiares que parecían rutinarias… pero que escondían pequeños descubrimientos. Había una sección que me fascinaba: “¿Qué hubiese sido de mi vida…?”. Aunque incluso con pocos años ya intuía que aquellas historias probablemente salían de la imaginación del redactor o redactora de turno, me atrapaban. Me hacían pensar. Me abrían una puerta.

Eran relatos sobre decisiones, sobre cruces de caminos, sobre cómo una elección podía cambiarlo todo. Aún no sabía lo que eran los “universos paralelos”, pero ya jugaba con ellos sin darme cuenta. Tanto, que años después llegué a escribir una novela basada en esa idea. Nunca la publiqué. Pero eso también forma parte de la historia.

Con el paso del tiempo (y unos cuantos años más en la mochila), ese tipo de pensamientos siguen apareciendo de vez en cuando: ¿Y si hubiese elegido otro camino?
¿Y si hubiese dicho que sí… o que no… en aquel momento?

Ahora, además, los observo desde otra perspectiva. La de padre. Y eso cambia mucho las cosas. Porque si algo tengo claro es que prefiero arrepentirme de lo que hice… en lugar de lo que no hice. Pero también tengo igual de claro que ese “qué hubiese pasado si…” solo tiene sentido si lo utilizamos para aprender, no para castigarnos.

Mi vida de hoy —con sus aciertos, sus errores, sus giros inesperados— es el resultado de todas esas decisiones. Y, sobre todo, es el lugar donde están las personas que más quiero. Y eso no lo cambio. Ni siquiera por curiosidad. Esta reflexión no es solo personal. También es profesional. En el mundo de la empresa tenemos una habilidad especial para analizar decisiones pasadas con la información del presente. Y claro… así es muy fácil acertar.

El clásico “yo en tu lugar hubiese…” suele decir más del presente que del pasado. Empatizar, sí. Juzgar a toro pasado… aporta bastante poco. Por eso, más que mirar atrás con lupa, prefiero mirar adelante con intención. Y aquí van dos ideas para cerrar.

La primera: los universos paralelos. No sé si existen. No sé si algún día los entenderemos. Pero pensar en ellos, a veces, es divertido. Nos recuerda que la vida podría haber sido distinta… pero también que aún puede serlo. Porque el pasado no se cambia. Pero el futuro… ese sí está en nuestras manos.

La segunda: dejar de rumiar. Cuando la cabeza entra en modo lavadora —dando vueltas una y otra vez a decisiones pasadas— intento hacer algo muy simple: ampliar el plano. Salir del zoom. Ver la foto completa. Y ahí aparece un comodín infalible: mis hijos.

Porque entonces me hago una pregunta muy sencilla: Si hubiese tomado decisiones diferentes… ¿estaría viviendo esto tal y como lo estoy viviendo hoy? Y como la respuesta podría ser “no”… la lavadora empieza a frenar.

Y si no lo hace, voy un paso más allá: ¿Y si no haber tomado aquella decisión me hubiese llevado a un lugar en el que hoy ni siquiera estaría aquí? Puede sonar extremo. Pero, oye… funciona.

Y hasta aquí por hoy. No quiero seguir dándole más vueltas —que ya sabemos cómo acaba eso—.
Si has llegado hasta aquí, gracias de verdad por tu tiempo. Ojalá esto te invite, al menos, a una pequeña reflexión.

Nos vemos en mayo, ya cerquita del ecuador del año. Y ahora sí… me despido con una imagen real de aquella revista que, sin saberlo, empezó todo esto.



viernes, 27 de marzo de 2026

REFLEXIONES SOBRE LA DIVERSIDAD

     Otro mes que vuelvo a apurar la redacción y la publicación de mi blog. Como siempre, espero a que algún evento o reflexión de mi vida diaria me inspire a escribir algo que pueda ser interesante para mi público (me acabo de venir arriba) y sobre todo que me ayude a pensar mientras lo escribo.

En el mes de marzo hay muchos eventos que me llaman la atención. El principal de ellos, y sobre el que ya he escrito en otras ocasiones es el cumpleaños de mi hijo Pablo, una de mis verdaderas fuentes de inspiración junto a mi hija Daniela. Este año estaba dándole vueltas a la opción de escribir sobre la llegada de la primavera. La entrada de esta estación y la salida del invierno, con todo lo que ello conlleva, da mucho juego. Además de alergias y otros daños colaterales, la primavera, que en su raíz etimológica significa algo parecido a “primer verdor”, implica un renacer que puede tener más sentido que el inicio de año con el día uno de enero o el de curso a principios de septiembre.

En esas estaba cuando la semana pasada tuve la ocasión de acudir a Ifeca (Institución Ferial de Cádiz) a la Feria del Deporte y la Vida Sana, para llevar a cabo la presentación de un proyecto de realidad virtual con la Fundación del Fútbol Andaluz, de la Federación Andaluza de Fútbol. La experiencia va preferentemente dirigida a personas con diversidad funcional y neurodiversidad, con el objetivo de darles la posibilidad de vivir una experiencia “deportiva” que de otra forma no les sería posible. Los lemas “fútbol sin barreras” y el “fútbol es de todos” son la mejor evidencia posible de las características del proyecto. Por si fuera poco, el sábado coincidió con la celebración del Día Mundial del Síndrome de Down, ése que muchos celebran con calcetines desparejados (algunos hasta con los zapatos) como evidencia de la normalización de la diversidad.

