domingo, 27 de febrero de 2022

Gracias, Filípides. Gracias, Cristian. Gracias a todos.

     El mes más corto del calendario es, además del mes del Carnaval, el mes de la Maratón de Sevilla. Ya he escrito alguna publicación en relación a esta prueba. Concretamente en Febrero de 2020, cuando se celebró la última edición hasta la fecha. Hace un par de años hablaba sobre las diez lecciones que me había regalado la mítica distancia, como si anticipase lo que el futuro nos deparaba en poco menos de un mes. A continuación os dejo el enlace:


    Con las piernas aún doloridas (aunque menos de lo esperado) y el corazón a tope de emociones tras haber finalizado mi novena participación en la Maratón de Sevilla voy a aprovechar estas palabras para agradecer expresamente a Filípides su aventura de hace más de 2.500 años. Gracias a su caminata, que según cuentan acabó pagando con su vida, hoy tenemos la oportunidad de disfrutar de esta mítica prueba. También quiero aprovechar para agradecer expresamente a Cristian, que como el resto de Capitanes de Carros de Fuego, me han permitido disfrutar de un aspecto del deporte que jamás imaginé ni a soñar. Y como no, tampoco puedo dejar de dar las gracias a todos los que hacen que al final esta locura continúe. Comenzando por mi familia, que son los verdaderos sufridores en primera persona de mi demencia, y continuando con todos mis amigos, impulsores, y compañeros de vida que siempre tienen una palabra de aliento que me motiva a hacer del #ShosMustGoOn de Freddy Mercury uno de mis lemas vitales.

    En estas líneas haré un recorrido por mi relación con esta prueba en los últimos diez años. Puede parecer aburrido para muchos, pero a mí me va a dar la oportunidad de repasar esta última década de mi vida y de revivir tantos momentos inolvidables mientras escribo.

    Corrí mi primera Maratón el mes de Abril de 2012, en un día que diluviaba sobre la ciudad de Milán (quien me iba a decir a mí la relación que diez años después mantendría con la ciudad lombarda... Las casualidades (o causalidades) de la vida me llevaron a ser agraciado en el sorteo de un dorsal (primero por equipos y posteriormente convertido a individual) organizado por el mítico diario Marca. Bajo un aguacero imponente completé por primera vez en mi vida cuarenta y dos kilómetros corriendo, en un fin de semana inolvidable en el que pude disfrutar también de una escapada romántica con mi mujer. Dicen que la primera maratón no se olvida nunca. La mía con más motivo. El premio no sólo incluía el dorsal, sino viaje y alojamiento VIP en el mismo hotel donde los atletas profesionales se estaban jugando una plaza en los Juegos Olímpicos de Londres, que se disputaban ese mismo verano. Compartí entrega de dorsales, la tradicional comida de la pasta e incluso vestuario antes de la prueba con esos artistas que parecen ir en contra de la fuerza de gravedad y de rozamiento que nos castigan a la mayoría de los mortales. Cruzar esa línea de meta siendo consciente de que muchos de los compañeros que salieron conmigo no habían conseguido llegar me permitió aprender desde el primer momento que a mi nivel (bajísimo por cierto) el triunfo no estaba en hacer tiempo, sino en terminar. Era preferible ser el último de la carrera (que no lo fui, por cierto) que el primero de los que se quedan en el sofá de casa sin participar en ella (teniendo la posibilidad de hacelo, por supuesto).

