viernes, 22 de diciembre de 2023

ARRIVEDERCI 2023, BENVENUTTO 2024

          Un año más llega el final de este mes de diciembre casi sin darme cuenta. Cierro los ojos y parece que fue ayer cuando escribía mi publicación de despedida al 2022, un 2022 que calificaba como el mejor año de mi vida hasta entonces. Y es que el último siempre suele ser el mejor, sólo con haberlo contado y haber echado 365 días (o 366 si el año es bisiesto) al zurrón ya es motivo suficiente como para alegrarse y agradecerlo. Este año, a pesar de haber vivido un 2023 de auténtica montaña rusa con picos muy elevados y simas más que profundas, ha vuelto a ser el mejor. Lo que bien empieza bien acaba, dice nuestro sabio refranero, aunque algunos no quieran buenos principios para sus hijos. Si empiezas mal sólo te queda mejorar, es la otra interpretación que se le da a al asunto.

          Yo lo empecé bien. Muy bien, como todos los años. Después de un espectacular arranque de año con unas originales campanadas para nuestros amigos de Carros de Fuego, un año más tuve el honor de formar parte del séquito de beduinos de SSMM los Reyes Magos de Oriente, concretamente con su Majestad Baltasar. Por si no fuese suficiente, en compañía de uno de mis mejores amigos, haciendo además de escolta de seguridad privada de su hija y de su amiga. Ver las caras de ilusión de niños y mayores a cambio de un simple caramelo no tiene precio y es una experiencia que compensa con creces repetir todos los años.

           Llegó el Carnaval, una fecha que por cuestiones familiares siempre aparece marcada en rojo en mi calendario particular. Este año debuté en una chirigota, una de las cosas que tenía pendiente de hacer en la vida (no hablo de cantar, porque ese verbo tiene un significado ligeramente distinto a lo que en realidad hice). Mi hijo me volvió a demostrar una vez más que nada es imposible si no lo intentas, y tras una curiosa carambola del destino que le permitió participar como juvenil pudo saborear las mieles del triunfo en el COAC. Se convirtieron en la primera agrupación de procedencia sevillana que se alzaba con el primer premio. Haciendo historia, aunque él no le diese más importancia de la que tenía.

           En Semana Santa nos fuimos de viaje familiar en unas mini vacaciones por el Algarve que jamás olvidaremos. Risas por doquier, a pesar de que el clima no acompañó precisamente. Graduación de Daniela, finalizando su etapa en la ESO y dando el salto a Bachiller, donde tendría la oportunidad de seguir creciendo. Celebraciones de cumpleaños, vacaciones y demás me llevaron en volandas hasta la última parte del año donde todo se transformó a una velocidad de vértigo.

            Echando la mirada atrás a través de las publicaciones del blog conectando puntos, como decía el gran Steve Jobs, he podido confirmar que “la vida está inimaginablemente bien organizada”, como mi Maestro Alonso aprendió de su Maestro Eric Rolf. Confianza plena y paciencia infinita es uno de los mantras que deberíamos llevar tatuados a fuego en el alma a modo de ley universal.

          Comencé  año hablando de elección, con un contenido un poco singular, sin tener ni idea de la importancia que la palabra elección cobraría este año en mi vida. Después hablé de sentidos, del ensayo y el error como las más potentes formas de aprendizaje, y de la importancia de encontrar sentido a lo que hacemos en la vida. Compartí la posibilidad de decidir si usamos gafas de mosca o de abeja, quizás porque llevaba demasiado tiempo usando las primeras. Felicité a mi madre públicamente en junio, porque 80 primaveras no se cumplen todos los días. En julio me limité a transcribir literalmente mi “discurso” de agradecimiento a la Fundación Olivares con ocasión de la imposición de su medalla de oro. Tal fue el subidón, que literalmente volé al mes siguiente, puede que anticipándome al futuro. Hablaba al principio de montaña rusa, y un mes después cambié el brillante azul del cielo por el barro más pegajoso de la ciénaga de la Fan Pin Race, una prueba que me enseñó en tan solo tres horas mucho más que otras de mucha mayor duración. El barro me hizo ser consciente de las tormentas, de las sombras, de la profundidad de las simas, pero sobre todo de que al compartirlas podemos beneficiarnos incluso más que cuando sólo compartimos luces, sol y cimas. Noviembre fue un mes mágico, como no podía ser de otra forma, culminando en un diciembre espectacular en el que un giro radical de mi vida profesional me ha llevado a comenzar mi peregrinación por un camino que ni siquiera soñé en transitar. Un año más al zurrón, como decía al principio, con toda una multitud de experiencias vividas que me han hecho más sabio, además de más viejo.

      Un 2024 apasionante se abre ante mis ojos, en el que espero compartir al menos con una publicación al mes parte de mis lecciones. Leí una vez que la vida es un continuo aprendizaje, y que nos morimos cuando dejamos de aprender. He vuelto a colocarme el disfraz de estudiante novato y a colocarme en la casilla de salida. Espero aprender (vivir) mucho y poder compartirlo.

        Gracias a todos por este espectacular 2023, y especialmente a los que invertís parte de vuestro preciado tiempo en  soportar estoicamente mis reflexiones en el blog.

           Feliz Navidad a todos, y que el 2024 que ya llega os traiga todo lo mejor. Yo intentaré seguir por aquí para verlo.



jueves, 14 de diciembre de 2023

ME VOY. LO SIENTO. GRACIAS. OS QUIERO.

        Comienzo la publicación del último mes del año con un chiste. Aunque reconozco que hacer reír con un chiste por escrito es complicado porque gran parte de la gracia de los mismos se encuentra en la forma de contarlo, voy a intentarlo. El humor es uno de los tres componentes que forman parte de la definición de la vida en el Guerrero Pacífico, una definición que ya he mencionado en más de una ocasión. Concretamente el gurú Sócrates aconsejaba a Dan no perderlo nunca. Literalmente afirmaba:

·         “No pierdas el sentido del humor. Te dará una fuerza colosal. A pesar de las adversidades que te acechen, aunque la vida esté patas arriba ahora mismo, sonreír te permitirá abrazar una fortaleza y resistencia que tienes, pero que en ocasiones supones haber perdido.”

Mi compadre dice que no hay nada serio que no pueda decirse con una sonrisa, así que continuaremos con el chiste.

 Cuentan que un individuo caminaba por el mundo en busca de su autoconocimiento. Algo parecido al buscador de Jorge Bucay. En lugar de encontrarse un cementerio, dio con un convento donde se practicaba un curioso voto de silencio. Los monjes debían permanecer en el silencio más absoluto durante cinco años. Tras este periodo, se organizaba una fiesta espectacular en la que cada miembro de la congregación tenía derecho a pronunciar dos palabras. Después de casi dos mil días sin pronunciar palabra, cada hermano seleccionaba cuidadosamente qué dos palabras pronunciar. Llegó el momento de la fiesta y comenzaron los “discursos”: “Ave María”, “Gratia Plena”, “Mater Dei”, “Pater Noster”, “Virginum custos” fueron algunas de las parejas de palabras pronunciadas por sus hermanos. Cuando le llegó su turno, nuestro protagonista espetó un seco “Cama dura”. Todos los monjes lo miraron con los ojos como platos sorprendidos por la sinceridad del novicio. Otros cinco años de trabajos en silencio llevaron a una nueva celebración, y con ello, a la declamación de pareados. De nuevo el monasterio se llenó de “Ave María”, “Gratia Plena”, “Mater Dei”, “Pater Noster”, “Virginum custos” y similares, mientras nuestro amigo se dejó caer con un “Comida mala”. De nuevo la sorpresa fue total. Las miradas acribillaban al novato, por su carácter disidente. Otros cinco años en las mismas circunstancias llevaron a la repetición de la historia. Al latín de los monjes un “Me voy” resonó en el silencio de la comunidad. El abad, sin poder aguantar más, le gritó: “¿Cómo no te vas a ir, si llevas quince años quejándote?

                Yo no he llegado a tanto, pero sí podría decir que los últimos quince meses no han sido precisamente de oraciones en latín. Obviamente me he quejado más de lo que debía, porque quejarse no es una opción, como tampoco lo es rendirse. Haciendo honor a la verdad, no he sufrido la prohibición de hablar en ningún momento ni ninguna restricción a la hora de hacerlo, pero me ha parecido que el chiste podría ayudarme a enfocar el tema. Ahora entiendo que todo ha formado parte de un proceso de aprendizaje que me ha llevado hoy a donde estoy. Posiblemente haya tardado mucho en salir, pero el miedo siempre es un freno mayor de lo que suponemos. Escuché una vez que cuando avanzamos en nuestra carrera profesional podemos escoger dos caminos. El primero es el de Hernán Cortés en la conquista de México, cuando decidió quemar sus naves para dejarles claro a sus hombres que la retirada era imposible y que no había marcha atrás. El otro es el del escalador, que va afianzando siempre sus posiciones antes de seguir avanzando.  Me faltó valor y me sobraron años para hacer de conquistador, así que decidí escalar. Quizás pensé demasiado en levantar el pie a pesar de que el próximo asidero estaba al alcance de mi mano. Puede que porque no tuviese claro qué ruta escoger en la escalada.