Del fin de semana en Jerez me he traído varias reflexiones (y lecciones) muy importantes. La primera es una que ya había transitado mis neuronas en más de una ocasión. ¿Cuál es la verdadera definición de diversidad? Y a sensu contrario ¿y la de la no diversidad? Si acudimos a la RAE en su primera acepción nos encontramos con variedad, desemejanza, diferencia. La desemejanza y diferencia nos lleva a pensar en la referencia respecto a la que experimentamos esa desigualdad. La segunda acepción me gusta más: abundancia, gran cantidad de varias cosas distintas. Las palabras neurodiversidad y diversidad funcional, no aparecen en el diccionario. Pero centrémonos en las presencias, en lugar de en las ausencias. ¿Cuál es la referencia, la normalidad que deberíamos usar para poder entender la diversidad?

Creo que más importante que llegar a definir la diversidad es poder vivirla. El sábado por la mañana, la Fundación del Fútbol Andaluz tuvo a bien organizar varios partidos de fútbol inclusivos. El que realmente llamó mi atención fue uno jugado por un equipo de personas diversas en su más amplio sentido de la palabra. Diversidad de edades, de géneros, de condiciones. Pasé más de media hora absorto viéndolos calentar primero y jugar después. ¿Realmente hay alguna diferencia entre el comportamiento de estas personas y el que observamos en un partido de fútbol “normal”? Varias, bastantes que diría yo. Las que más me impresionaron a continuación:

·        Foco. Aunque esta es una característica que debería encontrarse fácilmente en deportistas de élite, nunca he visto a un futbolista tan concentrado en un calentamiento. Esas miradas al balón antes de golpearlo no tienen precio. Se olvidan del entorno, del marcador, incluso de las normas a veces. Pero están dentro del juego de una forma muy intensa. Curioso porque este foco exclusivo es la base del proyecto de Minifunkids. Lo que ocurre dentro de esas gafas absorbe y anula todo lo que ocurre en el exterior.

·        Alegría. Un gol no es un gol. Es una explosión. Es correr sin rumbo. Es celebrarlo como si fuera la final del mundial. No hay postureo. Solo emoción real. He visto celebraciones más emocionantes que las de futbolistas profesionales.

·        Inocencia. No juegan para ganar. Juegan para jugar. A veces no entienden el resultado como lo entendemos los no diversos… y eso, curiosamente, es lo más puro del deporte.

·        Creatividad imprevisible. Pueden hacer cosas que “no tocan”. Ir en dirección contraria. Chutar a tu propia portería. Quedarse con el balón más tiempo del esperado. Inventarse su propia lógica dentro del juego.

·        Esfuerzo invisible. Lo que para algunos es automático… para ellos puede requerir un esfuerzo enorme. Seguir una norma. Esperar turno. Coordinarse con otros. Cada acción tiene detrás mucho más de lo que parece.

·        Superación constante (aunque no siempre visible). A veces no hay grandes hitos. Pero sí pequeños avances continuos. Y eso, sostenido en el tiempo… es enorme.

No pude evitar acordarme de la película Campeones. Entendí perfectamente por qué Javier Gutiérrez declinó la oferta de participar en la serie “La casa de papel” para en su lugar participar en esa inolvidable película.

Además de esta lección también aprendí bastante de las personas (la mayoría niños) que fueron usuarios de nuestra aplicación. Me di cuenta de que cada uno tenemos nuestros propios patrones de comportamiento. Ante la misma situación (un balón virtual que se lanza hacia nosotros y que tenemos que agarrar y colocar en unas cajas correspondientes en función de distintos criterios, como color, tamaño, tipo de balón…) todos tenemos comportamientos distintos, con independencia del grado de diversidad (si es que la diversidad se puede medir en grados…) Algunos aprenden a agarrar el balón a la primera, otros no son capaces de cogerlo tras más de cinco minutos, otros usan las dos manos, otros hacen el gesto de colocar el balón en su correspondiente cesta incluso sin agarrarlo… Diversas respuestas ante un mismo problema. ¿Es posible distinguir las “normales” de las diversas? Yo no fui capaz. Ni creo que sea necesario.

Y cuando ya estaba a punto de darle al botón de publicar ayer vuelvo a vivir otra experiencia que me reafirma mi teoría sobre la diversidad. Ayer tuve la oportunidad de pasar un día inolvidable junto a mi ahijado, capitán, representado, casi hijo y tantas cosas más Cristian. Por cuestiones de confidencialidad profesional no puedo avanzar mucho más. Tan sólo os puedo decir que se “vienen cositas” y que el resultado del día de ayer nos va a dejar con la boca abierta a más de uno…

Quiero cerrar esta publicación con dos definiciones que me gusta usar cuando hablo de diversidad. Acostumbro a decir que todos somos “Igualmente diferentes” o “diferentemente iguales”. Los que me conocéis sabéis de mi afición por usar zapatos (no sólo calcetines) desparejados. Anteriormente sólo en mi faceta deportiva, y últimamente en mi vida diaria (cosas de tener una jefa comprensiva, entre otras muchas virtudes). Cuando tengo oportunidad de dar alguna charla en un centro educativo acompañado de alguno de mis Capitanes de Carros de Fuego, siempre generamos un debate muy constructivo sobre mis botines son iguales o diferentes. Al final, los chavales entienden que son “igualmente diferentes” o “diferentemente iguales”. Que sean de distintos colores y diversos no quiere decir que en el fondo sean iguales y sirvan para lo mismo. Exactamente igual que ocurre con el maravilloso mundo de la diversidad.



viernes, 20 de febrero de 2026

LA TEORÍA DE LOS OPUESTOS

         Me resulta muy difícil escribir en febrero sobre algo que no sean los carnavales ni la maratón. Con las piernas todavía un poco perjudicadas (algo menos de lo que esperaba y mucho menos de lo que merecía) este año he decidido decantarme por la segunda opción. Quería hacer algo diferente, que fuese más allá de una crónica deportiva tradicional. Este año era mi decimotercera participación consecutiva en esta prueba que tanto me ha dado, y quería hacer de esta celebración algo especial.