    Con el veneno de la Maratón corriendo por mis venas tuve claro que no pararía ahí. La Maratón de Sevilla se convirtió en un fijo de todos los años. Misma prueba, misma distancia, pero con distinto propósito. Los tres primeros años buscando mejorar mi marca personal, algo que aunque iba consiguiendo tampoco me generaba un sentimiento de felicidad más allá de lo que supone finalizar una prueba de estas características. 2016 supuso un gran cambio en mi planteamiento de esta carrera. Fue la primera vez que afronté un reto solidario organizado, con la primera Edición del #YoAdelantoTúDonas. Basicamente el reto consistía en salir el último (nadie por detrás de mí) y con una camiseta diseñada para tal ocasión para que cada adelantado se convirtiese en un potencial donante de médula, colaborando con mis amigos de la Fundación Olivares. Algo imposible de controlar, como decía mi mujer, pero que asumía sabiendo que el ruído que le daba a la prueba se traduciría en más de un donante, como así fue. 2017 fue la confirmación del reto. Para este año conté incluso con un stand gratuito en la Feria del Corredor en Fibes, y el número de donantes de los que tuve noticia se incrementó respecto al año anterior. De todas formas, como explicaba a mi mujer, con que una sola persona se hubiese hecho donante de médula el reto se podía considerar un éxito. Y lo fue. En los dos días que pasé en el stand de la Feria (no fue la mejor preparación deportiva para la prueba, pero sí la mejor psicológica) tuve la oportunidad de conocer a unos vecinos de insuperable categoría: la asociación Carros de Fuego. Intenté correr con ellos incluso ese mismo año pero un chaval encantador me convenció que era una auténtica temeridad. Así que volví a salir el último, volví a adelantar a toda la gente que pude y me juré a mí mismo que mi próxima Maratón sería impulsando un carro. Y así fue. 2018, 2019 y 2020 fueron maratones muy especiales, distintas a todas las que había vivido hasta entonces. Ser las piernas de unos niños que ponen el corazón en el equipo es algo imposible de describir con palabras. Desde entonces, salvo mis participaciones en pruebas de larga distancia, no he vuelto a correr un maratón sin carros, y no creo que vuelva a hacerlo.

    Si no me fallan las cuentas, más de 800 kilómetros en estos diez años completando diecinueve (diez como prueba independiente y nueve como broche de un Ironman) veces esta distancia. Más de tres días corriendo sin parar. Sólo los que han completado esta distancia en alguna ocasión saben de lo que estoy hablando. Dicen que la maratón es una carrera en la que se corren 30 kilómetros con las piernas, 10  con la cabeza, 2  con el corazón y 195 metros con lagrimas en los ojos. Creo que esta prueba engancha tanto porque es una metáfora de la vida. Decía Rocky Balboa a su hijo en uno de los inolvidables momentos que nos regaló su saga que  nadie golpea más fuerte que la vida, porque no importa lo fuerte que golpeas, sino lo fuerte que pueden golpearte. Y lo aguantas mientras avanzas. Hay que soportar sin dejar de avanzar, así es como se gana. Y la Maratón es directamente así. Por muy preparado que llegues, por mucho que hayas entrenado y descansado, por muy bien que lleves la nutrición, y por muy fuerte que seas psicológicamente la maratón te acabará golpeando. Siempre acecha cualquier momento de debilidad para azotarte con toda la fuerza que es capaz de acumular. El famoso muro, que en teoría no llega hasta el kilómetro 30, puede aparecer en cualquier momento. Pero por muy fuerte que te dé, por mucho daño que te haga, pocas sensaciones te provocan tanta emoción como cruzar ese arco de meta, como una evidencia más de que todo esfuerzo tiene al final su recompensa. Si además lo haces impulsando un carro, que lleva a un Capitán que se convierte en el corazón que realmente impulsa el equipo, no hay palabras que puedan describirlo. 

    No encuentro mejor forma de cerrar la publicación este mes que la frase que aprendí de mi amigo José María Gallego, quien en su libro "A cuarenta y dos kilómetros de la felicidad" citaba:

    "Cada mañana en África, una gacela se despierta; sabe que deberá correr más rápido que el león, o éste la matará. Cada mañana en África, un león se despierta; sabe que deberá correr más rápido que la gacela, o morirá de hambre. Cada mañana, cuando sale el sol, y no importa si eres un león o una gacela, mejor será que te pongas a correr”.

    Que el amanecer os pille corriendo. Gracias una vez más por vuestro tiempo y seguid corriendo en busca de vuestros sueños. Gracias, Filípides. Tu gesta nos dio la oportunidad de vivir todo esto. Gracias Cristian, porque sin ti y sin el resto de los Capitanes de Carros de Fuego no sería lo mismo. Y gracias a todos, enumerar a todos los que hacéis esto posible sólo me llevaría a dejar gente fuera, así que os incluyo a todos. Mucho que agradecer.  Sólo los que hemos sido afortunados con la posibilidad de cruzar la línea de meta sabemos de lo que estamos hablando.

    En cuanto a la imagen para acompañar este post, que dicen que vale más que mil palabras, no creo que exista una que resuma mejor las emociones que se viven cuando se cruza esa línea de meta. Nuestras caritas lo dicen todo, pero la de Cristian, oculta tras su mascarilla, dice aún más. Gracias.