                Sin embargo, cuando el momento llega, como comentaba en mi breve publicación del mes anterior, la ruta se ilumina y todo fluye. Los asideros que antes parecían lejanos e impracticables se acercan y parecen ergonómicos y hasta cómodos. Pero todo esto forma parte del futuro, y espero tener ocasión la oportunidad de compartirlo con vosotros en próximas publicaciones. El me voy  de hoy es una publicación que hace referencia al pasado. Un pasado sobre el que la sensación que predomina por encima de todas es la de agradecimiento. No podía ser otra después de 3.930 días allí. Diez años, nueve meses y tres días. Toda una vida. En el correo de despedida que he compartido con los que ya hoy son mis antiguos compañeros he recurrido a un recurso infalible que me enseñó, Belén Gaspar, CEO de la Fundación Olivares. Para estos momentos, hay un trío de palabras infalibles, sobre todo cuando se sienten de verdad. Lo siento, gracias y os quiero. Me recordó a las cuatro palabras sanadoras que se usan en el “Ho'oponopono”, la técnica ancestral hawaiana del perdón: “Lo siento, perdóname, te amo y gracias”.

                He pedido perdón y he lamentado las veces que no estuve a la altura de las expectativas de mis antiguos compañeros. Seguro que muchas de ellas hubiesen sido perfectamente evitables, pero también puedo asegurar que de todas ellas me intenté llevar una lección. Pero como decía antes sobre todo era el momento de agradecer. De dar las gracias a todos y a cada uno de ellos porque el Antonio que se marcha, además de indudablemente más viejo, es también más sabio gracias a la experiencia y a todo lo que he vivido con ellos. Gracias a mi trabajo he viajado a lugares a los que jamás soñé viajar, he conocido a gente maravillosa, y he crecido como profesional y como persona mucho más de lo que esperaba. En el proceso de adquisición por parte de un multinacional de referencia en el sector me sentí como una parte importante en el mismo. Tuve la oportunidad de volver a usar el inglés de forma creciente a lo largo de estos diez años, hasta el punto de hacerlo de forma continuada cada día.  

                Mientras el viento sopló a favor me sentí como un futbolista jugando en la Champions, creciendo no sólo como profesional, pero también como persona. Cuando Eolo decidió rolarlo, la cosa cambió, pero también estoy agradecido por este cambio. Como decía de Séneca en mi publicación del mes pasado, en la adversidad tuve la oportunidad de ponerme a prueba y ver hasta dónde era capaz de llegar. De mantener hasta donde pude la motivación y el compromiso en mi equipo, y de hacer que cada uno de ellos diese lo mejor de sí mismos.

                Y al final es imposible irse de aquí sin llevarme un trocito de cada uno de mis compañeros alojado en el fondo de mi corazón. Como dice el “You are always on my mind” interpretado inicialmente por Elvis Presley y en mis años mozos por los inolvidables “Pet Shop Boys” siempre estaréis en mi mente, y en mi corazón.

                Para cerrar el círculo de la publicación volveré al principio. En el Guerrero Pacífico, además del humor, hablaban de paradoja y de cambio.

                En cuanto a la paradoja, afirmaban que la vida es un misterio, y que no debemos perder el tiempo deduciéndola. Hay que vivir el presente y aprovechar el momento. Pasar de una empresa que factura centenares de millones de dólares a una que prácticamente va a comenzar a facturar puede parecer (y posiblemente lo sea) una auténtica locura, pero dicen que los locos abren los caminos que más tarde recorren los sabios. Y que aquellos que bailamos somos llamados locos por aquellos que no pueden oír la música. Yo cada vez la oigo más fuerte, así que no pararé de bailar.

                Y por último, el cambio. Un tema sobre el que ya he hablado en otras ocasiones. No hay nada que perdure, por lo que resistirnos al cambio es algo inútil. Tendemos a no aceptar los cambios por miedo a salir de nuestra zona de confort, de modificar nuestra rutina. Si algo he hecho con mis últimas decisiones ha sido cambiar… Cuando eres padre nunca dejas de ser un ejemplo para tus hijos. Perder la oportunidad de trabajar en algo que me pudiese hacer feliz es algo que jamás podría perdonarme.  Como me dijo Pablo, “deberías de dejar de negociar (el usó la palabra “traficar” aunque los que lo conocéis ya sabéis cómo es) con botellas y dedicarte a tus niños”. Voy a hacerlo. Por ti, por mí y por ellos.

                Lo siento si a alguien no le he llegado a gustar. Gracias por todo y os quiero por estar siempre ahí.

                Y como imagen un montaje de un espectacular cielo enmarcando el que ha sido mi lugar de trabajo durante esta última década junto a la imagen de mi primer día de trabajo y de uno de los últimos. Diez años no son nada. Como dice Melendi, queda mucho por vivir, espero.

 




miércoles, 29 de noviembre de 2023

ESTE ES TU MOMENTO. NOVIEMBRE DULCE.

                Publicación del mes de Noviembre rozando la caída de la hoja del calendario, como si de una caprichosa metáfora otoñal se tratase. Este mes siempre es para mí un mes muy especial. Celebramos el cumpleaños de mi mujer, nuestro aniversario como pareja y entre otras cosas comienza el olor a Navidad. Me trae recuerdos de película, con esa encantadora “Noviembre dulce” mágicamente protagonizada por Charlize Theron y por Keanu Reeves. Un Noviembre dulce en la que el tema principal de su banda sonora era el “Only time” de Enya. Esa canción que se preguntaba quién podía decir dónde va la carretera, dónde fluye el día o si el amor puede crecer. Efectivamente, sólo el tiempo puede hacerlo. Un tiempo que no es más que una sucesión de momentos. Javier Iriondo, en su último libro “Este es tu momento” lo define como un diminuto espacio de tiempo capaz de cambiarlo todo. Y eso es lo que podría decir que ha pasado. En menos de un mes hemos pasado de hablar de sombras y de salud mental a deslumbrarnos por las luces y a vivir momentos para recordar.

                El libro de Javier, como la mayoría de sus libros, me ha inspirado y me ha zarandeado desde lo más profundo de mi ser. Decía el genial Picasso que la inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando. La inspiración me llegó, y me pilló trabajando en el sentido profesional de la palabra pero también en el personal.  Hace poco me crucé con una frase de Séneca (ya he comentado en alguna que otra publicación que últimamente me muevo por terrenos estoicos) que me dio que pensar: “No hay nadie menos afortunado que el hombre a quien la adversidad olvida, pues no tiene la oportunidad de ponerse a prueba”. Quizás acercarme al precipicio no era más que la última acción que necesitaba antes de lanzarme a volar. Recordé mi experiencia con el parapente del pasado mes de Agosto, y cuando fui consciente de los cercanos monitores que minimizaban los riesgos del vuelo no me lo pensé dos veces y salté. En un diminuto espacio de tiempo te puede cambiar todo. Decisiones difíciles y vida fácil, o decisiones fáciles y vida difícil. De nuevo el estoicismo rondando mi pensamiento. Esta idea me llevó a dar una vuelta por mi propio blog, para dar un rápido vistazo a mis últimas publicaciones. Entre los títulos que más me llamaron la atención, me quedo con “sé que puedo volar”, “saliendo de la zona de confort, aunque se a empujones”, “la elección”, “señales”, “tempus fugit: carpe diem”, “cualquier cosa es posible”, “la vida en busca de sentido” y la que me llevaba a indagar en mi blog: “decisiones difíciles y vida fácil, o decisiones fáciles y vida difícil”. Todas estas reflexiones no pueden llevarme a otra conclusión distinta de que el momento había llegado. Como escribe Javier en ese título dirigido directamente a nuestra línea de flotación: “Este es tu momento” (“este es mi momento”). Como dice Paulo Coelho: “Un día despertarás y ya no habrá más tiempo para hacer las cosas que has querido hacer. Hazlas ahora…”

                Un momento que si todo va según lo previsto deberá concretarse el mes que viene. Un momento que me ha llegado, como no podía ser de otra forma, gracias a las buenas personas que me rodean. Porque al final te das cuenta que la diferencia está en las personas, como escribía en Junio de 2022. Cuando estás en la compañía adecuada todo encaja. Mi amigo Miguel López, una de esas personas en las que pienso cuando escribo estas líneas, subía el otro día un vídeo a redes con un mensaje brutal. Un conferenciante, con pinta de profesor universitario (de hecho el logo de la Universidad de Granada se adivina en la pared del fondo de la sala) traslada al auditorio una pregunta muy práctica: “Si dirigieseis un casting de aspirantes para acompañaros a una expedición al Polo Norte y tuvieseis la restricción de que sólo pudieseis exigir una única cualidad para los candidatos, ¿cuál escogeríais? Después de escuchar múltiples y lógicas respuestas de los asistentes, como la fortaleza, la resiliencia, el liderazgo, y otras muchas cualidades que indudablemente serían de mucha ayuda en una aventura de estas características, da un giro radical (quiebro en términos carnavaleros) y sentencia que él se preocuparía de que fuesen buenas personas. Para huir de la demagogia y no caer en tópicos, da tres argumentos sobre las buenas personas que me parecieron espectaculares, y que decidí compartir con todos. No por obvios me queda claro que los tengamos en cuenta en nuestro día a día.

  • ·         Las buenas personas reconocen los errores que cometen y no buscan culpables.
  • ·         Las buenas personas son capaces de perdonar los errores que cometen los demás y no guardan rencor.
  • ·         Las buenas personas, cuando se juntan con buenas personas, cambian el mundo.