Sin miedo alguno a una edición que a algún que otro supersticioso le pudiese evocar el tan temido mal “bajío” y en unas circunstancias un poco especiales, decidí ponerme una vez más en la línea de salida. Para mí la maratón es una prueba que por mucho que repitas siempre tiene algo que enseñarte, así que este año me volví a presentar con toda la curiosidad y apertura de mente dignas del mejor estudiante.

Este año las circunstancias físicas, personales, profesionales y sobre todo meteorológicas me habían llevado a entrenar menos que nunca. El frío, las lluvias, mi cabeza en plena ebullición y alguna que otra causa más me habían llevado a reducir los entrenamientos al mínimo. Reflexionando y mirando hacia atrás, que es como creo que se genera el verdadero aprendizaje, me ha parecido interesante escribir sobre la teoría de los opuestos de Sócrates (y posteriormente de su alumno Platón) que hace ya muchos años (casi ni mi acuerdo) conocí en mis clases de filosofía. Además creo que este concepto creo que ha resurgido con mucha fuerza en un mundo tan polarizado como el que nos ha tocado vivir.

El bueno de Sócrates, además de sólo saber que no sabía nada, apostó por los opuestos como fuente del conocimiento. A través de su contraposición se podía llegar a una mejor comprensión de las cosas. Una buena forma de comprender qué significa el bien es oponerlo a todo lo que conlleva el mal, por ejemplo. Su discípulo Platón, incluso mejorando al maestro (como creo que hacen todos los hijos con sus padres) se atrevió a elevar esta teoría al nivel de las ideas. De hecho, el consideraba las ideas como las formas perfectas y eternas de las cosas, que mostraban su imperfección en el mundo material. Al final, la idea que puede surgir de todo esto, y sobre la que volveremos al final es si los opuestos son realmente opuestos o simplemente son dos aspectos de una misma cosa.  Y también si es posible que los opuestos puedan coexistir en una misma realidad. Los opuestos pueden aparecer como complementarios, como dos aspectos del mismo fenómeno. De hecho la noche y el día no son más que las dos caras del ciclo diario del sol. Los opuestos también pueden coexistir en una misma realidad, el bien y el mal pueden atribuirse a una misma persona, dependiendo de las circunstancias y las decisiones que tome.

Disquisiciones filosóficas aparte (nunca mejor dicho) en esta publicación quería contraponer conceptos como esfuerzo y resultado, motivación y disciplina, improvisación y planes, cuerpo y mente, extremos y equilibrio, meta y camino… con el objetivo de llegar a entenderlos mejor. Y quería hacerlo utilizando las lecciones que he obtenido de mi último recorrido de la distancia inmortalizada por Filípides. Como ya anticipaba, por cuestiones varias, mi “preparación” (sí, entre comillas) hay dejado bastante que desear. Sin llegar a recuperarme totalmente del esguince de tobillo en mis vacaciones me lancé a nuestro Camino de Santiago solidario con el Reto Pichón 2026. Decidí tomarme un tiempo prudente de descanso, y entre el tiempo y mi mente no fui capaz de completar cuarenta kilómetros de carrera en ninguna semana. Las lluvias y la época de las medias maratones se me vinieron encima y participé en cuatro medias casi sin entrenar. Veintiún kilómetros son medianamente asumibles con poco entrenamiento, pero la maratón es otra cosa. De hecho, la maratón no es asumible ni entrenando…

En este camino comencé mi estudio comparado de opuestos. ¿El esfuerzo te garantiza siempre resultados? ¿Por debajo de qué nivel de esfuerzo estamos condenados al fracaso? ¿La falta de entrenamiento es cuestión de falta de motivación o de falta de disciplina? ¿Los planes (de entrenamiento o de lo que sea) deben seguirse al pie de la letra o tenemos que dejar un amplio espacio para la improvisación? ¿Una mente supuestamente fuerte es capaz de compensar un cuerpo medianamente entrenado? ¿Tenemos que ser extremistas en nuestros planteamientos o la virtud está en el término medio? ¿Si no recorres adecuadamente y experimentas la felicidad en el camino eres capaz de llegar a la meta? Muchas preguntas sin respuesta, que se intentaron ordenar en los últimos meses con la experiencia que detallo a continuación.

Poco entrenamiento específico de carrera (casi ninguno) y poco esfuerzo aplicado han condicionado tremendamente el resultado final. Haber entrenado más no me hubiese garantizado un mejor resultado, pero al menos me hubiese ahorrado el arrepentimiento y la incertidumbre acerca de lo que hubiese pasado si lo hubiese hecho. Nunca me faltó motivación. Pensar en los Capitanes de los Carros de Fuego con los que compartimos carrera es motivación necesaria, pero no suficiente. Para salir a correr hace falta disciplina. Para pasar frío, para mojarte, para sufrir. Y disciplina de la que anula cualquier atisbo de argumentación racional o emocional. Tienes toda la razón en pensar que te resfriarás si pillas una mojada de hora y media. La misma que te hace pensar que no te ocurrirá nada porque lo que no te mata te hace más fuerte. En mi caso particular, me queda muy claro que la mente está muy por encima de mi cuerpo, pero si tampoco entrenas la mente no será capaz de suplir el déficit del cuerpo. Limitar los entrenamientos prácticamente a las carreras te hace perderte gran parte del proceso. Demasiado. Esta vida es tan corta que seguro que cuando llegue el final lamentaré todas esas carreras perdidas. Y para cerrar esta publicación tan aparentemente surrealista la confirmación de que el equilibrio es fundamental, como ya comentaba en su día con la publicación sobre la rueda de la vida. Aplicando la metáfora de las notas, puede tener más sentido cuatro asignaturas aprobadas con un cinco cada una, que dos dieces y dos ceros. La media es la misma, pero en el primer caso tenemos un conocimiento aceptable en cuatro temas, mientras que en el segundo somos un genio en dos y un desastre en otros dos.

Por cierto, para los curiosos, y como “espoileaba” en parte al principio, decimotercera participación culminada. Con Lucía, con Irene, con Nacho, con Fernando, con Casilda, con Cristian, con María no era posible rendirse, no terminar. Sorprendentemente, pese a mi imprudencia de participar en una carrera tan respetable tan falto de kilómetros, el bajón me llegó muy al final, varios kilómetros después de dejar atrás el muro. Sufrir, lo que se dice sufrir “sólo” lo hice en los últimos cuatro o quizás cinco kilómetros. Algo asumible, pero lo que realmente duele es la duda de saber qué hubiera sido, si antes me hubiera conocido. Seguramente, tanto no lo hubiese sufrido, con mis amigos…

Cierro con un consejo, dad siempre lo mejor de nosotros mismos. Que nuestra determinación sea siempre más fuerte que nuestras excusas. Y ser coherente entre lo pensamos, decimos y hacemos.

Gracias por vuestro tiempo y perdonad porque esta publicación no me ha quedado muy ortodoxa. Al menos queda claro que ha sido escrito por inteligencia (o lo que sea) natural. Espero que os guste (complicado) pero sobre todo que os ayude a reflexionar (posible).  

Nos vemos en marzo, en plena primavera.



viernes, 23 de enero de 2026

REINVENTÁNDONOS: VOLVER A LOS ORÍGENES, UNA OPCIÓN MÁS

             Estrenamos el blog en este año 2026. Y al mirar atrás me doy cuenta de que éste será mi noveno año publicando mensualmente. Aunque si me pongo “tiquismiquis” (y hoy me he levantado así), esta aventura empezó un poco antes: en 2013 cuando escribía crónicas deportivas de pruebas de larga distancia, coincidiendo con mi debut en el mundo Ironman.

Hay momentos en la vida en los que las cosas no salen como las habíamos imaginado. Y cuando eso ocurre, solemos tener dos opciones: cambiar… o insistir. El problema es que, si seguimos haciendo lo mismo, lo más probable es que sigamos obteniendo los mismos resultados como ya nos dejó caer el bueno de Einstein, en una frase que no sé si realmente llegó a pronunciar él.

Este mes vuelvo a usar una metáfora deportiva. Sí, otra vez. A falta de terapia barata,  no hay nada como un dorsal para reflexionar. Cuando empecé a escribir en 2013, aventurarme con un Ironman, con mis capacidades físicas, parecia más una locura que una imprudencia. De las tres disciplinas, para mí la más intimidante era clara: correr una maratón después de nadar 3,8 km y pedalear 180 km. Eso no era sólo correr. Era negociar con tu cuerpo, con tu cabeza y con tus excusas.

Por aquellos días alternaba mis entrenamientos con clases de Tai Chi Chuan en el gimnasio de Pako’s, que siempre ha sido para mí algo así como mi segunda vivienda. Esa práctica, entre otras muchas cosas, me regaló un Maestro… y un libro: “Chi Running”, de Danny Dreyer. Y ahí cambió el guion: empecé a vivir las interminables sesiones de carrera no como entrenamientos, sino como clases. Aprendía más de lo que “machacaba”.

Casi quince años después, y con bastantes kilómetros en las piernas, la carrera empezó a perder el aliciente. Reconozco que me costó tiempo amar esta disciplina, pero cuando lo logré, salir a correr se convirtió en una especie de meditación en movimiento. Siempre sin música. Y en cada kilómetro me enfocaba en una faceta distinta del Chi Running. No importaba la velocidad ni la distancia: importaban las sensaciones.

Pero con tantas sesiones y tantas carreras, el hambre de aprender se fue apagando. Y pasé de ser alumno… a ser simplemente corredor.

En mi caso, además, hay una “variable” extra: la mayoría (por no decir todas) las carreras en las que participo las hago con mis Capitanes de Carros de Fuego. Y quien haya empuñado el asidero de un carro lo sabe: cuando vas con un Capitán, todo cambia. Los músculos dejan de doler, la mente deja de quejarse y la respiración se ordena como por arte de magia. Te olvidas de que te falta entrenamiento o de que te sobran kilos. Sales para correr… y, de pronto, estás haciendo algo mucho más grande que correr.

El problema es que entrenar con un carro no es algo que yo pueda controlar siempre. Así que, buscando innovar, decidí hacer algo que a veces olvidamos que también es innovar: volver a los principios.

Siempre me ha encantado esa frase de: “Cuando pienses en rendirte, recuerda por qué empezaste.” No había pensado en rendirme (o, al menos, no de forma consciente)… pero volver al principio me ha devuelto algo que echaba de menos: ilusión. Y, sobre todo, disfrute.

Y aquí viene mi pequeña “teoría” de este mes: muchas veces, volver al origen, pero con toda la experiencia acumulada, es una de las formas más originales de avanzar. No solo en el deporte. También en lo profesional… y en lo personal.

Porque sí: nos encanta planificar. Nos encanta que los planes salgan bien.  Gracias, capitán Hannibal Smith, por ponerle frase a nuestro deseo colectivo (espero haber arrancado una sonrisa a los de mi edad). Pero la vida tiene un sentido del humor bastante particular, y a veces —muchas más veces de las que nos apetece— las cosas no salen como estaban previstas. John Lennon lo resumió de forma magistral: “La vida es eso que pasa mientras estamos ocupados haciendo otros planes.”