Añado una de mi cosecha. Las buenas personas te hacen ver que el momento ha llegado. Te ayudan a darte cuenta de que lo único imposible es aquello que no intentas. Y de que todo lo que siempre has querido se encuentra justo al otro lado de la línea del miedo. Mi buen amigo Alonso (otra buena persona) dice que el miedo no debe ser nunca una excusa para no avanzar. Si tienes miedo, hazlo con miedo., pero hazlo.

Así que aprovecharemos el momento. Este mes la publicación es más corta de lo habitual. Amenazo con hacer doblete el mes que viene, así que tampoco quiero aburriros mucho. Gracias como siempre por vuestro tiempo, que ya sabéis la importancia que tiene al tratarse de una sucesión de momentos, y teniendo en cuenta que cualquier momento puede cambiaros la vida.





domingo, 22 de octubre de 2023

OCTUBRE, MES DE LA SALUD MENTAL. TORMENTAS Y SOLES

                Octubre es el mes en el que se celebra el día Mundial de la Salud Mental, concretamente el día 10. Según la OMS, la salud mental es un estado de bienestar mental que permite a las personas hacer frente a los momentos de estrés de la vida, desarrollar todas sus habilidades, poder aprender y trabajar adecuadamente y contribuir a la mejora de su comunidad.

Esta definición va mucho más allá de la ausencia de trastornos mentales. Estar bien es mucho más que no estar mal. Y lo escribo precisamente en un momento de mi vida en que mentalmente no estoy mal, pero tampoco estoy tan bien como suelo estarlo. ¿Por qué? Ciertamente no lo sé, y creo que aquí radica uno de los misterios de la salud mental. No es tan obvia y explícita como la salud corporal. Si te duele una rodilla, el hombro o la cabeza rápidamente la señal de dolor te pone en alerta y te permite enfocarte en el punto del dolor, buscando una solución. Sin embargo, y al menos bajo mi punto de vista creo que la salud mental es muy distinta. Un día te levantas con ganas de comerte el mundo con un sol que te ciega de tanto como brilla, y por arte de magia, unos negros nubarrones te hunden en la miseria sin que se sepa muy bien por qué. Aparentemente es más fácil averiguar la causa del dolor de rodilla, de hombro o de cabeza, y al menos tener la oportunidad de evitar repetir el comportamiento que lo provoca. Pero cuando algo se desmonta en el interior de la cabeza todo parece un poco más complicado. Esa relación causa-efecto no parece tan clara. Y por si fuese poco, todo lo que ocurre dentro parece tener su consecuencia directa en lo que ocurre fuera.

Decía antes que aparentemente no estoy tan bien como suelo estarlo. Y el termómetro que me ha llevado a verbalizarlo ha sido como casi siempre el del deporte. Este año, después de casi diez años y por primera vez en todo este tiempo parece que no voy. Pensé que era el resultado del calor de este verano, al que no he sido capaz de adaptarme este año como otros, pero no. Este año ha sido el primero en la última década en la que no he completado un triatlón distancia Ironman. Esta prueba es un excelente remedio para ordenar todo lo que pasa por ahí arriba. Casi doce horas nadando, pedaleando o corriendo es un ejercicio muy útil para encajarlo todo. Creo que la verdadera causa es que mi cabeza no está en las condiciones en las que ha estado otras veces. Admitirlo y verbalizarlo ha sido el primer paso. Ahora sólo queda aceptarlo, ser consciente e intentar cambiarlo.

La primera señal de alarma explícita saltó en Junio, con una rotura de fibras que no había sufrido en los últimos años. Pensé que era producto del cansancio acumulado, un cansancio que nunca había aparecido antes en años con mayor carga de entrenamiento. Me recuperé a tiempo de participar en alguna que otra prueba corta pero muy importante para mí (otra prueba más de que hablamos de un tema mental) y llegué muy justo a ese verano en el que nunca recuperé sensaciones de otros años. A principios de septiembre participaba en la “FanPin Race”, experiencia que inspiró mi publicación del mes pasado. Como os decía, por primera vez en mi “vida deportiva” pensé en abandonar, y la causa fue claramente el estado de mi mente.

Tengo una teoría particular y es que la salud mental suele ser más causa que efecto. Cuando estás bien, no importan las circunstancias externas (trabajo, pareja, familia, salud…) porque puedes con todo. Pero cuando estás mal, un imprevisto en cualquiera de estos aspectos te puede acabar de hundir en la miseria.

Antxo Pérez, es sus “88 peldaños para la gente feliz” utilizaba una metáfora bastante significativa usando el ejemplo de un agricultor. Antxo dice que en los períodos de adversidad (y yo lo interpreto especialmente como adversidad mental) debes hacerte agricultor, o al menos adoptar su mentalidad. Para el agricultor solo hay dos estaciones, la de tormenta y la de buen tiempo, y su función es sacar el máximo provecho de cada una de ellas. Cuando el clima es soleado es tiempo de cosecha, de hacer todo lo posible por elevar su productividad y maximizar la bonanza.

Cuando el clima es adverso y tormentoso y producir no es viable, es tiempo de proteger el grano y conservar la energía para cuando el clima mejore. Lo más práctico de su manera de afrontar la tormenta es que no le frustra. Lo ve cada año y sabe que igual que un día las lluvias llegan, otro día se van. Lo ha vivido suficientes veces como para no darle más importancia de la que tiene. Su felicidad es constante porque no se permite ligarla a los altibajos climáticos.

Después de releer estas palabras de Antxo por enésima vez, me quedo con que igual que las lluvias llegan, otro día se van. Hoy llueve, pero volverá a salir el sol y volveré a cosechar. De momento toca proteger el grano.

Y para pasar este tiempo de tormenta, hoy el deporte ha vuelto a facilitarme una lección magistral. Una nueva carrera con nuestros Capitanes de la Asociación Carros de Fuego, llevando a Cristian una vez más. Un equipo de guepardos, como lo definían algunos, sería el encargado de impulsarlo. Mi cabeza me decía que ese no era mi sitio hoy y que no tenía sentido sufrir. Pero mis amigos (los tres Migueles, Javi y Marcos) se han encargado de llevarme casi en volandas y de hacerme ver que la tormenta estaba en mi cabeza. Al final mucho mejor de lo previsto, como siempre. La lección es que la tormenta siempre se pasa mejor en compañía. Pedir ayuda es fundamental.

Me vienen las palabras de Haruki Murakami que tanto usamos en la pasada pandemia: "Y una vez que la tormenta termine, no recordarás como lo lograste, como sobreviviste. Ni siquiera estarás seguro si la tormenta ha terminado realmente. Aunque una cosa si es segura, cuando salgas de esa tormenta, no serás la misma persona que entró en ella".

Este mes ha tocado algo distinto. Como siempre digo, si compartir esto le sirve al menos a una persona, me doy por satisfecho. A mí me ha venido muy bien. Aunque en mi parcela aparentemente siempre brille el sol, hay veces que también llueve. Y no pasa nada. La lluvia es imprescindible para el crecimiento.

            Hasta el mes que viene. Gracias por vuestro tiempo como siempre. Como imagen de esta publicación, una imagen mía de cuando el sol brillaba tanto que quemaba. Volverá a hacerlo. Lo sé. Muchas gracias. 



jueves, 21 de septiembre de 2023

MINDFULNESS DE ANDAR POR CASA, ENTERRADO EN EL BARRO...

             ¡Hola, hola! Reflexión filosófica del mes de septiembre sobre la necesidad de vivir el presente, sin preocuparnos lo más mínimo por el pasado que se fue, ni por el futuro que aún no ha llegado. En cuanto al futuro, lo único que podemos hacer para incidir en él tenemos que hacerlo hoy: aquí y ahora.

Dentro de mi constante aprendizaje de lecciones por métodos poco tradicionales, decidí apuntarme a una prueba extrema denominada “Fan-Pin”. Organizada por el Tercio de la Armada (TEAR), se lleva a cabo en los terrenos de La Clica y el entorno de la isla del Pino (San Fernando, Cádiz) y se basa en el adiestramiento que los infantes de marina de la Brigada del Tercio de la Armada usan para mejorar su resistencia y capacidad. Su mayor particularidad reside en el terreno fangoso que hay que sortear a lo largo del recorrido para solventar con éxito la carrera: ocho kilómetros a realizar en un tiempo máximo de tres horas, de los que más de dos -sobre todo el tramo final- discurren por fango, siendo fango un término quizás excesivamente suave y poco descriptivo.

A continuación un detalle del circuito de la prueba:

Recorrido desde la salida hasta el primer cruce del Caño 18: 3.300 metros de asfalto y tierra: La vida es bella, como la película.

Primer cruce del Caño 18: 150 metros de agua y fango: Comienzan las dificultades. Si he sufrido esto en 150 metros, ¿cómo voy a resistirlo multiplicado por doce?

Isla del Pino: 400 metros de tierra y fango: Un paseo por las nubes (con la cabeza en las nubes, pensando en abandonar).

Segundo cruce del Caño 18: 150 metros de agua y fango: La veteranía es un grado. Si ya sé que es esto, no sé qué hago repitiendo…

Zona de obstáculos: 700 metros: Algo que en circunstancias normales podría ser hasta divertido… 

Recorrido en La Clica: 1.000 metros de tierra. “The walking dead”, o como caminar un kilómetro estilo “zombie”.

Zona de fango: 1.800 metros de fango: Sin comentarios. La inspiración de esta publicación.