¿Entonces qué? ¿Planificar o fluir sin planes? Buena pregunta… y material de sobra para otra publicación.

De momento, este enero me quedo con una idea sencilla: si lo que estás haciendo no te está llevando a donde quieres, cambia algo. Y no descartes que ese “algo” sea volver a hacer lo que hacías hace mucho, pero con la persona en la que te has convertido hoy.

Si esta publicación, además de gustaros, consigue que alguien se pare un minuto a pensar cuando las cosas no salen según lo previsto (que nos pasa a todos, aunque lo disimulemos muy bien), entonces habrá merecido la pena, o mejor la alegría, como dice otro de mis Maestros.

Nos vemos en febrero, el mes del carnaval. Gracias por vuestro tiempo, como siempre.

       

miércoles, 24 de diciembre de 2025

CIAO 2026, ARRIVEDERCI 2025

         Diciembre tiene esa extraña forma de presentarse frente a ti sin pedir permiso. No levanta la voz. No señala. Solo llega, se sienta y espera. Y cuando te mira, lo hace con esa mezcla incómoda de balance y verdad que no admite atajos.

Y mientras el exterior se llena de luces, música, regalos, mappings y otros adornos propios de estas fechas, tu interior se siente incómodo porque, aunque no quieras, llega otra vez el momento de hacer balance. Es como si el inmortal cuento de Charles Dickens nos convirtiese a todos en Ebenezer Scrooge. Como si el repaso mental del año que estamos a punto de dejar atrás invitase a nuestros fantasmas de las Navidades pasadas, presente y futura a sentarse frente a nosotros de igual forma que hace el mes de diciembre. Época emotiva y complicada a partes iguales, porque igual que disfrutamos de los que están, nos acordamos de los que ya se han marchado. En mi caso particular, llevo unos años intentando vivirlas como si fuesen las últimas de mi vida, porque al final (va por ti, Amigo) nunca se sabe… Imagino que serán cosas derivadas de hacerme cada vez más estoico, asumiendo el “memento mori”.

2025 ha sido un buen año. Posiblemente el mejor de mi vida, como me gusta decir cada año por estas fechas. Llegar hasta aquí ya supone un verdadero éxito, y hacerlo con las maletas cargadas con más experiencia mejora fácilmente el año anterior.

Una de las ventajas que tiene escribir este blog (para mí, claro) es que me facilita bastante esta evaluación de fin de curso. Se supone que cada mes escribo sobre lo que me preocupa, motiva o influye, con lo que basta una lectura a vista de pájaro (acompañado del fantasma de los meses pasados) para ordenarlo todo.

Empezó con piedras. Claro que sí. Siempre empiezan así los años que enseñan. Pero esta vez no me lancé contra ellas. Me senté. Las miré. Y entendí que muchas no estaban ahí para frenarme, sino para apoyarme. Un buen amigo mío dice que los problemas no se acaban, las soluciones tampoco. Una vida sin problemas (piedras) no sería vida, así que bienvenidas sean. Espero haberme hecho más fuerte este año para poder utilizar las del año próximo.

Luego llegó el recordatorio que nunca falla. La vida no espera. No espera a que te sientas listo, ni a que tengas el discurso perfecto, ni a que el miedo se canse antes que tú. La vida pasa. Y mientras pasa, o estás dentro, o estás mirando. Pensé en abrazos pospuestos, en risas aplazadas por agendas imaginarias, en ese "cuando tenga tiempo" que suele ser una forma educada de decir "cuando ya sea tarde". A pesar de que sólo estaba en febrero, el año comenzaba fuerte.

Y si hablamos de piedras y de paso del tiempo, hablamos de resistencia. De esa que no se aplaude. Días en los que resistir no tenía nada de heroico y todo de necesario. Adaptarte. Ajustar. Elegir seguir cuando lo fácil habría sido apagar luces. Ahí entendí que resistir no es aguantar por orgullo. Resistir es decidir. Cada día. Incluso cuando no hay épica que lo justifique.

Y de pronto, sin avisar, como lo hace diciembre, llegó el mes de abril, el que le robaron a Sabina. Dieciocho velas. Una frontera invisible. Ese momento en el que te das cuenta de que no crías hijos. Los acompañas un rato. Que no son tuyos, te atraviesan. Y que amar también es soltar, aunque la mano tiemble cuando sueltas. Tú eres el arco. Ellos, la flecha. Aceptarlo duele justo lo necesario.

Y tras esta reflexión, vuelta al camino. A esa metáfora de la vida que son los 101. Porque pienso mejor cuando avanzo. Cuando el cuerpo se cansa y la cabeza se rinde. Retos que no van de ganar, sino de presentarte. Con lo que tienes. Con lo que eres. Sin pedirle a la vida que te lo ponga fácil. Y, si hay suerte, encontrar alegría en mitad del cansancio. De esa que no se grita, pero sostiene.

Tras este reseteo mental que te regalan casi veinticuatro horas contigo mismo me di cuenta de que había que desprenderse de algunas máscaras. No todas, sin exagerar. Pero las suficientes. Porque aunque el carnaval también forma parte de mi vida, todo el año no es febrero, aunque muchas coplas canten lo contrario. Hay que quitarse las más peligrosas. Las de "puedo con todo", las de "mírame qué bien", las de "no pasa nada". Y al hacerlo descubrí algo curioso. Cuando bajas la guardia, los demás también respiran. Ser uno mismo no te hace más fuerte. Te hace más tranquilo. Y eso, hoy, es un lujo. Además, ésta fue la lección más importante que me dejó mi padre, y aplicarla es la mejor forma de honrarlo y recordarlo.