Salida de Fango y meta: 400 metros de tierra: Sinceramente, ni lo recuerdo…

Para no alargar en exceso la introducción, comenzaré ya a enumerar la lista de lecciones aprendidas, que espero no olvidar después del precio que he tenido que pagar.

La información es poder. Nunca debemos subestimar nada sólo teniendo una ligera apreciación, sin informarnos en detalle. Aunque la experiencia de cada uno es única e irrepetible, y normalmente la gente te pinta la vida de un color muy distinto al que realmente tiene, toda la información que podamos obtener sobre algo nunca está de más. En mi caso, se podría resumir en que lees un cartel de inscripción de una carrera de 8 kilómetros y piensas que no será muy complicado. Y esos 8 kilómetros pueden hacerse infinitamente más largos que los 454 de un Ultraman. 

Nunca des nada por supuesto, muy en la línea del punto anterior. Que tu cuñado, tu amigo o tu primo hayan finalizado la carrera en un tiempo determinado no te otorga el infinito poder de estimar tu tiempo usando una sencilla regla de tres. Todos somos singularmente distintos, especialmente en lo que a nuestro cerebro se refiere, que es el músculo más determinante en este tipo de pruebas. Y además de nuestras mentes y nuestros cuerpos (que alguna influencia tienen) hay un sinfín de circunstancias de la propia prueba, como la meteorología, el estado del terreno, las personas que lo hayan pisado por delante de ti, … que la hacen absolutamente incomparable. Quizás aquí radique una de las bellezas de la prueba.

La vida es caprichosa. Tres días antes de la prueba mi amigo Miguel López me invitaba a dar una charla de motivación a un equipo de fútbol de chavales de catorce años. No tuve otro mejor tema del que hablar que hacerlo sobre la importancia de no rendirse nunca en la consecución de nuestros sueños. Tres días después, enterrado en fango, sólo en dos horas había pensado en retirarme más veces que en los últimos diez años haciendo deporte. Cada vez que me decía a mí mismo que lo iba a dejar, me acordaba de mucha gente que no se rinde nunca:  mi capitán Cristian y el resto de capitanes de Carros de Fuego, mi “hermanamiga” Maru, mis niños de la Fundación Olivares y ese grupo de cadetes a quienes tuve la osadía de hablar sobre la vida. Lo de los cien pasos que les comentaba me quedaba excesivamente lejos. Cien milímetros como mucho era lo máximo que podía arrastrarme en esa maldita (por la dureza) y a la vez bendita (por las lecciones) ciénaga.

En la vida sólo tienes verdadero control sobre lo que está pasando en este justo momento, como mucho a un metro de ti. En el fango ocurre exactamente lo mismo. Incluso de forma más acentuada. Mi amigo Edu León me dio al principio de la carrera un par de consejos muy útiles. Miento, fueron tres. Al primero prácticamente no le presté atención, aunque coincidía con el mismo que me había dado mi amiga Elena, a quien tengo que agradecer mi inscripción a la prueba y todo lo aprendido. Era tan fácil como no escuchar lo que puedan decirte los demás. Los famosos “ya te lo dije yo” o “yo lo sabía ya” nos acompañan durante todos los días de nuestra vida. No podemos evitarlos. Pero sí podemos decidir que salgan por el oído opuesto a por el que entran sin dejar el más mínimo rastro en nuestro interior. Los otros dos consejos eran más técnicos. El primero, que me concentrase sólo en lo que estaba a un metro de mi alcance. No más. Y lo curioso es que las veces que lo hacía era capaz de avanzar sin parar. Veía un cangrejo a un metro y lo alcanzaba sin mucho problema. Fijaba la vista en un matojo de hierba a otro metro y mi mano llegaba allí como por arte de magia. Pero no era capaz de mantener por mucho tiempo estas instrucciones tan sencillas. Levantaba la cabeza para darme cuenta de que el enorme globo amarillo situado junto a la meta ni siquiera se distinguía en el horizonte y me hundía no sólo en el barro, también en la más absoluta de las miserias… El segundo consejo era que avanzase de la forma que fuese, sin pararme. Arrastrándome, de rodillas, de espaldas… Me recordó a la frase de Martin Luther King: “Si no puedes volar, corre, si no puedes correr, camina, si no puedes caminar, gatea. Sin importar lo que hagas, sigue avanzando hacia adelante.” Tan sencillo y a la vez tan difícil como esto. Ojalá gatear hubiese sido la última opción…

El penúltimo punto de resumen también parte de una frase: “Nunca sabes lo fuerte que eres hasta que ser fuerte es tu única opción.” El circuito de fango está tan genialmente diseñado que abandonar es casi más duro que seguir adelante. Las pocas banderas rojas con la señal de “Exit” se encontraban a tal distancia que desaconsejaban rendirse y dejar la carrera. Porque rendirse en esta prueba significa algo muy parecido a lo que nos ocurre en la vida. Si nos rendimos no nos queda otra que permanecer enterrado en el fango a la espera de que todo termine y alguien pueda venir a rescatarte. 

Y acabamos con el título de la publicación. Mindfulness, conciencia plena, que es a lo que me refería. Y mi reflexión de esta publicación apunta en esta dirección. Cuando estamos centrados y conscientes del momento que estamos viviendo todo fluye y parece suceder por arte de magia. Cuando centraba mi atención en el cangrejo un par de metros por delante de mí, algo interior empujaba mis músculos y los hacía trabajar de forma coordinada para salvar las dificultades en forma de barro. Pero cuando se me iba la cabeza, cuando pensaba en el tiempo que me quedaba por llegar, en los dolores que azotaban cada centímetro cuadrado de mi piel, en el sol que me achicharraba, en los pulmones que me ardían… me desconectaba y entraba en bucle, a la espera de que la inspiración me devolviese a mi estado de conciencia. Esta reflexión final me recuerda a una de las cosas que comentaba a los chavales el otro día. Saber está muy bien, pero saber sin hacer es como no saber. Si sabemos lo que tenemos que hacer, pero no lo hacemos es incluso más doloroso que si no lo supiésemos. Doy fe de ello. 

  Para los que podáis tener curiosidad. He investigado y el término Fan-Pin hace referencia a los nombres “fango” y “Pino”. El segundo como indicábamos al principio alude a la isla donde tiene lugar la prueba. El primero no creo que necesite más explicación.  

Y una anécdota más antes de despedirme. Tras finalizar el antiguo C.O.U., ante la incertidumbre que alumbraba mi vida, estuve a punto de hacerme militar. Os puedo asegurar que Infante de Marina no hubiese sido. 

Y como dicen que una imagen vale más que mil palabras, aquí os dejo una imagen del estado en el que crucé la línea de meta (por cierto, a treinta segundos del tiempo de corte…) Por primera vez en mucho tiempo mi cara no reflejaba una sonrisa de felicidad. Mérito de mi amigo Edu León que fue capaz de inmortalizar la única sonrisa forzada que dibujaron mis labios desde que pisé el barro.

Gracias a todo por vuestro tiempo, a la organización de la carrera por haberme facilitado lecciones tan valiosas condensadas en un máster de sólo tres horas y a todos los que me animasteis a participar en esta prueba. Nos vemos el mes que viene. 



















miércoles, 16 de agosto de 2023

SÉ QUE PUEDO VOLAR ("I BELIEVE I CAN FLY")

    Publicación del veraniego mes de Agosto, vacacional para algunos, y laborable para otros (para los que las hemos disfrutado ya y para los que lo harán a partir de septiembre).

    Como en la mayoría de mis publicaciones, aprovecho una experiencia reciente para compartirla con el fin de que pueda serle útil a alguien. En este caso voy a escribir sobre lo que he aprendido tras volar en parapente el pasado mes de Julio. Tengo que comenzar diciendo que en este caso no soy totalmente autodidacta. La lección, como casi siempre, viene de manos de alguien. En este caso, como en muchas otras ocasiones, ha sido mi ahijado, capitán, amigo y muchas cosas más Cristian quién me la ha enseñado. El año pasado, mi amigo Miguel Ángel y yo decidimos regalar a Cristian por su 18 cumpleaños la experiencia de volar en parapente. Previamente confirmamos con los instructores que no había ningún problema y posteriormente sus padres nos dieron como siempre el visto bueno a una locura más. Cristian también lo aceptó pletórico de ilusión y entusiasmo, como es habitual en él.

    Por circunstancias su vuelo se aplazó hasta el pasado mes de Julio y por circunstancias también me fue imposible acompañarlo. Aunque estuve en contacto con él y rápidamente me puso al día con vídeos y audios sobre la increíble experiencia, lamenté profundamente no haber podido estar allí. Así que me prometí a mí mismo que volaría en la primera oportunidad que tuviese. La oportunidad llegó muy pronto, justo el día después de volver de vacaciones.  Paco, gerente de Vuelo Libre School, de Vejer, me avisaba que el día 1 de Agosto era propicio para surcar los cielos. Así que como tenía un regalo de cumpleaños pendiente de mi familia, después de almorzar salimos en dirección Vejer para disfrutarlo. Mayor regalo que el poder volar fue poder compartirlo con los míos.

    Como título de la publicación he tomado prestado el de la canción de Robert Kelly "I believe I can fly", que he traducido libremente como sé en lugar de como creo. Esta maravillosa canción formó parte de la banda sonora de Space Jam. Es una auténtica oda a la posibilidad (e incluso a la necesidad) que tenemos de hacer realidad nuestros propios sueños. De hecho, casi parafrasea al genial Walt Disney, cuando dice que si puedo verlo (soñarlo decía Walt), puedo hacerlo.