Otra vuelta al sol. Un aniversario especialmente complicado por la rima que provoca. Y mi regalo llegó en forma de iluminación y aprendizaje. La cuerda no da para todo. Si tapas una parte, otra queda al descubierto. Quizá ahí esté la sabiduría que llega con el tiempo. Menos extremos, más equilibrio. Las cimas lucen mucho. Pero las simas enseñan de verdad.

En las vacaciones volví a tropezar. Otra vez. Porque el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, dicen. El error no vino a humillarme, vino a ajustar el rumbo. Entendí que la calidad no nace de hacerlo perfecto, sino de permitirte hacerlo mal y mejorar. Que el proceso importa más que el golpe de suerte. Y que repetir piedra en el tropiezo incrementa las posibilidades de aprender la lección.

Vuelta al a rutina con otra locura. De las que merecen la pena. No por ego, sino por sentido. Por gente. Por propósito. Horas largas, sueño robado, piernas discutiendo con la cabeza. Y una verdad que volvió a aparecer clara. La felicidad no está al final. Es el combustible. El "por qué" lo cambia todo. Cuando es real, empuja incluso cuando las fuerzas no llegan. Alberto nos enseñó incontables lecciones a más de mil kilómetros…

También apareció el demonio de siempre. El "para qué". Y ahí volví al truco más simple y más eficaz que conozco. Contar pasos. Cien. Solo cien. Luego otros cien. Porque a veces no se trata de correr, sino de no bajarte. Nunca te bajes. Como mucho, que te bajen. Conectado con la resistencia, con los tropiezos. La motivación enciende la chispa, pero la constancia la mantiene encendida.

El mes pasado me embarqué en un recorrido que me regaló un paseo por mi vida, similar al de los fantasmas. Un paseo particular, privado, pero que guarda muchos paralelismos con el que todo llevamos a cabo.

Y ahora, sentado frente a diciembre, detengo el barco un momento. No para terminar. Para revisar. Para agradecer. Para entender que el río no se repite, pero tú tampoco eres el mismo. Que has aprendido a leer mejor la corriente. Y que navegar no va de llegar al mar, sino de hacerlo con sentido.

Si este año te ha dejado cansado, estás vivo. Si te ha dejado dudas, sigues pensando. Y si te ha dejado ganas de llorar un poco, adelante. A veces hay que vaciar para poder seguir. Y seguro que el hueco que dejen esas lágrimas se llenará con algo bonito.

Cierro el cuaderno del blog con una sonrisa tranquila. De las que no se publican, pero se sienten. Y con una promesa sencilla. Seguir navegando. Con menos prisa. Con más conciencia. Y con esa obstinación bonita de intentar hacerlo un poco mejor. Y de compartirlo con vosotros, mientras esté por aquí.

Gracias por estar al otro lado. Nos vemos pronto. Que el ritmo no pare, porque como decía el gran Freddy, “el espectáculo debe continuar”.



lunes, 17 de noviembre de 2025

NOVIEMBRE DULCE: EL RÍO DE LA VIDA

     Noviembre es un mes que tiene un significado especial para mí. Es el mes del cumpleaños de mi compañera de viaje, y el mes en el que comenzamos a salir hace ya bastantes años. Reflexionando sobre el camino que hemos recorrido juntos me vino a la mente una técnica llamada el Río de la Vida (igual que la película dirigida por el añorado Robert Redford y protagonizada por Brad Pitt) que utiliza la metáfora de un río para que las personas analicemos nuestra trayectoria vital, experiencias, desafíos y éxitos. La última vez que la utilicé fue hace un par de años, justo antes de mi último cambio profesional, y la verdad es que me fue bastante útil.  Me permitió ver con bastante perspectiva todo lo que había hecho ya (a mi edad el río es bastante largo…) y sobre todo motivarme para lo que soy aún capaz de hacer mientras el río fluya…

Como trasponer aquí mi particular río de la vida me parecía poco útil para los lectores (salvo para los que tuvieran alguna curiosidad especial), he creado un río de la vida genérico, en el que, a la vez que todo parecido con la realidad es pura coincidencia, se reflejan circunstancias muy genéricas para hacernos reflexionar. Va en formato lista, para facilitar su lectura y no hacerlo excesivamente pesado.

h Nacemos. Posiblemente uno de los días más importantes de nuestra vida del que no tenemos recuerdo alguno, al menos los de nuestra generación. Hoy en día con los teléfonos móviles es más fácil, pero algunos tuvimos que esperar bastantes años para colocarnos por primera vez frente a un objetivo.

h Llegan otros miembros a la familia, en el caso de que seamos hermanos mayores. En muchas ocasiones tampoco tenemos recuerdos de esta etapa.

h Comienza nuestra etapa escolar. Parvulitos o educación infantil. Guardería o cole. Época aún de recuerdos difusos.

h Llegan los amigos. Aquellos a los que nos gusta acompañar en sus cumpleaños, y con los que a veces compartimos extraescolares. Los recuerdos comienzan a ser cada vez más claros, y muchos de los contactos que hagamos aquí nos acompañarán a lo largo del curso del río.

h Las hormonas comienzan a revolucionarse en nuestro interior. Ya se habrán formado la mayor parte de los rasgos que definirán nuestra personalidad de adultos. Y muchos recuerdos, incluso no accesibles para nosotros, condicionarán nuestro comportamiento.

h Transitamos por la adolescencia, y desplazamos hacia nuestros amigos el rol de héroe que hasta ahora habían asumido muchos de nuestros padres, ocupando en su lugar el de villanos.

h Cumplimos la mayoría de edad (puesta de largo para la generación actual y posibilidad de comenzar a trabajar para otras más antiguas) Algunos pasaremos por la universidad, como otra etapa de vital importancia en nuestro recorrido (o no)

h Se consolidan las relaciones de pareja, y algunos nos planteamos transitar por la ribera del río junto a alguien durante gran parte del camino. Otros prefieren ir solos, otros cambiar de acompañante cada cierto tiempo. Cuestión de gustos.