    Comencemos el vuelo. Empecemos diciendo que no soy muy amigo de las alturas ni de las emociones fuertes. Aunque no padezco vértigo (de momento) soy un acompañante ideal en cualquier parque de atracciones porque no disfruto mucho de las atracciones. Mientras más adrenalina me hacen soltar, menos las disfruto. Para que os hagáis una idea, soy de los que en la noria voy agarrado a cualquier elemento que me pueda servir como asidero. De todas formas en este caso contaba con la valiosa experiencia previa de mi amigo Cristian, que aunque tengo que admitir que es bastante más valiente que yo, ya me había tranquilizado diciendo que la experiencia no era nada traumática. 

    Llegué a Vejer con los nervios propios de la experiencia. Sin llegar a sentir miedo, pero con esa extraña sensación en el estómago que precede a todas mis competiciones deportivas. El mero hecho de ponerte un dorsal siempre desencadena esa reacción, que suele guardar relación directa con los kilómetros a recorrer. Muy ligera por ejemplo en el caso de una carrera de 5 kilómetros, un poco más intensa en el caso de un Ironman. Resistí estoicamente las bromas de los míos, sobre todo los de mi hijo Pablo. No tuve que esperar mucho, lo que evitó que los nervios pudieran aflorar. Pude comprobar como mis predecesores disfrutaban de la experiencia y antes de que me diese cuenta ya estaba colocándome el equipamiento necesario para volar. Aquí me llegó una de las primeras lecciones del día. Las preocupaciones no surgen por el tamaño del problema, sino por el número de vueltas que le damos en la cabeza. Con la mente ocupada en otros temas, no hay preocupación grande.

    Pasemos al punto siguiente: la confianza. Paco (el monitor) tuvo la suficiente habilidad como para explicarme todo con tal lujo de detalles, calma y sencillez que confié en él hasta el punto de convencerme a mí mismo que nada malo podría pasar. Incluso me pidió que le ayudase en la maniobra previa al despegue intentando en la medida de lo posible mantener mis pies pegados a la tierra. Aunque con el tirón que da la vela del parapente al llenarse de aire es casi imposible hacerlo, me mantuvo concentrado, motivado y comprometido con esa tarea. El sentimiento de la confianza suele ser recíproco. Mientras más das, más recibes a cambio.

    Y llegamos al momento justo de volar, donde aprendí mi lección más importante de ese día. Para poder disfrutar del vuelo, no te queda otra que separarte del suelo... Para tomar y sobre todo para poner en práctica decisiones importantes (difíciles, pero que nos facilitarán una vida fácil, como escribí una vez), no tenemos más remedio que dar el salto al vacío. Continuamos aferrados a la falsa seguridad que nos ofrece el suelo bajo nuestros pies, para una vez decidimos dejarlo atrás, lamentarnos por no haberlo hecho antes. Una de las personas a las que más quiero en esta vida me dijo una vez que si no te arriesgas nunca pierdes, pero tampoco ganas nunca. Saltar para volar es tan necesario como tener alas para hacerlo.

    Y una vez que remontas el vuelo, que surcas los aires con esa indescriptible sensación de libertad, sólo te tienes que centrar en disfrutar. Si te obcecas en lamentarte por todo el tiempo que has perdido en tierra no serás capaz de disfrutarlo como sin duda mereces. Elevarte y sentir la brisa en tu cara te hará darte cuenta de que esta vida es tan corta que lo mejor es pasarla volando todo el tiempo que puedas. Y para volar no nos queda otra que saltar. Leí una vez que cuando te sientes al borde del precipicio posiblemente es que la vida te esté poniendo en el lugar propicio para que por fin puedas volar...

    Antes de terminar esta publicación quiero poner en relación esta capacidad de creer en nosotros mismos y de hacer realidad nuestros sueños con un asunto tan escabroso como el del ego. La verdadera lección no es que yo pueda volar, sino que todos podemos hacerlo. Ya me lo demostró Cristian, pero me lo demostraron también todas las personas que estaban a punto de saltar al vacío aquel día y que eran tan especiales como yo.

    Gracias a todos por vuestro tiempo. Dejad el suelo atrás y volad libres. No os arrepentiréis.

    Hasta septiembre, el mes de la vuelta al cole, y a casi todo...



viernes, 21 de julio de 2023

DISCURSO DE AGRADECIMIENTO A LA FUNDACIÓN OLIVARES POR SU INSIGNIA DE ORO

  

Málaga, 7 de Julio de 2023.

 

Querido y estimado Señor presidente de la Fundación Olivares, Don Andrés Olivares Díaz. Estimados señoras, estimados señores... gracias, muchísimas gracias.

Para todos aquellos que ya me conocéis soy Antonio Jurado. Para los que aún no me conocéis, como ha comentado nuestro querido presidente Andrés, soy Antonio Jurado también. Esto, que puede parecer una tontería, es una de las mejores lecciones que me regaló mi padre. Él siempre me decía que fuese dónde fuese, estuviese con quién estuviese, me conociesen o no, fuese siempre yo mismo. Gracias, Papá. Espero que desde tu privilegiada situación desde un lugar al que de momento no puedo acceder, estés disfrutando de este momento como lo estoy haciendo yo. Seguro que sí. Va por ti. Gracias.

He tenido la oportunidad de subirme a un escenario en más de una ocasión para presentar a nuestro presidente Andrés Olivares. Cuando lo hago, siempre digo, con la seriedad más absoluta, que hablar delante de Andrés es como salir con una raqueta a pelotear antes de que Rafa Nadal salte a la pista a jugar un partido. Dicen que las comparaciones son odiosas, y en momentos como estos aún más. Hoy voy a tener la osadía de hacerlo después de él, y con los roles cambiados. Hoy es como si tuviese la poca vergüenza de salir con la raqueta después de que Rafa gane uno de sus incontables trofeos en Roland Garros. Si además tenemos en cuenta la lista de ilustres merecedores de esta insignia que me preceden en el tiempo: Pablo Alborán, Basti, Juan Barroso, Nena Paine… queda confirmado que mi vergüenza finalizó en el mismo lugar en el que lo hizo mi cabello. Ni rastro.

Si tuviese que resumir todo mi discurso en una sola palabra no tendría ninguna duda: “Gracias”. Si tuviese que hacerlo en dos, también lo tendría muy claro: “Muchísimas gracias”. Podría decir que siempre había soñado con este momento, pero os estaría engañando. Esto es tan bonito que ni siquiera había alcanzado a soñarlo… Hoy vuelvo a vivir el verdadero significado de las palabras “Alma, Magia y Corazón”. Esas palabras que aprendí lo que realmente querían decir cuando os conocí.

Conocí a la Fundación Olivares hace ya una década. Por aquel entonces unos jóvenes chavales (bueno, sólo diez años más jóvenes) de un club de triatlón de Dos Hermanas decidimos hacer un calendario solidario y donar nuestra modesta aportación a una Fundación. Causalmente, porque Dios no juega a los dados, como decía Einstein, la Fundación se cruzó en nuestro camino. Causalmente también, tuve la oportunidad de hablar por teléfono con su presidente, y tirando de poca vergüenza (una vez más) le pedí que viniese a Dos Hermanas para asistir a la presentación del calendario. Me lo confirmó sobre la marcha, y ahí comenzó esta bella historia de amor. El día de la presentación, además de tener la ocasión de compartir escenario con él por primera vez, recibí una increíble lección de boca de una de las voluntarias de la Fundación que cambió mi vida. Miento, cambié yo, especialmente la forma en que vivía la vida. Me dijo que “cuando ayudas a los demás, recibes muchísimo más de lo que das”. Esta irrefutable ley, que sólo tenemos que poner en práctica para confirmar su validez, me zarandeó desde lo más profundo de mi ser. El juego de la vida va sobre dar, no sobre recibir. También de la Fundación aprendí la maravillosa frase de la Madre Teresa de Calcuta que dice que “a veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara una gota”. Durante estos años he puesto pequeñas gotas, muy pequeñas, y quizás menos de las deseables, para intentar colaborar dentro de mis posibilidades en hacer realidad el sueño de Luis: que los niños enfermos de cáncer y sus familias tuviesen la oportunidad de vivir una vida mejor. Posiblemente esté hoy aquí porque suelo hacer bastante ruido con las gotas que aporto, un comportamiento que tiene su explicación.

El día que conocí a Andrés, tras uno de sus inigualables abrazos, me dijo que la aportación económica era fundamental para la Fundación, porque gracias a estos recursos se materializan las medidas que mejoran la vida de los niños. Pero casi tan importante como el dinero es la difusión. Que todo el mundo sepa quién es Fundación Olivares, que todos conozcan su mensaje puede llevar (y de hecho lleva) a que alguien con más recursos y más posibilidades que cualquiera de nosotros pueda decidir mañana ayudar a la Fundación. Me lo tomé tan al pie de la letra que he hecho mucho ruido, hago mucho ruido y espero seguir haciéndolo en un futuro. Casi todos mis conocidos saben quién es Fundación Olivares y me siguen en todo lo que difundo.

Esa palabra “gracias” que indicaba al principio como resumen de esta charla, es un agradecimiento no sólo a la Fundación, a sus niños, a sus familias, a sus voluntarios, a sus trabajadores, a su patronato que ha decidido ponerme hoy aquí. A ellos no tendré nunca la posibilidad de devolver ni una pequeña parte de todo lo que me han dado. También es un agradecimiento a todos los que día a día vais poniendo vuestra gotita para que este océano no deje de crecer. A todos mis familiares, mis amigos, que están siempre dispuestos a colaborar con pulseras, con corazones, con calendarios, aquí además tengo que mencionar expresamente a los artistas Diego Escobedo y Paco Aznar, los magos de las cámaras y el Photoshop, a gente como los Pitos Locos que nos regalaron los excepcionales momentos vividos el pasado año… Tantas y tantas gotitas destinadas a que los niños enfermos de cáncer sigan siendo niños. Muchísimas gracias a todos, de todo corazón, un corazón verde y rojo con un inmenso abrazo, como la imagen de la Fundación Olivares. Hablando de imagen, ahora que puedo ver y tocar esta preciosa insignia de oro, como dicen también mis amigos de la Fundación, “lo mejor de esta vida no puede verse ni tocarse, debe sentirse con el corazón”. Os prometo que lo siento.

Y ahora quiero finalizar volviendo al lugar a donde empecé. Quiero dar las gracias especiales a Luis, porque gracias a él estamos aquí hoy y muchos hemos podido encontrar un sentido a nuestras vidas. Y no puedo terminar sin dar las gracias a mi mujer María, y a mis hijos Pablo y Daniela, que hoy me acompañan a este emotivo acto que no olvidaré nunca. Ellos son los últimos culpables de que hoy esté aquí, porque sin ellos no sería el Antonio que soy. Y por último, no podía olvidarme. Fuerza a mi "hermanamiga" Maru.

Muchísimas gracias de nuevo. Os quiero. Tela.



 


domingo, 18 de junio de 2023

¡¡¡FELICIDADES, MAMÁ!!!

               Hoy vuelvo a utilizar mi blog como altavoz para felicitar a alguien muy especial. Lo hice en su día conmigo cuando superé el medio siglo de vida, después con mi hijo Pablo cuando alcanzó su mayoría de edad, y hoy voy a hacerlo con mi madre, que acaba de cumplir ochenta primaveras.

              Ochenta es un número especial, huelga decirlo. Para los que nacimos en la década de los setenta, hablar de esos años es hablar de una época inolvidable. Como canta Melendi en su tema autobiográfico “Yo me veo contigo”, fueron años de inocencia y mercromina, de hombreras, pendientes y rejillas. Superman, Rocky, Indiana Jones, los Goonies, E.T. y Freddy Krueger ocupaban las pantallas del cine, porque por aquel entonces los estrenos de las pelis no se podían ver pirateadas en el móvil (que ni siquiera existía). Y entre tanto héroe de ficción arrasaba una heroína y la moda juvenil era mezclar Coca Cola y aspirina…Se nos fue Lennon, y llegó un tal Ronald Reagan, Maradona miró al cielo y Dios le tendió la mano, y los que tenían la suerte de tener un Atari se dedicaban a matar marcianos… Pero estos fueron mis ochenta, y no los de mi madre. Y a diferencia del gran Paco Umbral, no he publicado este blog para hablar de mi libro, sino del libro de mi madre.

              Mi madre ha sido, es y seguirá siendo (espero que por muchos años) básicamente una mujer buena. Creo que es la mejor forma de definirla. Alguien prudente, alejada de conflictos y totalmente entregada a los suyos. Para que os hagáis una idea, comparto con vosotros la curiosa historia de la elección de mi nombre “Antonio Manuel”. Mi padre se llamaba Manuel, al igual que lo hacía mi abuelo materno. La intención de mi madre era tener otro Manolo en casa (imagino que para economizar a la hora de llamarnos y poder avisarnos a los dos de una sola vez).  Haberme llamado sólo Manolo hubiese implicado honrar a su padre y no a mi abuelo paterno, que se llamaba Antonio. Así que tema resuelto llamando al niño Antonio Manuel.  Esta es la verdadera historia, y no la que me inventé y cuento muchas veces de que mi madre veía una novela venezolana mientras estaba embarazada. Soy tan viejo que en esa época no había ni novelas. UHF y VHF, y además en blanco y negro. Lo del amago de ser bautizado como Carmelo lo contaré en otra ocasión.

              Hablando del embarazo, mi madre siempre me cuenta que pasó los casi diez meses (por sus cuentas, lo que os da una idea de que di ruido incluso antes de salir) cosiendo hasta el último momento. Era costurera y cosía los mejores pantalones que se podían hacer para una tienda ubicada en pleno centro de Sevilla llamada Izquierdo Benito, a la que la acompañé muchas veces de niño a recoger telas y patrones y entregar pantalones. Siempre pensó que sería sastre y aunque se equivocó en ello, posiblemente mi buen estilo tradicional a la hora de vestir venga de esa época. O no, los genes pudieron dar  un salto esperando a que naciese mi hermano.

              Cuando asomé la cabeza tuve la genial idea de pasarme dieciocho meses llorando. Año y medio en el que ella intentaba calmarme pacientemente sin saber muy bien qué me pasaba (ni yo soy capaz de recordarlo hoy en día…) Año y medio en el que mi padre incluso llegó a adscribirse al turno de noche en la fábrica en la que trabajaba o a desplazarse a Antequera para intentar dormir algo.

              Después de dejar de llorar me dio por ser un niño enfermizo. Y ella siempre estuvo ahí, preocupada como ninguna e intentando evitarme cualquier signo de sufrimiento. En mi pueblo había un pediatra muy famoso al que siempre digo medio en broma medio en serio que le financiamos con mis consultas la espectacular vivienda que tiene en pleno centro de Dos Hermanas. Vegetaciones, amígdalas (las famosas “bolas” que nos extirparon a casi toda una generación”, reuma, roturas de huesos… Nada grave al fin pero siempre estaba con algún achaque.

              Después me dio por pedir un hermano. Como me encontraba un poco solo en comparación con todos mis amigos de esa época decidí no ser hijo único. Y aunque no tengo pruebas, imagino que tuviste que convencer a Papá de que otro llorón podía entrar por las puertas, ahora que ya comenzaba a dejaros un poco de libertad. Afortunadamente lo hiciste y llegó tu Alejandro Jesús, el que fue la alegría de la casa con sus bromas y su poca vergüenza, mientras yo me convertí en un niño tímido y serio que sacaba buenas notas. Cosas de la edad, que cantan los “Modestia aparte”.

              Igual que Papá siempre estuviste muy orgullosa de nosotros, sobre todo en lo que se refería a nuestros estudios. Todavía recuerdo cómo te enfadaste conmigo (a tu modo, claro, nada grave…) el día que te enteraste de mis notas de selectividad (sí, en mi época se llamaba así) por otra madre. Para mí era sólo una nota, y estaba más preocupado esos días por los kilos que movía en el gimnasio que por las notas que pudiese sacar.

                Fui cumpliendo años con la velocidad inexorable del tiempo, que es la misma durante toda nuestra vida aunque dependiendo de la edad que tengamos la sintamos de forma diferente. Mantuve una relación distante con vosotros, y me di cuenta tarde de lo que significa una madre. Dicen que no aprendemos a ser hijos hasta que no somos padres. Creo que es totalmente cierto. De forma bastante curiosa el Universo se encarga de que el Karma se manifieste haciéndote ver en tus hijos comportamientos que reconoces como tuyos. Y así puedes vivir en primera persona lo que tus padres vivieron hace ya muchos años. Afortunadamente, hay esperanza para el cambio…

Y para complementar y terminar la publicación no puedo usar otra foto que la que escogió mi hermano Ale para felicitarle su cumpleaños en redes. Salimos los dos con ella, que es lo que le gusta. Y es que ella siempre nos ha querido a los dos por igual, a pesar de ser tan diferentes. “Tanto monta, monta tanto” o “qué dedo me corto que no me duela” como tantas y tantas veces nos ha dicho.

              Gracias Mamá por ser cómo eres y por haberme aguantado y haberme ayudado a ser la personita que hoy soy, que me consta que no ha sido fácil. Y aprovecho para pedirte perdón por todas las veces que te hice daño, que han sido más de las deseadas. A ver si ahora la gente se va   pensar que soy un hijo modelo, nada más lejos de la realidad.

              Ahora que sé que tendrás tus ojos llenos de lágrimas cuando leas esto, acuérdate de todas esas veces que te he hecho reír con alguna de mis ocurrencias. Espero que sigan siendo muchas más.

              Felicidades y te quiero una “jartá”. Como cantaba Carlos Vives, nuestro amor es tan profundo, que tú eres mi consentida y que lo sepa todo el mundo.

                Gracias a todos como siempre por vuestro tiempo y volvemos en pleno verano.



viernes, 19 de mayo de 2023

GAFAS DE ABEJA O DE MOSCA, TÚ DECIDES…



     Vuelvo a escribir este mes de Mayo aprovechando una experiencia reciente, como suelo hacer de forma habitual.