h Llega la hora de debutar en el mercado laboral (por lo general, cada vez más tarde). Disfrutamos de o sufrimos a nuestro primer jefe, cuya influencia dicen que es vital para el resto de nuestra carrera profesional.

h Algunos decidimos tener descendencia, algo que condicionará definitivamente nuestro recorrido. Sobre todo porque comenzaremos a ser modelo de referencia para los que forman parte de nuestra familia.

h Los que tenemos prole vemos el recorrido desde una nueva perspectiva. Condicionados (en teoría) por la responsabilidad que conlleva el que nuestras huellas guíen otros caminos.

h Desarrollamos nuestra carrera profesional. Algunos incluso llegamos a ser jefes y tenemos la oportunidad de recordar como nuestro primer jefe nos trataba a nosotros.

h Tener hijos también nos da la oportunidad de volver a pasar por los mismos meandros que transitamos de joven, pero ahora sin tener el papel de protagonista. En un ejercicio muy importante tenemos que aprender a soltar, a dejar que cada uno recorra su propio camino.

h Se nos empiezan a caer compañeros de viaje, algunos porque empezaron su recorrido mucho antes que nosotros, y otros porque simplemente su desembocadura estaba predestinada antes de lo habitual.

h Nos damos cuenta de que lo importante no es la longitud del río, sino lo que podamos disfrutar de su recorrido. Mirando con perspectiva hacía atrás, comenzamos a comprender muchas cosas. Los rápidos, las cascadas, los estanques y los demás accidentes que hemos atravesado no son más que lecciones de vida necesarias para seguir aprendiendo. Unimos puntos, que diría Steve Jobs.

h … y hasta aquí puedo contar, porque afortunadamente sigo paseando por la ribera. Sin ninguna prisa por llegar al mar, pero aprovechando a tope el camino por si se llega antes de lo esperado.

Espero que este guion genérico os motive e inspire para que podáis dibujar vuestro propio río de la vida. Reflexionar sobre mis principales hitos me sirvió para decidir qué camino tomar, y con qué experiencias ir rellenando futuros ejercicios.

Parafraseando a Heráclito, “nadie se baña dos veces en el mismo río”, porque el río nunca es el mismo, porque el agua que fluye continuamente hace que el río sea siempre un nuevo cauce con aguas diferentes en cada momento, pero sobre todo porque la persona tampoco es la misma, porque el tiempo y la experiencia cambian a la persona de una manera tan constante como el río.

Y para finalizar la publicación y dejar tiempo a que todos podáis representar vuestro propio río de la vida, una imagen ligeramente retocada, del cartel de la película a la que hacía referencia, donde un “experimentado” Brad Pitt nos dedica una de sus cautivadoras sonrisas.

Cerramos el año con la próxima publicación. Gracias por vuestro tiempo como siempre.



lunes, 13 de octubre de 2025

100 PASOS

Este mes convierto en publicación una de las lecciones más importantes de mi vida, que he usado incontables veces en mi faceta profesional, personal y a lo largo de innumerables pruebas deportivas. La leí ya hace mucho tiempo, y me pareció algo de una potencia brutal…

Gracias a mi buen amigo Miguel López he tenido la oportunidad de compartirla en su club La Moneda CF con un equipo de chavales en plena explosión hormonal adolescente, y en contra de lo que pensaba a priori, la escucharon hasta el final.

Para poneros en antecedentes quiero antes explicar en qué consiste un Ironman, la prueba deportiva en la que se desarrolla este cuento imaginario. Doy por hecho que todos mis conocidos lo tienen claro, pero invertiré un par de párrafos para los neófitos.

 Un 18 de febrero de 1978 se ponía en marcha el primer Ironman en Hawaii, para zanjar una discusión sobre quienes eran más fuertes entre los nadadores, los ciclistas y los corredores. Un comandante de la Marina Estadounidense, John Collins, decidió junto a un grupo de amigos que lo mejor era hacer un combinado entre tres pruebas que ya existían en Hawaii: la Roughwater Swim (3,8 kms. de natación), la Around Oahu (180 kms. de ciclismo) y la Maratón de Honolulu (42 kms. de carrera a pie). Así surgió una competición en la que participaron 15 atletas. Se unían las tres pruebas anteriores una detrás de otra.

El primer ganador –es decir el primer “Ironman”- fue Gordon Haller, que completó la prueba en 11:48:56. El último ganador fue Patrick Lange, quien logró su tercer título en la edición de 2024, completando la prueba en un tiempo récord de 7:35:53.  Una prueba de lo que ha evolucionado el deporte y la humanidad (sólo en algunas cosas) en poco menos de medio siglo. En este mes conoceremos al ganador de la edición de 2025.

Escribo sobre esta prueba porque ya hace 4 años de mi último Ironman, y las señales no dejan de mostrarme que debo volver… Desde 2013 he participado en 9 Ironman: 3 de la franquicia americana, 4 de marcas “blancas” y 2 piratas (sí, por locura que pueda parecer llevar a cabo una prueba de estas características sin una organización “oficial”, pero ya sabéis que sin locura no hay felicidad). Así que estoy especialmente ilusionado con la décima…

Experiencias personales aparte, volvamos al tema de la publicación de este mes. Érase una vez un participante cualquiera de un Ironman cualquiera. Esta prueba es tan grande entre otras cosas porque no comienza el día que te colocas en la línea de salida, sino muchos meses antes. Concretamente el día que decides participar. A partir de ahí se abre un entretenido camino en forma de puzle para poder encajar el entrenamiento con el resto de piezas de tu vida, como trabajo, familia, amigos, descanso… un auténtico desafío.