     En una interesante conversación con alguien a quien quiero con locura se me vino a la mente el excepcional ejemplo que en su día tuve ocasión de oír de boca de mis amigas Carmen y Manuela Ortega. Hablando sobre las circunstancias de la vida, que nos desesperan en más de una ocasión, recordé esa charla sobre las gafas de abeja y las de mosca. Básicamente, venían a decir que todos tenemos en nuestros bolsillos unas gafas de mosca y otras de abeja. La decisión acerca de qué gafas nos ponemos es exclusivamente nuestra. Con las gafas de abeja, obviamente estamos más predispuestos a ver flores, que es de donde obtienen su alimento habitual. Con las de mosca, no creo que haga falta decir lo que veremos con mayor asiduidad. Las flores y las heces (que raro me siento escribiendo esto para no herir la sensibilidad de nadie) están ahí, en la naturaleza, y nuestra capacidad de actuación sobre ellas es nula. No tenemos forma de convertir una “m…” (que difícil se me va a hacer llegar hasta el final de la publicación sin que se me escape) en una flor. Lo que sí podemos es decidir qué gafas llevamos. Llevar las gafas de abeja no nos liberará de la desagradable visión del alimento de las moscas, pero al estar enfocados en las flores, seguro que les prestamos menos atención y continuamos nuestra búsqueda de flores que nos alegren la vista. A sensu contrario, ocurre exactamente lo mismo. Llevar puestas gafas de mosca aumentará las posibilidades de que veamos lo que no queremos ver, y cuando veamos algún capullo (en el sentido vegetal de la palabra) no lo apreciaremos como se merece y seguiremos buscando marrones que ratifiquen nuestra teoría de que la vida no es precisamente bella.

Melendi, un cantautor a quien podemos ver también con gafas de mosca o de abeja, escribía y cantaba en su canción “Existen los ángeles” la siguiente estrofa:

“Me enseñaste que el color

del traje que visten los días

lo elige siempre la pena

si no buscas la alegría”

     Esta genialidad va un paso más allá de la teoría inicial. No sólo las gafas condicionan nuestra visión del mundo a nuestro alrededor. También parece que venimos programados de fábrica para usar las gafas de mosca, porque deben ser más cómodas o más fácil de encontrar en el bolsillo. Ponernos las gafas de abeja es una decisión consciente, que implica cierto esfuerzo, pero que son compensados con creces por los resultados.

     Hablar de gafas es hablar de actitud, un tema tan usado por grandes Maestros como Küppers. Para Víctor, es el multiplicador que es capaz de elevar hasta el infinito nuestro valor actuando como una poderosa palanca sobre la suma de nuestros conocimientos y habilidades. Para otro fenómeno como Lluis Soldevilla, es la letra con la que se escribe la palabra “Éxito” aunque todos pensábamos que comenzaba con “E”. “Actitú” es también el nombre de la ropa de deporte de Valentí San Juan, un verdadero referente a nivel motivacional para todos los que nos gustan las experiencias extremas y el deporte. Nos encontramos con tres claros ejemplos de personas que visten sus gafas de abeja, utilizando cualquier oportunidad en forma de flor que se les cruce y dejando el abono para que cumpla su labor de hacer crecer a las flores, sin maldecir nuestra mala suerte si alguna vez pisamos en el lugar equivocado.

     En el ajetreado modo de vida actual, en el que las flores y los excrementos (vaya cantidad de sinónimos voy a tener que buscar) se encuentran en esos extensos campos de las redes sociales, nuestra necesidad de adiestramiento en el cambio de gafas se ha hecho aún más importante si cabe. Hablando de redes y del universo de Internet, a continuación comparto algunos consejos sobre cómo mejorar nuestra actitud (como usar la mayor parte del tiempo gafas de abeja):

1. Ser agradecido. Expresar gratitud por lo que tenemos es la mejor forma de prepararnos para todo lo bueno que nos falta por llegar.

2. Rodearnos de personas positivas. "Dime con quién andas y te diré quién eres", que dice nuestro sabio refranero.

3. Plantearnos metas y propósitos. Yo añadiría por pequeños que sean. Mantener viva la llama de la ilusión en el camino de hacer un sueño realidad es una de las mejores medicinas contra el mal olor.

4. Identificar todo lo bueno que tenemos en la vida. Muy en relación con el punto uno. Gafas de abeja a tope y gracias por las bellas flores que tenemos la dicha de contemplar.

5. Realizar actividad física. Los que me conocéis sabéis que poco más necesito añadir. “Mens sana in corpore sano”, si acaso. El latín parece que le da más solemnidad. En su justa medida, como todo en la vida, aunque para algunos nunca nos sea suficiente.

6. Leer libros o escuchar música que nos aporten experiencias positivas. O publicaciones como estas. Puestos a escoger…

7. Buscar apoyo cuando lo necesitemos. "Si caminas solo llegarás rápido, si caminas acompañado llegarás más lejos". Esta sabia enseñanza de Confucio cobra más sentido si entendemos que la vida va sobre llegar lejos, no sobre terminarla antes…


     Espero que estas líneas de este mes os ayuden a que os coloquéis las gafas adecuadas y sobre todo a que os quitéis las erróneas. Cierro también con Melendi, con su canción “Quítate las gafas”. Gracias como siempre por vuestro tiempo y seguimos hacia el ecuador de 2023.

“Hoy el cielo, en mi lucha, es quitarme para siempre

esas gafas que se usan, para convertir en gente a

cada persona que ves, si decido llamar raro al diferente

es porque no me quiero ver…”





miércoles, 19 de abril de 2023

LA VIDA EN BUSCA DE SENTIDO

                 Andaba buscando publicación para el mes de abril, sin mucho éxito. Estaba preocupado por si me lo hubiesen robado del calendario como le ocurrió a Sabina,  cuando comenzaron a llegarme señales apuntando en la misma dirección.

                Lo primero fue recibir en una aplicación del móvil de resúmenes de libros una reseña del magistral “El hombre en busca de sentido”, del también genial Víctor Frankl. Acceder al esquema de  esta obra que ya había leído en un par de ocasiones me permitió disfrutarla de nuevo desde una óptica distinta. Volveremos después sobre este punto.

                Aún no lo tenía muy claro, cuando mi amiga Ana Rubio me envió el enlace a su publicación mensual, que este mes trata sobre “Ikigai” y la cosa cambió.  Ana fue compañera de la formación de Search Inside Yourself de la que ya he hablado en otras ocasiones. Sus contribuciones son siempre muy inspiradoras y agradecidas. Dos señales tan seguidas sobre el “sentido” tenían que significar algo. Aunque no existe una traducción literal para “Ikigai”, esta palabra de origen japonés viene a significar algo así como el propósito, el sentido, el motivo, la razón de ser. Corrijo el pronombre: nuestro propósito, nuestro sentido, nuestro motivo, nuestra razón de ser. Algo que bajo mi punto de vista debería ser lo primero (si no sabemos para lo que estamos aquí ¿tiene sentido lo demás?) se convierte habitualmente en lo último. Muchas veces es algo que no llegamos a descubrir hasta el final de nuestros días. Y es algo tan importante que puede incluso suponer nuestra supervivencia en situaciones extremas. Decía Frankl que “los que tienen un por qué para vivir pueden soportar casi cualquier cómo”.

                Tener claridad sobre el “por qué” estamos aquí es una ayuda infalible para una vida mejor.  Además de la motivación primaria que parece controlarlo todo, supera el aspecto puramente racional, alcanzando una convicción más profunda de que uno puede vivir o morir por sus ideales. La frustración que genera el vivir sin sentido actúa como un auténtico impulsor del cambio en algún momento de nuestras vidas, y nos lleva a crecer más allá de lo que habíamos soñado.

                Volvemos a parafrasear al eminente neurólogo austriaco, padre de la logoterapia: “cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos enfrentamos al reto de cambiarnos a nosotros mismos”. El cambio es también crítico en nuestra supervivencia. Fue Darwin el que dijo que no sobrevivían las especies más fuertes, sino las que mejores se adaptaban. Y en esa adaptación el cambio juega un papel fundamental. Un cambio que suele transitar por un camino complicado y oscuro, donde el sentido puede convertirse en la luz que guíe nuestros pasos.

                Rematamos la parte tradicional de la publicación de este mes con otra genial frase de Víctor: “al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa, la última de las libertades humanas: la  elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino”. Tener clara esta libertad es fundamental para poder tener claro nuestro sentido.

                Y hasta aquí llega lo que es una publicación habitual de mi blog. Un escrito más breve de lo habitual en el que reconozco que se me puede haber ido un poco la “pinza” en el fondo y en las formas. Pero como decía antes, todo tiene un por qué. En los últimos tiempos han llegado a mi vida varias noticias sobre inteligencia artificial. Concretamente sobre “ChatGPT”, una de sus más sencillas y llamativas manifestaciones. No he podido resistirme a la curiosidad y le he pedido un “artículo de 500 palabras hablando sobre la vida en busca de  sentido que incluya frases de Víctor Frankl”. Y me ha devuelto esto:

“La búsqueda de sentido en la vida es una de las mayores preocupaciones del ser humano. En la búsqueda de una respuesta, nos encontramos con las palabras de Víctor Frankl, psiquiatra y superviviente del Holocausto, quien afirmaba que "el hombre no está en busca de placeres, sino de un sentido para su vida".

Frankl creía que el sentido de la vida no es algo que pueda ser encontrado de forma externa, sino que es algo que cada persona debe descubrir dentro de sí misma. En su libro "El hombre en busca de sentido", Frankl narra su experiencia como prisionero en un campo de concentración nazi y cómo fue capaz de encontrar sentido y propósito incluso en las condiciones más extremas.

Uno de los principales mensajes que Frankl transmitía es que la vida no es solo una búsqueda de felicidad, sino una búsqueda de sentido. La felicidad, según él, es un subproducto de encontrar un propósito y una razón para vivir. La vida puede ser difícil, pero si encontramos un significado, podremos enfrentar cualquier adversidad.

                Frankl también destacaba la importancia de encontrar un propósito que vaya más allá de uno mismo. En lugar de centrarse únicamente en la propia felicidad, debemos buscar un propósito que nos permita contribuir a la sociedad y hacer del mundo un lugar mejor. En palabras de Frankl, "lo que importa no es lo que esperamos de la vida, sino lo que la vida espera de nosotros".

Otro de los conceptos clave de Frankl es la idea de que la vida tiene sentido incluso en los momentos más difíciles. En su experiencia en el campo de concentración, Frankl vio a muchas personas perder la esperanza y rendirse ante las circunstancias adversas. Sin embargo, él descubrió que incluso en los peores momentos, aún había cosas por las que valía la pena luchar. En sus propias palabras, "la vida siempre tiene sentido, incluso en las situaciones más terribles".

Por último, Frankl nos recuerda que cada persona tiene la capacidad de encontrar su propio sentido en la vida. No hay una respuesta universal a la pregunta de qué da sentido a la vida, sino que cada uno debe descubrirlo por sí mismo. Como dijo Frankl, "el hombre no debería preguntar qué es el sentido de la vida, sino que es él quien está siendo cuestionado por la vida".

En conclusión, la vida en busca de sentido es una búsqueda constante en la que cada persona debe encontrar su propio propósito y razón para vivir. Las enseñanzas de Víctor Frankl nos recuerdan que el sentido de la vida no se encuentra en la felicidad o el éxito externo, sino en el descubrimiento de un propósito que vaya más allá de uno mismo y en la capacidad de encontrar significado incluso en los momentos más difíciles. En última instancia, es responsabilidad de cada uno de nosotros encontrar nuestro propio camino y darle un significado a nuestra vida”.

De locos. Me lo tomaré como un reto y seguiré intentando mejorar para no ser superado por la máquina… Creo que esto es lo que nos espera. Habrá que adaptarse a los cambios para sobrevivir. No queda otra.

Este mes acompaño mi publicación con una imagen sin sentido ninguno que me devuelve una conocida APP, jugando con mi cara y con el término "inteligencia artificial". A pesar de su teórica inteligencia, ha tenido a bien colocarme pelo, rosa, pero pelo al fin.

Gracias por vuestro tiempo como todos los meses, de mi parte y de parte de “ChatGPT”. Nos “vemos” en Mayo, aunque a estas alturas no tengo nada claro quién escribirá la publicación…



martes, 14 de marzo de 2023

ENSAYO Y ERROR. MI ÚNICA FORMA DE APRENDER

            Publicación del mes de Marzo en la que comparto una de las constantes en mi vida, la del error. Si hay algo en lo que soy un auténtico especialista es en equivocarme. Como me gusta decir, porque suelo hacer muchas cosas, me equivoco en muchas de ellas. Si no hiciese nada, me equivocaría menos, aunque pienso que no hacer nada es una de las formas más peligrosas de errar, porque te priva del beneficio del aprendizaje. Aprovecho para decir que no tengo ningún problema en pedir perdón cuando lo hago, por si juega a mi favor.

         Seguro que otros pueden aprender con el mero uso de la lógica, el razonamiento y la deducción, pero yo soy de los que necesita el duro golpe del error para aprender la lección. No me da vergüenza reconocer que, dependiendo de la lección, a veces necesito que el golpe sea lo suficientemente considerable o incluso repetitivo. Como decía mi abuelo hay gente “pa tó”.

        Escojo tema para este mes porque me vuelve a llegar de forma causal la frase de Michael Jordan que tantas veces he escuchado: “He fallado más de 900 tiros en mi carrera, he perdido casi 300 partidos, 26 veces han confiado en mí para el tiro ganador y lo he fallado, he fracasado una y otra vez en mi vida y por esto tengo éxito”. Nada que objetar a las palabras de una de las mayores estrellas que ha dado el deporte a lo largo de su historia. Si acaso al traductor, que creo que de forma errónea utiliza el verbo “fracasar” cuando en la versión original en inglés se habla de “fail” (fallar). He leído en más de una ocasión, aunque no consigo localizarlo ahora, que no existe una traducción literal para “fracasar” en inglés, porque los anglosajones no reconocen ese matiz tan negativo en el error. La Rae define en su segunda acepción el fracaso como un “suceso lastimoso, inopinado y funesto”, algo donde es difícil encontrar algún atisbo de positividad. El fallo, sin embargo, se define como “falta, deficiencia o error”, algo con aparentemente  menos carga negativa.

        Yo he fallado muchísimo más que Jordan. Tanto que he perdido la cuenta. Aunque reconozco que he evolucionado bastante menos que él siempre he intentado aprender de mis innumerables fallos. En uno de los aspectos en los que más me equivoqué sin duda fue en la relación con mi padre, y creo que gracias a ello he intentado dar lo máximo en mi relación ahora con mis hijos. Me sigo equivocando, y diariamente, pero con el firme objetivo de seguir aprendiendo y mejorar, aunque sea poco.

         En el aspecto profesional, desde muy joven tuve la oportunidad de tener gente a mi cargo, lo que me dio la oportunidad también de compartir con ellos mi particular visión acerca del error. Posiblemente porque siempre fui consciente de mi propensión al fallo, intenté buscar un lado positivo al mismo y compartirlo con mi equipo. Siempre digo a los que tengo a mi alrededor que se equivoquen, que traten de aprender de los errores y de no repetirlos, al menos en demasiadas ocasiones. Contamos con que el “hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra”, con lo que doy por hecho que la mayoría de las veces un solo error no es suficiente para aprender. A aquellos que presumen acerca de que sus equipos no se equivocan nunca, o que lo hacen muy poco, siempre les argumento usando la teoría de la relatividad. El error no debería considerarse de forma absoluta. Una persona que hace cien cosas al día y se equivoca en diez no debería ser minusvalorada en relación con otra que sólo lleva a cabo dos tareas, y se equivoca en una de ellas. Si perdemos de vista el alcance total, caeríamos en el error de decir que nuestro primer sujeto se equivoca diez veces más que el segundo, cuando está haciendo cincuenta veces más (“falla” en un diez por ciento, en contra de la segunda que lo hace en un cincuenta por ciento). Y además de esta realidad numérica (o cuantitativa) también existe otra relatividad cualitativa. Nada es tan grave como parece y si el error tiene una función didáctica nuestra única preocupación debería ser no repetirlo en el futuro (a menos que no hayamos sido capaces de aprender la lección).

       También leí en cierta ocasión que la forma más fácil de convertir a un niño en un ser extraordinario es motivarle cada vez que se equivoque, en lugar de reprenderle. Si fomentamos el error como fuente de aprendizaje, a esas edades su desarrollo sería infinito. Desgraciadamente, nadie quiere que su hijo sufra las duras consecuencias del error, y tratamos de evitárselas a toda costa. También escuché en cierta ocasión al gran Emilio Duró que una forma bastante fiable de vaticinar el nivel de éxito en la vida de un niño es ver si sus padres dejan que se levante solo cada vez que se cae cuando está comenzando a andar. Si reconoce los fallos como posibilidades para mejorar, y sobre todo si asimila que no depende de nadie para hacerlo su trayectoria se presume importante.

      Decía mi recordado Maestro de Tai Chi Chuan Juan Lu “que las piedras con las que tropieces sean tus apoyos para levantarte”. Una  bonita metáfora sobre la importancia y la función del error.

        A modo práctico, os muestro algunos consejos que he podido recopilar y que nos pueden ser útiles a la hora de aprender de nuestros propios errores. Si los veis interesantes en próximas publicaciones podré profundizar  en este novedoso método de investigación.

  •  Reconoce el error: Aceptar que se cometió un error es el primer paso para aprender de él. A veces puede ser difícil aceptar un error, pero es importante ser honesto contigo mismo para poder seguir adelante.
  • Analiza lo que salió mal: Identifica qué salió mal y cómo sucedió. Trata de ser objetivo y ver la situación desde diferentes perspectivas. También es importante no culpar a los demás, asume la responsabilidad de tus acciones.
  • Busca una solución: Una vez que identifiques lo que salió mal, piensa en soluciones que puedas implementar para evitar que suceda de nuevo. Si no estás seguro de cómo resolver el problema, busca ayuda de alguien de confianza.
  • Aprende de la experiencia: Toma nota de lo que aprendiste del error y cómo puedes aplicar ese aprendizaje en el futuro. Trata de ser más consciente en el futuro para evitar cometer el mismo error.
  • Sé amable contigo mismo: Aprender de los errores puede ser doloroso, pero es importante ser amable contigo mismo durante el proceso. Recuerda que todos cometemos errores y que lo importante es aprender de ellos.
  • Sé persistente: Aprender de los errores es un proceso continuo. No te rindas si vuelves a cometer un error, sigue trabajando en mejorar y aprendiendo de tus errores.

                Abrevio también este mes. Lo bueno, si breve y sin errores (o con pocos) doblemente bueno. Espero que os haya gustado y no haberme equivocado mucho. Si lo he hecho, espero al menos haber aprendido la lección para no repetirlo en el futuro.