Llegó el día de la carrera, en el que tenía a todos los suyos pendientes de su participación. Embutido en el neopreno, y escuchando los latidos de su corazón por encima de la multitud que jaleaba a los participantes, sonó la sirena que daba oficialmente comienzo a la prueba. Se lanzó al agua, y entre golpes, pérdidas de rumbo y otros avatares propios de la prueba, consiguió completar los tres mil ochocientos metros nadando. Fueron muchas brazadas, incontables respiraciones las que le llevaron a la zona de transición para iniciar el sector de la bicicleta. Cambió el gorro de silicona por el casco, se quitó el neopreno y se puso las zapas de la bici para recorrer los ciento ochenta kilómetros de este sector. Su mente comenzó a jugarle malas pasadas, con innumerables cálculos sobre la posibilidad de llegar fuera del tiempo de corte y no poder continuar en la prueba. Entre nutrición, bebida y pensamientos recurrentes que temían una avería mecánica, un pinchazo o un accidente que lo dejase fuera de carrera completó los ciento ochenta kilómetros de este sector. Con bastante cansancio acumulado llegó de nuevo a los boxes para dar comienzo a la T2 y cambiar la ropa de ciclista por la de corredor. Al principio avanzaba torpemente, con unos músculos entumecidos acostumbrados a mover la bicicleta en una postura lo más aerodinámica posible.

               A pesar de que las quince horas de límite para finalizar la prueba quedaban aún lejos y le conferían muchas posibilidades para terminar, la falta de azúcar en el cerebro comenzaba a surtir efecto. La más temida e inevitable pregunta que a todos nos asalta en repetidas ocasiones en estas pruebas comenzó a dibujarse en su mente: “¿Qué … hago yo aquí?” Cruzarse con corredores que ya enfilaban la línea de meta mientras a él aún le quedaban tres vueltas al recorrido le provocaba un daño psicológico importante.

La pregunta no encontraba respuesta, y en su lugar los pensamientos del “ya no puedo más” jugaban su papel. Como en esas películas de dibujos animados que los que ya tenemos cierta edad veíamos en nuestra infancia, una figura con forma de angelito que revoloteaba en uno de sus hombros lo animaba a seguir, mientras que la otra con forma de demonio que aparecía en el hombro opuesto hacía lo imposible por llevarlo a abandonar. Nuestro protagonista ya había dejado de correr, y con las manos sobre sus rodillas se doblaba por la cintura con un gesto inequívoco de rendición. Como la lucha entre las dos fuerzas opuestas no llegaba a ningún sitio, el ángel, un auténtico experto en negociación (era un asistente habitual de las formaciones de mi amigo Alejandro Hernández) le hizo una propuesta irrechazable:

·        De acuerdo, nos rendimos. Esto no tiene ningún sentido. Pero antes de hacerlo te voy a pedir un último favor. Quiero que des cien pasos. Sólo cien pasos y lo dejamos.

El demonio aceptó sin rechistar. Parecía una propuesta asumible que al final lo llevaría a alcanzar su objetivo, el de arrojar la toalla antes de terminar. Nuestro triatleta se estiró y comenzó a caminar mientras contaba los pasos. Uno, dos, tres… noventa y ocho, noventa y nueve y ¡cien! Algo pasó en su interior que hizo que tras esta corta caminata se sintiese muchísimo mejor que antes de comenzarla. Así que decidió dar otros cien pasos sin escuchar al demonio que en su hombro reclamaba insistentemente que abandonase. A esos cien siguieron otros cien, y a esos otros cien… De pronto se vio trotando, y antes de que se diese cuenta había vuelto a correr sin necesidad de seguir contando pasos.

Los kilómetros fueron quedando atrás hasta que en el último giro un voluntario le marcó que era el camino de dirigirse hacia la línea de meta. Con lágrimas en los ojos recorrió esos últimos metros. Tuvo que limpiárselos para acertar a leer su nombre en el arco de meta, y escuchar el deseado “You are an Ironman” que da sentido a todo el trabajo desarrollado durante tantos meses antes.

En casi todas mis participaciones he acabado contando pasos. Por muy bien entrenado que vaya, por mucho que se hayan alineado los astros el día de la prueba para que todo salga perfecto, siempre hay un momento en que tu mente encuentra esa peligrosa pregunta y te obliga a responderla. Para mí esta prueba es una auténtica metáfora de la vida. No importa cómo lo hagas (nadando, pedaleando o corriendo), pero no te queda otra que seguir avanzando para llegar al final.

Hace un par de días, Natalie Grabow, con ochenta años, finalizó en Kona (Hawaii), el campeonato mundial de Ironman con un tiempo de 16:45:26, recuperándose de una caída pocos metros antes de cruzar la línea de meta. Un auténtico ejemplo para todos, de alguien que seguro que a lo largo de su vida tuvo que dar cien pasos para seguir avanzando en incontables ocasiones.

La semana pasada precisamente escuché un consejo en relación con este tema que me pareció espectacular, y que he querido dejar como broche final. Venía de un Oficial de la Marina Mercante, por lo que estoy seguro de que sabía de lo que hablaba: “Nunca te bajes del barco, como mucho, que te bajen…”

Como imagen para la publicación de este mes, una toma de mi último (hasta ahora, espero) Ironman en As Pontes durante el tramo de la carrera a pie, en el momento en el que mi lucha interior terminaba con cien pasos más…

Espero que os guste y gracias por vuestro tiempo. Nos vemos en noviembre.

p.s. Este mes, de regalo, un libro que escribí hace años sobre este sueño de ir a Kona, por si a alguien le puede interesar: https://www.bubok.es/libros/240651/t3